martes, 21 de junio de 2016

Carta Apostólica

 EN FORMA DE MOTU PROPRIO
DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

DECLARANDO A SANTO TOMÁS MORO
PATRONO DE LOS GOBERNANTES Y LOS POLÍTICOS

1. De la vida y del martirio de Santo Tomás Moro brota un mensaje que a través de los siglos habla a los hombres de todos los tiempos de la inalienable dignidad de la conciencia, la cual, como recuerda el Concilio Vaticano II, “es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella.[1] Cuando el hombre y la mujer escuchan la llamada de la verdad, entonces la conciencia orienta con seguridad sus actos hacia el bien. Precisamente por el testimonio, ofrecido hasta el derramamiento de su sangre, de la primacía de la verdad sobre el poder, Santo Tomás Moro es venerado como ejemplo imperecedero de coherencia moral. Y también fuera de la Iglesia, especialmente entre los que están llamados a dirigir los destinos de los pueblos, su figura es reconocida como fuente de inspiración para una política que tenga como fin supremo el servicio a la persona humana.

Recientemente, algunos Jefes de Estado y de Gobierno, numeroso exponentes políticos, algunas Conferencias Episcopales y Obispos de forma individual, me han dirigido peticiones en favor de la proclamación de Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos. Entre los firmantes de esta petición hay personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, como expresión de vivo y difundido interés hacia el pensamiento y la conducta de este insigne hombre de gobierno.

2. Tomás Moro vivió una extraordinaria carrera política en su país. Nacido en Londres en 1478 en el seno de una respetable familia, entró desde joven al servicio del arzobispo de Canterbury Juan Morton, canciller del reino. Prosiguió después los estudios de leyes en Oxford y Londres, interesándose también por amplios sectores de la cultura, de la teología y de la literatura clásica. Aprendió bien el griego y mantuvo relaciones de intercambio y amistad con importantes protagonistas de la cultura renacentista, entre ellos Erasmo Desiderio de Rotterdam.

Su sensibilidad religiosa lo llevó a buscar la virtud a través de una asidua práctica ascética: cultivó la amistad con los frailes menores observantes del convento de Greenwich y durante un tiempo se alojó en la cartuja de Londres, dos de los principales centros de fervor religioso del reino. Sintiéndose llamado al matrimonio, a la vida familiar y al compromiso laical, se casa en 1505 con Juana Colt, de la cual tuvo cuatro hijos. Juana murió en 1511 y Tomás se casó en segundas nupcias con Alicia Middleton, viuda con una hija. Fue durante toda su vida un marido y un padre cariñoso y fiel, profundamente comprometido en la educación religiosa, moral e intelectual de sus hijos. Su casa acogía a yernos, nueras y nietos y estaba abierta a muchos jóvenes amigos en busca de la verdad o de la propia vocación. La vida de familia permitía, además, largo tiempo para la oración común y la lectio divina, así como para sanas formas de recreo hogareño. Tomás asistía diariamente a misa en la iglesia parroquial, y las austeras penitencias que se imponía eran conocidas solamente por sus parientes más íntimos.

3. En 1504, bajo el rey Enrique VII, fue elegido por primera vez al Parlamento. Enrique VIII le renovó el mandato en 1510 y lo nombró también representante de la Corona en la capital, abriéndole así una brillante carrera en la administración pública. En la década sucesiva, el rey lo envió en varias ocasiones para misiones diplomáticas y comerciales en Flandes y en el territorio de la actual Francia. Nombrado miembro del Consejo de la Corona, juez presidente de un tribunal importante, vicetesorero y caballero, en 1523 llegó a ser portavoz, es decir, presidente de la Cámara de los Comunes.

Estimado por todos por su indefectible integridad moral, la agudeza de su ingenio, su carácter alegre y simpático y su erudición extraordinaria, en 1529, en un momento de crisis política y económica del país, el rey lo nombró canciller del Reino. Como primer laico en ocupar este cargo, Tomás afrontó un período extremadamente difícil, esforzándose en servir al rey y al país. Fiel a sus principios se empeñó en promover la justicia e impedir el influjo nocivo de quien buscaba los propios intereses en detrimento de los débiles. En 1532 no queriendo dar su apoyo al proyecto de Enrique VIII que quería asumir el control sobre la Iglesia en Inglaterra, presentó su dimisión. Se retiró de la vida pública aceptando sufrir con su familia la pobreza y el abandono de muchos que, en la prueba, se mostraron falsos amigos.

Constatada su gran firmeza en rechazar cualquier compromiso contra su propia conciencia, el rey, en 1534, lo hizo encarcelar en la Torre de Londres dónde fue sometido a diversas formas de presión psicológica. Tomás Moro no se dejó vencer y rechazó prestar el juramento que se le pedía, porque ello hubiera supuesto la aceptación de una situación política y eclesiástica que preparaba el terreno a un despotismo sin control. Durante el proceso al que fue sometido, pronunció una apasionada apología de las propias convicciones sobre la indisolubilidad del matrimonio, el respeto del patrimonio jurídico inspirado en los valores cristianos y la libertad de la Iglesia ante el Estado. Condenado por el tribunal, fue decapitado.
Con el paso de los siglos se atenuó la discriminación respecto a la Iglesia. En 1850 fue restablecida en Inglaterra la jerarquía católica. Así fue posible iniciar las causas de canonización de numeroso mártires. Tomás Moro, junto con otros 53 mártires, entre ellos el obispo Juan Fisher, fue beatificado por el Papa León XIII en 1886. Junto con el mismo obispo, fue canonizado después por Pío XI en 1935, con ocasión del IV centenario de su martirio.

4. Son muchas las razones a favor de la proclamación de Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos. Entre éstas, la necesidad que siente el mundo político y administrativo de modelos creíbles, que muestren el camino de la verdad en un momento histórico en el que se multiplican arduos desafíos y graves responsabilidades. en efecto, fenómenos económicos muy innovadores están hoy modificando las estructuras sociales. Por otra parte, las conquistas científicas en el sector de las biotecnologías agudizan la exigencia de defender la vida humana en todas sus expresiones, mientras las promesas de una nueva sociedad, propuestas con buenos resultados a una opinión pública desorientada, exigen con urgencia opciones políticas claras en favor de la familia, de los jóvenes, de los ancianos y de los marginados.

En este contexto es útil volver al ejemplo de Santo Tomás Moro que se distinguió por la constante fidelidad a las autoridades y a las instituciones legítimas, precisamente porque en las mismas quería servir no al poder, sino al supremo ideal de la justicia. Su vida nos enseña que el gobierno es, antes que nada, ejercicio de virtudes. Convencido de este riguroso imperativo moral, el estadista inglés puso su actividad pública al servicio de la persona, especialmente si era débil o pobre; gestionó las controversias sociales con exquisito sentido de equidad; tuteló la familia y la defendió con gran empeño; promovió la educación integral de la juventud. El profundo desprendimiento de honores y riquezas, la humildad serena y jovial, el equilibrado conocimiento de la naturaleza humana y de la vanidad del éxito, así como la seguridad de juicio basada en la fe, le dieron aquella confiada fortaleza interior que lo sostuvo en las adversidades y frente a la muerte. Su santidad, que brilló en el martirio, se forjó a través de toda una vida de trabajo y de entrega a Dios y al prójimo.

Refiriéndome a semejantes ejemplos de armonía entre la fe y las obras, en la Exhortación Postsinodal Christifideles Laici escribí que “la unidad de vida de los fieles laicos tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida profesional ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así como también de servicio a los demás hombres”.[2]
Esta armonía entre lo natural y lo sobrenatural es tal vez el elemento que mejor define la personalidad del gran estadista inglés. El vivió su intensa vida pública con sencilla humildad, caracterizada por el célebre “buen humor”, incluso ante la muerte.

Este es el horizonte a donde le llevó la pasión por la verdad. El hombre no se puede separar de Dios, ni la política de la moral. Esta es la luz que iluminó su conciencia. Como ya tuve ocasión de decir, “el hombre es criatura de Dios, y por esto los derechos humanos tienen su origen en El, se basan en el designio de la creación y se enmarcan en el plan de la Redención. Podría decirse, con expresión atrevida, que los derechos del hombre son también derechos de Dios”.[3]
Y fue precisamente en la defensa de los derechos de la conciencia donde el ejemplo de Tomás Moro brilló con intensa luz. Se puede decir que él vivió de modo singular el valor de una conciencia moral que es “testimonio de Dios mismo, cuya voz y cuyo juicio penetran la intimidad del hombre hasta las raíces de su alma”.[4] Aunque, por lo que se refiere a su acción contra los herejes, sufrió los límites de la cultura de su tiempo.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes, señala cómo en el mundo contemporáneo está creciendo “la conciencia de la excelsa dignidad que corresponde a la persona humana, ya que está por encima de todas las cosas, y sus derechos y deberes son universales e inviolables” [5]. La historia de Santo Tomás Moro ilustra con claridad una verdad fundamental de la ética política. En efecto, la defensa de la libertad de la Iglesia frente a indebidas injerencias del Estado es, al mismo tiempo, defensa, en nombre de la primacía de la conciencia, de la libertad de la persona frente al poder político. En esto reside el principio fundamental de todo orden civil de acuerdo con la naturaleza del hombre.

5. Confío, por tanto, que la elevación de la eximia figura de Santo Tomás Moro como patrono de los gobernantes y de los políticos ayude al bien de la sociedad. Esta es, además, una iniciativa en plena sintonía con el espíritu del Gran Jubileo que nos introduce en el tercer milenio cristiano.
Por tanto, después de una madura consideración, acogiendo complacido las peticiones recibidas, constituyo y declaro patrono de los gobernantes y de los políticos a Santo Tomás Moro, concediendo que le vengan otorgados todos los honores y privilegios litúrgicos que corresponden, según el derecho, a los patronos de categorías de personas.

Sea bendito y glorificado Jesucristo, Redentor del hombre, ayer, hoy y siempre.

Roma, junto a San Pedro, el día 31 de octubre de 2000, vigésimo tercero de mi Pontificado.
Ioannes Paulus PP.II


[1] Gaudium et Spes, 16
[2] Christifideles Laici, 17
[3] Discurso 7 de abril de 1998, 3
[4] Veritatis Splendor, 58
[5] Gaudium et Spes, 26

lunes, 20 de junio de 2016

En un mundo decadente, en el que el hombre se encierra en su egoísmo, Cristo nos enseña el misterio de la cruz salvadora




Escuchamos en el texto del evangelio proclamado (Lc. 9, 18-24), que Jesús oraba a solas, compenetrado en diálogo afectuoso con su Padre, en el Espíritu Santo. Diálogo en el que nadie más tiene cabida, tanto que de sus discípulos, el texto dice “que estaban con Él”, y no en Él, ya que no forman parte, confundiéndose, del misterio trinitario.
Dentro de ese clima pregunta el Señor acerca de lo que piensan de su Persona, respondiendo ellos con diversas visiones, siendo la de Pedro la que está iluminada por la fe “Tú eres el Mesías de Dios”.
Con todo, en nuestros días, Jesús sigue avanzando en su interpelación y nos pregunta a cada uno de nosotros, “Pero ustedes…¿Quién dicen que soy yo?”.
¿Han pensado acerca de mí? ¿Estoy presente en la vida de cada uno?

Y este preguntarse  con su respuesta debe hacerse  en un clima de oración, mirando al rostro de Cristo para escucharlo y responderle, ya que Él es el único que en un mundo decadente como el nuestro, en el que el hombre es cada vez más decepcionante,  camino, verdad y vida.
En la respuesta que brindemos cada uno, se juega nuestra vida presente y futura, no solamente en adhesiones de carácter moral, tan necesarias en nuestro tiempo, sino sobre todo recibiendo en el corazón con fe viva la divinidad del Maestro que viene  a rescatarnos de nuestras miserias.
La aceptación de Cristo supone hacer nuestra la convicción de que será perseguido y muerto por los jefes judíos, para luego resucitar constituyendo una nueva esperanza de vida para todos, como lo manifiesta a los apóstoles.

Pero el misterio de la cruz no está presente sólo en Él, sino que es causa de salvación para nosotros, otorgando nuevo sentido al existir cuando todo sucumbe ante lo que el mundo percibe como sin sentido y fin alguno.
De allí, que dirigiéndose a todos Jesús  declara “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día, y me siga”.
El ser humano en lo cotidiano de la vida se encuentra con la posibilidad de encerrarse en sí mismo, hacer girar todo lo existente alrededor suyo, dedicarse solamente a sus intereses particulares y olvidarse del mundo siempre que éste no le afecte demasiado, siendo prioritario el poder, la riqueza y el disfrute a toda costa, prescindiendo de Dios y de sus hermanos, o sólo tenerlos en cuenta según su manera de ver las cosas con la mirada del egoísmo.

Esta forma de vida se ve enmarcada en las palabras del Señor que dice “El que quiera salvar su vida, la perderá”, ya que al estar orientado el ser humano a la alteridad y a la trascendencia, cuando se aleja de ellas sucumbe.
Otro camino para la persona, que la enaltece como hija de Dios, es renunciar a sí, cargar con su cruz cada día y seguirlo al Señor. Es propio del ser humano que se despoja de sus intereses como algo absoluto y, abre su corazón al Creador y a los hermanos. Renuncia a sí mismo porque no se deja atrapar  por el pavoroso egoísmo que todo lo devora.
Renuncian a sí mismos y toman la cruz de cada día, cuando el padre y la madre de familia no ceden a la comodidad o al cansancio en la educación de sus hijos, y aún luchando contra las costumbres adversas del mundo, procuran guiarlos por el camino del bien.

Renuncian y toman su cruz los que cada día trabajan en los distintos ámbitos de la vida humana, alabando a Dios y procurando aún con sacrificios, el bienestar de todos, siendo ejemplo constante de  nobleza de vida.
En definitiva la renuncia y el seguimiento encuentran la perfección más plena en el modelo que es Cristo el Señor, el que conocido y amado lleva al alma a cantar “yo te busco ardientemente; mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne como tierra sedienta, reseca y sin agua” (Ps. 62, 2).
Cuando descubrimos el sentido de la existencia humana en Jesús, el encuentro con Él se transforma en espacio de descanso y plenitud para nuestra vida.

Al mismo tiempo, si una vez bautizados, los hombres se unen a Cristo y lo escuchan, aman y sirven, quedan revestidos todos de su persona, de manera que “ya no hay judío, ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gál. 3, 26-29).
Hermanos: acudamos al encuentro del Señor, dispongámonos a renunciar a las comodidades que nos atraen y a brindarnos  en lo cotidiano, ya que no es necesario realizar cosas extraordinarias, demos culto a Dios por la oración, la misa dominical en la que se hace presente por nosotros, sirvamos al prójimo en la familia, en los enfermos, en los que sufren, en la transmisión de la fe a los hijos, superando de esa manera la tentación de mirarnos sólo a nosotros.

Ciertamente la luz interior de la fe, el fuego de la caridad y la fuerza de la esperanza, harán posible que cada día crezcamos en el camino de la santidad.



Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en la Misa del domingo XII del tiempo Ordinario. Ciclo “C”. 19 de junio de 2016. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com





viernes, 17 de junio de 2016

Necesitamos laicos sin miedo, bien formados y en salida, pidió el Papa


Aica,  17 Jun 2016

El papa Francisco recibió en la mañana de este viernes 17 de junio a los participantes a la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos sobre el tema “Un dicasterio para el laicado: entre historia y futuro…”. Se trataba de la última Asamblea del Dicasterio para los Laicos, como tal, ya que en el proceso de reforma de la Curia Romana, el Pontificio Consejo para los Laicos pasaría a integrar el nuevo dicasterio, cuyo estatuto fue aprobado por el Santo Padre, llamado “Para los laicos, la familia y la vida”. Francisco comenzó su discurso asegurando que no serían palabras de ‘adiós’ si no de acción de gracias por todo el trabajo que hicieron.

El Papa recordó que este Consejo “asumirá una nueva fisonomía”. “Se trata -explicó- de la conclusión de una etapa importante y de la apertura de una nueva, para el Dicasterio de la Curia Romana, que acompañó la vida, la maduración y las transformaciones del laicado católico, desde el Concilio Vaticano II hasta hoy”.

Dando gracias por estos años, en concreto, el Santo Padre ha hecho mención al seguimiento de los movimientos, a los nuevos ministerios laicos, así como el creciente rol de la mujer en la Iglesia o las Jornadas Mundiales de la Juventud.

A la luz de este camino recorrido –dijo el Papa– es tiempo de mirar nuevamente con esperanza al futuro”, ya que agregó Francisco “todavía queda mucho por hacer ampliando los horizontes y recogiendo los nuevos desafíos que la realidad nos presenta”. De aquí nace el proyecto de reforma de la Curia, en particular la unión de su Dicasterio con el Pontificio Consejo para la Familia, en conexión con la Academia para la Vida. Los invito, por lo tanto a recibir esta reforma, que los verá implicados, como signo de valorización y de estima por el trabajo que desarrollan y como signo de renovada confianza en la vocación y misión de los laicos en la Iglesia de hoy. El nuevo Dicasterio que nacerá tendrá como ‘timón’, para proseguir su navegación, por un lado la Christifideles laici y, por otro, la Evangelii gaudium y la Amoris laetitia, teniendo como campos privilegiados de trabajo la familia y la defensa de la vida».

Francisco subrayó a los participantes de la Asamblea del Pontificio Consejo para los Laicos que las actividades de la Iglesia se dirigen siempre a “rostros, mentes, corazones de personas concretas”. Y es importante que en esta Plenaria –ha precisado– hayan querido recordar a todos los que se han desgastado con pasión y compromiso en la animación, en la promoción y en la coordinación de la vida y del apostolado de los laicos en los años pasados.

Asimismo les recordó que el mandato que recibieron por el Concilio fue precisamente el de “empujar” a los fieles laicos a implicarse cada vez más y mejor en la misión evangelizadora de la Iglesia, no por “delegación” de la jerarquía, sino en cuanto a su apostolado.

Francisco les hizo una propuesta: “Quisiera proponerles, como horizonte de referencia para su futuro inmediato, un binomio que se podría formular así: ‘Iglesia en salida – laicado en salida’. Así pues, también ustedes levanten la mirada, miren ‘fuera’, a los muchos ‘lejanos’ de nuestro mundo, a las tantas familias en dificultad y necesitadas de misericordia, a los tantos campos de apostolado aún por explorar, a los numerosos laicos con corazón bueno y generosos, que con gusto pondrían al servicio del Evangelio, sus energías, su tiempo, sus capacidades, si se les implicara, valorizara y acompañara con afecto y dedición, de parte de los pastores y de las instituciones eclesiásticas. Tenemos necesidad de laicos bien formados, animados por una fe escueta y límpida, cuya vida ha sido tocada por el encuentro personal y misericordioso con el amor de Cristo Jesús”.

“Es el momento en que los jóvenes tienen necesidad de los sueños de los ancianos: en esta cultura del descarte, no nos acostumbremos a descartar a los ancianos. Animémoslos para que sueñen, para que como dice el profeta Joel, tengan sueños, aquella capacidad de soñar que nos dé la fuerza de nuevas visiones apostólicas”, pidió el Obispo de Roma.


Por último el pontífice subrayó que “necesitamos laicos bien formados”, “que no tengan miedo a equivocarse, que vayan adelante”. Necesitamos laicos con visión de futuro, no cerrados en las pequeñeces de la vida”.+ 

La relación Confirmación-Eucaristía en el proceso de la iniciación cristiana

    

Exposición de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en el I Congreso teológico, que se está realizando en el marco del XI Congreso Eucarístico Nacional de Tucumán (15 de junio de 2016)

Aica, 17-6-16

La cuestión teológica encerrada en el título de esta comunicación tiene inmediatas repercusiones pastorales. De hecho su abordaje por mi parte incluye la experiencia de las decisiones adoptadas en la Arquidiócesis de La Plata hace más de una década.

Al comenzar la temática correspondiente a la Eucaristía, el Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece la siguiente descripción: La Sagrada Eucaristía culmina la iniciación cristiana. Los que han sido elevados a la dignidad del sacerdocio real por el Bautismo y configurados más profundamente con Cristo por la Confirmación, participan por medio de la Eucaristía con toda la comunidad en el sacrificio mismo del Señor. (CCE 1322)(1). El orden de los sacramentos de iniciación allí expresado corresponde a la concepción originaria del proceso por el cual una persona “se hace” cristiana y a la lógica teológica que preside el orden sacramental; los tres ritos pueden separarse en el tiempo –como ocurre en la tradición latina– pero no existen razones intrínsecas para alterar la sucesión Bautismo - Confirmación - Eucaristía. Cada uno de los tres sacramentos está abierto a la continuidad de un crecimiento dinámico hacia la plenitud del ser cristiano que ha de actualizarse luego de modo permanente en la participación asidua del memorial del Señor.

En las últimas décadas las transformaciones culturales y sociales han incidido en las orientaciones pastorales de la Iglesia; me permito remarcar especialmente una tendencia a interpretar de modo subjetivista y psicologista las realidades objetivas de la fe y del orden sacramental. Además, en el caso que me interesa tratar de la ordenación de la Confirmación a la Eucaristía, el influjo de algunas tendencias teológicas ha inclinado a hacer insólitamente del “sello del Espíritu Santo” una especie de compromiso optativo, reservado a quienes se deciden a convertirse en militantes y que sólo sería posible en la adolescencia y aun en edad más avanzada. Sobre todo en el ámbito escolar es frecuente presentar así el ofrecimiento de la Confirmación, aun cuando las estadísticas prueban que semejante desplazamiento del orden objetivo de la iniciación no se compensa con una mayor perseverancia ulterior de los jóvenes en la práctica de la vida cristiana y con su inserción activa en la comunidad eclesial.

Corresponde ahora decir algo sobre la identidad propia del sacramento de la Confirmación. Eludo las cuestiones históricas acerca de su institución y de la configuración concreta del rito(2). El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda que en los primeros siglos, generalmente, la Confirmación constituía una única celebración con el Bautismo, y cita a San Cipriano, que hablaba de un “sacramento doble” (1290). Santo Tomás recoge en su estudio una amplia tradición originaria resumida en la cita de una carta del Papa Melquíades (311-314) a los obispos de España, en la que aparece el término clave: el Espíritu Santo, que en el Bautismo nos otorga la regeneración para la vida, en la confirmación nos fortalece: in baptismo regeneramur ad vitam, post baptismum roboramur (III q.72 a 1 c.). Ese vigor equivale a la plenitud de la gracia, o de la comunicación del Espíritu, que nos lleva a la adultez de la vida espiritual. Se aplica a este don posterior al Bautismo la noción natural de crecimiento (motus augmenti). Se suceden en los tres primeros artículos de esa cuestión 72 fórmulas equivalentes: in hoc sacramento datur plenitudo Spiritus Sancti (a. 1 ad 1); la Confirmación es sacramentum plenitudinis gratiae (a 2, ad 4); es necesaria para la salvación en cuanto operatur ad perfectionem salutis (ad 3). En el artículo segundo se halla esta fórmula más completa: in hoc sacramento datur plenitudo Spiritus Sancti ad robur spirituale, quod competit perfectae aetati. Es interesante señalar que robur es el nombre latino del roble, de allí que el sustantivo signifique asimismo fortaleza, firmeza, dureza, solidez, constancia de ánimo. Otra expresión a retener: el olivo, de donde sale el aceite, utilizado para la elaboración del crisma, es siempre verde en su fronda, y por tanto virorem et misericordiam Spiritus Sancti significat (a.2 ad 3). Llama la atención que el gran doctor de la Iglesia relacione el verdor con la misericordia; ha pensado quizá que la misericordia del Señor dura para siempre. A partir del artículo cuarto el Aquinate añade la finalidad específica para la cual se recibe la plenitud del Espíritu que lleva al cristiano a la madurez objetiva del don recibido en el Bautismo: es la lucha. Para ello se le confiere una potestas, un poder diverso de la capacidad bautismal. Hoy hablamos del testimonio, quizá sin advertir que esta actitud, o mejor, esta acción que de hecho compete al cristiano, conlleva afrontar la contradicción, muchas veces en situaciones sumamente conflictivas y penosas. Tomás lo enuncia así: confirmatus accipit potestas publice fidem Christi verbis profitendi, quasi ex officio (a. 5 ad 2). Es el oficio que le corresponde. El Catecismo de la Iglesia Católica cita este pasaje en el n. 1305. Según el Aquinate batallar contra los enemigos invisibles compete a todos; lo que corresponde a los confirmados en cuanto tales es hacer frente a los enemigos visibles –persecutores fidei-; para eso, para confesar el nombre de Cristo han sido llevados espiritualmente a la edad viril (a. 5.c.). Recuerdo que en el lenguaje pastoral se decía comúnmente que la Confirmación hace al cristiano soldado de Cristo. Digamos de paso que no corresponde, para una interpretación actual de estos términos, aplicar la perspectiva de género: es obvio que en el texto se habla de varones y mujeres y que parece corresponder a la naturaleza de las cosas calificar de viril el poder y la fuerza. Las santas mujeres –pienso, por ejemplo en Santa Teresita del Niño Jesús y en la infancia espiritual que vivió y enseñó- fueron espiritualmente viriles. La situación que afronta todo cristiano en la sociedad de nuestros días requiere efectivamente mucha fuerza espiritual, no sólo para difundir la fe, sino también para no perderla el cristiano mismo. Es muy bello lo que indica Santo Tomás, a saber: que en la edad infantil el hombre puede alcanzar la perfección de la vida espiritual (a. 5 ad 2). Otra vez el Catecismo (1308) cita al Angélico (III, 72, 8 ad 2) para advertir que no se debe confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural.

Una última referencia tomasiana sobre la identidad del segundo rito de la iniciación. La Confirmación es quasi ultima consummatio sacramenti baptismi: por el Bautismo los fieles son edificados, por la Confirmación son dedicados como templo del Espíritu Santo; ellos eran como una carta espiritual a la que la Confirmación pone como firma el sello de la cruz (a. 11 c.). Se alcanza entonces como un total acabamiento del Bautismo.

Hace ya más de medio siglo, Louis Bouyer, que estudió detenidamente las cuestiones referidas a la iniciación cristiana, escribió: el Bautismo y la Confirmación tienen en el interior de la gran unidad eucarística una conjunción absolutamente especial. Para decir verdad, no son sino dos fases sucesivas pero inseparables de una sola y única iniciación; eso es lo que brota maravillosamente de los textos litúrgicos más venerables(3). El autor llama aquí a la iniciación “gran unidad eucarística”, análogamente a como se puede designar agápe al conjunto sobrenatural de la realidad cristiana: la fe, los sacramentos y la vida según el Evangelio.

El discurso acerca de la identidad de la Confirmación nos lleva a sostener que el bautizado que carece de aquel “sello del Espíritu” tiene algo inacabado en su Bautismo y por lo tanto resulta asimismo inacabada su eventual participación en la Eucaristía; el acabamiento implicaría –habiendo llegado a la mayor edad- un hacerse cargo personalmente de la condición bautismal, sobre todo si se tiene en cuenta la separación temporal de los tres sacramentos en el rito latino. No obstante, nos encontramos aquí en terreno peligroso, ya que ligar la Confirmación a una renovación de las promesas bautismales, si se posterga la recepción del sacramento para después de la primera comunión, equivaldría a una concesión absurda al planteo protestante: convertir la realidad objetiva del don del Espíritu (que la Reforma ha eliminado) en una iniciativa del sujeto que profesa la fe ante la comunidad. Para los católicos el ámbito adecuado para una solemne renovación de las promesas bautismales es la Vigilia Pascual. En aquella hipótesis quien se bautiza siendo adulto no necesitaría de la Confirmación.

El Bautismo es llamado con razón la puerta de los sacramentos; la Confirmación –según lo reconoce Santo Tomás- participa de esa cualidad, ya que este segundo paso de la iniciación también ordena al culto divino; en cierta manera, quodammodo indica el Aquinate, lo cual por otra parte ya está insinuado en el uso que hago del vocabulario de la participación, que no se encuentra en el texto (III q. 63 a. 6 c.). Esta indicación remite a otra: todos los sacramentos se ordenan como a su fin a la Eucaristía, que es el principal, potissimum. El Bautismo tiene por fin la recepción de la Eucaristía, y en eso el bautizado es perfeccionado por la Confirmación. El texto de la Suma (III q. 65 a. 6) reza: in quo etiam perficitur aliquis per confirmationem, ut non vereatur se subtrahere a tali sacramento. Esta referencia al temor (vereatur) le parece muy poco a Jean-Hervé Nicolas(4), que comenta con sorpresa el pasaje aquí citado. Es verdad que el vigor y la inclinación a la Eucaristía constituyen una cualidad objetiva propia del plus de la perfección que otorga la Confirmación; se trata por tanto de una ordenación sobrenatural propia de las relaciones intrínsecas en el orden sacramental. El verbo vereor significa también respetar, venerar, reverenciar; es probable que la observación de Tomás se refiera a la situación religioso-cultural de su época: el reconocimiento de la grandeza de la Eucaristía y de la indignidad propia del posible comulgante de suyo lo retraen. La Confirmación lo impulsa. Es un asunto de máxima seriedad pastoral averiguar, si fuera posible hacerlo, por qué la mayor parte de los bautizados, una amplísima mayoría, y confirmados muchos de ellos, no participan del culto divino.

El ordenamiento del Bautismo y de la Confirmación a la Eucaristía puede expresarse utilizando la categoría del votum, el deseo, con tal que se lo entienda como una inclinación objetiva, más aún, un reclamo o necesidad propia de la estructura sacramental de la iniciación cristiana. El Bautismo comprende el deseo de la Eucaristía y por tanto asimismo comprende el deseo (votum) de la Confirmación. Digamos entre paréntesis que por eso el simple bautizado puede participar plenamente de la Eucaristía. Pero si atendemos a lo ya dicho con abundancia acerca de la Confirmación como complemento y perfección del Bautismo, corresponde que el orden de los sacramentos en la iniciación cristiana sea: Bautismo, Confirmación, Eucaristía. Esta secuencia puede ser observada –en mi opinión debería siempre serlo- en un ciclo catequístico trienal en el que la Reconciliación aparezca, en relación al Bautismo, como paenitentia secunda, ya que en el símbolo de la fe confesamos que la finalidad del Bautismo es la remisión de los pecados, la penitencia o reconciliación primera.

Las cuestiones relativas al orden de los sacramentos de iniciación y a la edad en que corresponde recibirlos, especialmente la edad adecuada para celebrar la Confirmación, están estrechamente vinculadas, tanto en la historia de los ritos como en la argumentación teológica más reciente. Concretamente, el problema de la edad de la Confirmación se relaciona con la planificación de la catequesis de los niños y con el lugar asignado a la Primera Comunión en el itinerario de la formación cristiana. En 1910 el Papa San Pío X, reaccionando contra ciertos resabios de jansenismo, estableció que debía admitirse a los niños a la Confesión y a la Sagrada Comunión llegados a la edad de la discreción, que describe así: aquella en la cual el niño empieza a razonar, esto es, hacia los siete años, ya algo después, ya también algo antes. En su decreto Quam singulari no se menciona la Confirmación, aunque era bastante común que precediera a la Primera Comunión, ya que ésta quedaba postergada hasta el comienzo de la adolescencia. En el Catecismo prescrito por el mismo pontífice en 1905 se indica como edad conveniente para recibir el “sello del Espíritu” hacia los siete años. Se exhiben estas razones: porque ya entonces suelen comenzar las tentaciones y además de conocer suficientemente el niño la gracia del sacramento, puede luego acordarse de haberlo recibido (5). Cuando el acceso a la Eucaristía fue permitido a los niños a muy temprana edad, se fue dejando la Confirmación para más tarde. Sin embargo, no era en absoluto necesario que su recepción se dilatara mucho más, puesto que, si bien la tradición latina separa en el tiempo la Confirmación del Bautismo y sugiere que el “sello del Espíritu” sea diferido hasta una edad en la que el niño pueda participar personalmente, no se ve por qué haya que exigir mayores requisitos para la Confirmación que para la primera recepción de la Eucaristía. Durante la renovación catequística de los años 60 del siglo pasado se sostuvo tenazmente la opinión de que la Confirmación debía postergarse hasta la adolescencia y esa práctica se extendió bastante. Todavía subsiste en algunos lugares. Se impone, en mi opinión, entonces recuperar el orden originario y ubicar la Confirmación antes de la Primera Comunión. Tal es el lugar exacto que le corresponde, como lo expresa la lex orandi en el primer prefacio que aporta el Misal para la misa de la Confirmación: Tú, en el Bautismo, das nueva vida a los creyentes, y los haces participar en el misterio pascual de tu Hijo. Tú los confirmas con el sello del Espíritu Santo mediante la imposición de manos y la unción del crisma. Tú invitas a la mesa del banquete eucarístico a quienes han sido renovados a imagen de Cristo, el ungido por el Espíritu Santo y enviado para anunciar la salvación, y los haces testigos de la fe en la Iglesia y en el mundo. Es propio del cristiano plenamente formado por el Espíritu Santo participar de la mesa del Señor en la asamblea eucarística. No corresponde alterar el dinamismo propio de la iniciación cristiana y someterlo a dudosos arbitrios pastorales.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

Notas:
(1) CCE: Catechismus Catholicae Ecclesiae
(2) Es curiosa la opinión sostenida en la Suma Alejandrina (part. IV, q. 9 memb.1) a la que adhiere San Buenaventura (IV Sent. Dist. 7, a.1, q. 1 ad 1; q. 2): la Confirmación habría sido instituida en el Concilio de Meaux el año 845. Santo Tomás alude a esta opinión diciendo que quidam opinaron que el sacramento no fue instituido ni por Cristo ni por los apóstoles sino tiempo después en un concilio.
(3) Bouyer, Louis, VAA 29 (1954) pág. 170.
(4) Jean- Hervé Nicolás: Syntèse dogmatique, Ed. Univ. Fribourg Suisse – Ed. Beauchesne, 1985, pág. 867

(5) Catecismo Mayor, prescrito por San Pío X, 3ra ed. Madrid, Magisterio Español, 1973. La respuesta se encuentra en el n° 590. En los viejos catecismos –como el célebre Ad parochos del Concilio de Trento, era muy común tratar los sacramentos como entidades separadas, como si se hubiera perdido de vista el complejo sacramental de la iniciación cristiana.

martes, 14 de junio de 2016

Apariciones marianas


 Santiago MARTÍN, sacerdote
catolicos-on-line, 12-6-16

En las últimas semanas se han producido tres noticas relacionadas con apariciones, de signo diverso. Dos en contra y una a favor.

En Italia, ha sido decretada la excomunión a todos los que formen parte de la autodenominada “Iglesia cristiana universal de la Nueva Jerusalén”, surgida a raíz de las supuestas apariciones del Niño Jesús a Giuseppina Norcia -ya fallecida- hace más de cuarenta años. 

En Filipinas, Doctrina de la Fe ha desautorizado tajantemente al obispo de Lipa, monseñor Argüelles, que en septiembre pasado había dado su respaldo oficial a unas supuestas apariciones de la Virgen en su diócesis; el Vaticano recuerda que dichas apariciones fueron consideradas falsas de forma definitiva en 1951 y que fue el Papa Pío XII el que firmó aquel decreto, por lo que el obispo no tiene autoridad para enmendar la plana a lo decretado por un Papa.

En la otra cara de la moneda está la declaración oficial del obispo de San Nicolás, monseñor Cardelli, reconociendo la autenticidad de las apariciones de la Virgen del Rosario a Gladys de Motta, en esa ciudad argentina. Tengo que añadir sobre esto que esta noticia me llenó de extraordinaria alegría, pues fue en San Nicolás donde los Franciscanos de María tuvimos nuestra primera escuela de agradecimiento y conozco personalmente a la vidente y también al magnífico obispo que ahora rige dicha diócesis.

¿Qué actitud tomar ante las apariciones? No creo que se deban rechazar aquellas que aún no han sido aprobadas por la Iglesia, pues el que no hayan sido aprobadas no significa que algún día no puedan serlo. Entre el hecho en sí y la aprobación pasan a veces muchos años y sólo la fidelidad de los videntes y de los que creen en su palabra garantiza que un día la Iglesia pueda dar su aprobación. Sí creo, en cambio, que cuando la Iglesia dice que una aparición no es auténtica, hay que aceptarlo y no seguir acudiendo al sitio donde supuestamente tuvo lugar la aparición ni dar crédito a los mensajes que transmiten los videntes. 

En cambio, considero muy importante escuchar con especial atención los mensajes que proceden de personas que han visto ratificadas por la Iglesia la autenticidad de las apariciones. Fátima o Lourdes, por ejemplo, no son supercherías. Realmente ahí la Virgen se apareció y lo que nos dijo debe ser tomado muy en serio, pues nuestra Madre no viene a la tierra desde el cielo para hacer turismo sino para decirnos algo que considera imprescindible que sepamos. Del mismo modo considero muy importante acudir en peregrinación a los sitios donde se han producido apariciones confirmadas por la Iglesia y creo que hay que dejar al criterio de cada uno acudir a aquellos sitios donde esa confirmación aún no se ha producido.


Otra cuestión en torno a las apariciones es referente al mensaje en sí. ¿Por qué esos mensajes se suelen parecer tanto? ¿Por qué la Virgen siempre llama a la conversión y a la penitencia? ¿Si ya lo ha dicho una vez, para qué repetirlo? Creo que estas preguntas se contestan solas si miramos lo que hace una mamá normal. ¿Cuántas veces la mamá llama la atención al hijo rebelde, desobediente, poco estudioso o que anda por mal camino? 

El dolor de la madre ante el extravío del hijo la lleva a repetir las advertencias, con la confianza de que alguna vez éstas sean escuchadas. Creo que la Virgen hace lo mismo con nosotros. Es nuestra Madre y si considera que tiene que venir a decirnos una y otra vez lo mismo, es porque no la hemos hecho caso todavía. Además, no es cierto que sus mensajes sean sólo o principalmente para advertirnos de lo que nos ocurrirá si seguimos lejos de Dios. Esos mensajes siempre son de esperanza. 

Por eso me gusta mucho Fátima, porque la Virgen termina diciendo: “Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará”. Claro que ese final puede tardar mucho y algunos no lo veamos aquí en la tierra, pero llegará.

Mons. Buenanueva

 reflexionó sobre el punto de vista católico en el espacio público

Aica,  14 Jun 2016

El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Buenanueva, escribió un artículo titulado “Bicentenario, fe y futuro”, en el que aseguró que los 200 años de la Independencia nacional son “una magnífica ocasión de pensar a fondo cómo, de qué manera y con qué acentos el punto de vista católico, con todos sus rostros y matices, ha de estar presente en el espacio público argentino”.

“El punto decisivo -al menos para mí, como ciudadano, católico y obispo- es este: cómo seguir haciendo visiblemente presente la fe cristiana y el humanismo de la tradición católica con su enorme potencial de humanización, en el entramado de la vida argentina. Y hacerlo hoy de manera diversa a como fue ayer, asumiendo con convicción las reglas de juego de la libertad y de la conciencia que son también las del evangelio de Cristo, cuya Persona posee luz propia para atraer y convencer. Él -no nosotros, ni el más santo de nosotros- es la luz que ilumina al mundo”, argumentó.

El prelado consideró “que, en este planteo, el foco de atención se desplaza -sin negarla o menospreciarla- de la relación Iglesia-Estado a la relación de los ciudadanos concretos y la sociedad con sus múltiples rostros y realizaciones con los valores espirituales, religiosos y evangélicos”.

“Ambas relaciones son complejas, pero la segunda (ciudadanos-sociedad-valores) supone una complejidad mucho más fecunda que incluso le da sentido a la primera, que siempre corre el riesgo de presentar a la Iglesia como un poder junto a otro u otros poderes. Sobre ambas hemos de trabajar con paciencia, discernimiento, valentía y libertad evangélica”, sostuvo.

El obispo puntualizó que “respecto a la primera, es justo reconocer que, después de las convulsiones que siguieron al Concilio Vaticano II, la presencia pública de la Iglesia y sus pastores se ha ido redefiniendo mucho y, no sin demoras e incoherencias, en el sentido trazado por el Concilio. Queda, sin embargo, mucho por caminar. En este sentido, los pastores tenemos la grave responsabilidad de cuidar la calidad de nuestras palabras y gestos a la hora de intervenir en la vida pública argentina”.

“Mucho más que antes, hemos de ser escrupulosamente respetuosos de la alteridad (autonomía, libertad y conciencia) de la sociedad y sus diversos sujetos. Máxime, en una sociedad como la argentina a la que tanto le está costando afianzar la institucionalidad de su democracia republicana, por la tendencia a la hegemonía y el autoritarismo de dirigentes y ciudadanos”, estimó, y agregó: “Deberíamos, por ello, seguir desarrollando una exquisita sensibilidad espiritual hacia la diversidad de voces que componen la vida ciudadana argentina. No por estrategia sino con genuina convicción evangélica”.

Monseñor Buenanueva afirmó que “en esta línea de acción, nos viene bien un acento que el fallecido cardenal Carlo Maria Martini postulaba para la Iglesia en general: el gran desafío de la Iglesia en las actuales circunstancias pasa por una mayor capacidad de escucha de los otros actores con los que comparte el camino, especialmente si tienen miradas diferentes a la nuestra. Pacientes para escuchar, remisos para hablar o ensayar propuestas”.

Asimismo, subrayó que “el tema de la misericordia que el papa Francisco ha puesto en el centro de su ministerio pastoral va en la misma dirección. Constituye todo un paradigma eclesiológico: contiene una orientación muy luminosa de la forma histórica, visible y concretamente que el Espíritu Santo está imprimiendo a la Iglesia como sacramento de salvación”.

“Este paradigma (Iglesia ‘en salida’, ‘hospital de campaña’, ‘herida mejor que enferma’, etc.), ha calado hondo en el alma de muchos, pastores, laicos y consagrados. Me cuento entre ellos. Espera todavía un mejor desarrollo orgánico y su encarnación en estilos eclesiales que conjuguen la identidad católica que hace lugar a la diversidad cultural de nuestra Iglesia”, aseveró.

El obispo aseguró que “este planteo despierta muchas preguntas de no sencilla ni rápida respuesta: ¿qué significa ser obispo hoy, en una sociedad plural, con fuertes y legítimos espacios de secularización? ¿Cómo ha de ser mi palabra, mi presencia y mis gestos? ¿Cómo interactuar con los otros actores de la vida ciudadana, sean los poderes públicos como las demás organizaciones de la sociedad civil? ¿Cuándo y cómo intervenir en los debates públicos? ¿En qué dirección alentar la presencia de los fieles católicos laicos? ¿Cómo alentar la vida y misión de las comunidades cristianas en los diversos medios y situaciones en las que viven y profesan la fe?”

Presupuesto
Monseñor Buenanueva insistió en afirmar que “queda todavía mucho camino por transitar. Muchos temas aguardan nuestra atención renovada. Por ejemplo: el presupuesto de culto del Estado nacional. Su forma actual, cuestionada legítimamente por muchos, merece una profunda revisión y modernización”.

“Otro tema: nuestra intervención en los debates ciudadanos y parlamentarios sobre leyes que no expresan una concepción de la persona humana y del bien común que consideramos verdadera y buena para todos. ¿Cómo vivir el testimonio evangélico cuando tenemos que expresar verdades incómodas y vivir una oposición crítica pero constructiva a la sociedad a la que pertenecemos, a la que amamos y queremos ser fieles?”, interpeló.

“Estos y otros temas concretos seguramente han de ocupar nuestras agendas en los próximos años. Sin embargo, e independientemente de la solución que se les dé, lo realmente desafiante para un discípulo de Jesús es la visibilidad de un testimonio evangélico que, sobre todo hoy, ha de tener algunas expresiones más significativas por urgentes y desafiantes: ofrecer esperanza y sentido a las nuevas generaciones; cercanía a las zonas cada vez más amplias de vulnerabilidad y fragilidad humanas; atender con creatividad a la sed de Dios, de sentido y de esperanza que sigue viva en cada ser humano no obstante todos los procesos de secularización”, indicó.


Monseñor Buenanueva concluyó afirmando: “Dios sigue viviendo y obrando en la ciudad moderna, por momentos más parecida a Babel que a la anhelada Jerusalén del cielo. Pero, como le gustaba decir a Brochero: la culpa es de Aquel que se animó a no guardar para sí su condición divina, se vació a sí mismo y tomó la forma de siervo para levantar con él a toda la humanidad. El mismo que, en la casa del publicano Zaqueo, sentenció: he venido a buscar y a sanar lo débil, lo frágil, lo perdido”.+ 

martes, 7 de junio de 2016

Permanencia



por  Russell Ronald Reno
Editor de First Things

Traducido para InfoCatólica por Jorge Soley



Familia y fe. Son dos poderosos modos de pertenencia, uno natural, el otro sobrenatural. Pero ambas, también, son debilitadas por las fuerzas disolventes de nuestro tiempo. La reciente Exhortación Apostólica del Papa Francisco sobre la Familia, Amoris Laetitia, representa un esfuerzo para combatir esta tendencia. El documento afirma muchos aspectos de la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el matrimonio, incluyendo su permanencia. Pero también busca aumentar el alcance de la discreción pastoral de modo que aquellos en situaciones “irregulares” puedan participar de modo tan pleno como sea posible en la vida sacramental de la Iglesia.

El esfuerzo por ser más pastoral caracteriza este pontificado. Francisco quiere enfatizar el poder del amor de Dios, incluso en circunstancias en las que hemos dudado, fallado y caído. Desafortunadamente, Amoris Laetitia participa más que resiste en las tendencias disolventes de nuestros tiempos. Se trata de una complicidad inconsciente, no hay duda. Pero podemos verlo en la manera en que la exhortación convierte el matrimonio en algo a lo que aspiramos en vez de  una realidad sacramental en la que podamos confiar. La Iglesia parece convertirse en un instrumento plástico de misericordia, no en un ancla estable.

Cuando el documento fue publicado, los periodistas se fijaron en el capítulo 8, “Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”. Allí, Francisco aborda la controvertida cuestión de si aquellos en situaciones “irregulares” pueden recibir la Comunión, incluyendo a aquellos que se han divorciado civilmente y se han vuelto a casar, pero cuyo primer matrimonio no ha sido anulado.

Los comentarios sobre las implicaciones del lenguaje, a menudo técnico y a veces confuso, del capítulo han sido abundantes. Los canonistas y los moralistas han analizado lo que Francisco ha escrito de diversas maneras. Pero una cosa es clara: Francisco realiza un paso conceptual mal planteado. Para crear una atmósfera de flexibilidad y bienvenida, habla del matrimonio como de un “ideal” más que como de una realidad sacramental.

Esta estrategia convierte la permanencia misma en un ideal. El divorcio lo traiciona, por supuesto. Tal y como Francisco escribe, “debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia”. Es más, “de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza”.

Parecen afirmaciones decisivas, pero no lo son. Volver a casarse después del divorcio es una “situación objetiva” que la Iglesia enseña que es un impedimento para la recepción de la Comunión. La razón es clara. La Iglesia no reconoce el divorcio civil y en consecuencia considera el primer matrimonio como aún existente.  Así que el segundo matrimonio (si no hay nulidad) no es ningún matrimonio, sino más bien una relación adúltera.

Para evitar este juicio sumario basado en la “situación objetiva” del divorcio y del nuevo “matrimonio”, Francisco sugiere que lo que realmente importa es el “ideal”. Las preguntas clave se convierten en subjetivas, no objetivas. ¿Divorciado y vuelto a casar? Sí, esto presenta serias dificultades. Pero hay una salida (quizás). ¿Haces la penitencia apropiada por el fracaso pasado de estar a la altura del “ideal”, y ahora estás de nuevo comprometido con el “ideal” de un modo sincero? El discernimiento consciente de una persona sobre la respuesta a esta pregunta, sugiere Francisco, es lo que importa. La relación de uno con el “ideal”, determinado en “conversación con el sacerdote”, puede abrir la vía para un mayor discernimiento sobre “aquello que obstaculiza la posibilidad de una participación más plena en la vida de la Iglesia y sobre los pasos que pueden favorecerla y hacerla crecer”.

¿Significará este proceso de auto-examen que los católicos divorciados y vueltos a casar recibirán la Comunión en ciertas circunstancias? El debate continúa, y es realmente importante. Sin embargo debemos concluir que la dimensión más importante de Amoris Laetitia se encuentra en el hecho de que Francisco adopta y afirma lo que la mayoría de nosotros experimentamos hoy en día. Esto no es de mucha ayuda. En nuestra cultura del divorcio, la permanencia es sólo un lejano ideal al que podemos aspirar. El matrimonio ya no es una institución sólida en la que podamos confiar.

Lo que es cierto para el matrimonio es también verdad para una gran parte de nuestra propia experiencia. Sufrimos una existencia crecientemente atomizada, fluida y vulnerable porque carecemos de instituciones en las que podamos confiar. Tenemos ideales de sobra, algunos bastante nobles. Pero tenemos poquísimos lugares estables en los que  apoyarnos y pocos caracterizados por la permanencia fuera de toda duda.

En cierto punto, Francisco escribe sobre los “valores del Evangelio”. Se entiende el porqué. Hablar de valores es popular en nuestros días. Es una manera de señalar una aspiración moral sin centrarse en los problemáticos “no harás esto”. Junto a los ideales, los “valores” nos permiten imaginar una perspectiva moral sin ley, un fracaso moral sin vergüenza y un discernimiento moral sin juicios negativos.

Esto explica porqué nuestra época terapéutica está repleta de ideales y valores. Los encontramos en las definiciones de la misión de las universidades. Las empresas  pregonan orgullosamente sus valores y el “idealismo” se convierte en un instrumento de marketing. Compra estos zapatos o esa pasta de dientes, y la Compañía X hará una contribución para erradicar la polio, plantar un árbol o llevar la conexión a  internet a África. Es un peligroso paso en falso para la Iglesia el meterse en el negocio del marketing de ideales y valores.

Parménides fue uno de los pensadores griegos que aparecieron antes de Sócrates. Su tarea filosófica se le reveló cuando la diosa Justicia le susurró al oído: “aférrate a lo que es y no puede no ser”. “Únete a lo permanente” fue su mensaje. Esto es precisamente lo que un hombre y una mujer buscan cuando hacen sus votos matrimoniales. Desean una alianza que sea y no pueda no ser.

Este deseo es de una realidad, no de un ideal. Por esta razón, la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio, por muy estricta que sea para los estándares de nuestro tiempo, es una buena noticia, un evangelio en un sentido que los ideales y los valores jamás podrán serlo. Somos criaturas finitas, a menudo socavadas por nuestros propios deseos deformados y malas elecciones, y siempre vulnerables ante el sufrimiento y la muerte. El sacramento del matrimonio nos ancla, fundiendo nuestras frágiles vidas con algo que no será erosionado, que no nos fallará o nos traicionará, incluso si nosotros lo traicionamos. Rechazar el divorcio, como la Iglesia Católica ha hecho, es asegurarnos que la permanencia en el matrimonio no es un elusivo ideal, sino una realidad accesible.

Francisco juzga mal nuestra época. Parece que piensa que estamos encerrados dentro de rígidas instituciones y machacados por sistemas legalistas. En mi opinión, la situación es la contraria. Vivimos en una época disolvente. El problema no es que el divorcio sea juzgado severamente. El problema es que los jóvenes experimentan el matrimonio como una institución frágil, incapaz de protegerles del implacable flujo de la vida.

Esto es parte de la vida sin una herencia segura. Se puede confiar en muy pocas instituciones hoy día. La corriente sin fin de poder y dinero gobierna nuestro fluido mundo. Cualquier permanencia que sea posible hoy depende de compromisos personales inalterables, una terrible carga para cualquiera con suficiente autoconocimiento para reconocer lo voluble que es nuestra naturaleza caída. Es una triste ironía que Francisco gravite hacia nociones como “valores” e “ideales”. Son parte del kit de herramientas contemporáneo para disolver las verdades permanentes. Sirven al ideal central de nuestro tiempo: el individuo solitario navegando por su cuenta hacia sus propios fines.

San Agustín observó que todos somos peregrinos en este mundo, caminando hacia nuestro hogar en el cielo. Pero no pensaba que estuviéramos solos y sin hogar. En Cristo, Dios se hizo hombre, no un ideal. Sus sacramentos hacen real lo que significan: no simbolizan valores. Su Iglesia es una “situación objetiva”, una civitas con su propio culto, ritos y leyes.

El papa Francisco habla a menudo y con elocuencia sobre “acompañamiento”. Mientras que tantas otras instituciones ceden en nuestros disolventes tiempos, el mayor regalo de la Iglesia es acompañarnos con una tenaz donación, una inflexible permanencia.