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martes, 21 de junio de 2022

MANIFIESTO

 

ES LA HORA DE LA VERDADERA ESCUELA CATÓLICA


Observatorio Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia


20-6-2022

 

Hacemos público este Manifiesto tras la conferencia del mismo título organizada por nuestro Observatorio y celebrada en Lonigo (Vicenza), con amplia participación, el pasado sábado 4 de junio. Quienes piensen, como nosotros, que ha llegado el momento de la verdadera y libre escuela católica y que debemos salir de la camisa de fuerza del actual sistema Estado-Iglesia, pueden sumarse al Manifiesto simplemente escribiendo un correo electrónico a info.ossvanthuan@gmail .com Nos dirigimos a los padres que practican la educación en el hogar, las escuelas para padres (padres y maestros), los maestros de las escuelas católicas para padres, los maestros católicos en la escuela pública. Puedes unirte como escuela o como individuo. Quienes se adhieren al Manifiesto no ingresan a una nueva asociación, simplemente declaran que comparten su enfoque y se ponen a disposición para acoger y participar de las actividades del Observatorio en este sentido, con la esperanza de que esto genere un gran movimiento.

 

*****

Manifiesto

La Escuela Católica expresa la actividad educativa pública del orden natural y sobrenatural de la Religión Católica.

 

La educación católica en la escuela católica es el deber/derecho fundante y originario de la Iglesia Católica, es el deber/derecho originario no fundante de los padres y es un deber derivado , subsidiario y ordenado al bien común de la comunidad política.

 

La Iglesia tiene un deber/derecho fundante y originario en cuanto que está llamada por esencia y misión a anunciar la salvación de Cristo a todos los hombres, asumiendo, confirmando y purificando la dimensión natural de su vida. La Iglesia tiene un papel público "supereminente" en el campo educativo y no simplemente como sustituto o complemento.

 

La Iglesia a través de la educación católica y la Escuela católica genera cultura y produce civilización, ya que la verdad de Cristo ilumina todas las diversas esferas de la cultura y la civilización, induciéndolas a ser plenamente ellas mismas en su legítima autonomía, lo que no sucede en un régimen laico sino sólo en la relación estructurada de dependencia de la razón respecto de la fe en la revelación.

 

La educación católica en la Escuela Católica asume las disciplinas a enseñar según su estructura epistémica natural (contenido y metodológica) y dentro de un marco orgánico de conocimiento en el que algunas disciplinas tienen un carácter arquitectónico en tanto son capaces de autofundarse - la Metafísica de estando en el plano natural y la Sagrada doctrina en el sobrenatural- mientras que otros tienen una autonomía dependiendo de los principios de otras ciencias. La Escuela Católica, por tanto, educa en la Sabiduría, entendida como la capacidad de dar unidad de sentido a la vida según los primeros principios y en vista de los fines últimos.

 

El naturalismo educativo y el personalismo educativo son posiciones incongruentes y reduccionistas en cuanto admiten una autonomía que ya no es legítima de la educación natural respecto de la dimensión sobrenatural y de la razón respecto de la revelación. Son el comienzo de la secularización de la educación que produce efectos cada vez más radicales, acentuando progresivamente el éxodo de la educación desde sus propios presupuestos religiosos primero y naturales y éticos después.

 

Los padres tienen un papel original dictado por la naturaleza, siendo la educación una continuación de la procreación. Sin embargo, no tienen un derecho absoluto, ya que por naturaleza tienen ante todo un deber, el deber de educar a sus hijos en el bien, la verdad, la justicia, la belleza, el orden según los fines naturales y sobrenaturales de su persona y según el orden y la ley natural y divina.

 

La comunidad política tiene un deber educativo como responsable del bien común pero no fundante ni originario, ni directo sino derivado. La comunidad política debe ejercerla no directa y absolutamente sino en orden al bien común, por tanto al orden finalista natural y divino de la sociedad, asumiendo tareas indirectas y subsidiarias encaminadas a garantizar las condiciones para que los sujetos fundadores y originarios - Iglesia y padres - puedan llevar a cabo su acción educativa.

 

El Estado moderno y contemporáneo deforma las legítimas tareas educativas de la comunidad política, centralizando en sí misma la tarea educativa y privando tanto a la Iglesia, por una concepción errónea de la laicidad de la educación, como a los padres, dado que el fundamento natural de la educación deber de estos últimos se pierde sin el apoyo de la dimensión religiosa de la religio vera .

 

El estatismo educativo no sólo es profundamente erróneo desde el punto de vista de "quién" debe educar, sino también profundamente erróneo con respecto a "qué" educar. Dada su centralización y su visión absoluta de sí mismo, el Estado acaba imponiendo sus propios contenidos educativos, moldeando el alma de los alumnos y alumnas según sus propios principios y enseñando los contenidos de una "religión civil" artificial e instrumental. Este totalitarismo educativo se expresa no sólo en los regímenes autoritarios sino también en las democracias liberales. Consiste en un sistema no educativo, ideológico y ateo.

 

Hoy el estado se ha vuelto instrumental con respecto a los poderes globales e incorpora en su propia "religión civil", enseñada sistemáticamente en el sistema de educación pública, las necesidades operativas de los centros de interés supraestatales. La ideología globalista deseducativa ahora se suma a la ideología estatista sin educación.

 

La Iglesia Católica hoy en general considera su tarea educativa pública no como algo esencial para ella misma, aceptando la titularidad primaria del Estado en este campo y entendiendo por acción propia o sustitutiva, cuando el presunto titular legítimo de la educación se encuentra en la imposibilidad de ejerciendola, o como actividad de animación social dirigida a valores humanísticos genéricos de solidaridad y fraternidad. De hecho, niega tener un papel educativo público "supereminente" como Iglesia y acepta el laicismo educativo que está destinado a convertirse en laicismo educativo. Esta posición de la Iglesia se manifiesta en tres áreas: a) la presencia de maestros católicos en la escuela del Estado se entiende como funcional a los objetivos educativos del Estado, incluida la Enseñanza de la Religión Católica; b) la escuela católica entre pares es interna al sistema público integrado y por tanto depende jurídicamente y en última instancia de las indicaciones del Estado; c) Las instituciones eclesiásticas suelen oponerse a la escuela católica de padres.

 

Las necesidades de la Educación Católica y de la Escuela Católica exigen salir del Estado y también de las realidades eclesiásticas institucionales donde comparten y colaboran en el sistema deseducativo estadístico y globalista. Esto es posible en los tres niveles de presencia de docentes católicos en la escuela pública, en la escuela católica paritaria y en la escuela católica de padres a los que asimilamos la educación en el hogar. También es evidente que las limitaciones y restricciones son mayores en el primer caso y luego gradualmente menores en los otros dos. Esto dice que hoy la escuela católica de padres, a pesar de sus dificultades, es el principal camino a seguir para garantizar la coherencia en la educación católica. Sin embargo, la escuela católica de padres debe evitar dos errores de enfoque. La primera es olvidar su carácter de educación “pública”, es decir, encaminada a la consecución del verdadero bien común, acabando de algún modo privatizando. La segunda es alegrarse de la "heroica existencia autónoma" de uno cuando, en cambio, la escuela católica gratuita debe entenderse como un camino "desde abajo" para que la Iglesia recupere la conciencia de su deber supereminente de desempeñar un papel público educativo.

 

Somos conscientes de que en esta etapa histórica y eclesial debemos empezar desde abajo.

 

Adhesión al Manifiesto ya los compromisos del Observatorio.

 

Invitamos a los padres involucrados en la educación en el hogar, las escuelas católicas para padres (padres y maestros), las escuelas católicas para padres y los maestros católicos individuales en la escuela estatal, a adherirse a este Manifiesto. Puedes unirte como escuela o como individuo. El Observatorio se compromete a hacer su propia contribución de acuerdo con su naturaleza específica como institución dedicada a la doctrina social de la Iglesia. Será compromiso del Observatorio dar seguimiento a este Manifiesto con iniciativas encaminadas a adherirse al estudio de las razones doctrinales de la educación católica, la formación de los maestros católicos y la promoción pública del principio innegociable de la verdadera libertad educativa. La Secretaría del Observatorio se encargará de aceptar las adhesiones: info.ossvanthuan@gmail.com

 

Observatorio Cardenal Van Thuân sobre la Doctrina Social de la Iglesia

www.observatoriovanthuano.com

sábado, 14 de marzo de 2020

Un aniversario para no olvidar



 los 25 años de «Evangelium vitae»

Monseñor Héctor Aguer

Infocatólica, 11/03/20

El 25 de Marzo la Iglesia celebra la solemnidad de la Anunciación del Señor, es decir, la Encarnación del Hijo eterno de Dios en el seno de María Santísima, que acogió con obediencia el mensaje del ángel. Ese día se cumple este año un cuarto de siglo de la publicación de la encíclica Evangelium vitae, de San Juan Pablo II. En 2018, el 25 de julio, se cumplieron 50 años desde que San Pablo VI promulgó la encíclica Humanae vitae tradendae, sobre la regulación de la natalidad; este aniversario pasó inadvertido, aun en Roma. Viene a propósito recordar que la decisión del Papa Montini de señalar como inmoral el uso de métodos artificiales para evitar los nacimientos fue resistida por vastos sectores de la Iglesia, incluyendo Conferencias Episcopales enteras, que esperaban un pronunciamiento a favor, sostenido por teólogos progresistas. El comportamiento contrario a la moral católica se instaló con fuerza en la cultura vivida, lo cual constituye un verdadero drama en la Iglesia actual. El espíritu del mundo, contrario a la fe, y la confusión, se impusieron en la conciencia de muchísimos fieles. Se puede temer, entonces, que el largo, profundo y claro documento del Papa Wojtyla sufra una suerte semejante, que no se recuerde su aniversario vigésimo quinto. 

La fecha «redonda» invita a retomar ese texto fundamental, más que oportuno sobre todo en la circunstancia crucial que enfrenta la Argentina.

El Evangelio de la vida fue proclamado por Juan Pablo II después de considerar detenidamente los antecedentes bíblicos, de la tradición eclesial y del magisterio precedente. Lo hizo el Papa en términos solemnísimos, análogos a los empleados en una definición dogmática: Por tanto, con la autoridad conferida por Cristo a Pedro, y a sus sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia Católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral (n. 57), y añade que nunca puede ser lícita ni como fin ni como medio para un fin bueno. Lo que se afirma respecto de un embrión humano y de un feto, vale también para un adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante a quienes se quiera aplicar la «buena muerte», la eutanasia. Esta es así impugnada moralmente, lo mismo que el aborto. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Estos crímenes tienen una presencia ancestral en la historia de la humanidad; lo que resulta patéticamente original en nuestro tiempo es que se los proponga como «derechos humanos».

Cada parágrafo de la encíclica está encabezado por una cita bíblica que sirve de referencia inspiradora. A la luz del episodio de Caín y Abel (Gén. 4, 10) se hace notar que los atentados contra la vida humana son, de algún modo, atentados contra Dios mismo, y que si bien han marcado repetidamente la historia, se registran actualmente con nuevas características y pretenden ser reconocidos como derechos, legalmente permitidos por el Estado, y que deberían ser ejercidos mediante la intervención gratuita de los agentes sanitarios. Registra el pontífice el «eclipse del valor de la vida», que veinticinco años después los argentinos reconocemos a través de las noticias cotidianas. La decadencia de la cultura nacional, la destrucción de la familia, y la inanidad de la educación, se muestran en los casos repetidos de homicidios cometidos por jóvenes y adolescentes, en el asesinato de mujeres por mano de sus parejas y ex parejas, en los secuestros, abusos sexuales y muertes de niñas. El espantoso episodio de Villa Gesell deja ver que «el eclipse del valor de la vida» se extiende en todos los ambientes y clases sociales.

Es interesante destacar -como aparece claro en Evangelium vitae- el intento de culpar a la Iglesia de la difusión del aborto por condenar moralmente la anticoncepción; según esos planteos esta podría ser una ayuda eficaz contra la tentación de eliminar al fruto de la concepción en un embarazo no deseado. Nota el Papa que si bien anticoncepción y aborto son males específicamente distintos, están íntimamente relacionados. A veces surgen bajo el impulso de múltiples dificultades existenciales, aunque estas «no pueden eximir de observar plenamente la ley de Dios». Pero en muchísimas otras oportunidades, la raíz está en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto de la sexualidad, y en un concepto egoísta de la libertad. En los últimos años se advierte la extensión de un fenómeno cultural que es el acceso prematuro, de adolescentes, a la experiencia sexual, favorecido por la propaganda mediática -cada vez más desinhibida- y la mentalidad general, como resultado de la desubicación educativa de la familia y de otros agentes tradicionales de formación de la personalidad. Súmese a estos factores la innegable descristianización de los ambientes más diversos.

El mandamiento «no matarás» es el quinto precepto de la Torá hebrea, ratificado y profundizado por Jesús en el Sermón de la Montaña; ilumina la actitud que corresponde ante la vida humana en toda circunstancia, tutela la dignidad de toda persona. Sin embargo, queda hoy absorbido en una mentalidad relativista, según la cual todo es negociable, y en una idea errada de legalidad en la que aun aquella dignidad resulta sometida a la ley del más fuerte. El Estado tirano, como lo llama el pontífice (n. 20) se oculta bajo la apariencia democrática cuando se llega a la votación de leyes que legalizan los atentados contra la vida de los más pobres e indefensos de la sociedad. Se atribuye entonces a la libertad democrática un significado perverso e inicuo, un poder absoluto sobre los demás, y contra los demás. Este criterio errado se aplica en el desprecio de la vejez y del sufrimiento extremo invocando muchas veces una falsa piedad, que es consecuencia de una incomprensión del sentido de la creación.

Según la encíclia de Juan Pablo II el Evangelio de la vida abarca todo lo que la razón humana y la experiencia afirman sobre el valor de la vida, «lo acoge, lo eleva y lo lleva a término» (n. 30). En Jesucristo, Palabra de vida, Dios comunica el don de la vida divina y eterna; esta gracia otorga plenitud de significado y valor a la vida física y espiritual del hombre en su etapa terrena, ya que constituye su fin. La evolución negativa de las costumbres, y sobre todo el distanciamiento cada vez mayor de las leyes civiles respecto de la ley moral ha conducido a muchas naciones a atropellar valores que «ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado pueden nunca crear, modificar o destruir, sino que deben solo reconocer, respetar y promover» (n. 71). Puede verificarse, desgraciadamente, una «trágica ofuscación de la conciencia subjetiva». La democracia, insiste el texto pontificio, no puede ser mitificada de tal modo que se convierta en sustituto de la moralidad y adopte decisiones «tiránicas» respecto del ser humano más débil e indefenso; serían crímenes legitimados por el consenso popular.

El Evangelio de la vida, que es el Evangelio del amor de Dios al hombre, condena todo el espectro de atentados que la sociedad moderna considera como orgullosas conquistas; además del aborto se citan las técnicas de reproducción artificial, que «separan la procreación del contexto integralmente humano del acto conyugal» (n. 14), y ciertos diagnósticos prenatales, que una mentalidad pseudoterapéutica valida como «aborto eugenésico», con desprecio de las limitaciones que pueden preverse en el embrión, la minusvalidez y la enfermedad (ib.). Asimismo, junto con la eutanasia, se reprueban sus formas subrepticias, fruto de una cultura que es incapaz de comprender el significado y el valor humano del sufrimiento. La descristianización de la cultura priva a los hombres y a las comunidades de la luz que procede de la Cruz del Señor. La encíclica aborda también los problemas de conciencia y los principios sobre la cooperación en acciones moralmente malas (n. 74).

El magisterio de Juan Pablo II ha sido continuado por el de Benedicto XVI, quien ha destacado especialmente la gravedad de la negación del concepto metafísico de naturaleza, y por consiguiente del orden natural y la ley natural. El positivismo jurídico en sus varias realizaciones fortalece esa postura inhumana de la que se sigue la pérdida del sentido de la existencia, que aflige a tantos hombres y mujeres de hoy en las sociedades desarrolladas. Un ficticio desarrollo económico ha llevado en muchos casos a un subdesarrollo en humanidad, que finalmente reduce al anterior a un privilegio para muy pocos. La difusión de la ideología de género, so pretexto de contribuir a la dignificación de las mujeres y a la recuperación de derechos y de los lugares que en la sociedad les corresponden, las menoscaba en lo esencial de su condición femenina. El parágrafo 99 exhorta a las mujeres a promover un «nuevo feminismo» que, sin caer en la tentación de seguir modelos «machistas», sepa «reconocer y expresar el verdadero espíritu femenino en todas las manifestaciones de la convivencia ciudadana, trabajando por la superación de toda forma de discriminación, de violencia y de explotación». Una propuesta valiosa y audaz. Bien oportuna veinticinco años después, cuando las manifestaciones de feminismo extremo muestran a mujeres horriblemente masculinizadas, de las que han desaparecido los rasgos naturales que deberían caracterizarlas. Este fenómeno expresa actitudes de desprecio a la condición de esposa y de madre, núcleo esencial de la familia que se conserva felizmente en muchos países -de África, por ejemplo- que no se han plegado a las pretensiones de un Occidente descristianizado y deshumanizado.

La encíclica concluye con una bella oración a la Santísima Virgen, que me complazco en copiar: «Oh María, aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida: mira, Madre, el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad. Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida. Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida».

viernes, 6 de enero de 2017

La verdadera historia de los Reyes Magos


Gaceta.es 6 enero, 2017

Vinieron unos magos de oriente, siguiendo el camino de una estrella, y adoraron al Niño Dios. Esta es una de las tradiciones más sólidas, antiguas y arraigadas del imaginario cristiano. Todo el mundo sabe que la fuente evangélica de esta tradición es el texto de Mateo (2, 1-2). Todo el mundo sabe que Mateo habla de “magos”, sin precisar número ni otra condición. Todo el mundo sabe que la palabra “magos”, en el contexto evangélico, designa específicamente a la casta sacerdotal meda o persa, una de cuyas fuentes de conocimiento era la observación astronómica y cuyos miembros, por otro lado, solían salir de los linajes aristocráticos (de ahí que no sea incongruente llamarlos “reyes”). Todo el mundo sabe, en fin, que la tradición que sigue viva en la Iglesia católica no bebe tanto en el escueto texto evangélico como en otras fuentes apócrifas (el Pseudo Tomás del siglo II, por ejemplo). Y sobre estas cosas que todo el mundo sabe, la tradición (tanto popular como erudita), las revelaciones místicas y el estudio historiográfico han permitido construir hipótesis de gran riqueza e interés. Aquí resumiremos una de ellas basada en tres fuentes. Una, legendaria, es El libro de los reyes magos de Juan de Hildesheim, hacia 1370. Otra, mística, son las Visiones de Anna Katherina Emmerich, finales del siglo XVIII. La tercera, académica, es el imprescindible tratado de Franco Cardini Los Reyes Magos, publicado en el año 2000.

Sabios que escrutan el horizonte

Desde mucho antes del nacimiento de Cristo, varias generaciones de sabios escrutaron el horizonte para verificar la profecía: una estrella anunciaría el nacimiento de un rey. Tales observaciones se efectuaban desde una alta montaña que la tradición conoce como Vaus o Victoriales, en el confín occidental de la India. Probablemente se trata del monte Zard Küh, 4.548 m., en Irán, la cumbre más alta de los Montes Zagros. Hay innumerables estudios sobre qué tipo de astro pudo haber sido el que diera el aviso: casi todos los investigadores coinciden en que no fue tanto un astro como una conjunción o, más precisamente, una serie inusual de conjunciones y fenómenos. El hecho es que en esta cumbre habrían confluido tres reyes, o tres magos, o tres magos de estirpe real. Uno, Teokeno, luego llamado Melchor, vivía en Media, la tierra de los medos, a orillas del Caspio, quizás al sur del actual Turkmenistán. El segundo, Mensor, luego llamado Gaspar, de estirpe caldea, gobernaba las islas del Éufrates, tal vez en la actual frontera entre Irán e Irak. El tercero, Sair, luego llamado Baltasar, venía aún más del sur, quizá de lo que hoy es Kuwait, al sur del lago de Basora. A Melchor se le supone un origen indio; a Gaspar, persa; a Baltasar, árabe. Hay que decir que esos nombres no son los únicos que se ha atribuido a los magos en la literatura del cristianismo temprano: en griego se llamaron Apelikón, Amerín y Damascón, y en hebreo Magalath, Serakín y Galgalath.

Los magos vieron la Estrella –fuera lo que fuere- y se pusieron en camino. Gaspar y Baltasar estaban juntos en el momento de divisar la luz, así que emprendieron juntos la ruta. Hay que imaginar el largo y vistoso séquito de sirvientes y escoltas, la caravana de mulas y dromedarios. Una antigua ruta caravanera bordea el desierto de Arabia y Siria, al sur del Éufrates, para descender a lo que hoy es Jordania. Este es el camino que toman Gaspar y Baltasar. En cuanto a Melchor, que viaja en solitario y desde el norte, cruza Babilonia para alcanzar a sus compañeros. Por otro camino –la ruta caravanera del norte, la que bajaba desde el curso alto del Éufrates hasta Damasco- hubiera podido llegar antes a Belén, pero Melchor prefiere viajar junto a Gaspar y Baltasar. De manera que cruza el Tigris y el Éufrates hacia el sur: Sippar, Babilonia, Borsippa, el viejo imperio de Nabucodonosor, ahora en manos de los partos, y se reúne con sus amigos en una ciudad enigmática, en ruinas, una urbe fantasma de la que ya entonces sólo quedaban largas filas de columnas y anchas puertas almenadas, con algunas estatuas de airosa compostura. ¿Cuál era esa ciudad? Es un misterio. Por la descripción, debió de tratarse de alguna vieja capital edificada en tiempos de Alejandro. Nada, en todo caso, quedaba entonces de ella; menos queda hoy.

Los tres reyes comparten camino durante meses hasta llegar a Judea. Entran en Judea, por el sur, por la tierra de los moabitas, que hoy es una dura meseta caliza y entonces era el reino de los nabateos. Un poco más al sur habrían llegado a la fascinante Petra, esa lujosa ciudad monumental excavada en la piedra del desierto. Pero los Reyes tuercen a la derecha, hacia el norte. Atraviesan un arroyo que desemboca en el Mar Muerto –tal vez el curso alto del río Arnón, hoy el Guadalmauyib jordano- y se detienen en Metán. Una de las principales rutas caravaneras de oriente terminaba en Dibón, en la orilla este del Mar Muerto, cerca del río Arnón. Hoy allí no hay absolutamente nada. Estamos en una gran hoya, casi 400 metros por debajo del nivel del mar. Pero se cree que por aquí pasaron los Reyes repartiendo dádivas entre los paisanos.

La llegada a Jerusalén

Ahora se trata de bordear el Mar Muerto hasta Jerusalén. Los Reyes enfilan hacia el norte y pasan el río Jordán. Hoy aquí hay un puente que llevó el nombre del general Allenby y después se rebautizó con el del rey Hussein. Entonces no había puente, así que los reyes cruzaron en almadías, con todo su multitudinario séquito y sus camellos. Como era sábado, día santo de los judíos, tuvieron que arreglárselas solos: nadie les ayudó. Pasan el Jordán, dejan Jericó a la derecha y, a la izquierda, Qum Ram, donde muchos siglos después aparecerán los manuscritos esenios.

Los Reyes no van directamente a Belén, sino que antes se detienen en Jerusalén. Allí se entrevistan con Herodes, un rey puesto por los romanos para controlar el territorio. Pero Herodes (no confundir con su hijo Herodes Antipas, que es el de la Pasión) dice no saber nada. Para colmo, la estrella que había guiado a los Reyes deja de verse. Desolados, los Reyes Magos entienden que nada tienen que hacer allí y acuden a Belén, algo más de cinco kilómetros al sur por el viejo camino de Hebrón. Pasan por el villorrio de Bayt Jala. ¿Por qué? Es un misterio. El caso es que llegan a Belén. Buscan la gruta en la que ha nacido Dios, como su estrella les dijo. Y lo encuentran.


¿Fue así? No lo sabemos. Pero pudo ser. Si esta fue la ruta, los Reyes pudieron cubrir unos 2.000 kilómetros, desde los Montes Zagros, Mesopotamia y el Golfo Pérsico, hasta Jerusalén y Belén. Un largo camino. Cierto que lo que hallaron en la meta merecía la pena.

sábado, 18 de enero de 2014

Campaña de difusión de la Doctrina Social




Difundir la doctrina social de la Iglesia es otra tarea prioritaria de la Comisión Episcopal de Pastoral Social (CEPAS). Constituye un valioso instrumento de evangelización de la vida pública que la Iglesia pone a disposición de todo dirigente y ciudadano comprometido en la vida social y política.


“El cristiano sabe que puede encontrar en la Doctrina Social de la Iglesia los principios de reflexión, los criterios de juicio y las directrices de acción como base para promover un humanismo integral y solidario. Difundir esta doctrina constituye, por tanto una verdadera prioridad pastoral, para que las personas, iluminadas por ella, sean capaces de interpretar la realidad de hoy y de buscar caminos apropiados para la acción” .
(Compendio de la DSI, 7)



-    Campaña 1000 + 1000: difusión del Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia del Pontificio Consejo Justicia y Paz.

Desde la CEPAS llevamos adelante la Campaña 1000 + 1000, que consiste en la entrega gratuita de un Compendio de la DSI a los participantes de los distintos programas de la Pastoral Social. Además de esto, promovemos el  compromiso de adquirir un Compendio y entregar el mismo a otro laico o ciudadano de  buena voluntad comprometido en la construcción del bien común.

“En este esfuerzo por conocer el mensaje de Cristo y hacerlo guía de la propia vida, hay que recordar que la evangelización ha ido unida siempre a la promoción humana y a la auténtica liberación cristiana. “Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (Deus caritas est, 15). Por lo mismo, será también necesaria una catequesis social y una adecuada formación en la doctrina social de la Iglesia, siendo muy útil para ello el Compendio de la doctrina social de la Iglesia. La vida cristiana no se expresa solamente en las virtudes personales, sino también en las virtudes sociales y políticas”
(Discurso Inaugural de S.S Benedicto XVI en la V Conferencia General del Episcopal Latinoamericano)

“El Compendio de la Doctrina Social: hecho eclesial y pastoral: la complejidad y aceleración de la vida del hombre, lo mismo que el fenómeno de la globalización, han obligado en los últimos tiempos a un desarrollo continuo de la Doctrina Social de la Iglesia, de modo que ésta hoy constituye un verdadero cuerpo doctrinal. El Papa Juan Pablo II, con su preclara mirada pastoral y en virtud de su autoridad como Pastor de toda la Iglesia, dispuso que el Pontificio Consejo Justicia y Paz redactara el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, cuya versión castellana ha sido publicada recientemente. La riqueza intrínseca del Compendio y la autoridad que dispuso su composición, nos permiten considerarlo como un hecho eclesial y pastoral de magnitud. Y, aunque redactado primeramente para uso de los Pastores, recomendamos su estudio y aplicación a todos los miembros del Pueblo de Dios, en particular a los miembros del clero encargados de exponer la doctrina cristiana, a los catequistas, a los docentes católicos y a los fieles laicos que tienen especiales responsabilidades en la construcción de la sociedad (…)
El Compendio de la Doctrina Social, es un instrumento valioso para conocer esta Doctrina y aportar a ella elementos nuevos. Aconsejamos vivamente su estudio y puesta en práctica”

(La doctrina social de la Iglesia una luz para reconstruir la nación, 4. Cea, 90 Asamblea Plenaria. 11/11/05)

jueves, 3 de octubre de 2013

Practicar lo que creemos







Homilía monseñor Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas para el 26º domingo durante el año (29 de septiembre de 2013)

Agencia Informativa Católica Argentina-Jueves 3 Oct 2013 

El texto de este domingo (Lc. 16,19-31), nos presenta una historia con forma de parábola llamada “El rico malo y Lázaro pobre”, donde muestra la insensibilidad de un hombre rico: “Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y un pobre, llamado Lázaro, que echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico; pero hasta los perros venían y le lamían las llagas…” (Lc. 16,19-21). El texto nos presenta el peligro de idolatrizar las riquezas y de no ser justos y caritativos con aquellos que padecen necesidades. En el juicio final se revelarán todas estas actitudes y el texto termina diciendo: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite” (Lc. 16,31). Lo importante es escuchar la Palabra de Dios y practicarla.

Los cristianos en este tiempo nos hemos dispuesto a centrar un camino de discipulado y misión. Difícilmente podamos asumir un camino de maduración en la fe si no revisamos nuestras actitudes de vida ligadas a la justicia y la caridad, y nos planteamos como nos señala “Navega mar adentro” sobre el escándalo de la pobreza y la exclusión social. En dicho documento los obispos argentinos nos hemos propuesto la necesidad de acentuar en la vida cristiana una mayor formación en la moral social y en la doctrina social de la Iglesia, porque percibimos la ruptura que se da entre la fe y la vida, la fe y los criterios, que hace que los valores no estén suficientemente presentes en nuestra cultura. En muchos espacios de la sociedad hoy es clave que los cristianos seamos testigos de la fe, la vida y los criterios, pero sobre todo en el ámbito de la educación para discernir que contenidos le damos a nuestros jóvenes tanto en las escuelas públicas de gestión estatal como privadas

Esta ruptura de fe y vida, y criterios también se da en el ámbito de la cuestión social. En Navega mar adentro señalamos: “En un país constituido mayoritariamente por bautizados, resulta escandaloso el desconocimiento y, por lo mismo, la falta de vigencia de la Doctrina Social de la Iglesia. Esta ignorancia e indiferencia permiten que no pocos hayan disociado la fe del modo de conducirse cristianamente frente a los bienes materiales y a los contratos sociales de justicia y solidaridad. La labor educativa de la Iglesia no pudo hacer surgir una Patria más justa porque no ha logrado que los valores evangélicos se traduzcan en compromisos cotidianos” (38).

Es importante que hagamos una real evaluación y autocrítica en orden a buscar caminos de conversión a Jesucristo, el Señor y a su propuesta. En la Diócesis tratamos de asumir el documento de Aparecida y “las orientaciones pastorales” de nuestro primer Sínodo diocesano, y de buscar respuestas para la formación y el camino de discipulado sobre todo del laicado que es la mayoría del pueblo de Dios. El instituto de Teología y Pastoral, las escuelas básicas y de ministerios son junto a la catequesis algunas de las respuestas que se ofrecen en la Diócesis. Debo reconocer que es alentador el percibir el alto número de gente que está buscando formación e introducirse en este camino de discipulado.

Es importante señalar que este camino de discipulado no es solo aprender conceptualmente elementos doctrinales. Desde ya que esto también es necesario e importante, pero la formación cristiana implica un “estilo de vida” que debe integrar necesariamente el poner en práctica lo que creemos. El tratar de vivir la caridad. En el amor a Dios y a los hermanos, especialmente a los más pobres encontramos el termómetro que sirve para evaluar nuestro compromiso con el Señor. En “Navega mar adentro” también nos dice que hay signos de esperanza: “No obstante, en el seno de la comunidad cristiana siempre surgen talentos creativos que avivan el fuego de una imaginación de la caridad. Efectivamente, afloran de modo espontáneo, particularmente desde los sectores más pobres, muchas expresiones de solidaridad con raíces humanitarias y evangélicas, las que con un voluntariado audaz y sacrificado van extendiendo redes solidarias, verdaderos puentes de ayuda y cercanía entre los que pueden y se conmueven, y los que necesitan y agradecen…” (39).

Pidamos que no nos pase como a ese rico del Evangelio de este domingo que por su egoísmo e indiferencia perdió el cielo, el abrazo de nuestro Padre Dios.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!


Mons. Juan Rubén Martínez, obispo de Posadas

viernes, 26 de octubre de 2012

Mensaje final




del Sínodo de la Nueva Evangelización


 
Hermanos y hermanas:

“Gracia a vosotros de parte de Dios, nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rm 1, 7). Obispos de todo el mundo, invitados por el Obispo de Roma, el Papa Benedicto XVI, nos hemos reunido para reflexionar juntos sobre “la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana” y, antes de volver a nuestras Iglesias particulares, queremos dirigirnos a todos vosotros, para animar y orientar el servicio al Evangelio en los diversos contextos en los que estamos llamados a dar hoy testimonio.


1. Como la samaritana en el pozo.

Nos dejamos iluminar por una página del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana (cf. Jn 4, 5-42). No hay hombre o mujer que en su vida, como la mujer de Samaría, no se encuentre junto a un pozo con una vasija vacía, con la esperanza de saciar el deseo más profundo del corazón, aquel que sólo puede dar significado pleno a la existencia. Hoy son muchos los pozos que se ofrecen a la sed del hombre, pero conviene hacer discernimiento para evitar aguas contaminadas. Es urgente orientar bien la búsqueda, para no caer en desilusiones que pueden ser ruinosas.

Como Jesús, en el pozo de Sicar, tambiénla Iglesiasiente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo él es el agua que da la vida verdadera y eterna. Sólo Jesús es capaz de leer hasta lo más profundo del corazón y desvelarnos nuestra verdad: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, cuenta la mujer a sus vecinos. Esta palabra de anuncio – a la que se une la pregunta que abre a la fe: “¿Será Él el Cristo?” – muestra que quien ha recibido la vida nueva del encuentro con Jesús, a su vez no puede hacer menos que convertirse en anunciador de verdad y esperanza para con los demás. La pecadora convertida se convierte en mensajera de salvación y conduce a toda la ciudad hacia Jesús. De la acogida del testimonio la gente pasará después a la experiencia directa del encuentro: “Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo”.

2. Una nueva evangelización.

Conducir a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo hacia Jesús, al encuentro con Él, es una urgencia que aparece en todas las regiones, tanto las de antigua como las de reciente evangelización. En todos los lugares se siente la necesidad de reavivar una fe que corre el riesgo de apagarse en contextos culturales que obstaculizan su enraizamiento personal, su presencia social, la claridad de sus contenidos y sus frutos coherentes.

No se trata de comenzar todo de nuevo, sino – con el ánimo apostólico de Pablo, el cual afirma: “¡Ay de mí si non anuncio el Evangelio!” (1 Cor 9,16) – de insertarse en el largo camino de proclamación del Evangelio que, desde los primeros siglos de la era cristiana hasta el presente, ha recorrido la historia y ha edificado comunidades de creyentes por toda la tierra. Por pequeñas o grandes que sean, éstas con el fruto de la entrega de tantos misioneros y de no pocos mártires, de generaciones de testigos de Jesús, de los cuales guardamos una memoria agradecida.

Los cambios sociales y culturales nos llaman, sin embargo, a algo nuevo: a vivir de un modo renovado nuestra experiencia comunitaria de fe y el anuncio, mediante una evangelización “nueva en su ardor, en sus métodos, en sus expresiones” (Juan Pablo II, Discurso ala XIX Asambleadel CELAM, Port-au-Prince 9 marzo 1983, n. 3) como dijo Juan Pablo II. Una evangelización dirigida, como nos ha recordado Benedicto XVI, “principalmente a las personas que, habiendo recibido el bautismo, se han alejado dela Iglesiay viven sin referencia alguna a la vida cristiana [...], para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el unico que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que lleva consigo alegría y esperanza para la vida personal, familiar y social” (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la solemne inauguración dela XIII Asambleageneral ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 7 octubre 2012).

3. El encuentro personal con Jesucristo en la Iglesia.

Antes de entrar en la cuestión sobre la forma que debe adoptar esta nueva evangelización, sentimos la exigencia de deciros, con profunda convicción, que la fe se decide, sobre todo, en la relación que establecemos con la persona de Jesús, que sale a nuestro encuentro. La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo. Os invitamos a todos a contemplar el rostro del Señor Jesucristo, a entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, derramada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu. En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por la entera familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva de su imposible autonomía, sino que la ha unido a si mismo por medio de una renovada alianza de amor.

La Iglesia es el espacio ofrecido por Cristo en la historia para poderlo encontrar, porque Él le ha entregado su Palabra, el bautismo que nos hace hijos de Dios, su Cuerpo y su Sangre, la gracia del perdón del pecado, sobre todo en el sacramento dela Reconciliación, la experiencia de una comunión que es reflejo mismo del misterio dela Santísima Trinidady la fuerza del Espíritu que nos mueve a la caridad hacia los demás.

Hemos de constituir comunidades acogedoras, en las cuales todos los marginados se encuentren como en su casa, con experiencias concretas de comunión que, con la fuerza ardiente del amor, -“Mirad como se aman” (Tertulliano, Apologetico, 39, 7) – atraigan la mirada desencantada de la humanidad contemporánea. La belleza de la fe debe resplandecer, en particular, en la sagrada liturgia, sobre todo enla Eucaristíadominical. Justo en las celebraciones litúrgicasla Iglesiamuestra su rostro de obra de Dios y hace visible, en las palabras y en los gestos, el significado del Evangelio.

Es nuestra tarea hoy el hacer accesible esta experiencia de Iglesia y multiplicar, por tanto, los pozos a los cuales invitar a los hombres y mujeres sedientos y posibilitar su encuentro con Jesús, ofrecer oasis en los desiertos de la vida. De esto son responsables las comunidades cristianas y, en ellas, cada discípulo del Señor. Cada uno debe dar un testimonio insustituible para que el Evangelio pueda cruzarse con la existencia de tantas personas. Por eso, se nos exige la santidad de vida.

4. Las ocasiones del encuentro con Jesús y la escucha de la Escritura

Algunos preguntarán cómo llevar a cabo todo esto. No se trata de inventar nuevas estrategias, casi como si el Evangelio fuera un producto a poner en el mercado de las religiones sino descubrir los modos mediante los cuales, ante el encuentro con Jesús, las personas se han acercado a Él y por Él se han sentido llamadas y adaptarlos a las condiciones de nuestro tiempo.

Recordamos, por ejemplo, cómo Pedro, Andrés, Santiago y Juan han sido llamados por Jesús en el contexto de su trabajo, cómo Zaqueo ha podido pasar de la simple curiosidad al calor de la mesa compartida con el Maestro, cómo el centurión pide la intervención del Señor ante la enfermedad de una persona cercana, como el ciego de nacimiento lo ha invocado como liberador de su propia marginación, como Marta y María han visto recompensada su hospitalidad con su propia presencia. Podemos continuar aún recorriendo las páginas de los Evangelios y encontrando tantos y tantos modos en los que la vida de las personas se ha abierto, desde diversas condiciones, a la presencia de Cristo. Y lo mismo podemos hacer con todo lo quela Escrituranos dice de la experiencia misionera de los apóstoles enla Iglesianaciente.

La lectura frecuente dela Sagrada Escritura, iluminada porla Tradicióndela Iglesiaque nos la entrega y la interpreta auténticamente, no sólo es un paso obligado para conocer el contenido mismo del Evangelio, esto es, la persona de Jesús en el contexto de la historia de la salvación, sino que, además, nos ayuda a hallar espacios nuevos de encuentro con Él, nuevas formas de acción verdaderamente evangélicas, enraizadas en las dimensiones fundamentales de la vida humana: la familia, el trabajo, la amistad, la pobreza y las pruebas de la vida, etc.

5. Evangelizarnos a nosotros mismos y disponernos a la conversión

Queremos resaltar que la nueva evangelización se refiere, en primer lugar, a nosotros mismos. En estos días, muchos obispos nos han recordado que, para poder evangelizar el mundo,la Iglesiadebe, ante todo, ponerse a la escucha dela Palabra. Lainvitación a evangelizar se traduce en una llamada a la conversión.

Sentimos sinceramente el deber de convertirnos a la potencia de Cristo, que es capaz de hacer todas las cosas nuevas, sobre todo nuestras pobres personas. Hemos de reconocer con humildad que la miseria, las debilidades de los discípulos de Jesús, especialmente de sus ministros, hacen mella en la credibilidad de la misión. Somos plenamente conscientes, nosotros los Obispos los primeros, de no poder estar nunca a la altura de la llamada del Señor y del Evangelio que nos ha entregado para su anuncio a las gentes. Sabemos que hemos reconocer humildemente nuestra debilidad ante las heridas de la historia y no dejamos de reconocer nuestros pecados personales. Estamos, además, convencidos de que la fuerza del Espíritu del Señor puede renovar su Iglesia y hacerla de nuevo esplendorosa si nos dejamos transformar por Él. Lo muestra la vida de los santos, cuya memoria y el relato de sus vidas son instrumentos privilegiados de la nueva evangelización.
Si esta renovación fuese confiada a nuestras fuerzas, habría serios motivos de duda, pero en la Iglesia la conversión y la evangelización no tienen como primeros actores a nosotros, pobres hombres, sino al mismo Espíritu del Señor. Aquí está nuestra fuerza y nuestra certeza, que el mal no tendrá jamás la última palabra, ni en la Iglesia ni en la historia: “No se turbe vuestro corazón y no tengáis miedo” (Jn 14, 27), ha dicho Jesús a sus discípulos.
La tarea de la nueva evangelización descansa sobre esta serena certeza. Nosotros confiamos en la inspiración y en la fuerza del Espíritu, que nos enseñará lo que debemos decir y lo que debemos hacer, aún en las circunstancias más difíciles. Es nuestro deber, por eso, vencer el miedo con la fe, el cansancio con la esperanza, la indiferencia con el amor.

6. Reconocer en el mundo de hoy nuevas oportunidades de evangelización
Este sereno coraje sostiene también nuestra mirada sobre el mundo contemporáneo. No nos sentimos atemorizados por las condiciones del tiempo en que vivimos. Nuestro mundo está lleno de contradicciones y de desafíos, pero sigue siendo creación de Dios, y aunque herido por el mal, siempre es objeto de su amor y terreno suyo, en el que puede ser resembrada la semilla de la Palabra para que vuelva a dar fruto.
No hay lugar para el pesimismo en las mentes y en los corazones de aquellos que saben que su Señor ha vencido a la muerte y que su Espíritu actúa con fuerza en la historia. Con humildad, pero también con decisión – aquella que viene de la certeza de que la verdad siempre vence – nos acercamos a este mundo y queremos ver en él una invitación de Dios a ser testigos de su nombre. Nuestra Iglesia está viva y afronta los desafíos de la historia con la fortaleza de la fe y del testimonio de tantos hijos suyos.
Sabemos que en el mundo debemos afrontar una dura lucha contra “los Principados y las Potencias” y “los espíritus del mal” (Ef 6,12). No ocultamos los problemas que tales desafíos suponen, pero no nos atemorizan. Esto lo señalamos especialmente ante los fenómenos de globalización, que deben ser para nosotros oportunidad para extender la presencia del Evangelio. También las migraciones – aún con el peso del sufrimiento que conllevan, y con las que queremos estar sinceramente cercanos, con la acogida propia de los hermanos – son ocasiones, como ha sucedido en el pasado, de difusión de la fe y de comunión en todas sus formas. La secularización y la crisis del primado de la política y del Estado piden a la Iglesia repensar su propia presencia en la sociedad, sin renunciar a ella. Las muchas y siempre nuevas formas de pobreza abren espacios inéditos al servicio de la caridad: la proclamación del Evangelio compromete a la Iglesia a estar al lado de los pobres y compartir con ellos sus sufrimientos, como lo hacía Jesús. También en las formas más ásperas de ateísmo y agnosticismo podemos reconocer, aún en modos contradictorios, no un vacío, sino una nostalgia, una espera que requiere una respuesta adecuada.
Frente a los interrogantes que las culturas dominantes plantean a la fe y a la Iglesia, renovamos nuestra fe en el Señor, ciertos de que también en estos contextos el Evangelio es portador de luz y capaz de sanar la debilidad del hombre. No somos nosotros quienes para conducir la obra de la evangelización, sino Dios. Como nos ha recordado el Papa: “La primera palabra, la iniciativa verdadera, la actividad verdadera viene de Dios y sólo introduciéndonos en esta iniciativa divina, sólo implorando esta iniciativa divina, podemos nosotros también llegar a ser –con él y en él- evangelizadores” (Benedicto XVI, Meditación de la primera congregación general de la XIII Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, Roma 8 octubre 2012).

7. Evangelización, familia y vida consagrada
Desde la primera evangelización la transmisión de la fe, en el transcurso de las generaciones, ha encontrado un lugar natural en la familia. En ella – con un rol muy significativo desarrollado por las mujeres, sin que con esto queramos disminuir la figura paterna y su responsabilidad – los signos de la fe, la comunicación de las primeras verdades, la educación en la oración, el testimonio de los frutos del amor, han sido infundidos en la vida de los niños y adolescentes en el contexto del cuidado que toda familia reserva al crecimiento de sus pequeños. A pesar de la diversidad de las situaciones geográficas, culturales y sociales, todos los obispos del Sínodo han confirmado este papel esencial de la familia en la transmisión de la fe. No se puede pensar en una nueva evangelización sin sentirnos responsables del anuncio del Evangelio a las familias y sin ayudarles en la tarea educativa.
No escondemos el hecho de que hoy la familia, que se constituye con el matrimonio de un hombre y una mujer que los hace “una sola carne” (Mt 19,6) abierta a la vida, está atravesada por todas partes por factores de crisis, rodeada de modelos de vida que la penalizan, olvidada de las políticas de la sociedad, de la cual es célula fundamental, no siempre respetada en sus ritmos ni sostenida en sus esfuerzos por las propias comunidades eclesiales. Precisamente por esto, nos vemos impulsados a afirmar que tenemos que desarrollar un especial cuidado por la familia y por su misión en la sociedad y en la Iglesia, creando itinerarios específicos de acompañamiento antes y después del matrimonio.en las formas más penosas de atey son un signo de esta fuente de vida plena para los hombres en la sociedad. Las muchas y siempr Queremos expresar nuestra gratitud a tantos esposos y familias cristianas que con su testimonio continúan mostrando al mundo una experiencia de comunión y de servicio que es semilla de una sociedad más fraterna y pacífica.
Nuestra reflexión se ha dirigido también a las situaciones familiares y de convivencia en las que no se muestra la imagen de unidad y de amor para toda la vida que el Señor nos ha enseñado. Hay parejas que conviven sin el vínculo sacramental del matrimonio; se extienden situaciones familiares irregulares construidas sobre el fracaso de matrimonios anteriores: acontecimientos dolorosos que repercuten incluso sobre la educación en la fe de los hijos. A todos ellos les queremos decir que el amor de Dios no abandona a nadie, que la Iglesia los ama y es una casa acogedora con todos, que siguen siendo miembros de la Iglesia, aunque no pueden recibir la absolución sacramental ni la Eucaristía. Que las comunidades católicas estén abiertas a acompañar a cuantos viven estas situaciones y favorezcan caminos de conversión y de reconciliación.
La vida familiar es el primer lugar en el cual el Evangelio se encuentra con la vida ordinaria y muestra su capacidad de transformar las condiciones fundamentales de la existencia en el horizonte del amor. Pero no menos importante es, para el testimonio de la Iglesia, mostrar como esta vida en el tiempo se abre a una plenitud que va más allá de la historia de los hombres y que conduce a la comunión eterna con Dios. Jesús no se presenta a la mujer samaritana simplemente como aquel que da la vida sino como el que da la “vida eterna” (Jn 4, 14). El don de Dios que la fe hace presente, no es simplemente la promesa de unas mejores condiciones de vida en este mundo, sino el anuncio de que el sentido último de nuestra vida va más allá de este mundo y se encuentra en aquella comunión plena con Dios que esperamos en el final de los tiempos.
De este sentido de la vida humana más allá de lo terrenal son particulares testigos en la Iglesia y en el mundo cuantos el Señor ha llamado a la vida consagrada, una vida que, precisamente porque está dedicada totalmente a él, en el ejercicio de la pobreza, la castidad y la obediencia, es el signo de un mundo futuro que relativiza cualquier bien de este mundo. Que de la Asamblea del Sínodo de los Obispos llegue a estos hermanos y hermanas nuestros la gratitud por su fidelidad a la llamada del Señor y por la contribución que han hecho y hacen a la misión de la Iglesia, la exhortación a la esperanza en situaciones nada fáciles para ellos en estos tiempos de cambio y la invitación a reafirmarse como testigos y promotores de nueva evangelización en los varios ámbitos de la vida en que los carismas de cada instituto los sitúa.

8. La comunidad eclesial y los diversos agentes de la evangelización
La obra de la evangelización no es labor exclusiva de alguien en la Iglesia sino del conjunto de las comunidades eclesiales, donde se tiene acceso a la plenitud de los instumentos del encuentro con Jesús: la Palabra, los sacramentos, la comunión fraterna, el servicio de la caridad, la misión.
En esta perspectiva emerge sobre todo el papel de la parroquia como presencia de la Iglesia en el territorio en el que viven los hombres, “fuente de la villa”, como le gustaba llamarla a Juan XXIII, en la que todos pueden beber encontrando la frescura del Evangelio. Su función permanece imprescindible, aunque las condiciones particulares pueden requerir una articulación en pequeñas comunidades o vínculos de colaboración en contextos más amplios. Sentimos, ahora, el deber de exhortar a nuestras parroquias a unir a la tradicional cura pastoral del Pueblo de Dios las nuevas formas de misión que requiere la nueva evangelización. Éstas, deben alcanzar también a las variadas formas de piedad popular.
En la parroquia continúa siendo decisivo el ministerio del sacerdote, padre y pastor de su pueblo. A todos los presbíteros, los obispos de esta Asamblea sinodal expresan gratitud y cercanía fraterna por su no fácil tarea y les invitamos a unirse cada vez más al presbiterio diocesano, a una vida espiritual cada vez más intensa y a una formación permanente que los haga capaces de afrontar los cambios sociales.
Junto a los sacerdotes reconocemos la presencia de los diáconos así como la acción pastoral de los catequistas y de tantas figuras ministeriales y de animación en el campo del anuncio y de la catequesis, de la vida litúrgica, del servicio caritativo, así como las diversas formas de participación y de corresponsabilidad de parte de los fieles, hombres y mujeres, cuya dedicación en los diversos servicios de nuestras comunidades no será nunca suficientemente reconocida. También a todos ellos les pedimos que orienten su presencia y su servicio en la Iglesia en la óptica de la nueva evangelización, cuidando su propia formación humana y cristiana, el conocimiento de la fe y la sensibilidad a los fenómenos culturales actuales.
Mirando a los laicos, una palabra específica se dirige a las varias formas de asociación, antiguas y nuevas, junto con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades. Todas ellas son expresiones de la riqueza de los dones que el Espíritu entrega a la Iglesia. También a estas formas de vida y compromiso en la Iglesia expresamos nuestra gratitud, exhortándoles a la fidelidad al propio carisma y a la plena comunión eclesial, de modo especial en el ámbito de las Iglesias particulares.
Dar testimonio del Evangelio nos es privilegio exclusivo de nadie. Reconocemos con gozo la presencia de tantos hombres y mujeres que con su vida son signos del Evangelio en medio del mundo. Lo reconocemos también en tantos de nuestros hermanos y hermanas cristianos con los cuales la unidad no es todavía perfecta, aunque han sido marcados con el bautismo del Señor y son sus anunciadores. En estos días nos ha conmovido la experiencia de escuchar las voces de tantos responsables de Iglesias y Comunidades eclesiales que nos han dado testimonio de su sed de Cristo y de su dedicación al anuncio del Evangelio, convencidos también ellos de que el mundo tiene necesidad de una nueva evangelización. Estamos agradecidos al Señor por esta unidad en la exigencia de la misión.

9. Para que los jóvenes puedan encontrarse con CristoNos sentimos cercanos a los jóvenes de un modo muy especial, porque son parte relevante del presente y del futuro de la humanidad y de la Iglesia. La mirada de los obispos hacia ellos es todo menos pesimista. Preocupada, sí, pero no pesimista. Preocupada porque justo sobre ellos vienen a confluir los embates más agresivos de estos tiempos; no pesimista, sin embargo, sobre todo porque, lo resaltamos, el amor de Cristo es quien mueve los profundo de la historia y además, porque descubrimos en nuestros jóvenes aspiraciones profundas de autenticidad, de verdad, de libertad, de generosidad, de las cuales estamos convencidos que sólo Cristo puede ser respuesta capaz de saciarlos.
Queremos ayudarles en su búsqueda e invitamos a nuestras comunidades a que, sin reservas, entren en una dinámica de escucha, de diálogo y de propuestas valientes ante la difícil condición juvenil. Para aprovechar y no apagar, la potencia de su entusiasmo. Y para sostener en su favor la justa batalla contra los lugares comunes y las especulaciones interesadas de las fuerzas de este mundo, esforzadas en disipar sus energías y a agotarlas en su propio interés, suprimiendo en ellos cualquier memoria agradecida por el pasado y cualquier planteamiento serio por el futuro.
La nueva evangelización tiene un campo particularmente árduo pero al mismo tiempo apasionante en el mundo de los jóvenes, como muestran no pocas experiencias, desde las más multitudinarias como las Jornadas Mundiales de la Juventud, a aquellas más escondidas pero no menos importantes, como las numerosas y diversas experiencias de espiritualidad, servicio y misión. A los jóvenes les reconocemos un rol activo en la obra de la evangelización, sobre todo en su ambientes.

10. El Evangelio en diálogo con la cultura y la experiencia humana y con las religiones.
La nueva evangelización tiene su centro en Cristo y en la atención a la persona humana, para hacer posible el encuentro con él. Pero su horizonte es más ancho en cuanto al mundo y no se cierra a ninguna experiencia del hombre. Eso significa que ella cultiva, con particular atención, el diálogo con las culturas, con la confianza de poder encontrar en todas ellas las “semillas del Verbo” de las que hablaban los Santos Padres. En particular, la nueva evangelización tiene necesidad de una renovada alianza entre fe y razón, con la convicción de que la fe tiene recursos suficientes para acoger los frutos de una sana razón abierta a la trascendencia y tiene, al mismo tiempo, la fuerza de sanar los límites y las contradicciones en las que la razón puede tropezar. La fe no deja de contemplar los lacerantes interrogantes que supone la presencia del mal en la vida y la historia de los hombres, encontrando la luz de su esperanza en la Pascua de Cristo.
El encuentro entre fe y razón nutre el esfuerzo de la comunidad cristiana en el mundo de la educación y la cultura. Un lugar especial en este campo lo ocupan las instituciones educativas y de investigación: escuelas y universidades. Donde se desarrolla el conocimiento sobre el hombre y se da una acción educativa, la Iglesia se ve impulsada a testimoniar su propia experiencia y a contribuir a una formación integral de la persona. En este ámbito merecen una atención especial las escuelas y universidades católicas, en las que la apertura a la trascendencia, propia de todo itinerario cultural sincero y educativo, debe completarse con caminos de encuentro con la persona de Jesucristo y de su Iglesia. Vaya la gratitud de los obispos a todos los que, en condiciones muchas veces difíciles, desempeñan esta tarea.
La evangelización exige que se preste gran atención al mundo de la comunicaciones sociales, que son un camino, especialmente en el caso de los nuevos medios, en el que se cruzan tantas vidas, tantos interrogantes y tantas expectativas. Son el lugar donde en muchas ocasiones se forman las conciencias y se muestran los hechos de la propia vida y deben ser una oportunidad nueva para llegar al corazón de los hombres.
Un particular ámbito de encuentro entre fe y razón se da hoy en el diálogo con el conocimiento científico. Éste, por otro lado, no se encuentra lejos de la fe, siendo manifestación de aquel principio espiritual que Dios ha puesto en sus criaturas y que les permite comprender las estructuras racionales que se encuentran en la base de la creación. Cuando la ciencia y la técnica no presumen de encerrar la concepción del hombre y del mundo en un árido materialismo se convierten, entonces, en un precioso aliado para el desarrollo de la humanización de la vida. También a los responsables de esta delicada tarea se dirige nuestro agradecimiento.
Queremos, además, agradecer su esfuerzo a los hombres y mujeres que se dedican a otra expresión del genio humano: el arte en sus varias formas, desde las más antiguas a las más recientes. En sus obras, en cuanto tienden a dar forma a la tensión del hombre hacia la belleza, reconocemos un modo particularmente significativo de expresión de la espiritualidad. Estamos especialmente agradecidos cuando sus bellas creaciones nos ayudan a hacer evidente la belleza del rostro de Dios y de sus criaturas. La vía de la belleza es un camino particularmente eficaz de la nueva evangelización.
Más allá del arte, toda obra del hombre es un espacio en el que, mediante el trabajo, él se hace cooperador de la creación divina. Al mundo de la economía y del trabajo queremos recordar como de la luz del Evangelio surgen algunas llamadas urgentes: liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable con una perspectiva incierta, amenazada por el desempleo, especialmente entre los jóvenes, poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad. El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación, también por responsabilidad hacia las generaciones venideras.
El Evangelio ilumina también las situaciones de sufrimiento en la enfermedad. En ellas, los cristianos están llamados a mostrar la cercanía de la Iglesia para con los enfermos y discapacitados y con los que con profesionalidad y humanidad trabajan por su salud.
Un ámbito en el que la luz de Evangelio puede y debe iluminar los pasos de la humanidad es el de la vida política, a la cual se le pide un compromiso de cuidado desinteresado y transparente por el bien común, desde el respeto total a la dignidad de la persona humana desde su concepción hasta su fin natural, de la familia fundada sobre el matrimonio de un hombre y una mujer, de la libertad educativa, en la promoción de la libertad religiosa, en la eliminación de las injusticias, las desigualdades, las discriminaciones, la violencia, el racismo, el hambre y la guerra. A los políticos cristianos que viven el precepto de la caridad se les pide un testimonio claro y transparente en el ejercicio de sus responsabilidades.
El diálogo de la Iglesia tiene su natural destinatario, también, en las otras religiones. Si evangelizamos es porque estamos convencidos de la verdad de Cristo, y no porque estemos contra nadie. El Evangelio de Jesús es paz y alegría y sus discípulos se alegran de reconocer cuanto de bueno y verdadero el espíritu religioso humano ha sabido descubrir en el mundo creado por Dios y ha expresado en las diferentes religiones.
El diálogo entre las religiones quiere ser una contribución a la paz, rechaza todo fundamentalismo y denuncia cualquier violencia que se produce contra los creyentes y las graves violaciones de los derechos humanos. Las Iglesias de todo el mundo son cercanas desde la oración y la fraternidad a los hermanos que sufren y piden a quienes tienen en sus manos los destinos de los pueblos que salvaguarden el derecho de todos a la libre elección, confesión y testimonio de la propia fe.

11. En el año de la fe, la memoria del Concilio Vaticano II y la referencia al Catecismo de la Iglesia Católica.En el camino abierto por la nueva evangelización podremos sentirnos a veces como en un desierto, en medio de peligros y privados de referencias. El Santo Padre Benedicto XVI, en la homilía de la Misa de apertura del Año de la fe, ha hablado de una “«desertificación» espiritual” que ha avanzado en estos últimos decenios, pero él mismo nos ha dado fuerza afirmando que “a partir de esta experiencia de desierto, de este vacío, podemos nuevamente descubrir la alegría del creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se descubre el valor de aquello que es esencial para vivir” (Benedicto XVI, Homilía en la celebración eucarística para la apertura del Año de la fe, Roma 11 octubre 2012). En el desierto, como la mujer la samaritana, se va en busca de agua y de un pozo del que sacarla: ¡dichoso el que en él encuentra a Cristo!
Agradecemos al Santo Padre por el don del Año de la fe, preciosa entrada en el itinerario de la nueva evangelización. Le damos las gracias también por haber unido este Año a la memoria gozosa por los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, cuyo magisterio fundamental para nuestro tiempo se refleja en el Catecismo de la Iglesia Católica, repropuesto, a los veinte años de su publicación, como referencia segura de la fe. Son aniversarios importantes que nos permiten resaltar nuestra plena adhesión a las enseñanzas del Concilio y nuestro convencido esfuerzo en continuar su puesta en marcha.

12. Contemplando el misterio y cercanos a los pobres
En esta óptica queremos indicar a todos los fieles dos expresiones de la vida de la fe que nos parecen de especial relevancia para incluirlas en la nueva evangelización.
El primero está constituído por el don y la experiencia de la contemplación. Sólo desde una mirada adorante al misterio de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sólo desde la profundidad de un silencio que se pone como seno que acoge la única Palabra que salva, puede desarrollarse un testimonio creíble para el mundo. Sólo este silencio orante puede impedir que la palabra de la salvación se confunda en el mundo con los ruidos que lo invaden.
Vuelve de nuevo a nuestros labios la palabra de agradecimiento, ahora dirigida a cuantos, hombres y mujeres, dedican su vida, en los monasterios y conventos, a la oración contemplativa. Necesitamos que momentos de contemplación se entrecrucen con la vida ordinaria de la gente. Lugares del espíritu y del territorio que son una llamada hacia Dios; santuarios interiores y templos de piedra que son cruce obligado por el flujo de experiencias que en ellos se suceden y en los cuales todos podemos sentirnos acogidos, incluso aquellos que no saben todavía lo que buscan.
El otro símbolo de autenticidad de la nueva evangelización tiene el rostro del pobre. Estar cercano a quien está al borde del camino de la vida no es sólo ejercicio de solidaridad, sino ante todo un hecho espiritual. Porque en el rostro del pobre resplandece el mismo rostro de Cristo: “Todo aquello que habéis hecho por uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40).
A los pobres les reconocemos un lugar privilegiado en nuestras comunidades, un puesto que no excluye a nadie, pero que quiere ser un reflejo de como Jesús se ha unido a ellos. La presencia de los pobres en nuestras comunidades es misteriosamente potente: cambia a las personas más que un discurso, enseña fidelidad, hace entender la fragilidad de la vida, exige oración; en definitiva, conduce a Cristo.
El gesto de la caridad, al mismo tiempo, debe ser acompañado por el compromiso con la justicia, con una llamada que se realiza a todos, ricos y pobres. Por eso es necesaria la introducción de la doctrina social de la Iglesia en los itinerarios de la nueva evangelización y cuidar la formación de los cristianos que trabajan al servicio de la convivencia humana desde la vida social y política.

13. Una palabra a las Iglesias de las diversas regiones del mundo.La mirada de los obispos reunidos en Asamblea sinodal abraza a todas las comunidades eclesiales presentes en todo el mundo. Una mirada de unidad, porque única es la llamada al encuentro con Cristo, pero sin olvidar la diversidad.
Una consideración particular, llena de afecto y gratitud, reservamos los obispos reunidos en el Sínodo a vosotros, cristianos de las Iglesias Orientales Católicas, herederos de la primera difusión del Evangelio, experiencia custodiada por vosotros con amor y fidelidad y a vosotros, cristianos presentes en el Este de Europa. Hoy el Evangelio se os repropone como nueva evangelización a través de la vida litúrgica, la catequesis, la oración familiar diaria, el ayuno, la solidaridad entre las familias, la participación de los laicos en la vida de la comunidad y al diálogo con la sociedad. En no pocos lugares vuestras Iglesias son sometidas a prueba y tribulaciones que dan testimonio de vuestra participación en la cruz de Cristo; algunos fieles están obligados a emigrar y, manteniendo viva la pertenencia a sus propias comunidades de origen, pueden contribuir a la tarea pastoral y a la obra de la evangelización en los países de acogida. El Señor continue a bendecir vuestra fidelidad y que sobre vuestro futuro brillen horizontes de firme confesión y práctica de la fe en condiciones de paz y de libertad religiosa.
Nos dirigimos a vosotros, hombres y mujeres, que vivís en los países de África y resaltamos nuestra gratitud por el testimonio que ofrecéis del Evangelio muchas veces en situaciones humanas muy difíciles. Os exhortamos a relanzar la evangelización recibida en tiempos aún recientes, a edificaros como Iglesia “familia de Dios”, a reforzar la identidad de la familia y a sostener la labor de los sacerdotes y catequistas, especialmente en las pequeñas comunidades cristianas. Afirmamos, por otra parte, la exigencia de desarrollar el encuentro del Evangelio con las antiguas y nuevas culturas. Dirigimos una llamada de atención al mundo de la política y a los gobiernos de los diversos países africanos para que, con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, se promuevan los derechos humanos fundamentales y el continente sea liberados de la violencia y los conflictos que lo atormentan.
Los obispos de la Asamblea sinodal os invitan a los cristianos de Norteamérica a responder con gozo a la llamada de la nueva evangelización, mientras admiramos como en vuestra joven historia vuestras comunidades cristianas han dado frutos generosos de fe, caridad y misión. También conviene reconocer que muchas de las expresiones de la cultura de vuestra sociedad están lejos del Evangelio. Se hace, pues, necesario una invitación a la conversión, de la que nace un compromiso que no os coloca fuera de vuestra cultura, sino que os llama a ofrecer a todos la luz de la fe y la fuerza de la vida. Mientras acogéis en vuestras generosas tierras a nueva población de inmigrantes y refugiados, estad dispuestos a abrir las puertas de vuestras casas a la fe. Fieles a los compromisos adquiridos en la Asamblea sinodal para América, sed solidarios con la América Latina en la permanente tarea de evangelización de vuestro continente.
El mismo sentimiento de gratitud dirige la Asamblea del Sínodo a las Iglesia de América Latina y el Caribe. Nos llama la atención en particular cómo se han desarrollado a través de los siglos en vuestro países formas de piedad popular fuertemente enraizadas en los corazones de tantos de vosotros, formas de servicio en la caridad y de diálogo con las culturas. Ahora, frente a los desafíos del presente, sobre todo la pobreza y la violencia, la Iglesia en Latinoamérica y en el Caribe os exhortamos a vivir en un estado permanente de misión, anunciando el Evangelio con esperanza y alegría, formando comunidades de verdaderos discípulos misioneros de Jesucristo, mostrando con vuestro testimonio como el Evangelio es fuente de una sociedad justa y fraterna. También el pluralismo religioso interroga a vuestras Iglesias y les exige un renovado anuncio del Evangelio.
También a vosotros, cristianos de Asia sentimos la necesidad de dirigiros una palabra de fortalecimiento y exhortación. Vuestra presencia, a pesar de ser una pequeña minoría en el continente en el que viven casi dos tercios de la población mundial, es una semilla profunda, confiada a la fuerza del Espíritu, que crece en el diálogo con las diversas culturas, con las antiguas religiones y con tantos pobres. Aunque a veces está situada al margen de la vida social y en diversos lugares incluso perseguida, la Iglesia de Asia, con su fe fuerte, es una presencia preciosa del Evangelio de Cristo que anuncia justicia, vida y armonía. Cristianos de Asia, sentid la cercanía fraterna de los cristianos de los demás países del mundo, los cuales no pueden olvidar que en vuestro continente, en la Tierra Santa, nació, vivió, murió y resucitó el mismo Jesús.
Una palabra de reconocimiento y de esperanza queremos dirigir los obispos a las Iglesias del continente europeo, hoy en parte marcado por una fuerte secularización, a veces agresiva, y todavía hoy herido por los largos decenios de gobiernos marcados por ideologías enemigas de Dios y del hombre. Reconocemos vuestro pasado y también vuestro presente, en el cual el Evangelio ha creado en Europa certezas y experiencias de fe concretas y decisivas para la evangelización del mundo entero, muchas veces rebosantes de santidad: riqueza del pensamiento teológico, variedad de expresiones carismáticas, formas variadas al servicio de la caridad con los pobres, profundad experiencias contemplativas, creación de una cultura humanística que ha contribuido a dar rostro a la dignidad de la persona y a la construcción del bien común. Las dificultades del presentes no os pueden dejar abatidos, queridos cristianos europeos: éstas os deben desafiar a un anuncio más gozoso y vivo de Cristo y de su Evangelio de vida.
Los obispos de la Asamblea sinodal saludan, finalmente, a los pueblos de Oceanía, que viven bajo la protección de la Cruz del Sur, y les damos gracias por el testimonio del Evangelio de Jesús. Nuestra plegaria por vosotros es para que, como la mujer samaritana en el pozo, también vosotros sintáis viva la sed de una vida nueva y podáis escuchar la Palabra de Jesús que dice: “¡Si conocieras el don de Dios!” (Jn 4, 10). Comprometeos a predicar el Evangelio y a dar a conocer a Jesús en el mundo de hoy. Os exhortamos a encontrarlo en vuestra vida cotidiana, a escucharle y a descubrir, mediante la oración y la meditación, la gracia de poder decir: “Sabemos que este es verdaderamente el salvador del mundo” (Jn 4, 42).

14. La estrella de María ilumina el desierto
A punto de finalizar esta experiencia de comunión entre los obispos de todo el mundo y de colaboración con el ministerio del Sucesor de Pedro, sentimos resonar en nosotros el mandato de Jesús a sus discípulos: “Id y haced discípulos de todos los pueblo [...]. Sabed que yo estoy con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). La misión esta vez no se dirige a un territorio en concreto, sino que sale al encuentro de la llagas más oscuras del corazón de nuestros contemporáneos, para llevarlos al encuentro con Jesús, el Viviente que se hace presente en nuestras comunidades.
Esta presencia llena de gozo nuestros corazones. Agradecidos por el don recibido de él en estos días le dirigimos nuestro canto de alabanza: “Proclama mi alma la grandeza del Señor [...] Ha hecho obras grandes por mí” (Lc 1, 46.49). Las palabras de María son también las nuestras: el Señor ha hecho realmente grandes cosas a través de los siglos por su Iglesia en los diversos rincones del mundo y nosotros lo alabamos, con la certeza de que no dejará de mirar nuestra pobreza para desplegar la potencia de su brazo incluso en nuestros días y sostenernos en el camino de la nueva evangelización.
La figura de María nos orienta en el camino. Este camino, como nos ha dicho Benedicto XVI, podrá parecer una ruta en el desierto; sabemos que tenemos que recorrerlo llevando con nosotros lo esencial: la cercanía de Jesús, la verdad de su Palabra, el pan eucarístico que nos alimenta, la fraternidad de la comunión eclesial y el impulso de la caridad. Es el agua del pozo la que hace florecer el desierto y como en la noche en el desierto las estrellas se hacen más brillantes, así en el cielo de nuestro camino resplandece con vigor la luz de María, estrella de la nueva evangelización a quien, confiados, nos encomendamos.

 26 octubre, 2012 by Ecclesia in Documentación