lunes, 7 de diciembre de 2015

El significado de la bandera europea


Javier Paredes
Infocatolica,  el 7.12.15

Arsène Heitz es un artista de la ciudad de Estrasburgo. Aunque su nombre no es muy conocido, sin embargo una de sus creaciones se despliega al viento, como símbolo de todos los europeos. En efecto en 1950 el Consejo de Europa convocó un concurso de ideas para confeccionar la bandera de la recién nacida Comunidad Europea. Heitz, entre otros muchos diseñadores, presentó varios proyectos, y uno de ellos resultó ser el elegido, ése que hoy todos conocemos: doce estrellas sobre fondo azul.

Hace unos años, Heitz desveló a la revista francesa Lourdes Magazine cuál fue el motivo de su inspiración. En aquellas fechas, dice él, leía la historia de las apariciones de la Santísima Virgen en la Rue du Bac de París, que hoy es conocida como la Virgen de la Medalla de la Milagrosa. Y según el testimonio del artista, concibió las doce estrellas en círculo sobre un fondo azul, tal como la representa la iconografía tradicional de esta imagen de la Inmaculada Concepción. En principio Heitz lo tomó como una «ocurrencia«, entre las muchas que fluyen en la imaginación del artista; pero la idea despertó su interés, hasta el punto de convertirse en motivo de su meditación.

Por lo que dice en la revista, Heitz acostumbra a escuchar a Dios en su interior; es decir reza con el corazón y con la cabeza. Se declara un hombre profundamente religioso y devoto de la Virgen, a quien ni un solo día deja de rezar el Santo Rosario en compañía de su mujer. Y por todo ello concluye que en su inspiración confluyen además de sus dotes de artista, esas voces silenciosas que el cielo siempre pronuncia sobre los hombres de buena voluntad, de los que sin duda Heitz forma parte. Un artista que casi al final de su vida y en el cénit de su carrera, puede proclamar con la garantía de la autenticidad que concede ese momento, en el que los cosas que interesan son ya muy pocas pero muy importantes, que se considera un hombre que ama a todo el mundo, pero sobre todo a la Santísima Virgen, que es nuestra madre.


Es cierto que ni las estrellas ni el azul de la bandera son propiamente símbolos religiosos, lo que respeta las conciencias de todos los europeos, sean cuales sean sus creencias. En este sentido, cuando Paul M. G. Lévy, primer director del servicio de prensa e información del Consejo de Europa, tuvo que explicar a los Miembros de la Comunidad Económica el sentido del diseño, interpretó el número de las doce estrellas, como «guarismo de plenitud», puesto que en la década de los cincuenta no eran doce ni los miembros de dicho Consejo, ni los de la Comunidad Europea. Pero no fue ese el verdadero motivo de inspiración del artista que diseñó la bandera de Europa. En el alma de Heitz habían estado presentes las palabras del Apocalipsis: Una gran señal apareció en el cielo, La Mujer vestida de sol y la luna bajo sus pies, y en su cabeza una corona de doce estrellas. 

Y sin percatarse, quizás, los delegados de los ministros europeos adoptaron, oficialmente, la enseña propuesta por Heitz en la fiesta de la Señora: el 8 de diciembre de 1955. Muchas casualidades, como para que a partir de ahora no nos sea difícil descubrir entre los pliegues de nuestra bandera de europeos la sonrisa y el cariño de Nuestra Madre, la Reina de Europa, dispuesta a echarnos una mano en ese gran reto, que nos propuso el sucesor de San Pedro, Juan Pablo II: recristianizar el Viejo Continente con el ejemplo de nuestras vidas y el testimonio de nuestra palabra. 

Y todo un recurso para que acudamos a Nuestra Madre, la Santísima Virgen, para que nos ayude a defender esos valores innegociables a los que se refirió Benedicto XVI: la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, la familia natural como unión indisoluble entre un hombre y una mujer basada en el matrimonio y abierta a la vida, el derecho de los padres a la educación de sus hijos, el bien común y las raíces cristianas de Europa.


Javier Paredes

El buey y el asno junto al pesebre




Joseph Ratzinger

En Navidad nos deseamos de corazón que este tiempo festivo, en medio de todo el ajetreo actual, nos otorgue un poco de reflexión y alegría, contacto con la bondad de nuestro Dios y, de ese modo, ánimos renovados para seguir adelante. Al empezar esta pequeña reflexión sobre lo que esta fiesta puede decirnos hoy, tal vez resulte útil una breve mirada al origen de la celebración de la Navidad.

El año litúrgico de la Iglesia se ha desarrollado ante todo, no desde la consideración del nacimiento de Cristo, sino desde la fe en su resurrección. Por tanto, la fiesta originaria de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua. Pues, de hecho, sólo la resurrección ha fundamentado la fe cristiana y ha hecho existir a la Iglesia. Por eso, ya Ignacio de Antioquia (muerto como muy tarde el 117 d.C.) llama a los cristianos aquellos que "ya no guardan el sábado, sino que viven según el día del Señor": ser cristiano significa vivir pascualmente, desde la resurrección, que se conmemora en la semanal celebración del domingo. Seguramente el primero en afirmar que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario a Daniel, escrito más o menos en el año 204 d.C.; el antiguo exegeta de Basilea Bo Reicke remitía además al calendario de fiestas, según el cual en el Evangelio de Lucas los relatos del nacimiento del Bautista y del nacimiento de Jesús están referidos uno al otro. De esto se seguiría que ya Lucas en su evangelio presupone el 25 de diciembre como día del nacimiento de Jesús. En este día se conmemoraba por aquel entonces la fiesta de la dedicación del Templo introducida en el año 164 a.C. por Judas Macabeo; de ese modo la fecha del nacimiento de Jesús simbolizaría al mismo tiempo que con Él apareció la luz de Dios en la noche invernal y tenía lugar la verdadera dedicación del templo: la llegada de Dios en medio de esta tierra.

Sea como fuere, la fiesta de Navidad no adquirió en la cristiandad una forma clara hasta el siglo IV, cuando desplazó la festividad romana del dios solar invicto y enseñó a entender el nacimiento de Cristo como la victoria de la verdadera luz; sin embargo, por las anotaciones de Bo Reicke ha quedado patente que, en esta refundición de una fiesta pagana en una solemne festividad cristiana, se asumió una ya antigua tradición judeocristiana.

El especial calor de la fiesta de Navidad nos afecta tanto que en el corazón de la cristiandad ha sobrepujado con mucho a la Pascua. Pues bien, en realidad ese calor se desarrolló por vez primera en la Edad Media, y fue Francisco de Asís quien, con su profundo amor al hombre Jesús, al Dios con nosotros, ayudó a materializar esta novedad. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, cuenta en la segunda descripción que hace de su vida lo siguiente. “Más que ninguna otra fiesta celebraba la navidad con una alegría indescriptible. Decía que ésta era la fiesta de las fiestas, pues en este día Dios se hizo niño pequeño, y mamó leche como todos los niños. Francisco abrazaba –¡con tanta ternura y devoción!– las imágenes que representaban al niño Jesús, y balbuceaba lleno de piedad, como los niños, palabras tiernas. El nombre de Jesús era en sus labios dulce como la miel.”

De tales sentimientos surgió, pues, la famosa fiesta de Navidad de Greccio, a la que podría haberlo animado su visita a Tierra Santa y al pesebre de Santa María la Mayor en Roma; lo que lo movía era el anhelo de cercanía, de realidad; era el deseo de vivir en Belén de forma totalmente presencial, de experimentar inmediatamente la alegría del nacimiento del niño Jesús y de compartirla con todos sus amigos.

De esta noche junto al pesebre habla Celano, en la primera biografía, de una manera que continuamente ha conmovido a los hombres y, al mismo tiempo, ha contribuido decisivamente a que pudiera desarrollarse la más bella tradición navideña: el pesebre. Por eso podemos decir con razón que la noche de Greccio regaló a la cristiandad la fiesta de Navidad de forma totalmente nueva, de manera que su propio mensaje, su especial calor y humanidad, la humanidad de nuestro Dios, se comunicó a las almas y dio a la fe una nueva dimensión. La festividad de la resurrección había centrado la mirada en el poder de Dios, que supera la muerte y nos enseña a esperar en el mundo venidero. Pero ahora se hacía visible el indefenso amor de Dios, su humildad y bondad, que se nos ofrece en medio de este mundo y con ello nos quiere enseñar un género nuevo de vida y de amor.

Quizá sea útil detenernos aquí un momento y preguntar: ¿Dónde se encuentra exactamente ese lugar, Greccio? ¿De qué modo ha llegado a tener para la historia de la fe un significado totalmente propio? Es una pequeña localidad situada en el valle Rieti, en Umbría, no muy lejos de Roma en dirección nordeste. Lagos y montañas dan a la comarca su encanto especial y su belleza callada, que todavía hoy nos sigue conmoviendo, especialmente porque apenas se ha visto afectada por la agitación del turismo. El convento de Greccio, situado a 638 metros de altitud, ha conservado algo de la simplicidad de los orígenes; ha permanecido sencillo, como la pequeña aldea que está a sus pies; el bosque lo circunda como en tiempos del Poverello e invita a la estancia contemplativa. Celano dice que Francisco amaba especialmente a los habitantes de este lugar por su pobreza y simplicidad; venía hasta aquí a menudo a descansar, atraído por una celda de extrema pobreza y soledad en la que podía entregarse sin ser molestado a la contemplación de las cosas celestiales. Pobreza-simplicidad-silencio de los hombres y hablar de la creación: ésas eran, al parecer, las impresiones que para el Santo de Asís se conectaban con este lugar. Por eso pudo convertirse en su Belén e inscribir de nuevo el secreto de Belén en la geografía de las almas.

Pero volvamos a la Navidad de 1223. Las tierras de Greccio habían sido puestas a disposición del pobre de Asís por un noble señor de nombre Juan, del que Celano cuenta que, pese a su alto linaje y su importante posición, "no daba ninguna importancia a la nobleza de la sangre y deseaba más bien alcanzar la del alma". Por eso lo amaba Francisco.

De este Juan dice Celano que aquella noche se le concedió la gracia de una visión milagrosa. Vio yacer inmóvil sobre el comedero a un niño pequeño, que era sacado de su sueño por la cercanía de San Francisco. El autor añade: "Esta visión correspondía en realidad a lo que sucedió, pues de hecho hasta aquella hora el Niño Jesús estaba hundido en el sueño del olvido en muchos corazones. Gracias a su siervo Francisco fue reavivado su recuerdo, e indeleblemente impreso en la memoria".

En esta imagen se describe muy exactamente la nueva dimensión que Francisco con su fe, que impregna alma y corazón, regaló a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de la revelación de Dios, que precisamente se encuentra en el niño Jesús. Precisamente así Dios ha llegado a ser verdaderamente Emmanuel, Dios con nosotros, alguien de quien no nos separa ninguna barrera de sublimidad ni de distancia: en cuanto niño, se ha hecho tan cercano a nosotros, que le decimos sin temor Tú, podemos tutearlo en la inmediatez del acceso al corazón infantil.

En el niño Jesús se manifiesta de forma suprema la indefensión del amor de Dios: Dios viene sin armas porque no quiere conquistar desde fuera, sino ganar desde dentro, transformar desde el interior. Si algo puede vencer la arbitrariedad del hombre, su violencia, su codicia, es el desamparo del niño. Dios lo ha aceptado para vencernos y conducirnos a nosotros mismos.

No olvidemos, además, que el título supremo de Jesucristo es el de Hijo –Hijo de Dios–; la dignidad divina se designa con una palabra que muestra a Jesús como niño perpetuo. Su condición de niño se encuentra en una correspondencia sin par con su divinidad, que es la divinidad del Hijo. Así, su condición de niño nos indica cómo podemos llegar a Dios, a la divinización. Desde aquí se han de entender sus palabras: "Si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18,3).

Quien no ha entendido el misterio de la Navidad no ha entendido lo más determinante de la condición cristiana. Quien no lo ha asumido, no puede entrar en el reino de los cielos: esto es lo que Francisco quería recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos posteriores.

En la cueva de Greccio se encontraban aquella Nochebuena, conforme a la indicación de San Francisco, el buey y el asno. Al noble Juan le había dicho: "Quisiera evocar con todo realismo el recuerdo del Niño, tal y como nació en Belén, y todas las penalidades que tuvo que soportar en su niñez. Quisiera ver con mis ojos, corporales cómo yació en un pesebre y durmió sobre el heno, entre el buey y el asno".

Desde entonces, el buey y el asno forman parte de toda representación del pesebre. Pero, ¿de dónde proceden en realidad? Como es sabido, los relatos navideños del Nuevo Testamento no cuentan nada de ellos. Si tratamos de aclarar esta pregunta, tropezamos con unos hechos importantes para los usos y tradiciones navideños, y también, incluso, para la piedad navideña y pascual de la Iglesia en la liturgia y las costumbres populares.

El buey y el asno no son precisamente productos de la fantasía piadosa; gracias a la fe de la Iglesia en la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento, se han convertido en acompañantes del acontecimiento navideño. De hecho, en Is 1,3 se dice: "Conoce el buey a su dueño, y el asno el pesebre de su amo. Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

Los Padres de la Iglesia vieron en esta palabra una profecía referida al Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia constituida a partir de los judíos y gentiles. Ante Dios, todos los hombres, judíos y gentiles, eran como bueyes y asnos, sin razón ni entendimiento. Pero el Niño del pesebre les ha abierto los ojos, para que ahora reconozcan la voz de su Dueño, la voz de su Amo.

En las representaciones navideñas medievales sorprende continuamente cómo a ambos animales se les dan rostros casi humanos: cómo, de forma consciente y reverente, se ponen de pie y se inclinan ante el misterio del Niño. Esto era lógico, pues ambos animales eran considerados la cifra profética tras la que se esconde el misterio de la Iglesia –nuestro misterio–, el de que, ante el Eterno, somos bueyes y asnos, bueyes y asnos a los que en la Nochebuena se les abren los ojos, para que en el pesebre reconozcan a su Señor.

Pero, ¿lo reconocemos realmente? Cuando ponemos en el pesebre el buey y el asno, debe venirnos a la mente la palabra entera de Isaías, que no sólo es buena nueva –promesa de conocimiento verdadero–, sino también juicio sobre la presente ceguera. El buey y el asno conocen, pero "Israel no conoce, mi pueblo no discierne".

¿Quién es hoy el buey y el asno, quién es "mi pueblo" que no discierne? ¿En qué se conoce el buey y el asno, en qué a mi pueblo? ¿Por qué, de hecho, sucede que la irracionalidad conoce y la razón está ciega?

Para encontrar una respuesta, debemos regresar una vez más, con los Padres de la Iglesia, a la primera Navidad. ¿Quién no conoció? ¿Quién conoció? ¿Por qué fue así?

Quien no conoció fue Herodes: no sólo no entendió nada cuando le hablaron del niño, sino que sólo quedó cegado todavía más profundamente por su ambición de poder y la manía persecutoria que lo acompañaba (Mt 2,3). Quien no conoció fue, "con él, toda Jerusalén". Quienes no conocieron fueron los hombres elegantemente vestidos, la gente refinada (Mt 11,8). Quienes no conocieron fueron los señores instruidos, los expertos bíblicos, los especialistas de la exégesis escriturística, que desde luego conocían perfectamente el pasaje bíblico correcto, pero, pese a todo, no comprendieron nada (Mt 2,6).

Quienes conocieron fueron –comparados con estas personas de renombre–"bueyes y asnos": los pastores, los magos, María y José. ¿Podía ser de otro modo? En el portal, donde está el niño Jesús, no se encuentran a gusto las gentes refinadas, sino el buey y el asno.

Ahora bien, ¿qué hay de nosotros? ¿Estamos tan alejados del portal porque somos demasiado refinados y demasiado listos? ¿No nos enredamos también en eruditas exégesis bíblicas, en prueba de la inautenticidad u autenticidad del lugar histórico, hasta el punto de que estamos ciegos para el Niño como tal y nos enteramos nada de Él? ¿No estamos también demasiado en Jerusalén, en el palacio, encastillados en nosotros mismos, en nuestra arbitrariedad, en nuestro miedo a la persecución, como para poder oír por la noche la voz del ángel, e ir a adorar?

De esta manera el rostro del buey y el asno nos miran esta noche y nos hacen una pregunta: Mi pueblo no entiende, ¿comprendes tú la voz del Señor? Cuando ponemos las familiares figuras en el nacimiento, debiéramos pedir a Dios que dé a nuestro corazón la sencillez que en el Niño descubre al Señor –como una vez Francisco en Greccio–. Entonces podría sucedernos también lo que Celano –de forma muy semejante a San Lucas cuando habla sobre los pastores de la primera Nochebuena (Lc 2,20)– cuenta de quienes participaron en los maitines de Greccio: todos volvieron a casa llenos de alegría.


(Fuente: Fe y Razín, N° 116, diciembre 2015)

Beatifican a mártires del Perú asesinados en 1991 por Sendero Luminoso


 (AICA): 5-12-15

Los religiosos franciscanos polacos Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski y el sacerdote italiano Sandro Dordi, asesinados en 1991 por el grupo terrorista Sendero Luminoso, fueron beatificados el sábado 5 de diciembre en una celebración eucarística realizada en el estadio Centenario de la ciudad de Chimbote, Perú.

La beatificación de los primeros mártires del Perú fue presidida por el enviado del papa Francisco, cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos.
Ante unas 20.000 personas, el obispo de Chimbote, monseñor Ángel Simón Piorno, pidió al Papa por intermedio del purpurado vaticano que se proclame beatos a los tres sacerdotes misioneros.

Tras la lectura de las biografías de los tres mártires de la violencia terrorista, el purpurado leyó el mensaje del Santo Padre que los declara beatos.
Luego se descubrió la imagen oficial de los beatos Miguel Tomaszek y Zbigniew Strzalkowski, cuya memoria litúrgica será el 9 de agosto, y de Alessandro Dordi, a quien se recordará el 25 de agosto.

En la homilía el cardenal Amato dijo que, pese a hablar idiomas distintos, “la lengua de los tres mártires fue sobre todo la de la caridad, porque la caridad vence al odio y aplaca la venganza. La caridad perdona a los asesinos”.
“Es la Caridad el auténtico ‘sendero luminoso’ que trae vida y no muerte, paz y no guerra y fraternidad y no división”, subrayó.
El purpurado aseguró que los mártires “fueron matados por odio a la fe, como corderos llevados al matadero”, y recordó que en las exequias de los sacerdotes el pueblo acompañó los ataúdes con flores y lágrimas.

El cardenal Amato detalló que los mártires del Perú dejan tres mensajes: Uno de fe, otro de la caridad y el tercero la fidelidad a la vocación cristiana y misionera.+ 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Bergoglio elogia a Ratzinger


 Santiago MARTÍN, sacerdote
catolicos-on-line, 5-12-15

El viaje del Papa a África ha dado para mucho. Lo mejor, por supuesto, es que se ha realizado y que el Pontífice ha podido regresar a Roma sano y salvo. Personalmente he rezado y he hecho rezar todos los días para que eso sucediera.

Quiero destacar, sin embargo, una parte del diálogo con los periodistas en el viaje de vuelta. Entre otras preguntas, le plantearon la cuestión del juicio que se está desarrollando en el Vaticano contra los implicados en el llamado “vatileaks2”, la difusión de documentos reservados. 
La respuesta del Papa fue clara y honesta: “Trece días antes de la muerte de Juan Pablo II, durante el Vía Crucis, el entonces cardenal Ratzinger habló de suciedad de la Iglesia. Él fue el primero que lo denunció. 

Después muere Juan Pablo, y Ratzinger, que era decano en la misa ‘pro-eligendo Pontifice’, habló de la misma cosa.
Nosotros lo elegimos por esta libertad al decir las cosas. Desde ese tiempo está en el aire en el Vaticano que allí hay corrupción”. Con estas palabras, el actual Pontífice puso de manifiesto no sólo la existencia de un grave problema de corrupción en la Iglesia, sino también el hecho de que fue su predecesor quien se enfrentó a ella en primer lugar y con una decisión explícita. 
Queda en el aire, a la vista de esto, la autenticidad de la supuesta petición de dimisión hecha por el cardenal Martini en Milán al Papa Benedicto, responsabilizándole por no haber impedido el primer “vatileaks”, pero eso no viene al caso ahora.

Lo que pretendo destacar es que el propio Francisco ha reconocido que la lucha contra la corrupción fue iniciada valientemente por su predecesor. Confío en que algún día se reconozca que fue precisamente esa lucha, junto con la defensa no menos valiente de la doctrina católica, la que coaligó contra él a múltiples enemigos que le hicieron la vida imposible.


Lo importante, además de este reconocimiento de los méritos del tan vituperado Papa Benedicto, es que la lucha continúa. En ella tiene el Papa Francisco todo nuestro apoyo y debería tener el de todos los católicos. No es sólo una cuestión de transparencia económica y de rechazo de prácticas de blanqueo de capital, que son más reprobables aún si quien las comete es la Iglesia, sino que es ante todo una cuestión de fidelidad a Jesucristo. La Iglesia es el “cuerpo místico de Cristo” en la tierra y por eso, del mismo modo que debe velar por la transmisión íntegra y fiel del mensaje del Señor, debe imitarle a Él en su santidad. Ortodoxia y ortopraxis deben ir unidas. Todo el apoyo, pues, al Papa Francisco para que continúe la tarea de acabar con la corrupción en la Iglesia.

viernes, 4 de diciembre de 2015

La reforma procesal canónica sobre la nulidad matrimonial eclesiástica







El papa Francisco, por la Carta Apostólica, Mitis Judex Dominus Jesús, modifica procesalmente el Libro VII del Derecho Canónico en su Parte III, Título y Capitulo I)  y establece dos procesos judiciales, ordinario y  abreviado, para la declaración de la nulidad de los matrimonios eclesiásticos (cáns. 1671-1691, partir del 8 de diciembre de este año en curso del 2015.

 En el proceso ordinario:

            El juez de primera instancia: Es el obispo diocesano por derecho propio que puede ejercer dicha potestad personalmente o por medio de un tribunal diocesano que debe estar formado por un colegio de tres de jueces presidido por un clérigo pudiendo ser los otros dos laicos. En el caso de que no se pudiera constituir dicho colegio, el obispo encomendará la causa de nulidad a un único juez, quien en lo posible, le auxiliarán  dos asesores de vida ejemplar  expertos en ciencias jurídicas y humanas, aprobados por el obispo. A este juez único le competen las funciones asignadas al colegio, al presidente y al relator. El tribunal de segunda instancia ha de ser siempre colegiado.

Competencia de los tribunales diocesanos: En las causas no reservadas a la Santa Sede: 1º) el tribunal del lugar donde se celebró el matrimonio; 2º) el tribunal del lugar donde ambas partes tienen su domicilio o su quasidomicilio; y 3º) el tribunal del lugar donde de hecho se han de recoger la mayor parte de las pruebas.

Pueden impugnar el matrimonio: 1º) Los cónyuges y 2º) el promotor de justicia, cuando la nulidad se ha divulgado. El matrimonio que no fue impugnado en vida no se puede impugnar en la muerte de uno  o de los dos, o no ser que la cuestión de la validez sea perjudicial para resolver otra controversia en el foro canónico o civil. Si uno de los cónyuges muere durante el proceso, si la causa no está concluida se suspende el proceso hasta que lo reanude  el heredero del difunto o su  sucesor, y si está concluida el juez debe concluida citando al procurador si no hay de  heredero del difunto.

Aceptación de la causa de nulidad: Antes de que el juez acepte la causa, el obispo diocesano  o por delegación el vicario judicial  ha de tener la certeza de que el matrimonio ha fracasado irremediablemente, de forma que resulte imposible la convivencia. Una vez recibido el escrito de demanda, el vicario judicial, si estima que tiene algún fundamento, lo aceptará, y mediante un decreto añadido al pie de dicho escrito, ordenará que se notifique un copia del mismo al defensor del vínculo, y si la demanda no ha sido firmada por ambas partes, se remitirá a la parte demandada para que conteste a la misma dándole un plazo de quince días.

 Transcurrido dicho plazo, el vicario judicial mediante el propio decreto, determinará la fórmula de la duda y establecerá si la causa ha de sustanciarse mediante el proceso ordinario  o abreviado. Dicho decreto se notificará a las partes y al defensor del vínculo. Si la causa ha de sustanciarse mediante el proceso ordinario, el vicario judicial, por medio del mismo decreto, dispondrá la constitución del colegio de jueces o del juez único con sus dos asesores. Si por el contrario opta por el proceso abreviado, el vicario aplicará lo dispuesto en el canon 1685. La fórmula de la duda debe especificarse por qué capitulo o capítulos se impugna la validez del matrimonio.

Derechos del defensor del vínculo, de los abogados de las partes y del promotor de justicia si interviene en el juicio: Asistir al examen de las partes, de los testigos y de los peritos, quedando a salvo lo que prescribe el canon 1559, y a tomar conocimiento de los autos judiciales, aun cuando no estén publicados y a examinar los documentos presentados por las partes. Las partes no pueden asistir a dicho examen.

Valor de la Pruebas: La confesión judicial  y las declaraciones de las partes sustentadas por eventuales testigos sobre la credibilidad de las mismas pueden tener valor de prueba plena; valor que  el juez estimará considerando todos los indicios y los adminículos, siempre y cuando no existan otros elementos que las refuten. La declaración de un solo testigo no tiene validez probatoria, a no ser que se trate de un testigo cualificado por razón de su oficio.

En las causas de materia de impotencia o falta de consentimiento por enfermedad mental o por anomalía de naturaleza física de los cónyuges, el juez se servirá de uno o de varios peritos, a no ser que por las circunstancias conste con evidencia que esa pericia resultará inútil. Siempre que en la instrucción de la causa, surja una duda muy probable de que no se ha consumado el matrimonio, puede el tribunal suspender la causa de nulidad, una vez oídas las partes, y completar la instrucción por la dispensa del matrimonio rato, trasmitiendo los datos a la Sede Apostólica junto con la petición de la dispensa hecha por ambos cónyuges o por uno de ellos, con el voto del tribunal y el del obispo.

Sentencia ejecutiva de primera instancia: Tiene lugar cuando dicho tribunal declara la nulidad de un matrimonio, una vez transcurridos los plazos fijados por los cánones 1630-1633.

Apelación: La parte que se considere perjudicada, el promotor de justicia y el defensor del vínculo tienen el derecho de interponer querella de nulidad contra la sentencia o apelar contra la misma ante un tribunal superior  con arreglo a los cánones 1619- 1640. Vencidos ya  los  plazos establecidos  por el derecho para la apelación o prosecución y una vez que el tribunal superior haya recibido los autos judiciales, se constituirá el colegio de jueces, se designará al defensor del vínculo y se instará a las partes a presentar sus observaciones dentro de un plazo preestablecido.

 Una vez vencido dicho plazo, el tribunal colegiado confirmará la sentencia de la primera instancia si la apelación se revelara manifestante dilatoria, pero si la apelación ha sido aceptada se debe proceder de la misma manera que en la primera instancia con las debidas adaptaciones.

Apelación de  la sentencia ejecutiva de segunda instancia: Si en la apelación se aduce un nuevo capítulo de nulidad  del matrimonio, el tribunal puede admitirlo y juzgarlo a cerca de él como si fuera en primera instancia. En cuyo caso, se puede recurrir ante el tribunal del tercer grado para una proposición de la causa con arreglo al canon 1644, aduciendo nuevas y graves pruebas dentro del palazo perentorio de treinta días.

Sentencia ejecutiva de nulidad de segunda instancia: Las partes pueden contraer nuevo matrimonio eclesiástico, a no ser que lo prohíba un voto incluido en la propia sentencia o establecido por el obispo del lugar. El vicario judicial debe comunicar dicha sentencia al obispo del lugar donde se celebró el matrimonio, para que a la mayor brevedad sea anotada la nulidad matrimonial y las prohibiciones eventuales en el libro de bautismos.

   En el proceso abreviado:

  Competencia del propio obispo diocesano: Cuando las demandas sean presentadas por ambos cónyuges o por uno con el consentimiento del otro, o cuando concurran circunstancias de hechos y de personas, afianzadas por testimonios y documentos, que no requieran una investigación o una instrucción más memorizada  que hagan patente la nulidad.

Escrito de la demanda: 1º) debe exponer breve, íntegra y claramente los hechos en que se basa la demanda, 2º) indicar las pruebas que puedan ser inmediatamente  recopiladas por el juez, y 3º) exhibir en el anexo los documentos en que se basa demanda.

 Instrucción: El vicario judicial, en el mismo decreto en que determina la fórmula de la duda, nombrará al instructor y al asesor,  y citará para la sesión, dentro de un plazo de quince días,  a todos cuantos deben participar en ella. El instructor, en la medida de lo posible, recopilará las pruebas para una sola sesión y fijará un plazo de quince días para presentación de las observaciones a favor del vínculo y de la defensa de las partes si las hubiere.

Sentencia: El obispo diocesano, tras recibir los autos, consultar al instructor y al asesor, y examinar las observaciones de la defensa del vínculo, y si las hubiere las de las defensas de las partes sobre la nulidad del matrimonio, emitirá sentencia. De lo contrario, remitirá la causa al proceso ordinario. El texto integro de la sentencia, junto con su motivación, se notificará con la mayor brevedad a las partes.

Apelación: Contra la sentencia del obispo se apela al metropolitano o ante la Rota Romana. Si la sentencia ha sido emitida por el metropolitano se apela ante el obispo sufragáneo de mayor antigüedad. Si la apelación se revelara manifiestamente dilatoria, el metropolitano, el obispo indicado o el decano de la Rota Romana lo rechazarán con un decreto. Si por el contrario, la apelación es admitida, remitirá la causa al examen ordinario del segundo grado.

José Barros Guede


A Coruña, 3 de diciembre del 2015.

martes, 1 de diciembre de 2015

El Cardenal Sarah recuerda que es un sacrilegio dar la comunión a no católicos



catolicos-on-line, 1-12-15

El cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha contestado a unas preguntas realizadas por Diane Montagna para Aleteia, sobre la posibilidad de que un cristiano no católico casado con un cónyuge católico pueda comulgar. El cardenal es tajante: sería un sacrilegio.

Diane Montanga ha preguntado al cardenal Sarah tras la polémica por las palabras del Papa Francisco en su visita a una comunidad eclesial luterana en Roma:

¿Podría un sacerdote dar la Sagrada Comunión a ambos cónyuges si sabe que uno de ellos es católico y el otro no?

No, sólo podemos dar la Comunión a los católicos. Muchos sacerdotes me han comentado: «Yo doy la Comunión a todo el mundo». Esto es una barbaridad.

A veces, un anglicano que vive desde hace mucho tiempo muy lejos de su iglesia y que desea recibir la Comunión, puede participar en la Misa y recibir la Comunión en la Iglesia Católica, siempre que no esté en pecado, y esté casado válidamente. Porque ellos sí creen en la Eucaristía, aunque en la iglesia anglicana no haya realmente Eucaristía porque no existe sacerdocio. Pero es raro y sólo sucedería en circunstancias muy exScepcionales. Esto es algo extraordinario, no ordinario.

Pero un católico no puede recibir la Comunión en la iglesia anglicana, porque, en realidad, no hay Comunión; es sólo pan. El pan no está consagrado, porque el sacerdote no es un sacerdote. Debido a la ruptura de Enrique VIII con la Iglesia Católica, las ordenaciones sacerdotales de la Iglesia Anglicana quedaron anuladas y vacías. Por eso, la consagración no es válida, y por lo tanto, no hay Eucaristía.

¿Y una mujer que es luterana o anglicana y está casada con un hombre católico, si van a Misa el domingo, sería posible que recibiera la Comunión?

El día de su boda, el sacerdote dio la Comunión al marido católico y no a la esposa luterana o anglicana. Lo mismo sucede si van a Misa juntos, porque no hay intercomunión: entre los anglicanos y los católicos, entre los católicos y los protestantes. Si van a Misa juntos, el cónyuge católico puede ir a comulgar pero el luterano o anglicano no puede.

Si no estamos unificados en la fe y la doctrina, ¿cree usted que abrir las puertas a la intercomunión perjudicaría la fe en la presencia real?

Yo creo que fomentaría la profanación. No podemos hacer eso. No se trata de hablar con el Señor para saber si debo ir a comulgar. No. Tengo que saber si estoy de acuerdo con las normas de la Iglesia. Es mi conciencia la que dice: «Comulga». Mi conciencia debe estar iluminada por la ley de la Iglesia, que dice que para comulgar, necesito estar en estado de gracia, sin pecado, y compartir la fe de la Iglesia Católica. … No es mi deseo personal o mi diálogo personal con Jesús lo que determina si puedo recibir la Comunión en la Iglesia Católica. Cómo puedo saber que el Señor ha dicho realmente: «Ven y recibe mi Cuerpo». No. Una persona no puede decidir si está en condiciones de recibir la Comunión. Tiene que seguir la norma de la Iglesia: es decir, ser católico, estar en estado de gracia, válidamente casado (si es que está casado).

Pero algunos dicen que abrir las puertas a la intercomunión sería una forma de que los esposos se unieran más.

Pero el Señor nos ayuda a ser uno si Le recibimos correctamente. Si no es así, no crea unión. Comeremos nuestra propia condenación. San Pablo lo dice: «Que el hombre se examine a sí mismo … porque quien come y bebe sin discernir el cuerpo, come y bebe su propia condenación» (1 Corintios 11:27-29). Por lo tanto, no conseguimos que sean uno compartiendo el pecado, sin respetar Cuerpo de Cristo.

No al narcotráfico, sí a la vida plena



1. Los Obispos argentinos volvemos una vez más sobre este tema por la gravedad creciente que significa. “La plaga del narcotráfico, que favorece y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad.”1  Con estas enérgicas palabras el Papa Francisco llamaba al compromiso social.

2. Nosotros, como pastores del Pueblo de Dios que peregrina en la Argentina, adherimos con firmeza al contundente mensaje del Santo Padre, y nos sentimos cercanos a quienes más sufren a causa del crimen organizado. En efecto, convencidos de la gravedad del momento que enfrenta nuestra Patria en este tema, queremos alertar a toda la sociedad acerca de la necesidad de una conversión urgente. La problemática es muy amplia. Hoy queremos centrar nuestra reflexión en lo referente al narcotráfico.

3. La complejidad del problema nos lleva a entender que dicha transformación no puede ser comprendida de modo unilateral. Cualquier respuesta lineal resulta tan ineficiente como inútil.
San Juan Pablo II sostenía que “La toxicomanía tiene que considerarse como el síntoma de un malestar existencial, de una dificultad para encontrar su lugar en la sociedad, de un miedo al futuro y de una fuga hacia una vida ilusoria y ficticia. (...) El incremento del mercado y del consumo de drogas demuestra que vivimos en un mundo sin esperanza, carente de propuestas humanas y espirituales vigorosas.” 2

4. Cuando hablamos de narcotráfico nos referimos a un negocio de dimensiones mundiales, que extiende sus redes en los Estados, las empresas y en múltiples sectores de la sociedad. La globalización ha favorecido la acción de grupos supranacionales más allá de los intereses de las naciones. El Estado debe oponer una fuerza organizada  para neutralizar los enormes daños que causa el flagelo que nos ocupa. En este contexto el narcotráfico y otras mafias han crecido enormemente en los últimos años. Lamentablemente ya se encuentra arraigado en nuestro país; su presencia y difusión es incomprensible sin la complicidad del poder en sus diversas formas. Es doloroso constatar que, además, las drogas, signos de muerte, se producen en la Argentina. El crimen organizado se enriquece también de otras formas de esclavitud, tales como la trata de personas, el tráfico de armas, el tráfico y venta de órganos, el trabajo infantil, entre otros. No se nos escapa el vínculo de esta situación con la violencia o inseguridad social y la agresividad irracional en los asaltos y otros tipos de delitos. Francisco hace un firme pedido de conversión y desea que “La misma llamada llegue también a todas las personas promotoras o cómplices de corrupción. Esta llaga putrefacta de la sociedad es un grave pecado que grita hacia el cielo pues mina desde sus fundamentos la vida personal y social” (…) “Si no se la combate abiertamente  tarde o temprano busca cómplices y destruye la existencia”.3

5. La cultura global del consumismo genera deseos insatisfechos e impone en nuestros países un mercado con una escala inadecuada de valores. Transmite constantemente la idea falsa de que sin determinados bienes no se puede ser feliz.
La plenitud del ser aparece identificada con el tener. Esta propuesta es la lógica avasalladora del consumismo que, como el agua, penetra todos los rincones de la sociedad. ¡Cuántos chicos perdieron la vida por seguir la seductora voz del consumo como a su propia ley! ¡Cómo se globaliza la indiferencia cuando nos acomodamos en la búsqueda del confort personal! Por todo el país a nivel capilar las comunidades dan cuenta de que el tendal de enfermos que produce la droga es cada vez mayor.

6. Esta globalización de la indiferencia, que genera una cultura individualista centrada en el consumo es la que da el marco propicio para la expansión de las redes del narcotráfico.
No se puede comprender este fenómeno al margen de la actual cultura global. El narcotráfico está en el espíritu del capitalismo más salvaje y de la idolatría del dinero: es inseparable de ellos. Y sabemos que “el amor al dinero está en la raíz de todos los males”. (I Tim 6,10).  Como nos enseña Francisco “No llevamos el dinero con nosotros al más allá. El dinero no nos da la verdadera felicidad. La violencia usada para amasar fortunas que escurren sangre no convierte a nadie en poderoso ni inmortal. Para todos tarde o temprano llega el juicio de Dios al cual ninguno puede escapar”4
En esta cadena delictiva se encuentra el “narcomenudeo”. Es creciente la cantidad de gente que produce en su casa el “paco” u otros preparados perniciosos y luego lo comercializan sin escrúpulo, llegando al atropello de mandar a los propios hijos o nietos a vender drogas. Esta realidad atenta contra el quinto mandamiento “¡No matarás!”. No obstante hay una gran distancia entre el grado de responsabilidad del narcotraficante y el del chico pobre que es utilizado finalmente para hacer llegar la droga. Debemos cuidar que sobre estos últimos no se descargue la fuerza del castigo.

7. La guerra contra las drogas -insistimos- está perdida para quien no se opone a la instalación de este sistema. Hoy nadie puede dudar que es necesario poner radares y disponer de las mejores fuerzas de seguridad posibles. Pero la respuesta verdaderamente adecuada consiste en una profunda transformación cultural.
Con dolor vemos que las reservas morales de nuestro pueblo se ven gravemente amenazadas por el narcotráfico, que desintegra el tejido social. En las zonas periféricas, en algunos barrios y villas, el vendedor de droga se ha convertido en un referente social; se crea allí un espacio independiente ajeno a la auténtica cultura. Se banaliza la deshumanización. Cuando una persona, vencida ya sea por necesidad, o algo aun peor, por ambición, se involucra en el narcomenudeo incrementa sus ganancias y comienza a poseer determinados bienes a los que antes no accedía.
¿Cómo educar a los chicos y a las chicas en la cultura del esfuerzo, del trabajo, en la importancia del estado de derecho? El narcotráfico consagra el triunfo de quien con poco esfuerzo consigue mucho y está al margen de la ley, generando un nuevo escenario de supuesto progreso social. Esto desalienta las esperanzas de aquellos que se esfuerzan y anhelan logros, fruto de su trabajo digno. La falta de ejemplaridad es una debilidad moral y cultural en la vida de la sociedad.

8. El narcotráfico está en contradicción con la naturaleza del Estado. Si el primero busca el beneficio de algunos pocos, el segundo debe velar por la justicia para todos. Instalando su propia ley, el narcotráfico va carcomiendo el estado de derecho. Progresivamente los conflictos van abandonando la legislación y los tribunales, para resolverse con la ley de la fuerza y la violencia.

9. Reconociendo el problema del narcotráfico como un drama nacional, como pastores de la Iglesia en la Argentina asumimos nuestra responsabilidad y queremos profundizar nuestro compromiso.
En diversos lugares del país se vive en una gran indefensión institucional, que reclama la responsabilidad de quienes gobiernan y de todos los legisladores y miembros del poder judicial: se necesitan Políticas de Estado que sean adecuadas y explícitas, concretas y firmes, para eliminar el narcotráfico y el narcomenudeo.
Queremos hacer llegar una palabra de aliento a aquellos jueces que incluso arriesgando sus vidas y las de sus familias encaran seriamente su misión respecto de este tema. Necesitamos reforzar el papel de una justicia independiente y su coordinación con las fuerzas públicas profesionalizadas en esta lucha.

10. En esta tarea convocamos a todo el Pueblo de Dios y tanta gente de buena voluntad: comprometámonos con pasión en el cuidado y acompañamiento de aquellas personas que sufren directa o indirectamente a causa del consumo de drogas. La Iglesia quiere estar cerca de las familias heridas por la adicción de algunos de sus miembros; cuenten con nuestra oración y cercanía. Tenemos la certeza que la amistad social, la confianza y el perdón son actitudes que restauran el tejido social y nos acercan al corazón de Jesús.

11. A pocos días de comenzar el Año Jubilar de la Misericordia, unidos al Papa queremos hacer un firme llamado a la conversión. Nos dirigimos especialmente a quienes son parte de grupos criminales, a quienes miran con indiferencia el drama de los hermanos, y a quienes colaboran por omisión o comisión en la expansión de este flagelo.  “Este es el tiempo para dejarse tocar el corazón. Ante el mal cometido, incluso crímenes graves, es el momento de escuchar el llanto de todas las personas inocentes depredadas de los bienes, la dignidad, los afectos, la vida misma”.5
En nuestra Madre, La Virgen de Luján, Patrona de los argentinos, los bendecimos.

110º Asamblea Plenaria
Conferencia Episcopal Argentina
del 8 al 13 de noviembre de 2015
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1 Discurso del Papa Francisco en el Hospital San Francisco de la Providencia. Río de Janeiro, 24/07/2013
2 Discurso de San Juan Pablo II a un congreso sobre el fenómeno de la droga organizado por el consejo pontificio para la pastoral de los agentes sanitarios. 11/10/1997.
3  Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia “Misericordiae Vultus” del Papa  Francisco, 11/04/15, 19
4 Idem.
5  Idem.