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sábado, 28 de enero de 2023

TOMÁS DE AQUINO, SANTO


Por: P. Ángel Amo

 

Fuente: Catholic.net, 28-1-23

 

Presbítero y Doctor de la Iglesia

 

Martirologio Romano: Memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero de la Orden de Predicadores y doctor de la Iglesia, que, dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a los demás una extraordinaria sabiduría. Llamado a participar en el Concilio Ecuménico II de Lyon por el papa beato Gregorio X, falleció durante el viaje en el monasterio de Fossanova, en el Lacio, el día siete de marzo, y muchos años después, en este día, sus restos fueron trasladados a Toulouse, en Francia (1274).

 

Fecha de canonización: 18 de julio de 1323 por el Papa Juan XXII

 

Breve Biografía

 

Nació hacia el año 1225, de la familia de los condes de Aquino. Estudió primero en el monasterio de Montecassino, luego en Nápoles.

 

A los 18 años, contra la voluntad del padre y hasta perseguido por los hermanos que querían secuestrarlo, ingresó en la Orden de Predicadores, y completó su formación en Colonia donde tuvo por Maestro a San Alberto Magno, y después en París. Mientras estudiaba en esta ciudad se convirtió de estudiante en profesor de filosofía y teología. Después enseñó en Orvieto, Roma y Nápoles.

 

Suave y silencioso (en París lo apodaron "el buey mudo"), gordo, contemplativo y devoto, respetuoso de todos y por todos amado, Tomás era ante todo un intelectual. Continuamente dedicado a los estudios hasta el punto de perder fácilmente la noción del tiempo y del lugar: durante una travesía por el mar, ni siquiera se dio cuenta de la terrible borrasca y el fuerte movimiento de la nave por el choque de las olas, tan embebido estaba en la lectura. Pero no eran lecturas estériles ni fin en sí mismas. Su lema, "contemplata aliis tradere", o sea, hacer partícipes a los demás de lo que él reflexionaba, se convirtió en una mole de libros que es algo prodigioso, más si se tiene en cuenta que murió a los 48 años.

 

En efecto, murió en la madrugada del 7 de marzo de 1274, en el monasterio cisterciense de Fossanova, mientras se dirigía al concilio de Lyon, convocado por el B. Gregorio X. Su obra más famosa es la Summa theologiae, de estilo sencillo y preciso, de una claridad cristiana, con una capacidad extraordinaria de síntesis. Cuando Juan XXII lo canonizó, en 1323, y algunos objetaban que Tomás no había realizado grandes prodigios ni en vida ni después de muerto, el Papa contestó con una famosa frase: "Cuantas proposiciones teológicas escribió, tantos milagros realizó".

 

El primado de la inteligencia, la clave de toda la obra teológica y filosófica del Doctor Angélico (como se lo llamó después del siglo XV), no era un intelectualismo abstracto, fin en sí mismo. La inteligencia estaba condicionada por el amor y condicionaba al amor. "Luz intelectual llena de amor - amor de lo verdadero pleno de alegría" -cantó Dante, que tradujo en poesía el concepto tomístico de inteligencia - bienaventuranza.

 

El pensamiento de Santo Tomás ha sido durante siglos la base de los estudios filosóficos y teológicos de los seminaristas, y gracias a León XIII y a Jacques Maritain ha vuelto a florecer en nuestros tiempos. Y tal vez particularmente actuales, más que las grandes Summae, son precisamente los Opúsculos teológico -pastorales y los Opúsculos espirituales.

 

Oración de San Tomás de Aquino

 

Aquí me llego, todopoderoso y eterno Dios, al sacramento de vuestro unigénito Hijo mi Señor Jesucristo, como enfermo al médico de la vida, como manchado a la fuente de misericordias, como ciego a la luz de la claridad eterna, como pobre y desvalido al Señor de los cielos y tierra.

 

Ruego, pues, a vuestra infinita bondad y misericordia, tengáis por bien sanar mi enfermedad, limpiar mi suciedad, alumbrar mi ceguedad, enriquecer mi pobreza y vestir mi desnudez, para que así pueda yo recibir el Pan de los Angeles, al Rey de los Reyes, al Señor de los señores, con tanta reverencia y humildad, con tanta contrición y devoción, con tal fe y tal pureza, y con tal propósito e intención, cual conviene para la salud de mi alma.

 

Dame, Señor, que reciba yo, no sólo el sacramento del Sacratísimo Cuerpo y Sangre, sino también la virtud y gracia del sacramento ¡Oh benignísimo Dios!, concededme que albergue yo en mi corazón de tal modo el Cuerpo de vuestro unigénito Hijo, nuestro Señor Jesucristo, Cuerpo adorable que tomó de la Virgen María, que merezca incorporarme a su Cuerpo místico, y contarme como a uno de sus miembros.

 

¡Oh piadosísimo Padre!, otorgadme que este unigénito Hijo vuestro, al cual deseo ahora recibir encubierto y debajo del velo en esta vida, merezca yo verle para siempre, descubierto y sin velo, en la otra. El cual con Vos vive y reina en unidad del Espíritu Santo, Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 31 de diciembre de 2022

FALLECE BENEDICTO XVI



(Agencias/InfoCatólica) 31-12-22

 

El portavoz de la Santa Sede, Matteo Bruni, ha dado a conocer el siguiente comunicado: «Con tristeza les informo que el Papa Emérito, Benedicto XVI, falleció hoy a las 9:34 en el Monasterio Mater Ecclesiae en el Vaticano. Se proporcionará más información lo antes posible».

 

Benedicto XVI nació en Alemania el 16 de abril de 1927. Su pontificado se desarrolló del 19 de abril de 2005 hasta el 28 de febrero de 2013, fecha en la que renunció al papado asumiendo el título de Papa emérito, con la intención de dedicarse a la oración y al retiro espiritual.​ Su renuncia fue anunciada por él mismo días antes, el 11 de febrero, en una decisión excepcional en la Historia de la Iglesia. A partir de ese momento vivió como papa emérito al lado de su sucesor, el papa Francisco, en el monasterio “Mater ecclesiae” del Vaticano.

 

Elegido Papa

El 19 de abril de 2005, el cardenal Joseph Aloisius Ratzinger fue proclamado el papa 265 de la historia de la Iglesia católica, eligiendo el nombre de Benedicto XVI. Un pontificado que concluyó con su renuncia, que se hizo efectiva el 28 de febrero de 2013, pasando desde entonces a ser papa emérito.

 

Su elección se produjo el segundo día del cónclave, a la cuarta votación, tras haber liderado el día a día durante la sede vacante como decano del colegio cardenalicio.

 

En sus primeras palabras en el balcón de la basílica vaticana se presentó como «un simple y humilde trabajador de la viña del Señor».

 

«Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar también con instrumentos insuficientes, y sobre todo confío en sus oraciones», expresó.

 

«El Señor nos ayudará y María Santísima Madre está de nuestra parte», exclamó ante una abarrotada Plaza de San Pedro el día de su elección.

 

El papa Benedicto XVI continuó el camino de su predecesor y visitó 24 países de cuatro continentes en 100 días, de los 2.800 de su pontificado, siendo Asia el único continente al que no fue. Publicó las encíclicas Caritas in veritate, Spe Salvi y Deus caritas est.

 

Viajes

La primera JMJ

Benedicto XVI heredó la Jornada Mundial de la Juventud de Colonia (agosto 2005), de Juan Pablo II. Encuentros que posteriormente Benedicto XVI continuaría en Sydney y Roma.

 

Al año siguiente, el Santo Padre realiza su segundo viaje, precisamente a la tierra de su antecesor, Polonia (mayo 2006). Uno de los momentos más significativos de su recorrido por la patria de Juan Pablo II fue la visita al campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. «Tomar la palabra en este lugar de horror, de acumulación de crímenes contra Dios y contra el hombre que no tiene parangón en la historia, es casi imposible; y es particularmente difícil y deprimente para un cristiano, para un Papa que proviene de Alemania», aseguró Benedicto XVI en este fatídico lugar para la Humanidad.

 

Primera visita a España y el «discurso de Ratisbona»

Poco después viajaría por primera vez a España, para el V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia (julio 2006).

 

Y luego haría su segunda visita a Alemania (septiembre 2006), donde tuvo lugar el discurso en la Universidad de Ratisbona, donde anteriormente había ejercido como catedrático. Allí, en una clase magistral que trataba sobre la relación entre fe y razón en el cristianismo, el Papa mencionó un diálogo entre el emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un persa culto publicada por el teólogo libanés Theodore Khoury en el que se incluía una frase sobre la «conversión por la violencia» en el islam, que provocó cierta polémica en países musulmanes.

 

Sin embargo, en su siguiente viaje a Turquía (noviembre 2006), un país de mayoría religiosa musulmana, ofreció una clara muestra de entendimiento interreligioso, especialmente en su visita a la Mezquita Azul de Estambul. En ella, Benedicto XVI, acompañado por el Gran Muftí de Estambul, tuvo un momento de recogimiento en dirección a La Meca.

 

Brasil

Benedicto XVI cruzó el Atlántico como Papa por primera vez para asistir a la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (CELAM), que tuvo lugar en Aparecida, Brasil, en mayo de 2007. En ese mismo viaje, presidió la canonización de Frei Galvao, el primer santo brasileño.

 

Pocos meses después viajó a Austria (septiembre 2007), para participar en los actos de conmemoración por el 850º aniversario de la fundación del Santuario de Mariazell.

 

Abril de 2008 fue un punto fuerte en la agenda internacional de Joseph Ratzinger, cuando visitó Estados Unidos, allí realizó un discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas y tomó la iniciativa y tuvo un encuentro con víctimas de abusos sexuales por parte de religiosos.

 

Sobre los abusos también reflexionó de forma pública en su siguiente viaje, con destino a la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en septiembre de 2008. En una charla con la prensa durante el traslado, Benedicto XVI aseguró que «para la Iglesia es de importancia fundamental reconciliar, prevenir, ayudar y también reconocer las culpas en estos problemas», un asunto que no dejaría de tratar en otras visitas, como en Malta o Reino Unido.

 

Y antes de acabar el año, una significativa visita a Francia (septiembre de 2008), con motivo del 150º aniversario de las apariciones de Lourdes, pero donde también demostró importantes gestos hacia el diálogo con la sociedad y la cultura.

 

África y Tierra Santa

Su primera visita a África fue en marzo de 2009, cuando recorrió Camerún y Angola en un viaje apostólico, y poco meses después, en mayo de 2009, Benedicto XVI realizó un peregrinación a Tierra Santa llena de símbolos de ecumenismo, como la visita de cortesía al Gran Muftí de Jerusalén en la Explanada de las Mezquitas; o la oración ante el Muro de las Lamentaciones, en la que se dirigió al «Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» y pidió por la paz en Oriente Medio.

 

El siguiente a este fue la República Checa (septiembre de 2009), un país culturalmente arrasado por el ateísmo comunista pero cuya pequeña Iglesia se movilizó durante la visita pastoral del Papa, acompañada por numerosos cristianos de Polonia, Alemania, Hungría y Austria.

 

Durante los dos últimos años de pontificado, el Papa visitó dos veces España: Santiago de Compostela y Barcelona, con motivo del Jubileo en la ciudad gallega y la consagración de la Sagrada Familia como basílica menor (noviembre de 2010); y en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en el verano de 2011.

 

Últimos viajes

Durante 2010 también visitó Malta (abril), Portugal (mayo), Chipre (junio) y Reino Unido (septiembre). En junio de 2011, Croacia, y en septiembre, por tercera y última vez, Alemania.

 

Sus últimos traslados fueron de nuevo a África, con la presentación de la exhortación apostólica ‘Africae Munus’ en Benin (noviembre 2011); a América, con las visitas a México y Cuba en marzo de 2012 (incluido un breve encuentro con Fidel Castro); y Oriente Medio, con la entrega en Líbano de la exhortación postsinodal ‘Ecclesia in Medio Oriente’ (septiembre de 2012). Confirmado, pero pendiente, se quedó Brasil y la JMJ en Río de Janeiro, un viaje que realizó ya el papa Francisco.

 

Renuncia

En una sorprendente e histórica decisión, Benedicto XVI anunció el 11 de febrero de 2013 su renuncia al pontificado. En aquella ocasión dijo que debido a su avanzada edad (estaba por cumplir 86 años) ya no tenía fuerzas para ejercer de forma adecuada el ministerio petrino. Además, precisó que, desde el 28 de febrero de 2013 de ese año, a partir de las 8 (hora local), la sede de Pedro quedaba vacante.

 

Precisamente el día de su renuncia se produjo un hecho que muchos consideraron como altamente significativo. El fotógrafo Alessandro Di Meo, de la agencia ANSA, fotografió un rayo que caía en la cúpula de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. Explicó así lo ocurrido:

 

«La cámara estaba apoyada en una valla, no sobre un trípode. El tiempo de exposición fue de 8 segundos, con diafragma 9 y con una sensibilidad de 50 ISO. El objetivo gran angular me permitió incluir a toda la iglesia en el marco».

 

La imagen fue compartida miles de veces en las redes sociales y publicada en diarios y televisiones de todo el mundo.

 

Biografía hasta ser elegido Papa

Joseph Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Marktl (Baviera), diócesis de Passau, en el seno de una familia de agricultores alemanes de profundas convicciones católicas. Su progenitor, Joseph, desempeñaba, además, el cargo de comisario de la gendarmería e hizo asimismo de profesor de su hijo, lo que con seguridad marcó el carácter tímido y retraído del futuro Papa. En la familia fue clave el papel de la madre, Maria Peintner, que ejercía las tareas domésticas y cuidaba de la buena marcha de sus otros dos hijos, Georg y Maria.

 

Realizó estudios de filosofía y de teología en el ateneo de Munich y en la escuela superior de Freising, hasta que en junio de 1951 fue ordenado sacerdote. Los dos años siguientes los ocuparía en preparar la tesis de doctorado, un ensayo sobre San Agustín que fue calificado con un cum laude. En 1957 inició su periplo como profesor de teología dogmática en el seminario de Freising, hasta que dos años después sería nombrado catedrático de la Universidad de Bonn (1959-1963).

 

El 24 de marzo de 1977, Pablo VI lo nombró arzobispo de München und Freising. El 28 de mayo de ese mismo año recibía la consagración episcopal. Fue el primer sacerdote diocesano que asumió después de 80 años el gobierno pastoral de la gran diócesis bávara.

 

Creado cardenal por el Papa Pablo VI en 1977, fue relator en la V Asamblea General del Sínodo de los Obispos (1980) sobre el tema: «Los deberes de la familia cristiana en el mundo contemporáneo» y presidente delegado de la VI Asamblea sinodal (1983) sobre «Reconciliación y penitencia en la misión de la Iglesia».

 

El 25 de noviembre de 1981 fue nombrado por San Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; presidente de la Pontificia Comisión Bíblica y de la Pontificia Comisión Teológica Internacional. Desde entonces, y hasta su elección como Papa, fue la mano derecha del papa polaco en todo lo que tenía que ver con la doctrina católica.

sábado, 15 de octubre de 2022

DON GIUSSANI


 La “gran compañía” de la Iglesia

 

Luigi Negri


(1941-2021) ha sido arzobispo de Ferrara-Comacchio

 

Brújula cotidiana, 15-10-2022

 

Hoy se cumple el centenario del nacimiento del siervo de Dios don Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, cuyos miembros serán recibidos en audiencia por el Papa esta mañana. Confiamos su memoria a las palabras de uno de sus primeros y más cercanos alumnos, monseñor Luigi Negri, extraídas de su último libro “Con Giussani. La historia & el presente de un encuentro” (Ediciones Ares, Milán 2021).

 

Llegados a este punto, creo que es útil detenerse en un aspecto que define perfectamente la persona de Giussani: su amor a la Iglesia como pueblo de Dios y cuerpo de Cristo. La compañía, que he recordado anteriormente como una dimensión fundamental de la experiencia cristiana que Giussani supo hacer nacer y crecer, tiene un protagonista en su interior: es cada uno de nosotros, pero es algo más que nosotros, algo en lo que “nuestro nosotros” y “nuestro yo” encuentran su verdad profunda.

 

Giussani no puso el “yo” como punto de partida, ni fijó las condiciones o las circunstancias. En el Berchet, como creo haber aclarado, no empezamos con el “yo”, si por “yo” se entiende esa emergencia significativa pero provisional de nuestros propios sentimientos, nuestros propios problemas, nuestros propios proyectos. Por el contrario, el “yo” fue precisamente lo que descubrimos en la experiencia en la que nos vimos envueltos. Ni siquiera partimos de los análisis de psicólogos o sociólogos comprometidos con la descripción y explicación de la sociedad. Nadie era más consciente que Giussani del valor de las ciencias, y por eso mismo también de sus límites.

 

Por lo tanto, nunca ha basado su camino en la ciencia, en ningún tipo de ciencia; a lo sumo, ha pedido confirmación a la ciencia o ha desarrollado una dialéctica positiva a partir de ella o de las posibles objeciones que surgieran de ella, pero nunca ha tomado como “verbo” el pensamiento de ningún sociólogo o psicólogo, de ningún ilustrado o erudito de nuestro tiempo. El verdadero sujeto de esta empresa, el punto de partida de nuestra historia, es el pueblo cristiano. Giussani, comentando el Cántico de Laudes del domingo por la mañana, durante un encuentro con los universitarios de Comunión y Liberación a principios de los años 90, lo expresó admirablemente:

 

“Su victoria [la de Cristo] adquiere siempre el semblante de un pueblo que nada puede sofocar y destruir. Este es el sentido del Benedictus: el primer rostro de este pueblo a través del cual Dios domina el mundo, el rostro de ese pequeño pueblo judío. [...] Es a través de mí y de ti que Dios gana; a través de ‘mí y de ti’: ya es una empresa, ya es el comienzo de un pueblo. Cuando te casas, ¿qué es ese ‘ella y tú’, ‘él y tú’, sino el comienzo de un pueblo? Si no lo percibes como el principio de un pueblo, ya te has quedado fuera de la grandeza de aquello en lo que te estás introduciendo, estás como expulsado de aquello que intentas abrazar. ‘Guiaste con tu favor a este pueblo que redimiste’, la gran compañía, que es algo más que ‘tú y yo’: ‘tú y yo’ es Él; es Él –Él- nuestra gran compañía, ‘el lugar que Tú te has preparado para tu sede, Señor’. En ningún lugar de la tierra está tan clara esta conciencia como entre nosotros”.

 

De nuevo en la misma ocasión, reprendiendo a los universitarios por no cantar como debían, añadió: “Se trata, en todo caso, del pueblo que cantó las trompetas de Asís del Himno a los centinelas [...]: es una canción que hay que aprender bien, para evitar que la multitud falle de repente porque nadie sabe qué decir y el solista siga con su débil voz, dando una impresión bastante amarga de soledad”.

 

Y esta es una imagen extraordinaria para ayudarnos a comprender el vínculo inseparable entre el “yo” y la “gente”. El “yo” se reduce a una “voz débil” sin el coro del pueblo, y su soledad da al oyente “una impresión bastante amarga”. En cambio, en el compañerismo cristiano se valora plenamente el “yo”, ya que el pueblo y no la masa pasa a primer plano. Si la masa prevaleciera, no habría lugar para el “yo”; pero incluso sin el pueblo, el “yo” no podría ser plenamente él mismo. Sin el Bautismo, la Eucaristía, la Confirmación, la vida cristiana, la liturgia, la comunidad, el magisterio que la guía, el “yo” no podría existir plenamente como persona.

 

El protagonista de la vida de la historia es Cristo en su pueblo. Esto, desde la época de Berchet, surgía inmediatamente en cualquier cosa de la que hablara Giussani, y, no olvidemos, como he señalado más arriba, se puede y se debe hablar de todo porque la vida está hecha de todo. El protagonista de la gran compañía cristiana, en la que don Giussani está más presente que nosotros, es el pueblo de Dios, que es eterno como Dios, aunque cambien sus rostros, sus formas y sus maneras. Además, en Giussani surgió claramente la imposibilidad de reducir la comunión y la Iglesia, tanto en su conjunto como en sus formas particulares –la comunidad diocesana, el Movimiento, la familia- a un dato sociológico, psicológico, relacional.

 

En primer lugar, la Iglesia es un misterio que hay que adorar, que hay que venerar. Un misterio que es santo y divino no porque los cristianos sean impecables, sino porque está fundado por la acción del Espíritu Santo. Por ello, no puede concebirse simplemente como una estructura que hay que deconstruir porque no está en consonancia con los tiempos (y eso suponiendo que los tiempos y los cambios sean siempre positivos). De hecho, habría que entender a dónde conduce el cambio antes de afirmar su positividad. Creo que en un contexto como el actual, en el que la imagen generalizada de la Iglesia ha vuelto a ser la de una estructura que hay que adaptar a los tiempos, y por tanto deconstruir para reconstruirla según las nuevas perspectivas revolucionarias, es verdaderamente fundamental recuperar plenamente la lectura de la Iglesia como dato sacramental realizada de forma bastante oportuna por Giussani.

 

 

martes, 11 de octubre de 2022

MALVINAS

 


 y una reparación histórica

 

POR JORGE MARTÍNEZ

 

La Prensa, 09.10.2022

 

Aunque cada vez se investiga más sobre la gesta de Malvinas, todavía persisten notables vacíos historiográficos. Con la intención de llenar uno de ellos, Sebastián Sánchez escribió El altar y la guerra (Argentinidad), libro de reciente publicación en el que reconstruye el papel que desempeñaron los 21 capellanes movilizados durante la guerra de 1982.

 

Prologada por Nicolás Kasanzew, es la obra seria y documentada de un historiador católico y patriota que reconoce la actuación de la Providencia en la historia humana, y que discierne en la guerra de Malvinas “un acontecimiento trascendente que siguió una línea de continuidad y necesidad, de auténtica coherencia, con el pasado y el talante tradicional argentinos”.

 

Profesor y doctor en historia, autor de otros cuatro libros y colaborador frecuente de este suplemento, Sánchez (Lomas de Zamora, 1968) quiso cumplir un acto de reparación con estos religiosos que corrieron el mismo destino que el resto de los veteranos: se los olvidó por corrección política, y para no recordar que la Iglesia “contribuyó a través de sus sacerdotes en la concreción de una guerra justa”. En las líneas que siguen se reproducen sus respuestas al cuestionario escrito que le acercó este diario.

 

- ¿Cuándo empezó a bosquejar el libro y qué razones lo empujaron a acometer la tarea?

 

- En 2017 comencé la tarea de reunión de fuentes, bibliografía y testimonios; pero la redacción hace unos tres años, con cierto impulso durante los tiempos de la malhadada gestión pandémica. Varias razones me movieron a escribir este libro. En principio, la intención de aportar un grano de arena a la historiografía sobre Malvinas, lo cual era para mí una deuda antigua. Por otro lado, el advertir que sobre los capellanes de la Gesta poco y nada se había escrito, más allá de menciones acotadas. Se trata de un vacío a llenar, en principio por estricta justicia, y es lo que he procurado con este libro.

 

­LA PROVIDENCIA­

 

­- Al comienzo de la obra se aclara que ha sido emprendida por un historiador católico. ¿Qué significa en estos días formular esa definición y por qué cree conveniente expresarla?

 

- Le cuento una confidencia. Este es mi quinto libro, pero es la primera vez que me autodenomino “historiador”. Es que cuando uno conoce la obra medular de los grandes historiógrafos, no puede menos que manifestar cierto pudor al equiparse con ellos. Hoy parece que basta con el título de profesor de historia o de filosofía para convertirse en historiador o filósofo.

 

Como sea, yendo a su pregunta, soy un católico dedicado a la historia. Con eso no me refiero a la necesaria honradez intelectual, pues no hace falta ser católico para ello, sino al modo de estudiar, pensar y enseñar la historia. Para los católicos, Cristo, el Verbo encarnado en el tiempo, está en su hogar en la historia, de modo que omitir su presencia es sencillamente una mutilación. El historiador católico describe y explica hechos humanos, pero cree en la existencia del milagro, en la Providencia actuando en y entre los hombres.

 

¿Sabe algo? No sé si resulta conveniente definirse como historiador católico. Hace unos años, Vittorio Messori decía -un poco en broma y mucho en serio- que no hay nada más políticamente incorrecto que los cazadores, los fumadores y los católicos. Soy dos de tres. No sé si será conveniente, oportuno o inoportuno, pero lo expreso sin ambages.

 

- ¿Cuáles fueron las fuentes de información -primarias o secundarias- que le resultaron más provechosas para preparar El altar y la guerra?

 

- Por supuesto, los testimonios de muchos veteranos resultan fuentes de indudable valor, que me aportaron verdaderos tesoros. No es este un libro de base testimonial, pero no podía desaprovechar el contar con tantos soldados que aún nos rodean.

 

Claro está, las fuentes principales han sido los diarios de guerra de tres capellanes. El Diario de un cura soldado, del P. Mafezzini, que fue el capellán de la Armada que desembarcó el 2 de abril y que padeció bajo el kirchnerismo sólo porque era amigo de Monseñor Baseotto. En segundo lugar, el diario del P. Martínez Torrens, Dios en las trincheras, testimonio valiosísimo del último de los capellanes con vida. Y, por último, el singular diario de guerra de fray Domingo Renaudiere, el muy lúcido fraile dominico que fue voluntario a Malvinas, frisando los sesenta años.

 

Por otro lado, resultaron de enorme provecho las reflexiones de notables pensadores argentinos. Pienso ahora en Patricio Randle -lucidísimo intelectual que solía escribir en La Prensa- y sus reflexiones durante la Gesta recopiladas en Malvinas, la guerra inconclusa. O Ricardo Paz, pluma vigorosa del conservadurismo, en su fundamental Las dos Argentinas. O las cavilaciones malvineras del recordado Enrique Díaz Araujo. Y también la obra de periodistas de fuste, como Manfred Schönfeld -también articulista en vuestro diario- y, por supuesto, Nicolás Kasanzew, que es quizás el argentino que más ha hecho por malvinizar la Patria, y que contribuyó grandemente para que El altar y la guerra viera la luz.

 

- Su libro llena un evidente vacío historiográfico referido a los capellanes. ¿Por qué es importante recordar la tarea que cumplieron estos hombres de Dios durante los 74 días de la gesta en Malvinas?

 

- La Operación Rosario del 2 de abril dio inicio a una guerra justa. Sí, en ocasiones -mal que les pese a los pacifistas a la violeta que aplauden las bombas debajo de la cama pero no las lides contra los imperios infames- hay justicia en la guerra. Pero el 1 de mayo, cuando cayeron las primeras bombas en el Puerto de la Soledad de la Virgen (tal el nombre que le dio el P. Renaudiere a la capital de las Islas) se inició la gesta. Y una gesta no es otra cosa -nos lo recuerdan los medievales cantares castellanos- que una sucesión de hechos hazañosos. Y eso fue Malvinas.

 

Pero en esos meses se evidenció que la guerra justa, convertida a su vez en sucesión de hechos hazañosos, era además una gesta católica y mariana. Lo demuestran los centenares de miles de rosarios a la Señora desgranados en las trincheras, las cabinas de los Pucará o el puente de nuestros buques. Lo manifiestan los miles de sacramentos administrados cada uno de esos 74 días. Lo expresan las conversiones allí acaecidas. Lo demuestran, en fin, centenares de misas de campaña celebradas, muchas de ellas, bajo las bombas. El Altar fue el núcleo místico de la Gesta. Y nuestros capellanes, actuando in persona Christi fueron quienes hicieron posible la Presencia eucarística en aquel momento magno de nuestra historia.

 

­MANIPULACIONES­

 

­- El papel de los capellanes en las islas no escapó al destino común de la guerra, que fue distorsionada, manipulada y mutilada. Lo curioso es que a ello contribuyeron, ya desde 1982, las propias Fuerzas Armadas y hasta la Iglesia. ¿Cómo se explica esta actitud sostenida en el tiempo?

 

- A mi entender, el “olvido” de los capellanes es una de las peores cosas que ha traído la malhadada “desmalvinización”. Hasta cierto punto se comprende la distracción en los mandos militares inficionados de liberalismo, pues llevaban el laicismo en la sangre, pero resulta mucho más doloroso advertir este ocultamiento por parte de la jerarquía eclesial. No fueron pocos los obispos que adhirieron rápidamente a la “leyenda negra” sobre Malvinas y envolvieron a los capellanes en ese paquete ideológico, arrojándolos al desván de la desmemoria. Había que olvidarse de los capellanes de Malvinas, del mismo modo que había que hacerlo con los sacerdotes que asistieron en la guerra contra la subversión. Para decirlo más sencillamente: recordar a los sacerdotes en la guerra era -y es- política y eclesiológicamente incorrecto.

 

Pero este ominoso silencio trajo aparejadas consecuencias gravísimas: en estos cuarenta años de posguerra no sólo se olvidó a los capellanes, también se postergó la atención espiritual de los veteranos y sus familias. Nunca se creó una pastoral destinada a los miles soldados de Malvinas, y mire que hay pastorales como para tirar para arriba. Y esto, como católico, lo digo con todo el dolor y no con el regocijo perruno que caracteriza a otros.

 

- Se sugiere en el libro la conveniencia de recopilar todos los milagros y las intervenciones providenciales que sucedieron durante el conflicto. ¿Podría referir algunos ejemplos brevemente?

 

- Justamente, eso caracteriza al historiador católico: no desconocer ni desdeñar la existencia del milagro. Y esto sin duda estuvo presente en las Islas durante aquellos 74 días. Son muchos los testimonios acerca de intervenciones de la Virgen: desde aquella madrugada del 2 de abril, cuando el bravo Atlántico Sur se apaciguó poco antes del desembarco, hasta aquellos soldados que quedaron enterrados bajo metros de tierra tras un bombardeo inglés y sobrevivieron indemnes. Hubo milagros evidentísimos, como la ocasión que narra el P. Martínez Torrens en la que, mientras celebraba misa y en el momento exacto de la consagración, se lanzó sobre él y sus soldados un Harrier, que dejó su estela de bombas sin herir a nadie.

 

Pero, además, el milagro de todos los minutos, la Divina Providencia, se evidenció en las conversiones que se dieron aquellos días, o en la tranquilidad con que muchos soldados enfrentaron el combate y la muerte, o en las múltiples entregas que se suscitaron en esos jóvenes, que no dudaron en dar la vida por sus amigos. Hay un caso muy especial, que conocemos gracias a Kasanzew y que quizás, alguna vez, pueda dar inicio a una causa de canonización. Me refiero a Carlos Mosto, “el curita”, como le decían sus camaradas. Se trató de un conscripto, estudiante de medicina, que se desvivió por sus amigos y que cayó en Moody Brook asistiéndolos.

 

- ¿Qué otros vacíos considera que siguen pendientes de ser llenados respecto de la historia de la gesta?

 

- No sé si hay vacíos, pues se ha escrito y se escribe mucho sobre la guerra, pero sí la necesidad de estudiar con mayor profundidad algunos temas. Hay que investigar mucho sobre cuestiones no saldadas; por ejemplo el proceso político que motivó la decisión de recuperar las Islas -ya basta con el mito de que fue el “manotazo de ahogado” del Proceso-. O los alcances de la colaboración chilena con Gran Bretaña y la cooperación peruana con nuestra Patria. O la participación de los partidos políticos en el proceso que llevó al 14 de junio. En fin, hay todavía mucho por explorar, pero creo que vamos por buen camino. Malvinas, que lleva 40 años siendo causa nacional, está concitando ahora interés de académicos que investigan muchos aspectos poco estudiados, sin prejuicios ni temores.

 

- En los últimos años se ha escrito bastante sobre Malvinas en nuestro país, aunque de manera especializada o parcial. Falta en cambio una obra integral y definitiva. ¿De qué manera cree que debería emprenderse semejante trabajo?

 

- Es difícil hablar de obras definitivas en historia. Siempre surgen nuevas fuentes que llevan a nuevas interpretaciones. Los argentinos del 2082 escribirán -Dios lo permita- historias sobre Malvinas mucho más completas y, quizás, de mayor hondura que las nuestras. Todavía estamos muy cerca de la guerra temporalmente hablando.

 

Respecto de una historia integral, completa, de la gesta, creo que es posible sin duda. Se trata de reunir historiadores intelectualmente honestos, sin desprecio apriorístico por su objeto de estudio, que comprendan la significación de una obra de esas características. Me refiero a la importancia que tiene para los argentinos el conocer y sopesar el sentido auténtico de la guerra. En Inglaterra hay historiadores oficiales de la guerra, Lawrence Freedman es uno de ellos, que se han ocupado de investigar el conflicto con resultados óptimos... óptimos para Gran Bretaña. Aquí eso, además de indeseable, es impensable. ¿Se imagina una historia integral de la guerra de Malvinas pergeñada por historiadores "orgánicos" rentados por la partidocracia del país? No, la historia de Malvinas debe ser investigada y narrada por estudiosos honestos, dispuestos a la verdad, que no se atrevan a mentir, falsear u ocultar.

 

- Se deslizan al pasar en el libro cuestiones que exceden su tema pero que son apasionantes. Una es la sospecha de que la recuperación de las islas de algún modo coincidió con una provocación planificada de ingleses y norteamericanos que respondía a vastos motivos geopolíticos. Otra se refiere a la decisión de cesar el combate, que ocurrió en un momento -el 14 de junio- en que la situación militar sobre el terreno no la justificaba del todo. ¿Cuál es hoy su opinión de historiador sobre esos dos puntos?

 

- En 1711 en Inglaterra vio la luz un libelo anónimo titulado Una propuesta para humillar a España, que justamente proponía la desmembración del Río de la Plata. En el mismo sentido, Malvinas terminó siendo una enorme oportunidad para humillar a la Argentina. Esa ignominia delineada por los poderes mundiales se evidenció con expresiones como las que recuerda Kasanzew: Winston Churchill, nieto del Primer Ministro, dijo apenas terminado el conflicto que “a la Argentina hay que revolcarla en el fango de la humillación”.

 

Más allá de los detalles geopolíticos del asunto, no dudo en afirmar que la derrota en Malvinas fue una oportunidad para dejar exánime al país. ¿Por qué? Pues porque, aunque los argentinos lo desconozcamos, o lo despreciemos, nuestra Patria ha sido ejemplo de autonomía, de independencia frente a los poderosos del mundo. Baste pensar nuestras guerras victoriosas libradas contra varios imperios -Brasil, Inglaterra, Francia-, o el hecho de haber sido neutrales en las dos guerras mundiales. En otros tiempos Argentina tuvo una sólida política exterior -lo cual es signo de la grandeza de una nación, no la cantidad de vacas que posee- y había que dominar ese ímpetu para ponerla de rodillas. El 14 de junio permitió a los poderosos imponer su agenda en la Argentina.

 

Por supuesto, eso no se hizo sin la connivencia de parte importante de la clase dirigente del país. Desde el 2 de abril, más allá de los aplausos iniciales, gran parte de la partidocracia se involucró en el inficionamiento del veneno del derrotismo. No me refiero sólo a las cúpulas militares -que marcharon a la guerra pensando que no habría guerra- sino también a los políticos y sindicalistas que, mientras nuestros soldados enfrentaban al Imperio, negociaban con el “Proceso” el Estatuto de los Partidos Políticos.

 

De todos modos, a pesar de todo lo que han mentido y ensuciado, Malvinas es causa nacional. La gesta es un dolor, sin duda, pero es un dolor fecundo y esperanzador.