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jueves, 26 de abril de 2018

Cristo, hierba medicinal contra la muerte




Homilía de Benedicto XVI en la Vigilia Pascual

Queridos hermanos y hermanas

Una antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo "La vida de Adán y Eva" cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir. Algunos lectores cristianos han añadido posteriormente a esta comunicación del arcángel una palabra de consuelo. El arcángel habría dicho que, después de 5.500 años, vendría el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: "El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a tu padre al Paraíso, junto al árbol de la misericordia".

En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que se le ha impuesto. Se pone en evidencia la resistencia que el hombre opone a la muerte. En alguna parte -han pensado repetidamente los hombres- deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Antes o después, se deberá poder encontrar una medicina, no sólo contra esta o aquella enfermedad, sino contra la verdadera fatalidad, contra la muerte. En suma, debería existir la medicina de la inmortalidad. También hoy los hombres están buscando una sustancia curativa de este tipo. También la ciencia médica actual está tratando, si no de evitar propiamente la muerte, sí de eliminar el mayor número posible de sus causas, de posponerla cada vez más, de ofrecer una vida cada vez mejor y más longeva.

Pero, reflexionemos un momento: ¿qué ocurriría realmente si se lograra, tal vez no evitar la muerte, pero sí retrasarla indefinidamente y alcanzar una edad de varios cientos de años? ¿Sería bueno esto? La humanidad envejecería de manera extraordinaria, y ya no habría espacio para la juventud. Se apagaría la capacidad de innovación y una vida interminable, en vez de un paraíso, sería más bien una condena.

La verdadera hierba medicinal contra la muerte debería ser diversa. No debería llevar sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual. Debería más bien transformar nuestra vida desde dentro. Crear en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, transformarnos de tal manera que no se acabara con la muerte, sino que comenzara en plenitud sólo con ella. Lo nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo era, y lo es aún, esto que se nos dice: sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz.

Ante esto, algunos, tal vez muchos, responderán: ciertamente oigo el mensaje, sólo que me falta la fe. Y también quien desea creer preguntará: ¿Es realmente así? ¿Cómo nos lo podemos imaginar? ¿Cómo se desarrolla esta transformación de la vieja vida, de modo que se forme en ella la vida nueva que no conoce la muerte? Una vez más, un antiguo escrito judío puede ayudarnos a hacernos una idea de ese proceso misterioso que comienza en nosotros con el Bautismo. En él, se cuenta cómo el antepasado Henoc fue arrebatado por Dios hasta su trono. Pero él se asustó ante las gloriosas potestades angélicas y, en su debilidad humana, no pudo contemplar el rostro de Dios. "Entonces - prosigue el libro de Henoc - Dios dijo a Miguel: "Toma a Henoc y quítale sus ropas terrenas. Úngelo con óleo suave y revístelo con vestiduras de gloria". Y Miguel quitó mis vestidos, me ungió con óleo suave, y este óleo era más que una luz radiante... Su esplendor se parecía a los rayos del sol. Cuando me miré, me di cuenta de que era como uno de los seres gloriosos" (Ph. Rech, Inbild des Kosmos, II 524).

Precisamente esto, el ser revestido con los nuevos indumentos de Dios, es lo que sucede en el Bautismo; así nos dice la fe cristiana. Naturalmente, este cambio de vestidura es un proceso que dura toda la vida. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él.

En el rito del Bautismo hay dos elementos en los que se expresa este acontecimiento, y en los que se pone también de manifiesto su necesidad para el transcurso de nuestra vida. Ante todo, tenemos el rito de las renuncias y promesas. En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía hacia el occidente, símbolo de las tinieblas, del ocaso del sol, de la muerte y, por tanto, del dominio del pecado. Miraba en esa dirección y pronunciaba un triple "no": al demonio, a sus pompas y al pecado. Con esta extraña palabra, "pompas", es decir, la suntuosidad del diablo, se indicaba el esplendor del antiguo culto de los dioses y del antiguo teatro, en el que se sentía gusto viendo a personas vivas desgarradas por bestias feroces. Se rechazaba de esta forma un tipo de cultura que encadenaba al hombre a la adoración del poder, al mundo de la codicia, a la mentira, a la crueldad. Era un acto de liberación respecto a la imposición de una forma de vida, que se presentaba como placer y que, sin embargo, impulsaba a la destrucción de lo mejor que tiene el hombre.

Esta renuncia - sin tantos gestos externos - sigue siendo también hoy una parte esencial del Bautismo. En él, quitamos las "viejas vestiduras" con las que no se puede estar ante Dios. Dicho mejor aún, empezamos a despojarnos de ellas. En efecto, esta renuncia es una promesa en la cual damos la mano a Cristo, para que Él nos guíe y nos revista. Lo que son estas "vestiduras" que dejamos y la promesa que hacemos, lo vemos claramente cuando leemos, en el quinto capítulo de la Carta a los Gálatas, lo que Pablo llama "obras de la carne", término que significa precisamente las viejas vestiduras que se han de abandonar. Pablo las llama así: "fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, contiendas, celos, rencores, rivalidades, partidismo, sectarismo, envidias, borracheras, orgías y cosas por el estilo" (Ga 5,19ss.). Estas son las vestiduras que dejamos; son vestiduras de la muerte.

En la Iglesia antigua, el bautizando se volvía después hacia el oriente, símbolo de la luz, símbolo del nuevo sol de la historia, del nuevo sol que surge, símbolo de Cristo. El bautizando determina la nueva orientación de su vida: la fe en el Dios trinitario al que él se entrega. Así, Dios mismo nos viste con indumentos de luz, con el vestido de la vida. Pablo llama a estas nuevas "vestiduras" "fruto del Espíritu" y las describe con las siguientes palabras: "Amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí" (Ga 5, 22).

En la Iglesia antigua, el bautizando era a continuación desvestido realmente de sus ropas. Descendía en la fuente bautismal y se le sumergía tres veces; era un símbolo de la muerte que expresa toda la radicalidad de dicho despojo y del cambio de vestiduras. Esta vida, que en todo caso está destinada a la muerte, el bautizando la entrega a la muerte, junto con Cristo, y se deja llevar y levantar por Él a la vida nueva que lo transforma para la eternidad. Luego, al salir de las aguas bautismales, los neófitos eran revestidos de blanco, el vestido de luz de Dios, y recibían una vela encendida como signo de la vida nueva en la luz, que Dios mismo había encendido en ellos. Lo sabían, habían obtenido el fármaco de la inmortalidad, que ahora, en el momento de recibir la santa comunión, tomaba plenamente forma. En ella recibimos el Cuerpo del Señor resucitado y nosotros mismos somos incorporados a este Cuerpo, de manera que estamos ya resguardados en Aquel que ha vencido a la muerte y nos guía a través de la muerte.

En el curso de los siglos, los símbolos se han ido haciendo más escasos, pero lo que acontece esencialmente en el Bautismo ha permanecido igual. No es solamente un lavacro, y menos aún una acogida un tanto compleja en una nueva asociación. Es muerte y resurrección, renacimiento a la vida nueva.

Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso cantaremos en esta noche de la resurrección, de todo corazón, el aleluya, el canto de la alegría que no precisa palabras. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres" (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. 

Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18). Por eso pedimos, seguros de ser escuchados, con la oración sobre las ofrendas que la Iglesia eleva en esta noche: Escucha, Señor, la oración de tu pueblo y acepta sus ofrendas, para que aquello que ha comenzado con los misterios pascuales nos ayude, por obra tuya, como medicina para la eternidad. Amén.


27-4-2010


viernes, 17 de noviembre de 2017

Mons. Castagna

 “Negar la fe es ocultar la propia identidad”

Aica, 17 Nov 2017

 El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Castagna, rechazó el argumento de quienes atribuyen a una “presunta ilegitimidad” el hecho de “mezclar” la religión y la política. “Negar la fe es ocultar la propia identidad; el pensamiento que alienta su compromiso histórico y su auténtica solidaridad con sus conciudadanos”, sostuvo en su sugerencia para la homilía dominical.

Texto de la sugerencia

1.- Dios confía “sus bienes” a los hombres. Dios reparte talentos para que sus administradores los multipliquen. En la parábola de la moneda corriente: un talento es mucha plata. En la distribución mencionada el propietario compromete su fortuna: “El Reino de los Cielos es también como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes”. (Mateo 25, 14). No entendemos a un Ser tan perfecto como Dios, confiando “sus bienes” a seres tan frágiles e irresponsables. ¿Qué misteriosa capacidad posee el ser humano para que Dios confíe en él? El pecado sería motivo suficiente para excluirlo definitivamente de su confianza. El hombre, como manufactura de Dios, está dotado - por su mismo Creador – de cualidades apropiadas para convertirse en una obra genial. La libertad, para que su necesaria cooperación logre su cometido, es el secreto de su dignidad e incluye el riesgo del pecado. En suma, el pecado es un mal uso de la libertad. El pecador necesita curar su libertad y usarla bien. Cristo es el Cordero de Dios, que vino para ser efectiva esa sanación: “Es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 35).

2.- Formas diversas de administrar los bienes. Los talentos constituyen los bienes del Señor, confiados a la administración de los hombres. Algunos los administran muy bien y, otros, los inmovilizan para no emprender la operación “financiera” debida, aunque riesgosa. Jesús crea un relato para explicar pedagógicamente las responsabilidades que todos los seres humanos deben asumir para llevar a su concreción la obra genial de Dios. La severidad, aplicada por el divino Maestro a los indolentes, no deja margen a la duda. El descuido de los deberes propios - por omisión o comisión - echa un manto de sombras sobre el comportamiento de gran número de ciudadanos y de sus dirigentes. Es sorprendente el rechazo a todo autoexamen por parte de quienes insisten en no dejarse indagar por la verdad y someterse a la justicia. Ante las consecuencias ocasionadas por errores, manifiestos u ocultos, no existe otro remedio que el examen humilde de la propia conciencia y el cambio. Cuando los desaciertos, a veces muy graves, son presentados como aciertos se produce una cerrazón de la conciencia moral y la absoluta imposibilidad de un necesario cambio. Alarmante situación en la que se hallan entrampados muchos responsables de la sociedad.

3.- La fe y la política. El camino de salvación es un sendero penitencial. El Evangelio, constituyéndose en un llamado a la conversión, reclama el arrepentimiento por los errores cometidos y su consecuente eliminación. Al mismo tiempo, es gracia o “poder de Dios”, como auxilio necesario para el cambio, y rectificador del rumbo hacia el bien y la verdad. Desde la fe se identifica a Dios como término final de esa rectificación. Es admirable cómo, el anuncio del Evangelio, interesa a la historia secular. En el mundo de cierta incredulidad activa se pretende impugnar toda expresión religiosa como si fuera incompatible con el compromiso histórico. El creyente es un ciudadano que tiene derecho a confesar que cree, como el no creyente de manifestar que no cree. Es deber de todos respetar el derecho del otro y de manifestar sus convicciones, mientras no intenten imponerse - por presión religiosa, ideológica o política - a quienes no piensen del mismo modo. Escuché de un auto calificado “ateo” una crítica dirigida a un prominente político porque había osado expresar públicamente su fe religiosa. Su argumento, de débil consistencia antropológica, se basaba en la presunta ilegitimidad de “mezclar” la religión y la política. Negar la fe es ocultar la propia identidad; el pensamiento que alienta su compromiso histórico y su auténtica solidaridad con sus conciudadanos.


4.- La universalidad de Cristo. Sin duda el mensaje evangélico es universal, corresponde escucharlo y obrar en consecuencia. El mandato de transmitirlo no habla de circunscribirlo a los amigos y simpatizantes. Nadie debe quedar fuera. La sustancia de su contenido tiene en cuenta a todos los pueblos y sus culturas. También es inmodificable, sea cual fuere la nacionalidad y el talante cultural de quienes lo reciben. Todo lo bueno es adaptable a la legítima búsqueda de Dios, y de la Verdad. Cristo es la transparencia de Dios para todos. Lo importante es no encerrarlo en preconceptos y lograr que todos los pueblos lo identifiquen como su Salvador. En la búsqueda de una metodología adecuada, los Apóstoles no desdeñaban las expresiones de culturas muy diversas, que no se opusieran al precepto máximo de la caridad. ¡Enorme desafío! Parangonado con la magnitud de la tarea administradora de todos los hombres en la Creación.+ 

lunes, 13 de noviembre de 2017

La incoherencia de los cristrianos

 es una de las armas más efectivas que tiene el diablo’

Aciprensa 13 noviembre, 2017

Durante la Misa celebrada en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el Papa Francisco advirtió contra el escándalo que causa heridas en el pueblo de Dios muy difíciles de curar, y que pueden matar la esperanza.

Por eso, pidió a los cristianos que sean coherentes, porque con su incoherencia pueden causar grave escándalo. “Cuántos cristianos, con su ejemplo, alejan a la gente, con su incoherencia, con su propia incoherencia. La incoherencia de los cristianos es una de las armas más efectivas que tiene el diablo para debilitar al pueblo de Dios y para alejar al pueblo de Dios del Señor. Decir una cosa y hacer otra”.

“Esa incoherencia produce escándalo –continuó el Santo Padre–. Por lo tanto, debemos preguntarnos: ¿cómo es mi coherencia de vida? ¿Soy coherente con el Evangelio? ¿Soy coherente con el Señor?”.

Como ejemplo de incoherencia, habló de los empresarios cristianos que no pagan el sueldo justo o que se sirven de la gente para enriquecerse, o también el escándalo de los pastores de la Iglesia que no cuidan al rebaño y permiten que se alejen.

Francisco explicó que “es inevitable que se produzcan escándalos, pero, como señala Jesús en el Evangelio, ¡ay de aquel por el que se produzcan! Hay que estar atentos a no escandalizar. El escándalo es dañino porque causa una herida, hiere la vulnerabilidad del pueblo de Dios y hiere la debilidad del pueblo de Dios. Muchas veces estas heridas se llevan para toda la vida. Y no sólo causa heridas, el escándalo también es capaz de matar: mata esperanzas, mata ilusiones, mata familias y mata muchos corazones”.

También recordó que “Jesús nos dice que no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero, y cuando el pastor está apegado al dinero, escandaliza. La gente se escandaliza: el pastor apegado al dinero. El pastor que trata de crecer, cuya vanidad le hace irse arriba en vez de ser humilde y tierno, porque la ternura y la humildad favorecen la cercanía al pueblo. O el pastor que se siente señor y que da órdenes a todos, orgulloso, en vez de ser un pastor servidor del pueblo de Dios. Todo pastor debe preguntarse: ¿cómo es mi relación con el dinero?”.


El Papa finalizó su homilía invitando a hacer examen de conciencia: “¿Soy causa de escándalo y por qué? De esa manera podemos responder al Señor y acercarnos un poco más a Él”.

sábado, 19 de agosto de 2017

Homilía del cardenal Sarah en La Vendée


catolicos-on-line, agosto 2017

El domingo  XIX del tiempo ordinario, el cardenal Sarah, prefecto de la Congregación para el Culto Divino, celebró la Santa Misa en la catedral de La Vendée, región francesa cruelmente martirizada por los revolucionarios franceses por negarse a abandonar su fe católica. Esta es la homilía que pronunció.

Hermanos:
Ofrecemos esta noche el sacrificio de la misa por el descanso de todos los benefactores de Puy du Fou fallecidos desde el comienzo de esta bella obra hace cuarenta años.

Por vuestro trabajo, todos los que hoy estáis aquí congregados, despertáis cada tarde la memoria de este lugar. El castillo de Puy du Fou, ruina dolorosa, abandonada por los hombres, se alza como un grito hacia el cielo. Con las entrañas abiertas, recuerda al mundo que, frente al odio por la fe, un pueblo se levantó: ¡El pueblo de la Vendée!

Queridos amigos, dando vida a estas ruinas, cada noche, dais vida a los muertos. Dais vida a todos aquellos vandeanos muertos por su fe, por sus iglesias y por sus sacerdotes.

Vuestra obra se eleva sobre esta tierra como un canto que lleva consigo el recuerdo de los mártires de la Vendée. ¡Hacéis revivir a esos trescientos mil hombres, mujeres y niños, víctimas del Terror! Dais voz a aquellos a quienes se quiso silenciar, ¡porque rechazaban la mentira de la ideología atea! ¡Rendís homenaje a aquellos a quienes se pretende ahogar en el olvido porque rechazaban que se les arrancara la libertad de creer y de celebrar la Misa!

Os lo digo solemnemente: vuestro trabajo es justo y necesario. Con vuestro arte, vuestros cantos, vuestras proezas técnicas, ofrecéis al fin una digna sepultura a todos esos mártires a los que la Revolución quiso dejar sin tumbas, abandonados a los perros y los cuervos. Vuestro trabajo es más que una obra simplemente humana: es como la obra de una Iglesia.

¡Vuestro trabajo es necesario, especialmente en nuestro tiempo, que parece embobado! Frente a la dictadura del relativismo, frente al terrorismo del pensamiento que, de nuevo, quiere arrancar a Dios del corazón de los niños, necesitamos reencontrar la frescura de espíritu, la simplicidad alegre y ardiente de estos santos y mártires.

Cuando la Revolución quiso privar a los vandeanos de sus sacerdotes, todo un pueblo se sublevó. ¡Ante los cañones, estos pobres solo tenían sus bastones! ¡Frente a los fusiles, sólo poseían sus hoces! ¡Frente al odio de las columnas infernales, sólo presentaban su rosario, su oración y el Sagrado Corazón bordado en su pecho!

Hermanos, los vandeanos simplemente pusieron en práctica lo que nos enseñan las lecturas de hoy. Dios no está en el trueno ni los relámpagos, no está en el poder o el ruido de las armas, ¡se esconde en la brisa ligera!

Frente al despliegue planificado y metódico del Terror, los vandeanos sabían bien que serían aplastados. Sin embargo, ofrecieron cantando su sacrificio al Señor. Fueron esa brisa ligera, brisa aparentemente barrida por la poderosa tempestad de las “columnas infernales”.

Pero Dios estaba allí. ¡Su poder se reveló en la debilidad! La historia -la verdadera historia- sabe que en el fondo los campesinos vandeanos triunfaron. Con su sacrificio impidieron que la mentira de la ideología se erigiera en maestra. Gracias a los vandeanos, la Revolución ha tenido que quitarse la máscara y revelar su rostro de odio hacia Dios y hacia la fe. Gracias a los vandeanos, los sacerdotes no se convirtieron en los esclavos serviles de un estado totalitario y pudieron ser los servidores libres de Cristo y de la Iglesia.

Los vandeanos oyeron la llamada que Cristo nos lanza en el Evangelio de hoy: “¡Confiad! ¡Soy yo, no temáis!” Cuando rugía la tempestad, cuando la barca hacía aguas por todas partes, no tuvieron miedo…tan seguros estaban de que, más allá de la muerte, el Corazón de Jesús sería su única patria.

Hermanos míos, los cristianos necesitamos ese espíritu de los vandeanos. ¡Necesitamos ese ejemplo! ¡Como ellos, tenemos que abandonar nuestros campos y cosechas, dejar sus surcos, para combatir no por intereses humanos, sino por Dios!

¿Quién se levantará hoy por Dios? ¿Quién se enfrentará a los modernos perseguidores de la iglesia? ¿Quién tendrá el coraje de levantarse sin otras armas que el rosario y el Sagrado Corazón, para enfrentarse a las columnas de la muerte de nuestro tiempo que son el relativismo, el indiferentismo y el desprecio de Dios? ¿Quién dirá a este mundo que la única libertad por la que merece la pena morir es la libertad de creer?

Como nuestros hermanos vandeanos de otro tiempo, estamos llamados hoy a dar testimonio, es decir, ¡al martirio! Hoy en Oriente, en Pakistán, en África, nuestros hermanos cristianos mueren por su fe, aplastados por las columnas del islamismo perseguidor.

Y tú, pueblo de Francia, tú, pueblo de la Vendée, ¿cuándo te levantarás con las armas pacíficas de la caridad y la oración para defender tu fe? Amigos, la sangre de los mártires corre por vuestras venas, ¡sed fieles! Somos todos espiritualmente hijos de la Vendée mártir. Incluso nosotros, los africanos, que hemos recibido tanto de los misioneros vandeanos que vinieron a morir entre nosotros para anunciar a Cristo. Debemos ser fieles a su herencia.

Las almas de estos mártires nos rodean en este lugar. ¿Qué nos dicen? ¿Qué quieren transmitirnos? Para empezar su coraje. Cuando se trata de Dios no hay otro compromiso, ¡el honor de Dios no se disputa! Y ello debe empezar por nuestra vida personal, de oración y de adoración. Es tiempo, hermanos míos, de rebelarnos contra el ateísmo práctico que asfixia nuestras vidas. ¡Oremos en familia, pongamos a Dios en primer lugar! ¡Una familia que reza es una familia que vive! ¡Un cristiano que no reza, que no sabe dejar sitio a Dios a través del silencio y la adoración, acaba muriendo!

Del ejemplo de los vandeanos debemos también aprender el amor al sacerdocio. Se rebelaron porque sus “buenos curas” eran amenazados.

Vosotros, los más jóvenes, si sois fieles al ejemplo de vuestros mayores, ¡amad a vuestros curas, amad el sacerdocio! Debéis preguntaros: ¿Y yo, soy llamado a ser sacerdote, siguiendo a aquellos buenos curas martirizados por la Revolución? ¿Tendré la valentía de dar mi vida por Cristo y mis hermanos?

Los mártires de la Vendée nos enseñan además el sentido del perdón y la misericordia. Ante la persecución, ante el odio, guardaron en el corazón el deseo de la paz y el perdón. Recordad cómo el general Bonchamp liberó a cinco mil prisioneros solo unos minutos antes de morir. Sepamos enfrentar el odio sin resentimiento y sin acritud. ¡Somos el ejército del Corazón de Jesús y como él queremos estar llenos de dulzura!

Finalmente, de los mártires vandeanos, necesitamos aprender el sentido de la generosidad y el don gratuito. Vuestros ancestros no se batieron por sus intereses, no tenían nada que ganar. Nos dan hoy una lección de humanidad. Vivimos en un mundo marcado por la dictadura del dinero, del interés, de la riqueza. El gozo del don gratuito es despreciado y objeto de burla en todas partes. Sin embargo, solamente el amor generoso, el don desinteresado de la propia vida pueden vencer el odio por Dios y los hombres que es la matriz de toda revolución. Los vandeanos nos enseñaron a resistir estas revoluciones. Nos mostraron que frente a las columnas infernales, como frente a los campos de exterminio nazis o los gulags comunistas, ante la barbarie islamista, solo hay una respuesta posible: el don de sí, de toda la vida. ¡Solo el amor puede vencer el poder de la muerte!

Todavía hoy, tal vez más que nunca, los ideólogos de la revolución pretenden destruir el lugar natural del don de sí mismo, de la generosidad gozosa y del amor. Estoy hablando de la familia.

La ideología de género, el desprecio de la fecundidad y de la fidelidad son los nuevos slogans de esta revolución. Las familias son hoy como otras Vendées a las que hay que exterminar. Se planifica metódicamente su desaparición, como se hizo en otro tiempo en la Vendée.  Estos nuevos revolucionarios se inquietan frente a la generosidad de las familias numerosas. Se burlan de las familias cristianas porque ellas encarnan todo lo que ellos odian. Están dispuestos a lanzar sobre África nuevas “columnas infernales” para presionar a las familias e imponerles la esterilización, el aborto y la anticoncepción. ¡África resistirá como hizo la Vendée! Por todas partes las familias deben ser como la punta de lanza de esta revuelta contra la nueva dictadura del egoísmo.

En adelante, en el corazón de cada familia, de cada cristiano, de cada hombre de buena voluntad, debe librarse una “Vendée interior”. ¡Todo cristiano es espiritualmente un vandeano! No dejemos que se ahogue en nosotros el don generoso y gratuito. Sepamos, como los mártires de la Vendée, extraer este don de su fuente: el Corazón de Jesús.


¡Oremos para que una poderosa y alegre Vendée interior se alce en la Iglesia y en el mundo! Amen.

miércoles, 26 de julio de 2017

Dado que "Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti",


respeta la libertad del hombre, a nadie impone su presencia ni reclama despóticamente la fidelidad.

P. Ricardo Mazza

…Cristo sigue hablando en parábolas. Esta vez se trata de la siembra del trigo que se ve afectada por la presencia de la cizaña. Esta planta de tallo ramoso, hojas estrechas y espigas anchas y planas cuyos granos contienen un principio tóxico, crece espontáneamente en los sembrados y es muy difícil de extirpar. El mismo Cristo explica la parábola a sus discípulos, prestos a escuchar y actuar.

El mundo es el campo en el que Dios siembra la buena semilla que son los buenos, los ciudadanos del cielo, aquellos que como el trigo son provechosos delante de Dios y de los hombres.
Pero en el mundo hay otro sembrador que deja su semilla de maldad impunemente, el demonio, que utiliza la cizaña de sus seguidores para implantar su reinado de pecado y muerte. Aprovecha no pocas veces que los buenos duermen, es decir, se descuidan en otros menesteres  omitiendo sus obligaciones como hijos de Dios, o confían siempre en que la Providencia divina velará por ellos librándolos del mal.
Tal es el planteo de la enseñanza de Jesús y su actualidad es manifiesta, ya que también hoy Dios siembra su semilla y el demonio la suya, no sólo en la sociedad en la que vivimos, sino también en el corazón de cada persona en el que se enfrentan de continuo el bien y el mal, inspirados ambos por espíritus distintos.

El demonio tiene sus agentes en los medios de difusión y sus diferentes vertientes, en la política, en la cultura y economía, en los diversos campos del saber y de la vida humana y en las ideologías modernas, con el objetivo de sembrar el error, la confusión y la mentira, engañando al hombre para poder esclavizarlo cada vez más y separarlo de su Creador.
Pero el Señor Dios, en su designio de salvación, espera que quienes deseamos hacer el bien y vivir en el mismo, estemos presentes en todas esas realidades para presentar la dignidad del trigo y la belleza de lo que dignifica al hombre.

Lamentablemente, no pocas veces nos conformamos con la misa dominical y  alguna acción pastoral de fin de semana para tranquilizar la conciencia, dejando vacíos de evangelización los ámbitos en los que nos movemos habitualmente.

Mientras que el demonio corrompe todo a su paso, nosotros pensamos que no es posible luchar contra esta mentalidad malsana, no buscamos los medios para combatir el mal y dejamos de lado la esperanza que confía  en el poder divino.
El trigo del bien sembrado por Dios crece en la niñez, en los jóvenes, en los adultos de buena voluntad, pero a su vez, la cizaña busca la ocasión para actuar y destruir todo lo que pueda, disfrazándose muchas veces de bien para entrar fácilmente en el corazón humano y someterlo.
Dios es el autor del bien, el demonio, ángel caído, creatura subordinada a Dios, pretende sembrar siempre el mal, y nuestra libertad tendrá que decidir entre el bien que enaltece o el mal que denigra y corrompe, jugándose así  la eternidad.
En el relato evangélico, los criados proponen el exterminio de la cizaña, a lo cual se niega el dueño del campo, manifestando su deseo de que crezcan juntos el trigo y la maleza hasta el momento de la cosecha, que indica ya la muerte personal, ya el fin del mundo, momentos en que se concreta la separación definitiva de unos y otros con disímil meta.

Ante esto surge en nosotros con espontaneidad la pregunta de por qué esperar tanto, por qué el perverso vive tan feliz en su maldad, ¡por qué tiene larga vida, mientras no pocos justos deben sufrir y morir jóvenes tronchándose en ocasiones una vida llena de promesas de bien!
¿A qué se debe que los malvados no son borrados de la tierra para que crezca y abunde el buen trigo para el progreso de los que hacen el bien?

Encontramos la respuesta en la primera lectura del día tomada del libro de la Sabiduría (12,13.16-19) que recuerda a los que dudan del poder divino que Dios “demuestra” su “fuerza” dominando la ira y conduciéndose con paciencia ya que “como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad  y nos gobiernas con gran indulgencia, porque con sólo quererlo puedes ejercer tu poder”.
Más aún, sostiene el texto bíblico que al obrar  Dios con paciencia “enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser amigo de los hombres y colmaste a tus hijos de una feliz esperanza, porque después del pecado, das lugar al arrepentimiento”.

Esta paciencia frente a los que se revisten de la malignidad de la cizaña es explicada por san Agustín que dice: “los que son buenos, pero aún están débiles, necesitan en cierto sentido de convivir con los malos, ya sea para adquirir fortaleza con el ejercicio, ya para que comparando los unos con los otros se estimulen a ser mejores”. Más aún, no se arranca la cizaña apenas crece “porque hay muchos que al principio son cizaña, y después se hacen trigo; si a éstos no se los sufre con paciencia cuando son malos, no se consigue el que cambien de costumbres; y si fuesen arrancados en ese estado, se arrancaría al mismo tiempo lo que con el tiempo y el perdón hubiera sido trigo…..El momento oportuno de hacerlos desaparecer, será cuando en el fin de los tiempos, ya no les quede tiempo para cambiar de vida”(cf. Catena Aurea, de  Th de Aquino, comentarios a los evangelios).

Ahora bien, la misericordia de Dios no se opone a su justicia, de allí que la súplica de los buenos para que se realice la justicia divina es obra del Espíritu, como afirma san Pablo (Rom. 8, 26-27).
Mientras transcurre esta vida temporal, la cizaña puede cambiar en trigo, y cuando llegue la cosecha, es decir, la muerte, o el juicio al fin del mundo, se hará la separación definitiva, de manera que quien siempre obró el mal y no se convirtió, será separado definitivamente de la presencia divina, mientras que quien fue trigo fecundo en obras buenas entrará al granero del cielo.
No se desdice Dios de la misericordia cuando aparta al pecador de su presencia, ya que como dice san Agustín, Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”, y así, respetando siempre la libertad humana, a nadie impone su presencia ni reclama despóticamente la fidelidad.

El texto bíblico meditado nos habla, como tantos otros, de la universalidad del juicio definitivo de Dios, como de la subsiguiente reprobación o salvación, según haya sido la respuesta del ser humano, de manera que los ángeles quitarán del Reino del Hijo “todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente; allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre”.
Hermanos: pidamos al Señor que mire con bondad a sus servidores, multiplicando en nosotros los dones de su gracia, para que perseveremos con asidua vigilancia en el cumplimiento de tus mandatos, apoyándonos en la oración confiada y nutriendo nuestra fe, esperanza y caridad con el alimento eucarístico. 

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. 
Homilía en el domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo “A”. 23 de julio de 2017. 






martes, 20 de junio de 2017

La Eucaristía

 al unirnos a Cristo permite pregustar los goces del cielo, ya que la plenitud del hombre consiste en la vida divina participada.


La Iglesia celebra la Eucaristía cada día del año, la ofrece a Dios en sacrificio de alabanza, la entrega como alimento a los fieles debidamente preparados y la conserva en los tabernáculos para que Cristo presente bajo las especies de pan y vino sea el centro y el sostén de su vida.
Por eso la solemnidad de hoy no es tanto el recuerdo de la institución de este sacramento, cuanto la celebración de un misterio siempre vivo y actual.

En el Deuteronomio (8, 2-3.14b-16ª) comprobamos cómo Dios cuida de su pueblo que camina en el desierto hacia la tierra prometida y, lo alimenta con el maná fortaleciéndolo así en medio de las pruebas con que tropezaba en el peregrinar hacia el cumplimiento de las promesas.
Este maná era sólo una pálida figura anticipada de otro alimento, el del Cuerpo y Sangre del Señor que nos sostiene en este mundo mientras peregrinamos “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” hacia la tierra prometida del cielo.

Ahora bien, los alimentados por este manjar particular en el Antiguo Testamento murieron, mientras que quienes nos nutrimos con el Señor en este mundo nos preparamos para la gloria de la eternidad.
La liturgia de la Iglesia, en la primera oración de esta misa, suplica que alcancemos con este alimento el fruto de la redención, para lo cual hemos de venerar siempre los sagrados misterios que celebramos,  y permanecer hambrientos de esta comida temporal que a su vez se orienta a lo eterno, dejando de lado todo lo que impide recibirla.

El ser humano es capaz de mover todos los obstáculos que se le presentan  para alcanzar alimento cuando no lo posee, pues bien, así debería obrar cuando se trata de alcanzar el alimento del pan de vida, de manera que sea primera nuestra adhesión a Cristo y no al pecado que  nos impide recibirlo y participar de su misma vida de santidad.
En el texto del evangelio (Jn. 6, 51-58) Jesús anuncia que Él es el nuevo “maná” bajado del cielo y que quien se alimenta con su Cuerpo y Sangre  vivirá eternamente, ya que como alimento no lleva a la muerte sino a la Vida, aunque haya que pasar por la muerte temporal.

Cristo al prometer la Vida Eterna a quien se alimenta con Él asegura lo contrario para quien no lo busca con sincero corazón
De hecho el mismo Señor destaca que nada se logra sin la unión con Él, como el sarmiento nada puede sin la unión a la vid (Jn. 15), ya que en el orden sobrenatural de la gracia, alcanzamos todo sólo por la comunión con Jesús, mientras que el pecado impide  el mérito.
Al comulgar, logramos con el Señor una intimidad perfecta  porque “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él”.

Al compartir el sacramento en estado de gracia, le entregamos a Jesús nuestras debilidades, limitaciones y pobrezas para que las transforme, y de Él recibimos su vida divina, su gracia y la posibilidad de poder alcanzar lo que deseaba san Pablo transformarnos en “otros Cristos”.
La recepción de este sacramento al unirnos a Cristo nos permite pregustar los goces del cielo, ya que la vida plena del hombre consiste en la vida divina participada, que incoadamente comenzamos ya a percibir mientras peregrinamos por este mundo.

Si la fragilidad del alimento terrenal nos hace tambalear en el sentido último de la vida, la comida del Cuerpo del Señor nos afirma en la promesa de la comunión plena en la vida eterna.
Esta unión plena con el Señor exige previamente nuestra purificación interior, alejados de todo pecado mortal por el sacramento del perdón.
Pero la Eucaristía, a su vez, es origen de unidad entre los hermanos, porque formamos un solo cuerpo místico, el de la Iglesia, los que comulgamos con el Cuerpo Salvador. Precisamente la oración sobre las ofrendas de la liturgia de hoy, reclama de Dios el don de la paz y de la unidad, significados en los dones de pan y vino que serán alimento para los creyentes que ansían unirse al Señor y a sus hermanos.

Hermanos: la Iglesia exhorta a sus hijos a la participación activa y fiel del sacrificio de la Misa cada domingo.
Los fundamentos de esta exigencia los encontramos en lo que estamos considerando, y así, porque la misa es el sacrificio renovado de Cristo que se ofrece al Padre por nosotros, debemos participar de ella; porque la misa nos entrega el Cuerpo del Señor y su Sangre gloriosa, hemos de recibirlos con limpieza de corazón, sin pecado mortal; porque la misa une a los cristianos en el Cuerpo del Señor, ofrecemos juntos el sacrificio de Cristo; porque el domingo es el día del Señor resucitado, hemos de consagrárselo por medio de la ofrenda de su sacrificio.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. 

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ascensión del Señor


“Enviados a testimoniar la alegría del evangelio, esperamos la meta en la que Jesús nos recibirá junto al gozo de los elegidos”.

San Lucas (Hech 1, 1-11) mencionando el contenido del tercer evangelio señala que se refirió “a todo lo que hizo y enseñó Jesús, desde el comienzo, hasta el día en que subió al cielo, después de haber dado, por medio del Espíritu Santo, sus últimas instrucciones a los Apóstoles que había elegido”.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles testimonia que Jesús después de su Pasión se manifestó a ellos “dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios”.
En este contexto Jesús asegura que serán bautizados en el Espíritu Santo, recibiendo la fuerza del mismo  para la misión de ser testigos suyos en Jerusalén, en toda la Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra. Dicho esto, “lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos”.

La Ascensión del Señor que celebramos hoy, permite introducirnos en el sentido de la vida humana en este mundo temporal, ya que con frecuencia  nos preguntamos sobre el por qué  de la existencia terrena, cargada con  penurias y limitaciones, dejando la sensación que sólo estamos para padecer y que únicamente escapamos de ello en el disfrute de lo perecedero.
Precisamente la primera oración de esta misa nos responde ya que damos gracias a Dios “porque en la Ascensión de Cristo…nuestra humanidad es elevada junto…a Él  que nos ha precedido en la gloria que nosotros, su cuerpo, esperamos alcanzar” con quien es Cabeza de la Iglesia.

Sabiendo por la iluminación del Espíritu  de la verdad de esta meta, tiene sentido que los apóstoles miren al cielo hacia el que se eleva Jesús, pero a partir de esta contemplación, - como observan “dos hombres vestidos de blanco”- han de vivir las realidades de este mundo con una mirada nueva, sabiendo que “lo de acá” sólo es pasajero, y que deben instruir a todos en las verdades de fe que han recibido de parte de Jesús resucitado.
Misión ésta que queda plasmada en el texto del evangelio cuando Jesús dice (Mt. 28, 16-20) “Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo le he mandado”.
Como esta misión es muchas veces dificultosa, san Pablo (Éf. 1, 17-23) ruega al Padre, como lo ha anunciado Jesús, envíe “un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente”.

El Espíritu de sabiduría permite “saborear” las cosas del espíritu, y la revelación por la que conocemos más profundamente al Señor, nos asegura  la promesa: “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
¿Y cómo estará Jesús con nosotros hasta “el fin del mundo”? Como Cabeza que es de la Iglesia, permanece junto a nosotros que somos las piedras vivas de su Cuerpo, hasta que lleguemos a donde ya se nos anticipó, junto al Padre.
Está presente también por medio de su Palabra, para darnos siempre la respuesta adecuada ante los grandes interrogantes de la existencia cotidiana.

Nutrirá nuestro corazón y el empuje misionero, a través de la comida de su Cuerpo y Sangre que se dispone para la vida de las personas y del mundo.
Esta iluminación del Espíritu, por otra parte nos permite “valorar la esperanza” a la que fuimos llamados, la herencia de la vida eterna que desde la fe y la caridad, aguardamos confiadamente.
¡Qué importante es valorar la esperanza de la vida eterna! ¡Cuántas veces el ser humano se distrae valorando exclusivamente lo que es pasajero y transitorio, poniendo allí su corazón y la razón de todo esfuerzo personal!
¡Cuántas veces se cree que la verdadera felicidad está en lo efímero y, ante el paso de este mundo a la eternidad, no sabe el ser humano qué le espera!

Queridos hermanos: convencidos que el Señor ha vuelto al Padre, permaneciendo ya la naturaleza humana en la Vida eterna, sintámonos convocados a caminar por esta vida temporal  llevando a todos la alegría del evangelio y perseverando en el bien obrar, hasta que lleguemos a la meta en la que nos espera Jesús para recibirnos junto al gozo de los elegidos.


Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. 

jueves, 4 de mayo de 2017

La fe de muchos creyentes está fría



Homilía de monseñor Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú
 para el tercer domingo de Pascua (30 de abril de 2017)

Aica,  4 May 2017  
  
“Quédate con nosotros pues el día ya declina" (Lc.24,29)


El mismo día de Pascua Jesús bajo las apariencias de un caminante, se junta con dos discípulos que se dirigen a Emaús, iban hablando entre si de los hechos que habían sucedido en Jerusalén el viernes anterior (Lc.4,13-35); de cómo habían crucificado a Jesús y le habían dado muerte. Ellos no le reconocen, lo ven como un simple caminante que ni siquiera se enteró de lo que había pasado, y como hace todo el mundo que anda por los caminos, se ponen a conversar con él.

Recordemos que María Magdalena tampoco lo había reconocido. Ellos no lo reconocen por creer que todo había terminado para siempre, habían creído en Jesús, varón y profeta, grande en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Pero su condena a muerte y su crucifixión los había desilusionado: “Nosotros esperábamos que él sería quien rescataría a Israel; pero ya van tres días desde que esto ha sucedido”. Saben lo que han visto las mujeres, el sepulcro vacío…pero están tristes porque ellos no lo han visto.

¡No se dan cuenta que Jesús está a su lado caminando con ellos el camino a Emaús! La idea de un Jesús político que habría asegurado la prosperidad a Israel le ha impedido reconocer a Cristo el Salvador prometido. ¿Cómo esperar salvación de quien ha muerto colgado de un madero? Jesús habla y les explica las escrituras y todo lo que los Profetas y las Escrituras habían dicho del Mesías, pero ellos prendados de sus sentidos que nada percibieron ni vieron, siguen sin reconocerlo. Quién no cree en la resurrección del Señor no puede aceptar el misterio de su muerte redentora. Los Profetas lo habían anunciado y Jesús lo había predicho; los dos discípulos lo saben y más aún el Señor está con ellos explicándole las Escrituras y todo lo que dicen sobre El; pero “ellos no creen”. A María Magdalena le había bastado escuchar su nombre para reconocer al Maestro; a ellos no le basta ni la voz, ni el largo conversar con él, ni oírle predicar las Escrituras!!

De hecho muchos de nosotros podemos caminar con Jesús a nuestro lado y no reconocerle; entender lo que nos explica de las Escrituras y tener un gran conocimiento de ellas…pero no escuchar ni reconocer la voz del Señor. Muchos podemos tener un conocimiento erudito de las escrituras y de los aspectos profundos de la teología, pero no reconocer al Señor. No haber dado el “salto” entre “el conocer y el creer” y entre tanta teología saber que solo una cosa es necesaria: Creer que Jesús ha resucitado de entre los muertos y nos ha dado vida y vida en abundancia. Ni siquiera ver al Señor para creer, si la fe no nos ilumina interiormente, nada podemos hacer, por eso clamamos con los Apóstoles…” señor acrecienta nuestra fe.

No obstante “sienten arder sus corazones frente a sus palabras” de allí que lo invitan a comer y estando con ellos en la mesa “tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio, se les abrieron los ojos y le reconocieron”, ¿sería que los discípulos estuvieran presentes en la última cena? Nada sabemos, lo que sí sabemos que en este clima de oración y silencio Jesús se manifiesta… ¡al partir el pan! Gesto eucarístico y trascendente por los siglos en la Iglesia.

Los discípulos de Emaús habían entrado en un diálogo íntimo y profundo con el Señor y en ese clima de oración e intimidad es que Jesús se manifiesta y se da a conocer. Y la “eucaristía será el gran signo de su presencia y compañía”.

Hoy la fe de muchos creyentes, aún sacerdotes y religiosas, está fría, casi dormida, muchas veces llena de erudición, pero dormida incapaz de transformar la vida y de llenar de gozo el corazón, esto se debe a la falta de intimidad y oración con el Señor, esa relación íntima profunda y personal, alimentada por la fe, es la que nos hace vivir la certeza de que Dios basta…Que Cristo vive!

Pocos son los que niegan que Jesús haya existido y hasta admiten la historicidad de los evangelios, pero no creen en él como una persona viva y presente en sus vidas, que desea ser el compañero de camino y el huésped de sus corazones. ¿Será para nosotros la Eucaristía el banquete que nos alimenta en la vida del misterio de Cristo Muerto y Resucitado? “¡Quédate con nosotros Señor! Que brote de nuestros corazones pues tenemos la certeza de que El es la única Verdad en el tiempo y la historia.

Que la Virgen María nos lleve al conocimiento íntimo de Jesús y nos haga gozar de su presencia.


Mons. Marcelo Raúl Martorell, obispo de Puerto Iguazú