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jueves, 8 de septiembre de 2022

NATIVIDAD DE LA VIRGEN

 


P. José María Iraburu

 

Infocatólica, 8-9-22

 

–Feliz cumpleaños, Santa María bendita.

–Santa María, Madre del Salvador, Llenadegracia desde su concepción. Madre de Dios y Madre nuestra.

 

El Señor reveló el pecado original a Israel desde el principio, desde la caída de Adán y Eva (Gen 3). Y los judíos conocieron su propia condición pecadora, congénita a todos los hombres: «En la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). Pero el Señor, tras la caída, maldijo al diablo en el Edén: «Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer» (3,15). Y al fundar el Pueblo elegido, prometió a Abraham que «serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra» (Gen 12,3). Israel, al paso de los siglos, alternando fidelidades y pecados, persevera en la esperanza de un Salvador, de una nueva Eva, que vencerán al diablo.

 

Espera Israel al Salvador, sí; pero también a su misterioso origen en el mundo, porque sabe que «el Señor mismo os dará la señal: He aquí que la virgen grávida da a luz un hijo, y le da por nombre Emmanuel», Dios con nosotros (Is 7,14). 

 

El Nacimiento de la Santísima Virgen María

En el nacimiento de María, una luz maravillosa se enciende por fin en la oscuridad del mundo. La Aurora de la Luz, predestinada por Dios, por obra del Espíritu Santo, nos trae al Salvador que viene a «iluminar a  los que están en tinieblas y sombras de muerte, para enderezar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,29).  La primera Eva nos trajo pecado, oscuridad y muerte. La nueva Eva nos trae gracia, luz y vida.

 

Es lógico que en el Año litúrgico de la Iglesia se celebre la memoria de los santos en el día de su muerte. Es entonces cuando se ha detenido su crecimiento en la vida de la gracia; y cuando pasan definitivamente de la muerte a la vída: es el dies natalis. Solamente celebra la Iglesia el nacimiento de Jesús, de María, y de San Juan Bautista. Celebramos el nacimiento de María porque desde antes de nacer es ya la Llena de gracia, exenta de todo pecado, preservada en total santidad para venir a ser Madre de Jesús. Y celebramos el nacimiento de San Juan Bautista porque fue santificado antes de nacer: «Así que oyó Isabel el saludo de María, se estremeció el niño de gozo en su seno» (Lc 1,41), y quedó purificado por la presencia de Jesús en el seno de María, que estaba hecha una Custodia eucarística.

 

El nacimiento de María es la gloria de la naturaleza humana

Nacida María según las leyes de la naturaleza humana, y elegida para la Maternidad divina, Ella nos demuestra que nuestra naturaleza no es una natura corrupta, incapaz de recibir la salvación, y menos aún la filiación divina. Por eso canta la liturgia Tota pulchra es, Maria, et macula originalis non est in te… Tu, gloria Jerusalem, Tu laetitia Israel, Tu honorificentia populi nostri… Nacida sin pecado, llena de gracia, en ella, hija de Abraham, del linaje de David, «serán bendecidas todas las naciones de la tierra», porque nos trae al Salvador del mundo. Con  toda humildad y verdad declara de sí misma: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,48). Así es, y así será por los siglos de los siglos. Amén.

 

Como el anciano Simeón toma en brazos al niño Jesús, presentado en el templo, hoy en la Iglesia tomamos en los brazos de nuestra fe y caridad a la niña María recién nacida. Y bendiciendo a Dios decimos: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque han visto mis ojos al origen de nuestra salvación» (cf. Lc 2,29).

 

Sabemos que esta niña tan chiquita va a ser la Madre del Salvador del mundo, la Madre de Dios, la «mujer envuelta en sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de doce estrellas» (Ap 12,1). Texto misteriosamente relacionado con aquel del Génesis : «Ésta te aplastará la cabeza cuando tú la hieras en el talón» (Gen 3,15).

 

Infinita en la humildad y la majestad

En el maravilloso designio de Dios providente, María nace como humilde hija de David, de una estirpe davídica sin gloria mundana. Vive en la menospreciada Galilea, al norte del Israel prestigioso: «Investiga y verás que de Galilea no ha salido profeta alguno» (Jn 7,52). Está María casada con un carpintero, y vive en una aldea apenas conocida: «¿De Nazaret puede salir algo bueno» (Jn 1,46).

 

Poco hablan de ella los evangelistas, aunque muy importante. Se acomodaban a los modos habituales de su entorno, que tanto sujetaban la esposa al esposo. San Mateo no registra la genealogía materna de Jesús, sino sólo la de San José, su padre legal. San Pablo en sus numerosas cartas no cita las apariciones del Resucitado a las santas mujeres, y no menciona a María, aunque alude a su misterio, diciendo de Jesús, «nacido de mujer» (Gál 4,4). Aparte de los condicionamientos culturales, parece claro que ha de verse en esa sobriedad silenciosa un designio altísimo de Dios providente: es providencia del Señor que la vida de María esté «escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3).

 

Ya advirtió San Ignacio de Antioquía (+107) que Dios había guardado el misterio de María en el silencio: Así «quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y el parto de ella, del mismo modo que la muerte del Señor: tres misterios sonoros que se cumplieron en el silencio de Dios» (Efesios XIX,1).

 

Y San Bernardo (+ 1153): «Loable virtud es la virginidad, pero aún más necesaria es la humildad. Puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad». La misma María dice: «“Miró el Señor a la humildad de su sierva” mucho más que a la virginidad. Y aunque por la virginidad agradó a Dios, con todo, concibió por la humildad. De donde consta que la humildad fue la que hizo también agradable su virginidad» (Hom. sobre la Virgen Madre I,5).

 

Pero María es «la Gloriosa», como la llama Gonzalo de Berceo (+1264), y lo es también por designio de Dios providente: «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada». Ella es la Hija del Padre, la Esposa del Espíritu Santo, la Madre de Cristo. Ella es la Aurora maternal del que es la Luz del mundo, el Salvador único de la humanidad. Ella es el punto de paso entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Después de su Hijo, es Ella lo más santo y santificante de la Alianza antigua y de la Nueva. Es la Nueva Eva, la verdadera «madre de todos los vivientes» (Gen 3,20).

 

Dignare me laudare te, Virgo sacrata.

** *

Poco se sabe de las circunstancias y datos concretos acerca del Nacimiento de María, la Virgen. El Protoevangelio de Santiago, apócrifo de finales del siglo II, da algunos detalles. Pero, como es lógico, la Iglesia antigua guardó de un hecho tan extraordinario una tradición constante, que poco después de los Concilios de Éfeso (431) y de Calcedonia (451), vino a celebrarse en el curso anual de la liturgia. Son numerosas las predicaciones de los Santos Padres sobre el nacimiento de María, especialmente entre los Orientales.

 

Destaca el formidable sermón del arzobispo San Andrés de Creta, que la Liturgia de las Horas recoge en el Oficio de lectura (8 septiembre). Nació en Damasco hacia el 660, profesó la vida monástica, fue notable por sus sermones y por sus himnos litúrgicos. Nombrado arzobispo de Gortina en Creta, allí dedicó un Santuario a la Virgen, con el título de la «Fuente Viva». Murió en el año 740.

 

A mediados del siglo VII se comenzó a celebrar en Roma la Natividad de la Virgen, con la Purificación, Anunciación y Asunción de María, en un tiempo en que la violencia del Islam provocaba emigraciones en las regiones sujetas a su yugo. En tiempo del papa Inocencio IV (1243-1254) llegó a tener Octava propia. Actualmente es fiesta no de precepto.

 

–Ave, María purísima.

 

–Sin pecado concebida.

sábado, 5 de enero de 2013

Importante catequesis del Santo Padre sobre el origen de Cristo





Queridos hermanos y hermanas:

La Navidad del Señor con su luz ilumina nuevamente las tinieblas que muchas veces envuelve nuestro mundo y nuestro corazón, y nos trae esperanza y gozo. ¿De dónde viene esta luz? Desde la gruta de Belén en donde los pastores encontraron “a María, a José y al niño acostado en el pesebre” (Lc. 2,16).  Delante a la Sagrada Familia se pone otra pregunta aún más profunda: ¿Cómo pudo aquel niño débil traer una novedad así radical en el  mundo, al punto de cambiar el curso de la historia? ¿No hay quizás algo misterioso sobre su origen que va más allá de aquella gruta?


Texto completo:


sábado, 3 de noviembre de 2012

Catequesis de Benedicto XVI




LA FE NACE EN LA IGLESIA, CONDUCE A ELLA Y VIVE EN ELLA



Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos en nuestro camino de meditación sobre la fe católica. La semana pasada he mostrado cómo la fe es un don, porque es Dios quien toma la iniciativa y viene a nuestro encuentro; y así la fe es una respuesta con la que lo recibimos, como un fundamento estable de nuestra vida. Es un don que transforma nuestras vidas, porque nos hace entrar en la misma visión de Jesús, quien obra en nosotros y nos abre al amor hacia Dios y hacia los demás.

Hoy me gustaría dar un paso más en nuestra reflexión, partiendo de nuevo de algunas preguntas: ¿la fe tiene solo un carácter personal, individual? ¿Solo me interesa a mi como persona? ¿Vivo mi fe yo solo? Por supuesto, el acto de fe es un acto eminentemente personal, que tiene lugar en lo más profundo y que marca un cambio de dirección, una conversión personal: es mi vida que da un giro, una nueva orientación. En la liturgia del Bautismo, en el momento de las promesas, el celebrante pide manifiestar la fe católica y formula tres preguntas: ¿Crees en Dios Padre Todopoderoso? ¿Crees en Jesucristo su único Hijo? ¿Crees en el Espíritu Santo? En la antigüedad, estas preguntas eran dirigidas personalmente al que iba a ser bautizado, antes que se sumergiese tres veces en el agua. Y aún hoy, la respuesta es en singular: “Yo creo”.

Pero este creer no es el resultado de mi reflexión solitaria, no es el producto de mi pensamiento, sino que es el resultado de una relación, de un diálogo en el que hay un escuchar, un recibir, y un responder; es el comunicarse con Jesús, el que me hace salir de mi "yo", encerrado en mí mismo, para abrirme al amor de Dios Padre. Es como un renacimiento en el que me descubro unido no solo a Jesús, sino también a todos aquellos que han caminado y caminan por el mismo camino; y este nuevo nacimiento, que comienza con el Bautismo, continúa a lo largo del curso de la vida. 

No puedo construir mi fe personal en un diálogo privado con Jesús, porque la fe me ha sido dada por Dios a través de una comunidad de creyentes que es la Iglesia, y por lo tanto me inserta en la multitud de creyentes, en una comunidad que no solo es sociológica, sino que está enraizada en el amor eterno de Dios, que en Sí mismo es comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que es Amor trinitario. Nuestra fe es verdaderamente personal, solo si es a la vez comunitaria: puede ser “mi fe”, solo si vive y se mueve en el “nosotros” de la Iglesia, solo si es nuestra fe, nuestra fe común en la única Iglesia.

El domingo en la misa, rezando el “Credo”, nos expresamos en primera persona, pero confesamos comunitariamente la única fe de la Iglesia. Ese “creo” pronunciado individualmente, se une al de un inmenso coro en el tiempo y en el espacio, en el que todos contribuyen, por así decirlo, a una polifonía armoniosa de la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica lo resume de forma clara:“"Creer" es un acto eclesial. La fe de la Iglesia precede, engendra, conduce y alimenta nuestra fe. La Iglesia es la Madre de todos los creyentes. "Nadie puede tener a Dios por Padre si no tiene a la Iglesia por Madre"[San Cipriano]” (n. 181). Por lo tanto, la fe nace en la Iglesia, conduce a ella y vive en ella. Esto es importante para recordarlo.

A principios de la aventura cristiana, cuando el Espíritu Santo desciende con poder sobre los discípulos, en el día de Pentecostés --como se relata en los Hechos de los Apóstoles (cf. 2,1-13)--, la Iglesia primitiva recibe la fuerza para llevar a cabo la misión que le ha confiado el Señor Resucitado: difundir por todos los rincones de la tierra el Evangelio, la buena noticia del Reino de Dios, y guiar así a cada hombre al encuentro con Él, a la fe que salva. Los Apóstoles superan todos los miedos en la proclamación de lo que habían oído, visto, experimentado en persona con Jesús. Por el poder del Espíritu Santo, comienzan a hablar en nuevas lenguas, anunciando abiertamente el misterio del que fueron testigos. En los Hechos de los Apóstoles, se nos relata el gran discurso que Pedro pronuncia en el día de Pentecostés. Comienza él con un pasaje del profeta Joel (3,1-5), refiriéndose a Jesús, y proclamando el núcleo central de la fe cristiana: Aquel que había sido acreditado ante ustedes por Dios con milagros y grandes señales, fue clavado y muerto en la cruz, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, constituyéndolo Señor y Cristo.

Con él entramos en la salvación final anunciada por los profetas, y quien invoque su nombre será salvo (cf. Hch. 2,17-24). Al oír estas palabras de Pedro, muchos se sienten desafiados personalmente, interpelados, se arrepienten de sus pecados y se hacen bautizar recibiendo el don del Espíritu Santo (cf. Hch. 2, 37-41). Así comienza el camino de la Iglesia, comunidad que lleva este anuncio en el tiempo y en el espacio, comunidad que es el Pueblo de Dios basado sobre la nueva alianza gracias a la sangre de Cristo, y cuyos miembros no pertenecen a un determinado grupo social o étnico, sino que son hombres y mujeres provenientes de cada nación y cultura. Es un pueblo “católico”, que habla lenguas nuevas, universalmente abierto a acoger a todos, más allá de toda frontera, haciendo caer todas las barreras. Dice san Pablo: "Donde no hay griego y judío; circuncisión e incircuncisión; bárbaro, escita, esclavo, libre, sino que Cristo es todo y en todos" (Col. 3,11).

La Iglesia, por tanto, desde el principio, es el lugar de la fe, el lugar de transmisión de la fe, el lugar en el que, mediante el Bautismo, estamos inmersos en el Misterio Pascual de la Muerte y Resurrección de Cristo, que nos libera de la esclavitud del pecado, nos da la libertad de hijos y nos introduce a la comunión con el Dios Trino. Al mismo tiempo, estamos inmersos en comunión con los demás hermanos y hermanas en la fe, con todo el Cuerpo de Cristo, sacándonos fuera de nuestro aislamiento. El Concilio Vaticano II nos lo recuerda: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Const. Dogm. Lumen Gentium, 9).

Al recordar la liturgia del bautismo, nos damos cuenta de que, al concluir las promesas en las que expresamos la renuncia al mal y repetimos “creo” a las verdades de la fe, el celebrante dice: “Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia que nos gloriamos de profesar en Cristo Jesús Nuestro Señor”. La fe es una virtud teologal, dada por Dios, pero transmitida por la Iglesia a lo largo de la historia. El mismo san Pablo, escribiendo a los Corintios, afirma haberles comunicado el Evangelio que a su vez él había recibido (cf. 1 Cor. 15,3).

Hay una cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, de la proclamación de la Palabra de Dios, de la celebración de los sacramentos, que llega hasta nosotros y que llamamos Tradición. Esta nos da la seguridad de que lo que creemos es el mensaje original de Cristo, predicado por los Apóstoles. El núcleo del anuncio primordial es el acontecimiento de la Muerte y Resurrección del Señor, de donde brota toda la herencia de la fe. El Concilio dice: “La predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua” (Const. Dogm. Dei Verbum, 8).

Por lo tanto, si la Biblia contiene la Palabra de Dios, la Tradición de la Iglesia la conserva y la transmite fielmente, para que las personas de todos los tiempos puedan acceder a sus inmensos recursos y enriquecerse con sus tesoros de gracia. Por eso la Iglesia, “en su doctrina, en su vida y en su culto transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que ella cree” (ibid.).
Por último, quiero destacar que es en la comunidad eclesial donde la fe personal crece y madura. Es interesante notar cómo en el Nuevo Testamento, la palabra “santos” se refiere a los cristianos como un todo, y por cierto no todos tenían las cualidades para ser declarados santos por la Iglesia. ¿Qué se quería indicar, pues, con este término? El hecho es que los que tenían y habían vivido la fe en Cristo resucitado, fueron llamados a convertirse en un punto de referencia para todos los demás, poniéndolos así en contacto con la Persona y con el Mensaje de Jesús, que revela el rostro del Dios vivo.

Y esto también vale para nosotros: un cristiano que se deja guiar y formar poco a poco por la fe de la Iglesia, a pesar de sus debilidades, sus limitaciones y sus dificultades, se vuelve como una ventana abierta a la luz del Dios vivo, que recibe esta luz y la transmite al mundo. El beato Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio afirmó que “la misión renueva la Iglesia, refuerza la fe y la identidad cristiana, da nuevo entusiasmo y nuevas motivaciones. ¡La fe se fortalece dándola!” (n. 2).

La tendencia, hoy generalizada, a relegar la fe al ámbito privado, contradice por tanto su propia naturaleza. Tenemos necesidad de la Iglesia para confirmar nuestra fe y para experimentar los dones de Dios: su Palabra, los sacramentos, el sostenimiento de la gracia y el testimonio del amor. Así, nuestro “yo” en el “nosotros” de la Iglesia, podrá percibirse, al mismo tiempo, como destinatario y protagonista de un acontecimiento que lo sobrepasa: la experiencia de la comunión con Dios, que establece la comunión entre las personas. En un mundo donde el individualismo parece regular las relaciones entre las personas, haciéndolas más frágiles, la fe nos llama a ser Pueblo de Dios, a ser Iglesia, portadores del amor y de la comunión de Dios para toda la humanidad (Cf. Const. Dogm. Gaudium et Spes, 1). Gracias por su atención.

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 31 octubre 2012 (ZENIT.org).-

viernes, 12 de octubre de 2012

Recuperar la memoria y la memorización




Lic. Mónica Moore


Del “efecto péndulo”, no se salva la catequesis: por querer superar una instrucción religiosa basada en la mera repetición de fórmulas dogmáticas, se pasó al desprecio por la memorización.

Cuando estudiamos otras asignaturas es inevitable la memorización de ciertos datos que, si bien deben antes ser razonados, por una cuestión de practicidad luego son mecánicamente memorizados (por ejemplo, las tablas de multiplicar). Para dar una buena lección de historia o geografía, no podemos eludir el recuerdo preciso de lugares, fechas, personas. Sin embargo, se llegó a pensar que la memorización en catequesis era algo obsoleto y que atentaba, incluso, contra su espíritu.

La memoria es una dimensión humana que no está ligada solamente a lo intelectual; redescubrir los ámbitos existenciales en los que interviene, nos permitirá apreciar su valor en la vida cristiana, y por lo tanto, en la catequesis. La memoria tiene que ver con nuestra identidad: las experiencias que atesoramos (las que vivimos o nos contaron), forman parte de lo que somos. Igualmente, nuestra identidad cristiana se va construyendo mediante el conocimiento vivo y experiencial de Jesús, de sus enseñanzas, de su presencia real en la comunidad.

La memoria va de la mano de aquellas instancias en que participamos activamente: cuando nos involucramos en un trabajo, en un esfuerzo de comprensión, en una búsqueda, aquello que hemos protagonizado queda más particularmente “grabado” en nuestra memoria. En la medida en que la catequesis sea una propuesta que apele a la participación, más podrá afianzar el proceso de maduración en la fe. Y esencialmente, la memoria tiene una fuerte carga afectiva: aquello que influye en el corazón (con gozo o dolor), deja una impronta imborrable; por eso, todo lo que aprendemos en un clima de cariño, aceptación y contención se internaliza con más facilidad. Si esta dimensión afectiva es decisiva en todo aprendizaje, en la catequesis adquiere una relevancia especial.

La consideración de la memoria desde una perspectiva más amplia, nos permite redescubrir la utilidad, pertinencia y necesidad de la memorización, no entendida ya como mero almacenamiento de datos sino como incorporación de conocimientos de importancia vital, “conquistados” en un proceso de experiencias reflexionadas e interiorizadas, activamente buscadas, vinculadas con el mundo de los afectos, que van constituyendo un “tesoro interior” que podemos llevar siempre con nosotros, degustar y profundizar.

Presupuesto este itinerario, algunas frases claves de las Escrituras (recordando el libro y al menos el capítulo en el que se encuentran), oraciones esenciales, las principales definiciones de fe, fórmulas sacramentales, ciertos términos específicos, jaculatorias, estribillos de canciones, son irremplazables a la hora de cultivar nuestra “memoria cristiana”. Hay que animarse a proponerlos, exigiendo su memorización, alentados por la Palabra misma de Dios: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Incúlcalas a tus hijos, y háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas de viaje, al acostarte y al levantarte. Átalas a tu mano como un signo, y que estén como una marca sobre tu frente”. (Deut. 6, 5-8).

Lectura sugerida: DE VOS, Francisco: Pensar la Catequesis, Ed. Claretiana, Buenos Aires, 2001, 2º Ed., pág. 95-104.

Publicado por Encuentro | Publicado: 05/08/2012