martes, 20 de junio de 2017

El Rosario, según el Papa Francisco


Aica,  20 Jun 2017

“Acudan con frecuencia a este potente instrumento que es la oración del Santo Rosario, para que lleve la paz en el corazón, en la familia, en la Iglesia y en el mundo”, expresó el papa Francisco en video mensaje dirigido al obispo de Gozo, Malta, monseñor Mario Grech, con motivo de la inauguración de un mosaico en el cementerio del Santuario de la Virgen de Ta’ Pinu, que representa el Santo Rosario, el pontífice animó a rezar esta “oración potente”, que es al mismo tiempo “simple y accesible a todos”.

“También yo, con frecuencia, rezo el Rosario delante de un mosaico”, dijo el Santo Padre y explicó que se trata de un “pequeño mosaico de la Virgen con el Niño donde parece que es María la que figura en el centro, cuando en realidad, ella, usando sus manos, hace una especie de escalera mediante la cual Jesús puede descender en medio de nosotros”.
Francisco se vale de esta imagen para explicar que “el centro siempre es Jesús, que desciende para caminar con nosotros los hombres, con el fin de que podamos subir al cielo con Él”.

En este sentido, destaca que el Santo Rosario es “una oración contemplativa simple, accesible a todos, grandes y pequeños”.
Además, explica que “en la oración del Rosario nos dirigimos a la Virgen María para que nos lleve siempre más cerca de su Hijo Jesús, para conocerlo y amarlo cada vez más.
“Mientras repetimos ‘Ave María’ –continúa–, meditamos los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos de la vida de Cristo, pero también de nuestra vida, porque nosotros caminamos con el Señor”.

“Esta sencilla oración, de hecho, nos ayuda a contemplar todo aquello que Dios, en su amor, ha hecho por nosotros y por nuestra salvación, y nos hace comprender que nuestra vida y unidad es la de Cristo”, aseguró.


Rezando el Rosario, “le entregamos todo a Dios: nuestras fatigas, nuestros dolores, nuestros miedos, pero también nuestras alegrías, nuestros dones, nuestras personas queridas, todo a Dios. Rezando permitimos a Dios entrar en nuestro tiempo para que acoja y transfigure todo lo que vivimos”.+ 

La Eucaristía

 al unirnos a Cristo permite pregustar los goces del cielo, ya que la plenitud del hombre consiste en la vida divina participada.


La Iglesia celebra la Eucaristía cada día del año, la ofrece a Dios en sacrificio de alabanza, la entrega como alimento a los fieles debidamente preparados y la conserva en los tabernáculos para que Cristo presente bajo las especies de pan y vino sea el centro y el sostén de su vida.
Por eso la solemnidad de hoy no es tanto el recuerdo de la institución de este sacramento, cuanto la celebración de un misterio siempre vivo y actual.

En el Deuteronomio (8, 2-3.14b-16ª) comprobamos cómo Dios cuida de su pueblo que camina en el desierto hacia la tierra prometida y, lo alimenta con el maná fortaleciéndolo así en medio de las pruebas con que tropezaba en el peregrinar hacia el cumplimiento de las promesas.
Este maná era sólo una pálida figura anticipada de otro alimento, el del Cuerpo y Sangre del Señor que nos sostiene en este mundo mientras peregrinamos “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” hacia la tierra prometida del cielo.

Ahora bien, los alimentados por este manjar particular en el Antiguo Testamento murieron, mientras que quienes nos nutrimos con el Señor en este mundo nos preparamos para la gloria de la eternidad.
La liturgia de la Iglesia, en la primera oración de esta misa, suplica que alcancemos con este alimento el fruto de la redención, para lo cual hemos de venerar siempre los sagrados misterios que celebramos,  y permanecer hambrientos de esta comida temporal que a su vez se orienta a lo eterno, dejando de lado todo lo que impide recibirla.

El ser humano es capaz de mover todos los obstáculos que se le presentan  para alcanzar alimento cuando no lo posee, pues bien, así debería obrar cuando se trata de alcanzar el alimento del pan de vida, de manera que sea primera nuestra adhesión a Cristo y no al pecado que  nos impide recibirlo y participar de su misma vida de santidad.
En el texto del evangelio (Jn. 6, 51-58) Jesús anuncia que Él es el nuevo “maná” bajado del cielo y que quien se alimenta con su Cuerpo y Sangre  vivirá eternamente, ya que como alimento no lleva a la muerte sino a la Vida, aunque haya que pasar por la muerte temporal.

Cristo al prometer la Vida Eterna a quien se alimenta con Él asegura lo contrario para quien no lo busca con sincero corazón
De hecho el mismo Señor destaca que nada se logra sin la unión con Él, como el sarmiento nada puede sin la unión a la vid (Jn. 15), ya que en el orden sobrenatural de la gracia, alcanzamos todo sólo por la comunión con Jesús, mientras que el pecado impide  el mérito.
Al comulgar, logramos con el Señor una intimidad perfecta  porque “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y Yo en él”.

Al compartir el sacramento en estado de gracia, le entregamos a Jesús nuestras debilidades, limitaciones y pobrezas para que las transforme, y de Él recibimos su vida divina, su gracia y la posibilidad de poder alcanzar lo que deseaba san Pablo transformarnos en “otros Cristos”.
La recepción de este sacramento al unirnos a Cristo nos permite pregustar los goces del cielo, ya que la vida plena del hombre consiste en la vida divina participada, que incoadamente comenzamos ya a percibir mientras peregrinamos por este mundo.

Si la fragilidad del alimento terrenal nos hace tambalear en el sentido último de la vida, la comida del Cuerpo del Señor nos afirma en la promesa de la comunión plena en la vida eterna.
Esta unión plena con el Señor exige previamente nuestra purificación interior, alejados de todo pecado mortal por el sacramento del perdón.
Pero la Eucaristía, a su vez, es origen de unidad entre los hermanos, porque formamos un solo cuerpo místico, el de la Iglesia, los que comulgamos con el Cuerpo Salvador. Precisamente la oración sobre las ofrendas de la liturgia de hoy, reclama de Dios el don de la paz y de la unidad, significados en los dones de pan y vino que serán alimento para los creyentes que ansían unirse al Señor y a sus hermanos.

Hermanos: la Iglesia exhorta a sus hijos a la participación activa y fiel del sacrificio de la Misa cada domingo.
Los fundamentos de esta exigencia los encontramos en lo que estamos considerando, y así, porque la misa es el sacrificio renovado de Cristo que se ofrece al Padre por nosotros, debemos participar de ella; porque la misa nos entrega el Cuerpo del Señor y su Sangre gloriosa, hemos de recibirlos con limpieza de corazón, sin pecado mortal; porque la misa une a los cristianos en el Cuerpo del Señor, ofrecemos juntos el sacrificio de Cristo; porque el domingo es el día del Señor resucitado, hemos de consagrárselo por medio de la ofrenda de su sacrificio.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. 

domingo, 18 de junio de 2017

San Juan Bosco sobre el Islam


‘Una monstruosa mezcolanza de judaísmo, de paganismo y de cristianismo’

Gabriel Ariza
Infovaticana, 18 Junio, 2017

Mientras en Italia han profanado el cadáver de San Juan Bosco, recordamos sus enseñanzas sobre la amenaza que se cierne sobre Europa: El Islam.

San Juan Bosco escribió un libro de apologética llamado «Il Cattolico istruito nella sua religione: trattenimenti di un padre di famiglia co’ suoi figliuoli, secondo i bisogni del tempo» (El Católico instruido en su religión: Conversaciones de un padre de familia con sus hijos, según las necesidades del tiempo) en 1853. En dicho libro habla en forma dialogada para los fieles sencillos, de la veracidad de la Fe Católica y expone los errores de las sectas, herejías y demás religiones falsas. Mención en especial merece la Plática XIII, que versa sobre el islam, y que ofrecemos a continuación, en traducción del blog Miles Christi:

PLÁTICA XIII: EL MAHOMETISMO

Padre: Sin duda, para un católico no hay ciencia más importante que aquella que lo instruye en la religión propia. Ciencia importante, y al mismo tiempo consolantísima, porque tiene los fundamentos ciertos y claros que hacen manifestar el concurso de la Omnipotencia Divina. Esta Religión de Jesucristo, que únicamente se conserva en la Iglesia Católica Romana, de acuerdo a las palabras del mismo Salvador, puede ser en cualquier manera perseguida, pero no por ello vencida. En todo tiempo, en medio de las más sangrientas persecuciones, se ha conservado inmóvil como columna, siempre gloriosa, siempre visible, siempre victoriosa, sin usar otras armas que las de la caridad y de la paciencia. Esta su invariabilidad conservada desde los tiempos de Jesucristo hasta nuestros días, no puede atribuirse a otro factor que a la Omnipotencia Divina.
Establecidos así los fundamentos de nuestra Santa Religión Católica, quiero platicaros un poco sobre algunos curiosos avvenimenti: esto es, sobre aquellas Religiones que estaban unidas a la Iglesia Católica, y que en un tiempo se separaron.

Hijos: Buenísimo, buenísimo. Esto quise saberlo desde hace tiempo. ¿Cuáles son estas religiones que en un tiempo se separaron de la Iglesia Católica?

Padre: Antes de hablaros de las  religiones que en un tiempo se separaron de la Iglesia Católica Romana, quiero resaltar que las religiones que no tienen los caracteres de la divinidad, y que nosotros llamamos falsas religiones, se pueden reducir al Hebraísmo, a la Idolatría, al Mahometismo, y a las Sectas Cristianas profesadas por los Griegos cismáticos, Valdeses, Anglicanos y Protestantes.
Creo que de la Idolatría no es oportuno hablaros, porque en nuestros días, a excepción de poquísimos países donde aún no ha llegado la luz del Evangelio, no existe más.
Del hebraísmo os he hablado bastante en la primera parte de nuestra plática.
Si os place, yo quiero hablaros de las otras comenzando con el Mahometismo.

Hijos: Sí, sí, comienza por decirnos ¿qué cosa se entiende por Mahometismo?

Padre: Por Mahometismo se entiende una colección de máximas tomadas de varias religiones, las cuales al ser practicadas llegan a destruir cualquier principio de moralidad.

Hijos: ¿En qué países se profesa este mahometismo?

Padre: El mahometismo se profesa en una gran parte de Asia, y también en una parte de África.

Hijos: ¿De quién debe su principio el mahometismo?

Padre: El mahometismo tiene su principio en Mahoma.

Hijos: ¡Oh! sobre este Mahoma tenemos tanta curiosidad de oir hablar: dinos lo que sabes de él.

Padre: Lo que la historia cuenta de este famoso impostor es demasiado largo de referir: lo que voy a daros a conocer solamente es cómo fundó su religión. Mahoma nació en una familia pobre, de padre gentil y de madre hebrea, en el año 570, en la Meca, ciudad de la Arabia. poco distante del Mar Rojo. Hambriento de gloria y deseoso de mejorar su condición anduvo vagando por muchos países, y llegó a ser agente viajero de una mercader viuda de Damasco, que enseguida lo desposó. Era tan astuto que supo aprovecharse de su enfermedad y de su ignorancia para fundar una religión. Padeciendo de epilepsia, el mal caduco, afirmaba que aquellos sus colapsos frecuentes eran otros tantos arrebatamientos para tener coloquios con el Ángel Gabriel.

Hijos: ¡Qué impostor, engañar a la gente en esta manera! ¿Habrá también intentado hacer milagros para confirmar su predicación?

Padre: Mahoma no podía hacer milagro alguno en confirmación de su religión, porque no era enviado de Dios. Dios solo es autor de los milagros. Dado que se vanagloriaba de ser superior a Jesucristo, se creería que pudo hacer milagros a la par de Él. De otro modo, respondería que los milagros eran hechos por Jesucristo, y que él fue levantado por Dios para restablecer la religión con la fuerza. Con todo, se vanagloriaba de haber hecho uno, y decía que, habiendo caído un pedazo de la luna en sus manos, él había sabido reponerlo; en memoria de este ridículo milagro los mahometanos portan como divisa la media luna.
Reís, ¡oh hijos míos!, y con mucha razón, porque un hombre de facha similar hubiera podido considerarse cual charlatán, que no predicador de una nueva religión. Cuando por esta causa se corrió la fama de que que era un impostor y perturbador de la tranquilidad pública, sus conciudadanos quisieron apresarlo y darle muerte. Pero él se dio a la fuga, y se retiró a la ciudad de Medina con algunos libertinos que le ayudaron a convertirse en señor de la misma (1).

Hijos: ¿En qué cosa propiamente consiste la religión de Mahoma?

Padre: La religión de Mahoma consiste en una monstruosa mezcolanza de judaísmo, de paganismo y de cristianismo. El libro de la ley mahometana es llamado Alcorán, o sea, libro por excelencia [Alcorán significa recitación, N. del T.]. Esta religión también es llamada Turca porque está muy difundida en la Turquía [Turquía era como entonces se conocía en Europa al Imperio Otomano]; Musulmana por Musul, nombre que los mahometanos dan al director de la oración; Islamismo, del nombre de algunos de sus reformadores; pero es siempre la misma religión fundada por Mahoma.

Hijos: ¿Por qué Mahoma hizo esa mezcolanza de varias religiones?

Padre: Porque como los pueblos de la Arabia eran en parte judíos, en parte cristianos, y otros paganos, él, para llevarlos a todos a seguirle, tomó una parte de las religiones que profesaban, y escogió especialmente aquellos puntos que pudieran mayormente favorecer los placeres sensuales.

Hijos: ¿Puede decirse propiamente que Mahoma fuese un hombre letrado?

Padre: De ninguna manera, ni mucho menos sabía escribir; y para componer su Alcorán fue ayudado de un hebreo y de un monje apóstata. Hablando de la Historia Sagrada confunde un hecho con el otro; por ejemplo, atribuye a María, hermana de Moisés, más hechos que los que conciernen a María, madre de Jesucristo, con muchísimos otros despropósitos.

Hijos: Esto me parece impresionante: si Mahoma era ignorante, ni hizo ningún milagro, ¿cómo pudo propagar su religión?

Padre: Mahoma propagó su religión, no con milagros o con la persuasión de las palabras, sino con la fuerza de las armas. Religión que, favoreciendo toda suerte de libertinaje, en poco tiempo hizo convertir a Mahoma en jefe de una formidabile tropa de milicianos. Con ellos recorría los países del Oriente ganándose a las gentes, no con insinuarles la verdad, ni con milagros o profecías; sino que por único argumento alzaba la espada sobre las cabezas de los vencidos gritando: o creer o morir.

Hijos: Qué canalla, ¿son estos los argumentos que se deben usar para convertir a la gente? Sin duda, siendo Mahoma tan ignorante, ¿hubiera diseminado en el Corán muchos errores?

Padre: El Alcorán contiene una serie de errores a cual más inmensos contra la moral y contra el culto del verdadero Dios. Por ejemplo, excusa de pecado a quien niega a Dios por temor de la muerte; permite la venganza; asegura a sus secuaces un paraíso, pero lleno de solos placeres terrenos. En resumen, la doctrina de este falso profeta permite cosas tan obscenas, que el alma cristiana tiene horror de mencionar.

Hijos: ¿Qué diferencia hay entre la Iglesia Cristiana y la Mahometana?

Padre: La diferencia es grandísima. Mahoma fundó su religión con la violencia y con las armas: Jesucristo fundó su Iglesia con palabras de paz, sirvéndose de los pobres sus discípulos. Mahoma fomentaba las pasiones, Jesucristo mandaba el negarse a sí mismo. Mahoma no hizo ningún milagro, Jesucristo hizo muchísimos milagros a plena luz del día y en presencia de innumerables multitudes. Las doctrinas de Mahoma son ridículas, inmorales y corruptoras: las de Jesucristo son augustas, sublimes y purísimas. En Mahoma no se cumplió ninguna profecía; en Jesucristo se cumplen todas. En síntesis, la Religión Cristiana, en cierta manera, conduce al hombre feliz en este mundo para elevarlo después a los gozos del Cielo; Mahoma degrada y envilece la naturaleza humana, y cifrando la felicidad en los placeres carnales, reduce al hombre al grado de los animales inmundos.
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San Juan Bosco, «Il Cattolico istruito nella sua religione: trattenimenti di un padre di famiglia co’ suoi figliuoli, secondo i bisogni del tempo». Turín, 1853.

NOTA DEL AUTOR

(1) Esta fuga de Mahoma, llamada Hégira (هِجْرَة), que significa huída, es el punto inicial de la era musulmana, y corresponde al año de Cristo 622.

viernes, 16 de junio de 2017

Recuperado intacto el relicario de san Juan Bosco



Ecclesia, 16-6-17

Una tetera de cobre en un mueble en la cocina. Allí había escondido el objeto robado el hombre de 42 años que el 2 de junio pasado sustrajo de la basílica de Colle Don Bosco de Castelnuovo la reliquia de Don Bosco. Gracias a las huellas digitales dejadas en el lugar los carabineros de Parma lograron dar un rostro al hombre, residente en la provincia de Turín y ya conocido de las Fuerzas del Orden. Lo detuvieron al alba, en su casa, este jueves 15 de junio después de días de investigaciones, a las cuales dieron su contribución también los Carabineros dedicados a la Tutela del Patrimonio Cultural, los militares del arma del Comando de la provincia de Asti.

No era de oro

El autor del robo, arrestado y conducido a la comisaría de Asti, confesó que había robado la reliquia, no tanto para entregarla a coleccionistas, sino porque erróneamente creyó que el objeto era de oro macizo. El relicario fue recuperado en perfecto estado con los sellos todavía íntegros sobre la ampolla que contiene la reliquia de Don Bosco.

El alivio de los Salesianos


El hallazgo de la reliquia es un “alivio para los Salesianos, para la Iglesia de Turín y para los tantos amigos de Don Bosco esparcidos en el mundo que han demostrado su cercanía” ha afirmado Don Enrico Stasi, inspector de los Salesianos de Piamonte y de Valle d’Aosta, que ha agradecido a la magistratura, a los Carabineros y a todos aquellos – dijo – “que han contribuido a la positiva solución de este desagradable episodio”. “La ocasión de la restitución y del retorno de la reliquia en su colocación originaria – agregó Stasi – será para nosotros y para los fieles un ulterior signo de benevolencia y de bendición de Don Bosco para con aquellos que continúan a tener vivo su espíritu en el mundo”.

martes, 13 de junio de 2017

Mensaje del Papa para la I Jornada Mundial de los pobres




No amemos de palabra sino con obras


1. «Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras» (1 Jn 3,18). Estas palabras del apóstol Juan expresan un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. La seriedad con la que el «discípulo amado» ha transmitido hasta nuestros días el mandamiento de Jesús se hace más intensa debido al contraste que percibe entre las palabras vacías presentes a menudo en nuestros labios y los hechos concretos con los que tenemos que enfrentarnos. El amor no admite excusas: el que quiere amar como Jesús amó, ha de hacer suyo su ejemplo; especialmente cuando se trata de amar a los pobres. Por otro lado, el modo de amar del Hijo de Dios lo conocemos bien, y Juan lo recuerda con claridad. Se basa en dos pilares: Dios nos amó primero (cf. 1 Jn 4,10.19); y nos amó dando todo, incluso su propia vida (cf. 1 Jn 3,16).

Un amor así no puede quedar sin respuesta. Aunque se dio de manera unilateral, es decir, sin pedir nada a cambio, sin embargo inflama de tal manera el corazón que cualquier persona se siente impulsada a corresponder, a pesar de sus limitaciones y pecados. Y esto es posible en la medida en que acogemos en nuestro corazón la gracia de Dios, su caridad misericordiosa, de tal manera que mueva nuestra voluntad e incluso nuestros afectos a amar a Dios mismo y al prójimo. Así, la misericordia que, por así decirlo, brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados.

2. «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha» (Sal 34,7). La Iglesia desde siempre ha comprendido la importancia de esa invocación. Está muy atestiguada ya desde las primeras páginas de los Hechos de los Apóstoles, donde Pedro pide que se elijan a siete hombres «llenos de espíritu y de sabiduría» (6,3) para que se encarguen de la asistencia a los pobres. Este es sin duda uno de los primeros signos con los que la comunidad cristiana se presentó en la escena del mundo: el servicio a los más pobres. Esto fue posible porque comprendió que la vida de los discípulos de Jesús se tenía que manifestar en una fraternidad y solidaridad que correspondiese a la enseñanza principal del Maestro, que proclamó a los pobres como bienaventurados y herederos del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3).

«Vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno» (Hch 2,45). Estas palabras muestran claramente la profunda preocupación de los primeros cristianos. El evangelista Lucas, el autor sagrado que más espacio ha dedicado a la misericordia, describe sin retórica la comunión de bienes en la primera comunidad. Con ello desea dirigirse a los creyentes de cualquier generación, y por lo tanto también a nosotros, para sostenernos en el testimonio y animarnos a actuar en favor de los más necesitados. El apóstol Santiago manifiesta esta misma enseñanza en su carta con igual convicción, utilizando palabras fuertes e incisivas: «Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que le aman? Vosotros, en cambio, habéis afrentado al pobre. Y sin embargo, ¿no son los ricos los que os tratan con despotismo y los que os arrastran a los tribunales? […] ¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: “Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago”, y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta» (2,5-6.14-17).

3. Ha habido ocasiones, sin embargo, en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándose contaminar por la mentalidad mundana. Pero el Espíritu Santo no ha dejado de exhortarlos a fijar la mirada en lo esencial. Ha suscitado, en efecto, hombres y mujeres que de muchas maneras han dado su vida en servicio de los pobres. Cuántas páginas de la historia, en estos dos mil años, han sido escritas por cristianos que con toda sencillez y humildad, y con el generoso ingenio de la caridad, han servido a sus hermanos más pobres.

Entre ellos destaca el ejemplo de Francisco de Asís, al que han seguido muchos santos a lo largo de los siglos. Él no se conformó con abrazar y dar limosna a los leprosos, sino que decidió ir a Gubbio para estar con ellos. Él mismo vio en ese encuentro el punto de inflexión de su conversión: «Cuando vivía en el pecado me parecía algo muy amargo ver a los leprosos, y el mismo Señor me condujo entre ellos, y los traté con misericordia. Y alejándome de ellos, lo que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3; FF 110). Este testimonio muestra el poder transformador de la caridad y el estilo de vida de los cristianos.

No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida. En efecto, la oración, el camino del discipulado y la conversión encuentran en la caridad, que se transforma en compartir, la prueba de su autenticidad evangélica. Y esta forma de vida produce alegría y serenidad espiritual, porque se toca con la mano la carne de Cristo. Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres, como confirmación de la comunión sacramental recibida en la Eucaristía. El Cuerpo de Cristo, partido en la sagrada liturgia, se deja encontrar por la caridad compartida en los rostros y en las personas de los hermanos y hermanas más débiles. Son siempre actuales las palabras del santo Obispo Crisóstomo: «Si queréis honrar el cuerpo de Cristo, no lo despreciéis cuando está desnudo; no honréis al Cristo eucarístico con ornamentos de seda, mientras que fuera del templo descuidáis a ese otro Cristo que sufre por frío y desnudez» (Hom. in Matthaeum, 50,3: PG 58).

Estamos llamados, por lo tanto, a tender la mano a los pobres, a encontrarlos, a mirarlos a los ojos, a abrazarlos, para hacerles sentir el calor del amor que rompe el círculo de soledad. Su mano extendida hacia nosotros es también una llamada a salir de nuestras certezas y comodidades, y a reconocer el valor que tiene la pobreza en sí misma.

4. No olvidemos que para los discípulos de Cristo, la pobreza es ante todo vocación para seguir a Jesús pobre. Es un caminar detrás de él y con él, un camino que lleva a la felicidad del reino de los cielos (cf. Mt 5,3; Lc 6,20). La pobreza significa un corazón humilde que sabe aceptar la propia condición de criatura limitada y pecadora para superar la tentación de omnipotencia, que nos engaña haciendo que nos creamos inmortales. La pobreza es una actitud del corazón que nos impide considerar el dinero, la carrera, el lujo como objetivo de vida y condición para la felicidad. Es la pobreza, más bien, la que crea las condiciones para que nos hagamos cargo libremente de nuestras responsabilidades personales y sociales, a pesar de nuestras limitaciones, confiando en la cercanía de Dios y sostenidos por su gracia. La pobreza, así entendida, es la medida que permite valorar el uso adecuado de los bienes materiales, y también vivir los vínculos y los afectos de modo generoso y desprendido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 25-45).

Sigamos, pues, el ejemplo de san Francisco, testigo de la auténtica pobreza. Él, precisamente porque mantuvo los ojos fijos en Cristo, fue capaz de reconocerlo y servirlo en los pobres. Si deseamos ofrecer nuestra aportación efectiva al cambio de la historia, generando un desarrollo real, es necesario que escuchemos el grito de los pobres y nos comprometamos a sacarlos de su situación de marginación. Al mismo tiempo, a los pobres que viven en nuestras ciudades y en nuestras comunidades les recuerdo que no pierdan el sentido de la pobreza evangélica que llevan impresa en su vida.

5. Conocemos la gran dificultad que surge en el mundo contemporáneo para identificar de forma clara la pobreza. Sin embargo, nos desafía todos los días con sus muchas caras marcadas por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero. Qué lista inacabable y cruel nos resulta cuando consideramos la pobreza como fruto de la injusticia social, la miseria moral, la codicia de unos pocos y la indiferencia generalizada.

Hoy en día, desafortunadamente, mientras emerge cada vez más la riqueza descarada que se acumula en las manos de unos pocos privilegiados, con frecuencia acompañada de la ilegalidad y la explotación ofensiva de la dignidad humana, escandaliza la propagación de la pobreza en grandes sectores de la sociedad entera. Ante este escenario, no se puede permanecer inactivos, ni tampoco resignados. A la pobreza que inhibe el espíritu de iniciativa de muchos jóvenes, impidiéndoles encontrar un trabajo; a la pobreza que adormece el sentido de responsabilidad e induce a preferir la delegación y la búsqueda de favoritismos; a la pobreza que envenena las fuentes de la participación y reduce los espacios de la profesionalidad, humillando de este modo el mérito de quien trabaja y produce; a todo esto se debe responder con una nueva visión de la vida y de la sociedad.

Todos estos pobres —como solía decir el beato Pablo VI— pertenecen a la Iglesia por «derecho evangélico» (Discurso en la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 29 septiembre 1963) y obligan a la opción fundamental por ellos. Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.

6. Al final del Jubileo de la Misericordia quise ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados. Quisiera que, a las demás Jornadas mundiales establecidas por mis predecesores, que son ya una tradición en la vida de nuestras comunidades, se añada esta, que aporta un elemento delicadamente evangélico y que completa a todas en su conjunto, es decir, la predilección de Jesús por los pobres.

Invito a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad a mantener, en esta jornada, la mirada fija en quienes tienden sus manos clamando ayuda y pidiendo nuestra solidaridad. Son nuestros hermanos y hermanas, creados y amados por el Padre celestial. Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro. Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad. Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna.

7. Es mi deseo que las comunidades cristianas, en la semana anterior a la Jornada Mundial de los Pobres, que este año será el 19 de noviembre, Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario, se comprometan a organizar diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del universo, el domingo siguiente. De hecho, la realeza de Cristo emerge con todo su significado más genuino en el Gólgota, cuando el Inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios. Su completo abandono al Padre expresa su pobreza total, a la vez que hace evidente el poder de este Amor, que lo resucita a nueva vida el día de Pascua.

En ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.

8. El fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida. Todo lo que Jesús nos enseñó con esta oración manifiesta y recoge el grito de quien sufre a causa de la precariedad de la existencia y de la falta de lo necesario. A los discípulos que pedían a Jesús que les enseñara a orar, él les respondió con las palabras de los pobres que recurren al único Padre en el que todos se reconocen como hermanos. El Padre nuestro es una oración que se dice en plural: el pan que se pide es «nuestro», y esto implica comunión, preocupación y responsabilidad común. En esta oración todos reconocemos la necesidad de superar cualquier forma de egoísmo para entrar en la alegría de la mutua aceptación.

9. Pido a los hermanos obispos, a los sacerdotes, a los diáconos —que tienen por vocación la misión de ayudar a los pobres—, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado que se comprometan para que con esta Jornada Mundial de los Pobres se establezca una tradición que sea una contribución concreta a la evangelización en el mundo contemporáneo.

Que esta nueva Jornada Mundial se convierta para nuestra conciencia creyente en un fuerte llamamiento, de modo que estemos cada vez más convencidos de que compartir con los pobres nos permite entender el Evangelio en su verdad más profunda. Los pobres no son un problema, sino un recurso al cual acudir para acoger y vivir la esencia del Evangelio.

Vaticano, 13 de junio de 2017

Memoria de San Antonio de Padua


Francisco

sábado, 10 de junio de 2017

La diócesis inglesa de Hallam anima a sus fieles a arrodillarse ante ídolos paganos


(LSN/InfoCatólica), 7-6-17

En nombre del espíritu «ecuménico» y del «diálogo», la diócesis de Hallam (Inglaterra) está alentando a los católicos a «inclinarse» ante ídolos cuando visiten santuarios paganos e igualmente a comer alimentos «bendecidos» en sus rituales.

En su Guía para visitar los santuarios paganos (*), la diócesis católica de Hallam pastoreada por Mons.Ralph Heskett, anima a los católicos a llevar flores a Buda, a inclinarse ante el murtis hindú (imagen de las deidades) y ante el libro sagrado de los sijs. Igualmente se anima a los fieles a comer la comida que se les ofrezca que haya sido «bendecida» en los rituales hindúes y sijs.

Mons Heskett no respondió a LifeSiteNews cuando se le preguntó cómo podía justificar dicha guía a la luz del Primer Mandamiento, que dice: «Yo soy el Señor tu Dios; No tendrás dioses ajenos delante de mí».

El presidente del Instituto Lepanto, Michael Hichborn, ha recordado que las directrices no sólo llevan a los católicos a extraviarse, sino que deshonran a los primeros mártires cristianos.

«Los primeros mártires cristianos rechazaron ofrecer incluso una pizca de incienso a los demonios paganos, sufriendo terribles torturas y muerte», dijo Hicnborn a LifeSiteNews.

«En el segundo libro de Macabeos, Eleazar se negó a siquiera pretender comer carne de cerdo. Y ahora, un obispo católico está alentando a los fieles a venerar imágenes paganas, hacer donaciones a los templos budistas y consumir ritualmente alimentos "bendecidos". Es responsabilidad del clero ayudarnos a mantener y fortalecer nuestra relación con Cristo, no decirnos cómo involucrarnos en la idolatría», agregó.

(*) Guía retirada: InfoCatólica ha podido comprobar que la guía ha sido retirada hoy mismo de la web de la diócesis.


Citas de la Escritura sobre comer lo sacrificado a los ídolos

Si os invita un no creyente y deseáis ir, comed de todo lo que os pongan delante, sin poneros a investigar nada por razones de conciencia. Pero si alguno os dice: «Esto ha sido sacrificado a los dioses», no comáis en razón de aquel que ha dado el aviso y de la conciencia.

1 Cor 10,27-28



Pero tengo contra ti que permites a esa mujer Jezabel, que se llama profetisa, enseñar y engañar a mis siervos a fornicar y comer de lo sacrificado a los ídolos.


Ap 2,20

viernes, 2 de junio de 2017

El General de los Jesuitas contradice al Papa


Gabriel Ariza
Infovaticana, 1 Junio, 2017

El general de los Jesuitas ha concedido una extensa entrevista a la revista Papel, del diario El Mundo, en la que hace afirmaciones difícilmente conciliables con la fe católica.

“Hemos hecho figuras simbólicas, como el diablo, para expresar el mal”, asegura Arturo Sosa ante la pregunta de si el mal es un proceso de la psicología humana o proviene de una entidad superior.

Esta afirmación del general de los jesuitas contradice la doctrina de la Iglesia y también al Papa Francisco, que en su predicación ha hablado con frecuencia del diablo y ha negado que se trate de “un mito” o de “la idea del mal”.


En una de sus homilías matutinas en la capilla de la Casa de Santa Marta, por ejemplo, el pontífice señaló: “A esta generación y a muchas otras se les ha hecho creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal. ¡Pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él! ¡Lo dice San Pablo, no lo digo yo! ¡Lo dice la Palabra de Dios!”