jueves, 25 de enero de 2018

El gobierno en la Iglesia




Infocaotica, 22 de enero de 2018


Siempre será difícil encontrar un nombre adecuado al carácter sui generis de la forma de gobierno de la Iglesia. Así lo reconocía el afamado cardenal Billot: «Ignoro si alguna vez se le haya encontrado o se le pueda encontrar un nombre adecuado. Es ésta en realidad una monarquía sui generis, a la cual no sin razón se le puede aplicar aquello de que no se ha visto antes de ella otra semejante ni se verá después» (cfr. TRACTATUS DE ECCLESIA CHRISTI. Tomo I, p.  524).

El 2 de octubre de 1945 el papa Pío XII dirigió un discurso a la Rota Romana conocido como Dacché piacque. Con una claridad notable, tan distinta del actual magisterio «con olor a oveja», trató temas de eclesiología y derecho público eclesiástico: las diferencias entre el ordenamiento jurídico civil y el canónico, a la luz de las diferencias de naturaleza que median entre la Iglesia y el Estado. Y bajo esta luz, retomó la comparación entre ambas sociedades, para salir al cruce de asimilaciones equivocadas.

En el contexto político europeo de 1945, no era prioritario marcar diferencias con las «monarquías absolutas» -como lo fue para el Episcopado Alemán con Pío IX- sino concentrar la atención en otras posibles comparaciones. Es por esto que el discurso a la Rota buscaba esclarecer las diferencias que hay entre la forma de gobierno de la Iglesia, por una parte, y algunas formas políticas vigentes en ese momento, por otra. De modo que en la primera mitad del XX era más necesario precisar que la Iglesia, no es:

— un «totalitarismo», que somete a uniformidad mecánica la diversidad de sus miembros, bajo un poder de extensión indebida;

— un «autoritarismo», que establece relaciones de dominación puramente mecánicas que llegan hasta el punto de «ahogar y remover los derechos esenciales reconocidos a cada una de las personas físicas y morales en la Iglesia» [n. 13];

— una «democracia moderna», en la cual el sujeto originario del poder es el pueblo.

A continuación reproducimos el discurso completo, cuya lectura meditada recomendamos vivamente. Lo tomamos de la obra DOCTRINA PONTIFICIA V. DOCUMENTOS JURÍDICOS, (ed. preparada por José Luis Gutiérrez García), Madrid, BAC, 1960, pp. 203-213. El texto original en italiano, se encuentra.

[1] Desde que quiso el Señor, juez soberano de todas las justicias humanas, constituirnos representante y vicario suyo en este mundo, hoy por primera vez —después de haber escuchado la amplia y docta relación anual de la actividad de este Sagrado Tribunal, que nos ha hecho vuestro dignísimo Decano— podemos expresaros, queridos hijos, nuestra gratitud y exponeros nuestro pensamiento, sin que el fragor de las armas cubra nuestra voz con sus siniestros estruendos. ¿Nos atreveremos a decir que es la paz? Todavía no, por desgracia. ¡Quiera. Dios que sea, al menos, su aurora! Una vez terminada la violencia de los combates, suena la hora de la justicia, cuya obra consiste en restaurar con sus juicios el orden trastornado o perturbado. Formidable dignidad y poder el del juez, que por encima de todas las pasiones y prejuicios, debe reflejar la misma justicia de Dios, ya se trate de dirimir las controversias, ya de reprimir los delitos

[2] Porque éste es, en realidad, el objeto de todo juicio, la misión de todo poder judicial, eclesiástico o civil. Una rápida: ojeada superficial a las leyes y a la práctica judiciales podría hacer creer que el ordenamiento procesal eclesiástico y el civil, presentan diferencias meramente secundarias, algo así como las que se notan en la administración de la justicia en dos Estados civiles de la misma familia jurídica. También parecen coincidir en el mismo fin inmediato: actuación o tutela del derecho establecido por la ley, pero en el caso particular debatido o lesionado, por medio de la sentencia judicial, es decir, mediante un juicio pronunciado por la autoridad competente de acuerdo con la ley. Se encuentran, igualmente, en ambos los varios grados de las instancias judiciales; el procedimiento muestra en ambos casi los mismos elementos principales: demanda de iniciación de la causa, citaciones, examen de los testigos, comunicación de los documentos, interrogatorio de las partes, conclusión del proceso, sentencia, derecho de apelación.

[3] A pesar de lo cual, esta amplia semejanza externa e interna no debe hacer olvidar las profundas diferencias que existen: 1.°, en el origen y en la naturaleza; 2.º, en el objeto; 3.°, en el fin. Nos limitaremos hoy a hablar del primero de estos tres puntos, dejando para años futuros, si Dios quiere, la exposición de los otros dos. 

[I. Pretendidas analogías entre el poder civil y el poder eclesiástico]
[4] La potestad judicial es una parte esencial y una función necesaria del poder de las dos sociedades perfectas, la eclesiástica y la civil. Por esto la cuestión del origen de la potestad judicial se identifica con la del origen del poder. 

[5] Pero por esto precisamente, además de las semejanzas ya indicadas, se ha creído encontrar otras más profundas. 

[6] Es cosa singular ver cómo algunos seguidores de las diversas concepciones modernas acerca del poder civil han invocado, para confirmar y para sostener sus opiniones, las presuntas, analogías con la potestad eclesiástica Esto vale lo mismo tratándose del llamado «totalitarismo» y «autoritarismo» que tratándose de su polo opuesto, la democracia moderna. Pero, en realidad, aquellas más profundas semejanzas no existen en ninguno de los tres casos, como un breve examen lo demostrará fácilmente. 

[7] Es innegable que una de las exigencias vitales de toda comunidad humana, y, por lo tanto, también de la Iglesia y del Estado, consiste en asegurar duraderamente la unidad en la diversidad de sus miembros. 

[El totalitarismo de Estado]
[8] Ahora bien, el «totalitarismo» es siempre incapaz de satisfacer esta exigencia, porque da al poder civil una extensión indebida, determina y fija en el contenido y en la forma todos los campos de actividad, y de este modo oprime toda legítima vida propia —personal, local y profesional— en una unidad o colectividad mecánica, bajo la impronta de la nación, de la raza o de la clase.

[9] En nuestro radiomensaje de Navidad de 1942 Nos hemos señalado ya particularmente las tristes consecuencias acarreadas al poder judicial por aquella concepción y por aquella práctica, que suprime la igualdad de todos ante la ley y deja las decisiones judiciales a merced de un mudable instinto colectivo. 

[10] Por otra parte, ¿quién podrá pensar que estas interpretaciones erróneas, violadoras del derecho, hayan podido determinar el origen o influir en la acción de los tribunales eclesiásticos? Esto no ha sucedido ni sucederá nunca, porque es contrario a la misma naturaleza de la potestad social de la Iglesia, como veremos en seguida. 

[El autoritarismo de Estado]
[11] Pero a aquella exigencia fundamental está muy lejos también de satisfacer la otra concepción del poder civil, que puede ser designada con el nombre de «autoritarismo», porque excluye a los ciudadanos de toda participación eficaz o influjo en la formación de la voluntad social. Divide, por tanto, a la nación en dos categorías, la de los dominadores y la de los dominados, cuyas recíprocas relaciones vienen a ser puramente mecánicas, bajo el imperio de la fuerza, o tienen un fundamento meramente biológico. 

[12] Ahora bien, ¿quién no ve que de esta manera queda profundamente trastornada la verdadera naturaleza del poder estatal? Este, en efecto, por sí mismo y mediante el ejercicio de sus funciones, debe tender a que el Estado sea una verdadera comunidad, íntimamente unida en el fin último, que es el bien común. Pero en aquel sistema el concepto de bien común se hace tan deleznable y se revela tan claramente como un engañoso manto del interés unilateral del dominador, que un desenfrenado «dinamismo» legislativo excluye toda seguridad jurídica, y, por lo mismo, suprime un elemento fundamental de todo verdadero orden judicial. 

[13] Nunca un dinamismo tan falso podrá ahogar y remover los derechos esenciales reconocidos a cada una de las personas físicas y morales en la Iglesia. La naturaleza del poder eclesiástico no tiene nada común con este «autoritarismo», al cual, por consiguiente, no se le puede reconocer punto alguno de referencia con la constitución jerárquica de la Iglesia.

[La democracia moderna]
[14] Queda por examinar la forma democrática del poder civil, en la que algunos querrían hallar mayor semejanza con el poder eclesiástico. Sin duda, donde está vigente una verdadera democracia teórica y práctica, está colmada aquella exigencia vital de toda sana comunidad, a la que nos hemos referido. Pero esto tiene lugar o puede tener lugar en igualdad de circunstancias, también en las otras legítimas formas de gobierno.

[15] Ciertamente, la Edad Media cristiana, particularmente informada por el espíritu de la Iglesia, con su riqueza de florecientes comunidades democráticas demostró cómo la fe cristiana sabe crear una verdadera y propia democracia, e incluso cómo esa fe es la única base duradera de ésta. Porque una democracia sin la unión de los espíritus, al menos en los principios fundamentales de la vida, sobre todo en lo que se refiere a los derechos de Dios y a la dignidad de la persona humana, al respeto a la honesta actividad y libertad personales, también en los asuntos políticos, una democracia semejante seria defectuosa e insegura. Así pues, cuando el pueblo se aleja de la fe cristiana y no la pone resueltamente como principio de la vida civil, entonces también la democracia fácilmente se altera y se deforma y con el transcurso del tiempo se ve sujeta a caer en el «totalitarismo» o en el «autoritarismo» de un solo partido. 
[16] Si, por otra parte, se tiene en cuenta la tesis preferida de la democracia —tesis que insignes pensadores cristianos han defendido en todo tiempo— es decir, que el sujeto originario del poder civil derivado de Dios es el pueblo (y no la «masa»), resulta cada vez mas clara la distinción entre la Iglesia y el Estado, aun siendo este democrático.

[II. ORIGEN DEL PODER EN LA IGLESIA Y EN EL ESTADO]
[17] Esencialmente diversa del poder civil es, en realidad, la potestad eclesiástica y, por consiguiente, también el poder judicial en la Iglesia.

[Contraste evidente]
[18] El origen de la Iglesia, en oposición con el origen del Estado, no es de derecho natural. El más amplio y cuidadoso análisis de la persona humana no ofrece elemento alguno para concluir que la Iglesia, al igual que la sociedad civil, habría tenido que nacer y desarrollarse naturalmente. La Iglesia deriva de un acto positivo de Dios, más allá y por encima de la índole social del hombre, por más que esté en perfecta armonía con ésta; porque la potestad eclesiástica y, por tanto, también el correspondiente poder judicial, ha nacido de la voluntad y del acto, con los que Cristo ha fundado su Iglesia. Esto no quita, sin embargo, que una vez constituida la Iglesia, como sociedad perfecta, por obra del Redentor, brotasen del fondo de su naturaleza no pocos elementos de semejanza con la estructura de la sociedad civil. 

[19] Sin embargo, hay un punto en el que esta diferencia fundamental se manifiesta con particular evidencia. La fundación de la Iglesia como sociedad se ha realizado de manera contraria al origen del Estado, no de abajo arriba, sino de arriba abajo; esto es; Cristo, que en su Iglesia ha realizado el reino de Dios sobre la tierra, por El anunciado y destinado para todos los hombres de todos los tiempos, no ha confiado a la comunidad de los fieles la misión de maestro, de sacerdote y de pastor recibida del Padre para la salvación del género humano, sino que la ha transmitido y comunicado a un colegio de apóstoles o enviados, escogidos por El mismo, para que con su predicación, con su ministerio sacerdotal y con la potestad social de su oficio hicieran entrar en la Iglesia a la muchedumbre de los fieles para santificarlos, iluminarlos y conducirlos a la plena madurez de los seguidores de Cristo.

[20] Examinad les palabras con las que Él les ha comunicado sus poderes: el poder de ofrecer el sacrificio en memoria suya (1), poder de perdonar los pecados (2), prometa y colación de de la potestad suprema de las llaves a Pedro y a sus sucesores personalmente (3) comunicación del poder de atar y desatar, a ledos los apóstoles (5). Meditad, las palabras con que Cristo, antes de su ascensión, transmitió a estos mismos apóstoles la misión universal, que ha Él había recibido del Padre.
¿Hay, acaso, en todo esto algo que pueda dar lugar a  dudas o equívocos? Toda la historia de la Iglesia, desde su comienzo hasta nuestros días, no cesa de hacerse eco de aquellas palabras y de dar el mismo testimonio con una claridad y exactitud que ninguna sutileza puede turbar o empañar. Ahora bien: todas estas palabras, lodos estos testimonios, proclaman al unísono que en la potestad eclesiástica la esencia, el punto central, según la expresa voluntad de Jesucristo, y consiguientemente por derecho divino, es la misión confiada por Él a los ministros de la obra de la salvación en la comunidad do los fieles y en todo el género humano. 

[21] El canon 109 del Código de derecho canónico ha dado luz claara y relieve escultórico a este admirable edificio: «Los que son incorporados a la jerarquía eclesiástica no son escogidos por el consentimiento o designación del pueblo o del poder secular, sino que son constituidos en los grados de la potestad de orden con la ordenación sagrada; en el sumo pontificado, por el propio derecho divino, una vez cumplida la condición de la elección legítima y de su aceptación; en los demás grados de jurisdicción, mediante la misión canónica.» 

[22] «No por el consentimiento o designación del pueblo o del poder secular»: El pueblo fiel o el poder secular pueden haber participado con frecuencia, en el curso de los siglos, en la designación de aquellos a quienes debían ser conferidos los cargos eclesiásticos, para los cuales, por otra parte, incluso para el Sumo Pontificado, pueden ser elegidos tanto los descendientes de noble clase como el hijo de la más humilde familia obrera. Sin embargo, en realidad, los miembros de la jerarquía eclesiástica han recibido y reciben siempre su autoridad de lo alto y no deben responder del ejercicio de su mandato más que, o inmediatamente ante Dios, a quien solamente está sujeto el Romano Pontífice, o bien, en los otros grados, ante sus superiores jerárquicos, pero no tienen que dar cuenta alguna ni al pueblo ni al poder civil, dejando a salvo, naturalmente, la facultad de todo fiel de presentar en la debida forma sus súplicas y recursos a la autoridad eclesiástica competente, o también directamente a la suprema potestad de la Iglesia, especialmente cuando el suplicante o el recurrente está movido por motivos que tocan a su personal responsabilidad para la salud espiritual, propia o ajena. 

[Dos conclusiones]
[23] De cuanto hemos expuesto se derivan principalmente dos conclusiones:
1.a En la Iglesia, al revés que en el Estado, el sujeto primordial del poder, el juez supremo, la última instancia de apelación, nunca es la comunidad de los fieles. No existe, por tanto, ni puede existir en la Iglesia, tal como ha sido fundada por Cristo, un tribunal popular o una potestad judicial derivada del pueblo.

[24] 2.a La cuestión de la extensión y alcance de la potestad eclesiástica se presenta también de un modo completamente diferente del que presenta referida al Estado. Para la Iglesia tiene valor, en primer lugar, la voluntad expresa de Cristo, quien pudo darle, según su sabiduría y bondad, medios y poderes mayores o menores, salvo siempre el mínimo exigido necesariamente por su naturaleza y su fin. La potestad de la Iglesia abarca a todo el hombre, su interior y su exterior en orden a la consecución del fin sobrenatural, porque el hombre está completamente sometido a la ley de Cristo, de la que la Iglesia ha sido constituida por su divino Fundador depositaria y ejecutora, tanto en el foro externo como en el foro interno o de conciencia. Potestad, por tanto, plena y perfecta, aunque ajena a aquel «totalitarismo» que no admite ni reconoce la honesta apelación a los claros e imprescriptibles dictámenes de la propia conciencia y violenta las leyes de la vida individual y social escritas en los corazones de los hombres. Porque la Iglesia tiende con su poder no a esclavizar a la persona humana, sino a asegurar su libertad y perfección, redimiéndola de las debilidades, de los errores y de los extravíos del espíritu y del corazón, los cuales, tarde o temprano, acaban siempre en la deshonra y en la esclavitud.

[25] El carácter sagrado que a la jurisdicción eclesiástica corresponde por su origen divino y por su pertenencia a la potestad jerárquica, debe inspiraros, amados hijos, una altísima estima de vuestro oficio y espolearos a cumplir sus austeros deberes con fe viva, con rectitud inalterable y con celo siempre vigilante. Pero detrás del velo de esta austeridad, ¡qué resplandor se revela a los ojos de quien sabe ver en el poder judicial la majestad de la justicia, que en toda su acción tiende a mostrar a la Iglesia, la Esposa de Cristo, santa e inmaculada ante su divino Esposo y ante los hombres!

[26] En este día en que se abre vuestro nuevo año jurídico, Nos invocamos sobre vosotros, amados hijos, los favores y ayudas del Padre de las luces, de Cristo, a quien El ha confiado todo juicio, del Espíritu de inteligencia, de consejo y de fortaleza, de la Virgen María, espejo de justicia, mientras con efusión de corazón impartimos a todos vosotros aquí presentes, vuestras familias y a todos vuestros seres queridos nuestra paterna bendición apostólica. 


miércoles, 24 de enero de 2018

Diezmo: iniciativa a imitar


Llaman a aportar el diezmo en las iglesias católicas
POR: HUGO REYNA
lA tARDE, 22 ENERO 2018 - .

La comunidad católica de Reynosa ha sido convocada por la Iglesia a cumplir con el tradicional “diezmo” que representa una obligación de compartir como resultado de los beneficios obtenidos durante el año recién concluido.
El padre de la Iglesia “Medalla Milagrosa” en la colonia Hidalgo, Jesús García, precisó que el diezmo representa un apoyo para las iglesias y poder continuar con sus actividades de evangelización, orientación vocacional y otros servicios que se brindan a las familias.
No especificó el monto económico que se recauda vía aportación del diezmo, pues dijo que durante al año ante la insuficiencia de recursos se planea actividades como bingos y convivios para incrementarse los ingresos de operación en las iglesias.
Por lo que dijo que los catalíticos feligreses al cumplir con la entrega del diezmo, permiten que la labor de la iglesia se expanda entre la comunidad.
De acuerdo a la tradición del diezmo, éste se entrega durante el mes de enero como inicio de año y los católicos hacen una aportación económica a  su iglesia.
Este proceso del diezmo concluirá el 31 de enero, por lo que las iglesias en sus pórticos y accesos mantienen información alusiva al cumplimiento de esta disposición.


domingo, 21 de enero de 2018

¿Qué dice Santo Tomás sobre la correctio filialis?


Gabriel Ariza

Infovaticana, 20 enero, 2018

Santo Tomás de Aquino aborda en la Suma Teológica la corrección fraterna de los fieles a su obispo, y considera que, “en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos”.

“Con profunda aflicción, pero impulsados por la fidelidad a Nuestro Señor Jesucristo, por el amor a la Iglesia y al papado y por la devoción filial hacia Usted, nos vemos obligados a dirigir una corrección a Su Santidad, a causa de la propagación de herejías ocasionada por la Exhortación apostólica Amoris laetitia y por otras palabras, hechos y omisiones de Su Santidad. Nos está permitido emitir esta corrección por la ley natural, por la ley de Cristo, y por la ley de la Iglesia: para guardar estas tres leyes, Su Santidad ha sido designado por la divina providencia.”

Así comienza la carta que el pasado 11 de agosto fue enviada al Papa Francisco con las firmas de 40 clérigos católicos y académicos laicos y bajo el título ‘Correctio filialis de haeresibus propagatis’ (‘Una corrección filial con respecto a la propagación de herejías’). En el documento, los firmantes denunciaban que en algunos pasajes de Amoris laetitia “se insinúan o alientan posturas heréticas” que pedían fueran condenadas por el Papa Francisco. Al no recibir respuesta del pontífice, los autores del documento hicieron público su contenido el pasado 24 de septiembre. 

Tras la publicación de la “Correctio Filialis” no tardaron en llegar todo tipo de críticas y condenas a la iniciativa. Algunos de los críticos cuestionaban quiénes eran los firmantes para corregir al Papa.
Santo Tomás de Aquino aborda en la Suma Teológica la corrección fraterna de los fieles a su obispo, y considera que, “en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos”.

A continuación, la Cuestión 33 de la Parte II-IIae de la Summa Theologiae de Santo Tomás de Aquino.
La corrección fraterna. Artículo 4: ¿Está alguien obligado a corregir a su prelado?
Objeciones por las que parece que nadie está obligado a corregir a su prelado:
1. En Ex 19,13 se lee: La bestia que tocare el monte será apedreada, y en 2 Re 6,6-7 se dice que Oza fue herido por el Señor por tocar el arca. Ahora bien, con el monte y el arca se significa el prelado. Luego éstos no deben ser corregidos por sus súbditos.
2. La Glosa, interpretando el texto del Apóstol en Gál 2,11: le echó en cara, añade como a igual. Por tanto, no siendo el súbdito igual al prelado, no le debe corregir.
3. Escribe San Gregorio: Nadie intente corregir la vida de los santos, a no ser quien sienta mejor de sí. Mas nadie debe sentirse mejor que su prelado. Luego no deben ser corregidos los prelados.

Contra esto: está el testimonio de San Agustín en la Regla: No os compadezcáis sólo de vosotros mismos, sino también de él, que corre mayor peligro cuanto más alto puesto ocupa. Pero la corrección fraterna es obra de misericordia. Luego también los superiores deben ser corregidos.

Respondo: La corrección que es acto de justicia por coacción penal, no incumbe al súbdito respecto de su prelado. Pero la corrección que es acto de caridad atañe a cada cual en relación con las personas a las que debe amar si ve en ellas algo reprensible. En efecto, el acto que procede de un hábito o potencia se extiende a cuanto comprende el objeto de esa potencia o hábito, lo mismo que la visión abarca todo cuanto esté bajo su objeto. Pero dado que el acto virtuoso debe estar regulado por las debidas circunstancias, en la corrección del súbdito hacia su superior debe guardarse la debida moderación, o sea, no debe hacerlo ni con protervia ni con dureza, sino con mansedumbre y respeto. Por eso en 1 Tim 5,1 escribe el Apóstol: No increparás al anciano, sino exhórtale como a padre. Por eso mismo también reprocha Dionisio al monje Demófilo por haber corregido de manera irreverente a un sacerdote golpeándole y echándolo de la iglesia.

A las objeciones:
1. Se puede decir que se trata inadecuadamente al prelado cuando se le apabulla o cuando se le infama. Es lo que se significa en esos pasajes con el contacto de la montaña o del arca prohibidos por Dios.
2. Reprender a la cara y en público (Gál 2,11) rebasa a la moderación de la corrección fraterna. Y San Pablo no habría reprendido de esa manera a San Pedro si no hubiera sido de alguna manera su igual en la defensa de la fe. Mas amonestar oculta y severamente puede hacerlo incluso quien no sea igual. Por eso, escribiendo a los Colosenses 4,17 pide San Pablo reprender al superior, en estos términos: Decid a Arquipo: cumple tu ministerio. Hay que tener en cuenta, no obstante, que en el caso de que amenazare un peligro para la fe, los superiores deberían ser reprendidos incluso públicamente por sus súbditos. Por eso San Pablo, siendo súbdito de San Pedro, le reprendió en público a causa del peligro inminente de escándalo en la fe. Y como dice la Glosa de San Agustín: Pedro mismo dio a los mayores ejemplo de que, en el caso de apartarse del camino recto, no desdeñen verse corregidos hasta por los inferiores.
3. Creerse en todo mejor que su superior parece presuntuosa soberbia; pensar, en cambio, que es mejor en algo no tiene nada de presunción, ya que en esta vida no hay nadie sin defecto. Pero hay que tener en cuenta también que quien amonesta con caridad a su superior, no por eso se considera mejor, sino que va en auxilio de quien está en un peligro tanto mayor cuanto más alto puesto ocupa, como enseña San Agustín.


miércoles, 10 de enero de 2018

Negri: la confusión existe y es gravísima


INFOVATICANA
5 enero, 2018

Uno de los arzobispos italianos que ha firmado la profesión de fe de los kazajos responde en esta entrevista a los motivos por los que ha suscrito el documento: Una Iglesia con poca atención a la doctrina ya no es una Iglesia pastoral, sino que es una Iglesia ignorante». La confusión nace de esta ignorancia.

«Como obispos católicos estamos obligados en conciencia a profesar, ante la difusa confusión actual, la inmutable verdad y la igualmente inmutable disciplina sacramental respecto a la indisolubilidad del matrimonio, según la enseñanza bimilenaria e inalterada del Magisterio de la Iglesia».
Esto es lo que escriben los tres obispos del Kazajistán -Tomash Peta, arzobispo metropolitano de la archidiócesis de María Santísima en Astaná, Jan Pawel Lenga, arzobispo-obispo emérito de Karaganda y Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de María Santísima en Astaná– en un largo documento titulado: «Profesión de las verdades inmutables con respecto al matrimonio sacramental», publicado el 2 de enero y recogido por InfoVaticana.

Los tres obispos constatan que tras la exhortación apostólica Amoris Laetitia, obispos de manera individual y diversos episcopados actúan con normas pastorales que tienen como resultado la difusión de la «plaga del divorcio», también dentro de la Iglesia, lo que se contrapone fuertemente con lo establecido por Dios. Ya es grave que la praxis sea distinta de diócesis a diócesis, incluso de parroquia a parroquia. «Debido a la vital importancia que tienen la doctrina y la disciplina del matrimonio y de la Eucaristía, la Iglesia está obligada a hablar con una única voz», afirman los tres obispos citando a los Padres de la Iglesia.

Por último, los obispos kazajos ratifican el magisterio tradicional de la Iglesia, que considera siempre ilícitas las relaciones sexuales fuera del matrimonio sacramental y, por consiguiente, considera imposible el acceso a la comunión para quienes permanecen en dicho estado, si bien esto no constituye un juicio sobre el estado de gracia interior de cada fiel individualmente.

La «Profesión de las verdades inmutables…» añade, por lo tanto, un nuevo capítulo al debate de Amoris Laetitia y sus interpretaciones, demostrando lo difundido que está el malestar que se ha creado en la Iglesia. Esta declaración no parece estar destinada a permanecer un hecho local que concierne sólo a Kazajistán, puesto que tras su publicación dos obispos italianos han suscrito el documento: Monseñor Carlo Maria Viganò, anteriormente nuncio apostólico en los Estados Unidos de América, y Monseñor Luigi Negri, arzobispo emérito de Ferrara.

La Nuova Bussola ha entrevistado a Mons. Negri sobre este documento y el porqué de su adhesión.
Monseñor Negri, ¿qué le ha impulsado a firmar esta carta?
Ante la gran confusión que hay en la Iglesia en lo que respecta al tema del matrimonio, creo que es necesario volver a proponer la claridad de la posición tradicional. Me ha parecido justo firmar porque el contenido de esta posición es el que he defendido ampliamente en estos años, no sólo en estos últimos meses, sino en todos los momentos que he dedicado al tema de la familia, de la vida, de la procreación, de la responsabilidad educativa respecto a los más jóvenes. Son temas de absoluta importancia por los que el mundo católico, en conjunto, no demuestra tener mucha sensibilidad.

Hay quien sostiene que se ha hablado demasiado de familia y de vida…
Pensar en una Iglesia sin una preocupación explícita, sistemática, diría incluso diaria, por la defensa y promoción de la familia y su responsabilidad misionera y educativa, hace pensar en una Iglesia profunda y fuertemente condicionada por la mentalidad mundana. Dicha mentalidad, que domina ampliamente nuestra sociedad, considera que todas las cuestiones «éticamente sensibles», utilizando una expresión que se ha convertido de uso común, son responsabilidad de las instituciones políticas y sociales y, en primer lugar, del estado. Estoy de acuerdo con la Doctrina social de la Iglesia y considero que la cuestión de la persona y del desarrollo de su identidad y responsabilidad en el mundo es una tarea específica, característica e irrenunciable de la Iglesia.
Se está combatiendo una batalla entre la mentalidad mundana -la que el Papa Francisco, en los primeros meses de su pontificado, llamó «el pensamiento único dominante»- y la concepción cristiana de la vida y la existencia. Si la Iglesia no se enfrenta a esta situación acabará reduciéndose, fundamentalmente, a una posición de sustancial automarginación de la vida social.

En la carta se habla mucho de la confusión existente en la Iglesia. Usted también lo ha mencionado. Sin embargo, hay quien niega esta confusión: algunos sostienen que lo único que hay es resistencia a un camino de renovación de la Iglesia.
La confusión existe. Existe y es gravísima. Nadie que sea sensato puede negar esta evidencia. Recuerdo las palabras tristes, y terribles, que el cardenal Carlo Caffarra dijo poco antes de morir: «Una Iglesia con poca atención a la doctrina ya no es una Iglesia pastoral, sino que es una Iglesia ignorante». La confusión nace de esta ignorancia. Cito de nuevo al cardenal Caffarra, que decía que «sólo un ciego puede decir que no hay confusión en la Iglesia». Y yo puedo testimoniarlo por lo que he podido ver personalmente, sobre todo en los últimos meses de mi episcopado en Ferrara-Comacchio. Cada día me interpelaban buenos cristianos porque en su conciencia se había producido una grandísima decepción y vivían con mucho sufrimiento. Lo digo claramente: un sufrimiento mayor al de muchos clérigos y muchos de mis hermanos obispos. Es el sufrimiento de un pueblo que ya no se siente cuidado, sostenido en su exigencia fundamental de verdad, de bondad, de belleza y de justicia, que constituyen el corazón profundo del hombre y que sólo el misterio de Cristo revela profundamente y actúa de manera extraordinaria.

No quiero polemizar con nadie, pero no puedo no decir que es necesario trabajar para que el esplendor de la tradición vuelva a ser una experiencia para el pueblo cristiano, y una propuesta que el pueblo cristiano hace a los hombres. Ésta es una tarea que siento decisiva dentro de mí.

A propósito de confusión, en estos días ha nacido una nueva polémica cuyo origen es la acusación al Papa emérito Benedicto XVI de errores doctrinales que nunca han sido corregidos, sacando de nuevo a colación el Concilio.
No quiero hacer revisiones rápidas e ideológicas de momentos fundamentales de la vida de la Iglesia, como es el caso del Concilio, por ejemplo: una extraordinaria experiencia, compleja y, por qué no, con aspectos no siempre claros. O el gran e inolvidable magisterio de San Juan Pablo II, su compromiso para volver a proponer al mundo el anuncio de Cristo como única posibilidad de salvación y, por lo tanto, a la Iglesia como ámbito de esta experiencia, como decía él, de una vida renovada. Estas son piedras miliares de un camino que, después, encontró en el gran magisterio de Benedicto XVI un punto de síntesis, el llamamiento fuerte a esa continuidad en el paso entre la realidad preconciliar y la realidad del Concilio y del postconcilio: fue una formulación de gran importancia, de la que aún vive la Iglesia.
Juan Pablo II y Benedicto XVI elevaron el magisterio católico a niveles de extraordinaria amplitud. Es absurdo querer doblegar la interpretación de estos grandes personajes de la vida de la Iglesia a intereses partidistas. Pero es también absurdo comparar los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI con el magisterio del Papa Francisco. En la historia de la Iglesia cada Papa tiene su función. La función de Francisco no es, ciertamente, la de volver a proponer la integridad y la amplitud del mensaje cristiano, sino la de sacar las necesarias consecuencias a nivel ético y social.

Hablando aún de confusión: en este año que acaba de terminar y en el que se han recordado los 500 años de la Reforma protestante, en la Iglesia se han visto y oído cosas francamente desconcertantes.
La confusión doctrinal y cultural presenta aspectos difícilmente creíbles para personas con sentido común y que han tenido una formación cultural adecuada. Lo de Lutero es un hecho increíble. Este Lutero del que tanto se habla no existe. Este Lutero reformador, evangélico, cuya presencia habría sido una reforma positiva y beneficiosa para la Iglesia no tiene ningún fundamento histórico y crítico.

Una cuestión muy distinta es que, en un momento de grave ataque a la tradición religiosa de Occidente, sea necesario que todos los hombres religiosos perciban que es el momento de una nueva y gran unidad operativa. Ciertamente, es necesario que trabajemos juntos, pero para hacerlo no hay que socavar la propia identidad o pensar que la existencia de la identidad es una objeción al trabajo. Es exactamente lo opuesto: quien se mete en el diálogo religioso, en el diálogo ecuménico, en el diálogo con la vida social con su identidad precisa está proporcionando una contribución extremadamente significativa. No se colabora y no se dialoga partiendo de la confusión. Se dialoga partiendo de la identidad, y la identidad católica, si es vivida hasta el fondo, contribuye de una manera única e irreducible a la vida social.

Hay quien pone en guardia ante la tentación de la hegemonía.
No pienso para nada en una hegemonía en la vida social, como desearían muchos católicos irresponsables. No es por una voluntad de hegemonía, sino por una voluntad de misión. Una misión explícita, clara, significativa, apasionada y, por lo tanto, polémica respecto al mundo. Esto he aprendido de don Giussani en 50 años de amistad con él y por esto apostaron de manera positiva, en mi opinión, los grandes magisterios de Juan Pablo y Benedicto, en línea con el gran magisterio de la Iglesia de los siglos XIX y XX.

Publicado originalmente en La Nuova Bussola. Traducción de Helena Faccia para InfoVaticana


A Dios lo que es de Dios


Una opinión a tenerse en cuenta, aunque no sea originada en un creyente. Agregamos nuestra opinión, al final.


Clarín, 9-1-18

Al César, lo que es del César’” semeja la histórica definición de justicia propuesta por el filósofo griego Aristóteles (384-322 AC). A su vez, Cristo (0-33), les dijo a sus discípulos “dad al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mateo 22:21), como para separar los temas terrenales de los espirituales.
Esta expresión indica que deben distinguirse debidamente elementos de distinta naturaleza y, en su uso más frecuente, que deben discriminarse correctamente las cosas, según la incumbencia o la competencia de las personas involucradas.
En el mundo en general, y en la Argentina también, cada vez hay menos personas que profesan la fe de la iglesia católica. Los países católicos de Europa cuentan con una feligresía menguada, desde hace varias décadas. Mientras que, en Latinoamérica, no cesa la tendencia a la baja de los católicos.
Según el informe de la organización Pew Research Center de noviembre 2014, el 69% de adultos se identifica con ese credo, ante 90% que lo hacía, en la mayor parte del siglo XX.
Hoy se aprecia una práctica light de la religión católica, mientras crecen otras religiones, al igual que los agnósticos y ateos.
En la región, Chile y Uruguay son los dos países donde hay un mayor proceso de secularización. Según la Encuesta Nacional Bicentenario elaborada por la Universidad Católica y Adimark, en noviembre de 2014, el 59% de los chilenos se consideraba católico, el 16% evangélico y el 22% aseguraba no tener ninguna creencia religiosa, ítem dentro del cual se incluía a los agnósticos y ateos.
Uruguay es el país con menor porcentaje de católicos de América Latina. El 41% declara ser católico, mientras que el 38% dice ser ateo o agnóstico, el 8% evangélico y el 13% responde a otras religiones, según el informe de Latinbarómetro, de abril de 2014. De larga tradición laicista, el gobierno uruguayo es totalmente independiente de la religión.
Contrariamente, en Argentina, con un 77% de católicos, la iglesia siempre ha sido un factor de presión, para influir en las decisiones de Estado. Aunque habría que hacer la salvedad que sus máximos representantes optaron por llamarse a silencio o actuaron con extrema cautela, durante muchos años de la gestión kirchnerista.
Las libertades plenas que rigen en el país, desde diciembre de 2015, han permitido que Francisco y el Episcopado volvieran a hacerse escuchar en Argentina, cuestionando decisiones de la administración nacional o leyes aprobadas por el poder Legislativo.
Hemos leído, semanas atrás, que la iglesia de Córdoba envió cartas a los legisladores nacionales por esa provincia, en línea con el pensamiento del Papa Francisco, para que no votaran la Reforma Previsional, acordada por el presidente Mauricio Macri con 23 de los 24 gobernadores. Es cuestionable que la Iglesia quiera inmiscuirse de tal manera en temas de Estado, cuando su rol debe estar en ocuparse de las cosas de Dios y en cuidar a su desperdigado rebaño.
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jueves, 4 de enero de 2018

Los obispos africanos

 contra la postura inmigracionista 

Carlos Esteban
Infovaticana, 3 enero, 2018

El Papa Francisco predicó en Navidad sobre un asunto que es ya obsesivo en él: la acogida de los inmigrantes. En ninguna de sus declaraciones y homilías en que ha tratado esta cuestión ha insinuado el Santo Padre que pueda haber algún límite prudencial en cuanto al número de los recién llegados, y apenas ve la posibilidad de un inevitable choque cultural, dificultades económicas y logísticas insuperables o una distinción entre refugiados e inmigrantes económicos, entre legales e ilegales.

En esto tiene a favor a todo el estamento globalista, empezando por los jerarcas de la Unión Europea y la ONU, y en contra a no pocos obispos. Es razonable, por tanto, que Su Santidad esperase algún tipo de reacción negativa o crítica por parte de unas autoridades italianas que no saben ya qué hacer para frenar la invasión descontrolada desde África, o desde sus colegas en el episcopado italiano.

Pero las críticas han venido de donde, imaginamos, menos podía esperarlo: sus amadas ‘periferias’. Concretamente, de África, de donde procede el grueso de esta inmigración masiva y que, por tanto, sería comprensible imaginar una acogida entusiasta del espíritu de acogida papal.

Y no, todo lo contrario. Los prelados más importantes del Continente Negro piden desesperados medidas urgentes para frenar la emigración masiva que está despoblando África, en oposición frontal a la línea marcada por Francisco.
Los africanos defienden su postura alegando que los emigrantes son tratados de modo espantosa por las mafias que les llevan a Europa, donde la vida que encuentran es, además y por lo común, muy distinta de la que esperan.

“No tenemos derecho a permitir que existan canales de emigración ilegal cuando sabemos perfectamente cómo funcionan”, asegura el senegalés, Benjamin Ndiaye, Arzobispo de Dakar, con el apoyo absoluto de su colega nigeriano Joseph Bagobiri y muchos otros. “Todo esto tiene que acabar”.
Desde el lado europeo de la ecuación defiende la misma tesis, curiosamente, otro prelado africano, en este caso el Cardenal Robert Sarah, prefecto para el Culto Divino.

El pasado octubre, el Cardenal guineano afirmó el derecho de las naciones a distinguir entre refugiados e inmigrantes económicos, según la revista polaca wPolityce.pl, apoyando la postura de Polonia frente a los intentos de Bruselas de obligar al país a abrir sus fronteras.


jueves, 21 de diciembre de 2017

Castelllani: parábola de la Cizaña



Infocaótica, 15 de diciembre de 2017

Este Domingo se lee la parábola de la Cizaña, que es una de las más hermosas y de las más importantes; una de las tres parábolas fundamentales que Cristo mismo interpretó a sus Apóstoles: trata del problema de la existencia del mal en el mundo.

La interpretación que más tarde dio Cristo mismo a sus discípulos es la siguiente:
"El sembrador de la semilla hermosa es el Hijo del Hombre; El campo es el mundo. La hermosa semilla son los hijos del Reino. La cizaña son los hijos del Malo. El que salió a esparcirla es el Diablo. La siega es la consumación del siglo. Los segadores son los ángeles. Como se ata la cizaña y se la echa al fuego, Así será en la consumación del siglo: Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles Y recogerán de todo su Reino Todos los escándalos y los hechores de iniquidad Y los arrojarán a la fragua del fuego: Allí será el clamor y el rechinar de dientes. Mas los justos resplandecerán como el sol En el Reino de su Padre... El que tenga orejas, que escuche".

La fabulita está preciosamente hecha: es un símbolo sencillo y duro, como esculpido en marfil. Una cosa enteramente posible en el medio rural palestino, esos pequeños trigales sin alambrado y lejos de las casas; la treta del enemigo que es una típica venganza de rústico: un daño que es fácil de hacer y de ocultar, que no se ve sino después de un tiempo; el celo de los sirvientes o peones; la prudencia del paterfamilias; el lolium temulentum, que no es cizaña como abrojo, sino un yuyo que no hay en la Argentina, que es parecido al trigo y da también harina, pero venenosa como indica el nombre latino. En España lo llaman "luello" en Castilla, “joyo" en Cataluña y en Andalucía "hierbamula", porque la dan los gitanos a las mulas para hacerlas parecer vivarachas. El luello es igual al trigo hasta que grana; cuando grana es más alto, así que se le puede segar las cabezas, las espigas, sin tocar las del trigo.

No hay en esta fábula nada desmesurado y paradojal, como en casi todas las parábolas de Cristo; anoser el carácter terrible y casi irreparable del daño hecho por el enemigo. En efecto, el pecado es de suyo irreparable y terrible. Y eso es misterio: toda la inmensa masa de males que hay en el mundo por causa del pecado de Adán; y que lo tengamos que pagar nosotros, que no estábamos allí en el Edén. Estábamos en los lomos de Adán, dice rudamente la Escritura; y la biología moderna parece apoyar esto hablándonos del SOMA GENÉTICO que corre en línea recta del primer hombre hasta nosotros y que no es propiedad del hombre individuo sino de la especie. Pero además, todos los pecados individuales acumularon y acumulan los males indeciblemente. El pecado adámico sólo dio a sus hijos la propensión a sufrir —y a pecar; los sujetó a la muerte. Los hijos inmediatos de Adán fueron más felices que nosotros.

Pero de todas maneras ¡que un solo pecado del Ángel y un solo pecado del primer hombre haya producido tanto daño; y que no pueda remediarse sino sólo por la mano de Dios! "Un alma que está en el Infierno por un solo pecado mortal", dice San Ignacio. No sabemos si hay en el Infierno un alma con un solo pecado mortal; y yo personalmente no lo creo. Sin embargo es posible.

Otra cosa que indica la parábola es que la Iglesia durará bastante tiempo, tres estaciones del año y que Cristo no creyó ni enseñó que el fin del mundo estaba allí, al caer: pero desto debo hablar el próximo domingo, si Dios quiere.
Pero lo que enseña directamente la Parábola es que el mal en este mundo no se puede suprimir del todo y que la cizaña, o el luello, durará hasta el tiempo de la siega. Es una grave tentación del hombre religioso y ha sido un grave error a veces de los hombres de Iglesia o de Estado querer arrancar todo luello, enderezar los desórdenes, suprimir los vicios, extirpar los pecados de una vez. Mala palabra ésa de extirpar, parienta de "destripar". La intolerancia, la rigidez excesiva, el fanatismo, la violencia no hacen bien a la religión.

Suelen poner como ejemplo desto a Lutero, que me parece poco exacto: "Lutero, queriendo extirpar la cizaña, la desparramó" —dice un escritor. Es verdad que todos los Protestantes primero invocaron "la Reforma de la Iglesia", reforma que hacía un siglo o más era el clamor de todos los buenos cristianos; pero Lutero cuando clavó sus 95 tesis contra las indulgencias en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg, ya era hereje, ya tenía el "animus haereticus" y había escrito cosas heréticas, y sobre todo tenía el "animus antiromanus", el odio a Roma germánico, de todos o muchos de los alemanes de aquel tiempo; y la reforma de la Iglesia era solamente un estandarte y un pretexto. Porque los alemanes nunca han perdonado a Roma la derrota de Arminio (o sea Hermann) por Varo; ni a Carlomagno el que hubiese hecho bautizar a los sajones por la fuerza: que es un ejemplo de la violencia al servicio de la religión: mal servicio.

Mejor ejemplo es Savonarola. Savonarola, fraile domínico, poeta, gran orador y espíritu ardientemente religioso, quiso moralizar la ciudad de Florencia, y mediante ella toda Italia, y mediante ella toda la Cristiandad, es decir, extirpar la cizaña; y se lanzó a la empresa con más fervor que prudencia. Acabó quemado, aunque quemado después de muerto, primero lo colgaron, con dos compañeros: murió santamente aunque desdichadamente. Quería hacer de Florencia una especie de convento, extirpar todas las inmoralidades; y de hecho, consiguió hacer una especie de convento con Florencia, pero por poco tiempo. 

Su error fue arrojarse a la politiquería: se le antojó que para moralizar a Florencia había que arrojar de su trono a los Médicis, que eran corrompidos (según) y fundar una república popular. Consiguió fundar una república popular; pero resultó más corrompida que los Médicis. La verdad es que Jerónimo Savonarola fue mucho mejor hombre (en cuanto podemos juzgar, Dios lo sabe) que el Papa Alejandro Borgia, el cual si no lo hizo matar le pasó raspando: lo mató la Señoría de Florencia sabiendo que agradaba al Papa. El Papa era la cizaña; pero Fray Jerónimo no era muy trigo candeal.

Mucho más desdichadamente murió el Papa: murió en su cama, pero envenenado; y se pudrió al instante de morir. Había preparado veneno para matar a cuatro Cardenales en una comida; y el mucamo se equivocó de botella (o no se equivocó, vaya a saber) y se lo sirvió a él y a su hijo César. César Borgia se salvó a gatas, para ir a morir sifilítico en España de una bala de falconete.

Recuerdo estos horrores para que vean el calibre de la cizaña que ha habido incluso adentro de la Iglesia. Pero ¿Judas? Judas perteneció al Colegio Apostólico. Esta parábola nos desrecomienda la intolerancia pero no nos aconseja la blandenguería. ¿No hay que luchar contra el pecado; no hay que castigar los delitos? Evidentemente sí: ésa es la vida misma de la Iglesia y el deber del Estado. Ni dureza de corazón ni merenguería, ni soberbia ni abyección, ni prepotencia ni cobardía. "Ni huno ni hotro, chamigo", dijo el correntino; porque tan malo es pasarse como no llegar.


Tomado de:


Castellani, L. Domingueras prédicas, pp. 41-45