viernes, 2 de mayo de 2014

Juan Pablo II sigue desafiando el régimen de desarrollo de la ONU



 By Susan Yoshihara, Ph.D.
NUEVA YORK, 1 de mayo (C-FAM)

Durante la semana en la que se celebró su canonización, muchos atribuyeron al papa Juan Pablo II la derrota de la campaña por el derecho internacional al aborto y la fundación del movimiento provida internacional. Pero su alcance fue mayor y llegó a la crítica del abordaje del desarrollo humano asumido por la ONU y de cómo puede amenazar la paz y la justicia internacional.

«Formular asuntos demográficos en términos de "derechos reproductivos" individuales, o incluso en términos de "derechos de la mujer" es cambiar el foco que debería ser el propio interés de los gobiernos y de los organismos internacionales» dijo Juan Pablo II en una carta dirigida a la entonces Directora Ejecutiva del Fondo de Población de la ONU, Nafis Sadik, en la víspera de la Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo de 1994.

Haciendo eco de la encíclica  Pacem in Terris, elaborada en 1963 por su predecesor, Juan XXIII, Juan Pablo II subrayó la necesidad de formular una política de desarrollo ética basada en la verdad objetiva, la justicia, el bien común y la complementariedad de los derechos y las responsabilidades.

Una interpretación adecuada de los derechos afirma que cada persona tiene «dignidad y valor incondicional e inalienable», que la vida humana es sagrada desde «la concepción hasta la muerte natural», y reconoce que los derechos «trascienden todo orden constitucional». Una interpretación adecuada del desarrollo debe estar «dirigida hacia el verdadero bien de cada persona y de la persona en su totalidad» y no puede ser reducida a la simple acumulación de riquezas, bienes y servicios.

«El aborto, que destruye una vida humana existente, es un mal atroz», dijo a Sadik.

La carta constituyó un ataque directo al borrador del documento final de la conferencia, que él definió acertadamente como promotor del derecho internacional al aborto libre que ignora el acuerdo internacional previo de que el aborto no debe promoverse como método de planificación familiar. Ambos puntos fueron rectificados en el documento final, pero de un modo tan difundido que los defensores del aborto no han podido promover su agenda más allá del documento de El Cairo.

Sadik poco tiempo atrás atribuyó al Papa el haber conferido atención mundial a la conferencia al decir que un «país en particular con población muy reducida exclusivamente de hombres fue la principal persona que dio publicidad a la CIPD». Mucho más que habilidad mediática, la atención puesta por el Papa en la conferencia presentó su visión estratégica del orden internacional, basada en el reconocimiento de la autodeterminación nacional y cultural, y su astucia diplomática.

La atención que generó conduciría a una prominente derrota para el gobierno de Clinton por medio de la negación del vicepresidente Al Gore de que el aborto jamás había estado en el tapete. Asimismo haría que otros líderes nacionales, particularmente del mundo latinoamericano y musulmán, tuvieran que asumir una postura sobre el asunto difícil de revertir incluso antes de que iniciaran las discusiones.

Varios países musulmanes boicotearon o amenazaron con boicotear la reunión, o declararon oficialmente que no creaba nuevos derechos. Los países latinoamericanos se opusieron a la inclusión de los términos «derechos reproductivos», «salud reproductiva», «salud sexual» y «regulación de la fertilidad».

La desvinculación de la agenda a veinte años del documento de desarrollo respecto de cualquier nuevo derecho sigue siendo importante, y debilita la idea que muchos activistas y miembros de la ONU tienen del enfoque del desarrollo de las Naciones Unidas «basado en los derechos».  Este abordaje, que originalmente fue concebido treinta años atrás por militantes de derechos como una forma de responsabilizar a los gobiernos ante la sociedad civil por el cumplimiento de las obligaciones internacionales, fue adoptado por los organismos de desarrollo de la ONU en diversos grados durante las últimas veinte décadas, con algunos resultados polémicos.

En 2006, Unicef instó a la legislatura nacional nicaragüense para que mantuviera la legalidad del aborto y el último informe anual de dicho organismo afirmó que los niños de tan solo diez años de edad tienen «derecho» a los servicios sexuales sin el consentimiento de los padres. Ambos fueron producto de que el organismo adoptara las nuevas y singulares interpretaciones que el comité de expertos encargado de supervisar la implementación de la Convención sobre los Derechos del Niño hizo del acuerdo.

El pasado mes de marzo ese comité dijo a la Santa Sede que debería modificar el derecho canónico para aceptar el aborto, implementar la educación sexual en todas las escuelas católicas y abandonar su oposición a las relaciones sexuales de los adolescentes.

Nada de esto hubiera sorprendido a Juan Pablo II, que falleció en 2005. Al presenciar la erosión de los derechos y las responsabilidades de los padres, advirtió a Sadik en 1994 que las «cuestiones que involucran la transmisión de la vida y su posterior cuidado y protección no pueden afrontarse de manera adecuada excepto en relación con el bien de la familia: esa comunión de personas fundada en el matrimonio entre marido y mujer».

Aunque los defensores del aborto miembros de la ONU siguen diciendo que fueron afectados por la oposición de Juan Pablo II puesta en marcha, han doblado la apuesta en su versión del enfoque basado en los derechos. La directora ejecutiva del Fondo de Población, Kate Gilmore, anunció recientemente que el examen operacional del Fondo de Población a veinte años afirma que el «desarrollo centrado en los derechos humanos, cuyo latido es la salud y el bienestar sexual y reproductivo, continúa siendo la interpretación más fiable de lo que el mundo necesita hacer si de hecho ha de ser sostenible frente al cambio y a los desafíos».



jueves, 24 de abril de 2014

Homilía del Padre Cantalamessa



 El Papa Francisco preside la celebración de la Pasión del Señor en la basílica Vaticana, la tarde del Viernes Santo. Las meditaciones de este año están a cargo del Padre Rainiero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia.


«ESTABA TAMBIÉN CON ELLOS JUDAS, EL TRAIDOR»

Dentro de la historia divino-humana de la pasión de Jesús hay muchas pequeñas historias de hombres y de mujeres que han entrado en el radio de su luz o de su sombra. La más trágica de ellas es la de Judas Iscariote. Es uno de los pocos hechos atestiguados, con igual relieve, por los cuatro evangelios y por el resto del Nuevo Testamento. La primitiva comunidad cristiana reflexionó mucho sobre el asunto y nosotros haríamos mal a no hacer lo mismo. Tiene mucho que decirnos.

Judas fue elegido desde la primera hora para ser uno de los doce. Al insertar su nombre en la lista de los apóstoles, el 'evangelista Lucas escribe: «Judas Iscariote que se convirtió (egeneto) en el traidor» (Lc 6, 16). Por lo tanto, Judas no había nacido traidor y no lo era en el momento de ser elegido por Jesús; ¡llegó a serlo! Estamos ante uno de los dramas más sombríos de la libertad humana.

¿Por qué llegó a serlo? En años no lejanos, cuando estaba de moda la tesis del Jesús «revolucionario», se trató de dar a su gesto motivaciones ideales. Alguien vio en su sobrenombre de «Iscariote» una deformación de «sicariote», es decir, perteneciente al grupo de los zelotas extremistas que actuaban como «sicarios» contra los romanos; otros pensaron que Judas estaba decepcionado por la manera en que Jesús llevaba adelante su idea de «reino de Dios» y que quería forzarle para que actuara también en el plano político contra los paganos. Es el Judas del célebre musical «Jesucristo Superstar» y de otros espectáculos y novelas recientes. Un Judas que se aproxima a otro célebre traidor del propio bienhechor: ¡Bruto que mató a Julio César para salvar la República!

Son todas construcciones que se deben respetar cuando revisten alguna dignidad literaria o artística, pero no tienen ningún fundamento histórico. Los evangelios —las únicas fuentes fiables que tenemos sobre el personaje— hablan de un motivo mucho más a ras de tierra: el dinero. A Judas se le confió la bolsa común del grupo; con ocasión de la unción de Betania había protestado contra el despilfarro del perfume precioso derramado por María sobre los pies de Jesús, no porque le importaran los pobres —hace notar Juan—, sino porque "era un ladrón y, puesto que tenía la caja, cogía lo que echaban dentro» (Jn 12,6). Su propuesta a los jefes de los sacerdotes es explícita: «¿Cuanto estáis dispuestos a darme, si os lo entrego? Y ellos fijaron treinta siclos de plata» (Mt 26, 15).

Pero ¿por qué extrañarse de esta explicación y encontrarla demasiado banal? ¿Acaso no ha sido casi siempre así en la historia y no es todavía hoy así? Mammona, el dinero, no es uno de tantos ídolos; es el ídolo por antonomasia; literalmente, «el ídolo de metal fundido» (cf. Éx 34,17). Y se entiende el porqué. ¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible.

Mammona es el anti-dios porque crea un universo espiritual alternativo, cambia el objeto a las virtudes teologales. Fe, esperanza y caridad ya no se ponen en Dios, sino en el dinero. Se opera una siniestra inversión de todos los valores. «Todo es posible para el que cree», dice la Escritura (Mc 9,23); pero el mundo dice: «Todo es posible para quien tiene dinero». Y, en un cierto nivel, todos los hechos parecen darle la razón.

«El apego al dinero —dice la Escritura— es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Detrás de cada mal de nuestra sociedad está el dinero o, al menos, está también el dinero. Es el Moloch de bíblica memoria, al que se le inmolaban jóvenes y niñas (cf. Jer 32,35), o el dios Azteca, al que había que ofrecer diariamente un cierto número de corazones humanos. ¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso —cosa que resulta horrible decir— a la venta de órganos humanos extirpados a niños? 

Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?
Pero, sin pensar en estos modos criminales de acumular dinero, ¿no es ya escandaloso que algunos perciban sueldos y pensiones cien veces superiores a los de quienes trabajan en sus dependencias y que levanten la voz en cuanto se apunta la posibilidad de tener que renunciar a algo, de cara a una mayor justicia social?

En los años 70 y 80, para explicar, en Italia, los repentinos cambios políticos, los juegos ocultos de poder, el terrorismo y los misterios de todo tipo que afligían a la convivencia civil, se fue afirmando la idea, casi mítica, la existencia de un «gran Anciano»: un personaje espabiladísmo y poderoso, que por detrás de los bastidores habría movido fila los hilos de todo, para fines que sólo él conocía. Este «gran Anciano» existe realmente, no es un mito; ¡se llama Dinero!

Como todos los ídolos, el dinero es «falso y mentiroso»: promete la seguridad y, sin embargo, la quita; promete libertad y, en cambio, la destruye. San Francisco de Asís describe, con una severidad inusual en él, el final de una persona que vivió sólo para aumentar su «capital». Se aproxima la muerte; se hace venir al sacerdote. Éste pide al moribundo: «¿Quieres el perdón de todos tus pecados?» , y él responde que sí. Y el sacerdote: «Estás dispuesto a satisfacer los errores cometidos, devolviendo las cosas que has estafado a otros?» Y él: «No puedo». «¿Por qué no puedes?» «Porque ya he dejado todo en manos de mis parientes y amigos». Y así él muere impenitente y apenas muerto los parientes y amigos dicen entre sí: «¡Maldita alma la suya! Podía ganar más y dejárnoslo, y no lo ha hecho!"

Cuántas veces, en estos tiempos, hemos tenido que repensar ese grito dirigido por Jesús al rico de la parábola que había almacenado bienes sin fin y se sentía al seguro para el resto de la vida: «Insensato, esta misma noche se te pedirá el alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?» (Lc 12,20)! Hombres colocados en puestos de responsabilidad que ya no sabían en qué banco o paraíso fiscal almacenar los ingresos de su corrupción se encontraron en el banquillo de los imputados, o en la celda de una prisión, precisamente cuando estaban para decirse a sí mismos: «Ahora gózate, alma mía». 
¿Para quién lo han hecho? ¿Valía la pena? ¿Han hecho realmente el bien de los hijos y la familia, o del partido, si es eso lo que buscaban? ¿O más bien se han arruinado a sí mismos y a los demás?

La traición de Judas continua en la historia y el traicionado es siempre él, Jesús. Judas vendió al jefe, sus imitadores venden su cuerpo, porque los pobres son miembros de Cristo, lo sepan o no. «Todo lo que hagáis con uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí» (Mt 25,40). Pero la traición de Judas no continúa sólo en los casos clamorosos que he mencionado. Pensarlo sería cómodo para nosotros, pero no es así. Ha permanecido famosa la homilía que tuvo en un Jueves Santo don Primo Mazzolari sobre «Nuestro hermano Judas». "Dejad —decía a los pocos feligreses que tenía delante—, que yo piense por un momento al Judas que tengo dentro de mí, al Judas que quizás también vosotros tenéis dentro».

Se puede traicionar a Jesús también por otros géneros de recompensa que no sean los treinta denarios de plata. Traiciona a Cristo quien traiciona a su esposa o a su marido. Traiciona a Jesús el ministro de Dios infiel a su estado, o quien, en lugar de apacentar el rebaño que se la confiado se apacienta a sí mismo. Traiciona a Jesús todo el que traiciona su conciencia. Puedo traicionarlo yo también, en este momento —y la cosa me hace temblar— si mientras predico sobre Judas me preocupo de la aprobación del auditorio más que de participar en la inmensa pena del Salvador. Judas tenía un atenunante que yo no tengo. Él no sabía quién era Jesús, lo consideraba sólo «un hombre justo»; no sabía que era el hijo de Dios, como lo sabemos nosotros.

Como cada año, en la inminencia de la Pascua, he querido escuchar de nuevo la «Pasión según san Mateo», de Bach. Hay un detalle que cada vez me hace estremecerme. En el anuncio de la traición de Judas, allí todos los apóstoles preguntan a Jesús: «¿Acaso soy yo, Señor?» «Herr, bin ich’s?» Sin embargo, antes de escuchar la respuesta de Cristo, anulando toda distancia entre acontecimiento y su conmemoración, el compositor inserta una coral que comienza así: «¡Soy yo, soy yo el traidor! ¡Yo debo hacer penitencia!», «Ich bin's, ich sollte büßen». Como todas las corales de esa ópera, expresa los sentimientos del pueblo que escucha; es una invitación para que también nosotros hagamos nuestra confesión del pecado.

El Evangelio describe el fin horrible de Judas: «Judas, que lo había traicionado, viendo que Jesús había sido condenado, se arrepintió, y devolvió los treinta siclos de plata a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos, diciendo: He pecado, entregándoos sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿Qué nos importa? Ocúpate tú. Y él, arrojados los siclos en el templo, se alejó y fue a ahocarse» (Mt 27, 3-5). Pero no demos un juicio apresurado. Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada.

Es cierto que, hablando de sus discípulos, al Padre Jesús había dicho de Judas: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12), pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno, para explicar la otra tremenda palabra dicha de Judas: «Mejor hubiera sido para ese hombre no haber nacido» (Mc 14,21). El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno.

Dante Alighieri, que, en la Divina Comedia, sitúa a Judas en lo profundo del infierno, narra la conversión en el último instante de Manfredi, hijo de Federico II y rey de Sicilia, al que todos en su tiempo consideraban condenado porque murió excomulgado. Herido de muerte en batalla, él confía al poeta que, en el último instante de vida, se rindió llorando a quien «perdona de buen grado» y desde el Purgatorio envía a la tierra este mensaje que vale también para nosotros:
Abominables mis pecados fueron mas tan gran brazo tiene la bondad infinita, que acoge a quien la implora ..

He aquí a lo que debe empujarnos la historia de nuestro hermano Judas: a rendirnos a aquel que perdona gustosamente, a arrojarnos también nosotros en los brazos abiertos del crucificado. Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. Él sabía bien lo que estaba madurando en el corazón de su discípulo; pero no lo expone, quiere darle la posibilidad hasta el final de dar marcha atrás, casi lo protege. Sabe a lo que ha venido, pero no rechaza, en el huerto de los olivos, su beso helado e incluso lo llama amigo (Mt 26,50). Igual que buscó el rostro de Pedro tras la negación para darle su perdón, ¡quién sabe como habrá buscado también el de Judas en algún momento de su vía crucis! Cuando en la cruz reza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), no excluye ciertamente de ellos a Judas.

¿Qué haremos, pues, nosotros? ¿A quién seguiremos, a Judas o a Pedro? Pedro tuvo remordimiento de lo que había hecho, pero también Judas tuvo remordimiento, hasta el punto que gritó: «¡He traicionado sangre inocente!» y restituyó los treinta denarios. ¿Dónde está, entonces, la diferencia? En una sola cosa: Pedro tuvo confianza en la misericordia de Cristo, ¡Judas no! El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia.

Si lo hemos imitado, quien más quien menos, en la traición, no lo imitemos en esta falta de confianza suya en el perdón. Existe un sacramento en el que es posible hacer una experiencia segura de la misericordia de Cristo: el sacramento de la reconciliación. ¡Qué bello es este sacramento! Es dulce experimentar a Jesús como maestro, como Señor, pero aún más dulce experimentarlo como Redentor: como aquel que te saca fuera del abismo, como a Pedro del mar, que te toca, como hizo con el leproso, y te dice: «¡Lo quiero, queda curado!» (Mt 8,3).
La confesión nos permite experimentar sobre nosotros lo que la Iglesia canta la noche de Pascua en el Exultet: «Oh, feliz culpa, que mereció tal Redentor!» Jesús sabe hacer, de todas las culpas humanas, una vez que nos hemos arrepentido, «felices culpas», culpas que ya no se recuerdan si no por haber sido ocasión de experiencia de misericordia y de ternura divinas!

Tengo un deseo que hacerme y haceros a todos, Venerables Padres, hermanos y hermanas: que la mañana de Pascua podamos levantarnos y oír resonar en nuestro corazón las palabras de un gran converso (Paul Claudel) de nuestro tiempo:

«Dios mío, he resucitado y estoy aún contigo!
Dormía y estaba tumbado como un muerto en la noche.
Dijiste: «¡Hágase la luz! ¡Y yo me desperté como se lanza un grito! [...]
Padre mío que me has generado antes de la aurora, estoy en tu presencia.
Mi corazón está libre y la boca pelada, cuerpo y espíritu estoy en ayunas.
Estoy absuelto de todos los pecados, que confesé uno a uno.
El anillo nupcial está en mi dedo y mi rostro está limpio.
Soy como un ser inocente en la gracia que me has concedido».


Esto puede hacer de nosotros una bella confesión pascual.

miércoles, 23 de abril de 2014

Explican en el Vaticano por qué son santos JXXIII y JPII





Escrito por Fernando Sánchez Argomedo y Rosa Martha Abascal /
Enviados especiales el 22 Abril 2014.



Ciudad del Vaticano.- Los postuladores de la causa de canonización de los Papas Juan Pablo II y Juan XXIII, monseñor Slawomir Oder y Fray Giovangiuseppe Califano, respectivamente, señalaron hoy que la amistad con Cristo, su profunda fe afianzada en la oración, la Palabra de Dios, su caridad, humildad, mansedumbre y su fervor mariano, sin olvidar su entrega a la Providencia y a la Iglesia, fueron algunas características que tuvieron en común ambos pontífices.

Ambos postuladores sostuvieron este martes un encuentro con periodistas en la sala de prensa del Vaticano para dar respuesta a la interrogante “¿Por qué son santos?”.

El padre Califano recordó que después de la muerte del Papa Juan XXIII la gente percibió de inmediato su santidad. "Gracias a los diarios íntimos del alma de Juan XXIII, podemos conocer su santidad en todas las etapas de su vida. Entre ellas, a los 23 años, su empeño de hacerse santo, apoyándose en cuatro puntos: el espíritu de unión con Jesús, el recogimiento del corazón, el rezo del santo rosario y la vigilancia en las propias acciones".

En tanto, Monseñor Oder refirió que desde las clases como universitario, los compañeros de Juan Pablo II lo señalaban como futuro santo.

Juan XXIII, pastor y padre

El postulador franciscano Fray Giovangiuseppe Califano hizo diversas remembranzas del también conocido como el “Papa Bueno”, quien decía que todos le llamaban Santo Padre, a lo que él aclaraba que no poseía esa santidad.

Sobre la figura de Juan XXIII, el padre Califano destacó dos aspectos prioritarios: el de pastor y padre, los cuales fueron reiterados por el Papa Francisco cuando recibió hace pocos días en el Vaticano a los obispos de la diócesis de Bérgamo.

Agregó que otro aspecto es la cordialidad, mansedumbre y alegría, que confluyeron en la definición de “Papa Bueno”, lo que lo definió más cuando visitó el hospital pediátrico “Bambino Gesú” y la cárcel romana “Regina Coeli”, pues con ello logró entrar en el corazón de las personas.

El padre franciscano subrayó que otra característica especial de Juan XXIII es la obediencia y la paz, dos palabras que definió como su historia y su vida. “El Papa italiano tuvo que obedecer y dejar su propia tierra para vivir en realidades muy difíciles. La raíz de su santidad fue la obediencia evangélica a la voz de su Señor”, dijo.

El postulador indicó que la causa inició en 1966, y gracias a un pedido encabezado por la diócesis natal del Papa, Bérgamo, se envió la solicitud de canonización en el marco de los 50 años de la muerte de Juan XXIII, en coincidencia con los 50 del inicio del Vaticano II y del Año de la Fe.

Juan Pablo II, místico y Papa cercano a la gente

En su turno, Monseñor Slavomir Oder, postulador de la causa de Juan Pablo II, recordó que el Papa polaco tuvo una vida de total sufrimiento, pues perdió a toda su familia, enfrentó la vida como misterio sin huir. “Él decía que su primer seminario fue su casa y su papá el primer guía espiritual. La fe que lo formó fue simple, popular y fue la que vivió con el cardenal Stefan Wyszynski, que era la encarnación de esa fe”.

Explicó que una segunda figura importante en la vida de Juan Pablo II fue Jan Teranuwzki, a través del cual descubrió el significado de la participación de los laicos y le ayudó a su discernimiento vocacional. Le ayudó en su visión Mariana y en su vocación carmelita.

La tercera persona que influyó en Juan Pablo II fue el obispo Sapieja, que era el encargado del seminario clandestino en Polonia durante el régimen comunista.

Monseñor Oder resaltó que Juan Pablo II tenía necesidad del contacto con la gente porque le nutría la fe del pueblo, desde su sacerdocio hasta su elección como Papa. Tenía una profunda mística, esto es, una vivencia del misterio de Dios; un santo es un hombre de Dios y Juan Pablo II tenía una relación viva con Dios a través de la oración profunda. En Cracovia encontraba el espacio eucarístico desde donde oraba y gobernaba la iglesia de Cracovia.

La síntesis de la espiritualidad de Juan Pablo II es que a través de la cercanía con el pueblo de Dios quería sentir con el corazón de la gente, con el propósito de evangelizar para llevar a la gente a la santidad.

Tuvo siempre un sentido profundo del don recibido, no mantenía un diario, pero escribía. Al inicio de su pontificado escribió que sabía que el paso de su vida había sido un don pagado por el sufrimiento de otros, y que la clave para entender ese misterio era pagar el débito del amor recibido.

La sencillez, común denominador de JXXIII y JPII

La fe sencilla y su total confianza y entrega a Dios, es el común denominador de estos dos Papas, cuya canonización presidirá el Papa Francisco este domingo 27 de abril, precisamente en la festividad de la Divina Misericordia instaurada por Juan Pablo II.


lunes, 21 de abril de 2014

La compasión hoy



Mons Michel Schooyans
Miembro de la Pontificia Academia para la Vida

Nosotros podemos discernir la verdadera y la falsa compasión en hechos o en tomas de posición observables en el mundo hoy. Así aparecerán los estragos que la falsa compasión está haciendo tanto a nivel de las personas como a nivel de las sociedades humanas. Pasemos a ver pues algunos ejemplos.

1) En 1962, la Corte Criminal de Liège (Bélgica) fue llevada a juzgar a una madre que, "por compasión", había matado a su hijo. Durante su embarazo, esta madre había tomado Softenon, conocido hoy en día bajo el nombre de Talidomida. El niño había nacido portador de malformaciones graves. La madre decidió poner fin a la vida de su niño; lo que efectivamente hizo. Al término de un proceso muy "mediatizado", la mujer fue absuelta. Ella salió libre del tribunal, bajo los aplausos nutridos del público.

2) Los animales se benefician cada vez más de la "compasión" de los hombres. En un film "documental" de Al Gore, Una verdad que molesta, consagrado al recalentamiento climático, se ve una animación que muestra un oso polar extenuado buscando desesperadamente un apoyo seguro para salvarse la vida. El mensaje es claro: si el casquete polar se recalienta y se funde, la razón debe ser buscada en el número excesivo de hombres que contaminan la tierra (1). Por tanto hay que controlar el crecimiento demográfico de la humanidad, del cual se asegura que es la causa de la degradación del medio ambiente. Además, la "compasión" hacia los animales, la protección de la fauna, de la flora y de las especies en vía de desaparición, requieren el respeto de cuotas que fijen el número, e incluso la "calidad" de los hombres autorizados a reproducirse. En una de sus variantes, esta posición recomienda a los hombres tener "compasión" por Gaïa, la Madre Tierra, que – adelantan – se degrada en razón de la acción devastadora del hombre. El hombre debe ser sacrificado al medio ambiente (2).
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Texto completo (12 págs.) en:


sábado, 19 de abril de 2014

Juan Pablo II: tres acciones relevantes



Ana Teresa López de Llergo
Yoinfluyo, 19-4-14

En un pontificado tan largo como el de Juan Pablo II (1978 a 2005) y con una personalidad tan atractiva, es muy difícil hacer justicia al elegir unos eventos y dejar otros. Sin embargo, pido benevolencia a quienes consideren poco acertada mi selección, pero no puedo ser imparcial, ni tampoco puedo prescindir de mi historia, ni del modo de percibir las huellas de Su Santidad.

Su entrega total, dentro de su personal estilo, al servicio de Dios y de la Iglesia. La naturalidad para mostrarse joven, jovial, vibrante, con dotes histriónicas, y de seguir siendo así, aunque decreciera la capacidad física, es indicio de que la fuerza no estaba solamente apoyada en el cuerpo, sino en el cultivo de la espiritualidad, muy sobrenatural, muy cercano a Dios y, evidentemente, lleno de ternura hacia Santa María...

Como todos sus antecesores, fue un pastor que, como ahora dice el Papa Francisco, tenía olor a oveja, tan cercano a su grey que inauguró un estilo que llenó de alegría al mundo, viajó e hizo posible que muchos que no habían soñado ir a Roma pudieron estar cerca de él.

Con su vida sella todo lo que predicó, un gran luchador de la justicia, de la paz y del combate al pecado. Sufrió pérdidas desde muy tierna edad: su madre, su hermano; pero, sin dejar de padecer, aprovechó y amó la compañía de su padre. Cuando también muere su padre, sabe convivir, hace amistades profundas y se adapta a todos los niveles, como es el caso de sus compañeros obreros, quienes también le cuidan y le ayudan a dedicar tiempo a sus estudios.

Supo tomar decisiones que en conciencia le competían, aunque le dejaran solo o le ocasionaran problemas. El Rabino David G. Dalin dice: Durante la década de 1980, Juan hablo II hizo fuertes declaraciones de condena a los actos de terrorismo contra sinagogas y comunidades judías, tanto en Viena como en Roma, enviando mensajes de simpatía a sus víctimas. Por ejemplo el 29 de agosto de 1981 condenó el ataque con bombas a una sinagoga de Viena, calificándolo de acto absurdo y sangriento, que constituía un asalto a la comunidad judía de Austria y del mundo entero, y advirtió del peligro de una nueva ola del mismo tipo de antisemitismo que provocó tanto duelo durante siglos. (“El mito del Papa de Hitler”, p. 225).

George Weigel en el prólogo de la biografía de Juan Pablo hace ver el absoluto dramatismo de la vida de Karol Wojtyla, que desafía la imaginación de los más afamados guionistas; fue un hombre moderno con la convicción de que en los designios de la Providencia no existen meras coincidencias. Es el Papa que orienta al mundo para adentrarse en el tercer milenio.

Los tres eventos elegidos son: la publicación del Código de Derecho Canónico y del Catecismo de la Iglesia, y la propuesta de los misterios luminosos del Santo Rosario. En estas decisiones ejerce su legítima autoridad y su clara conciencia de ser el Vicecristo en la tierra, vinculado a sus antecesores y responsable de llevar a término todo aquello que por las circunstancias espacio-temporales requerían del toque final.

El Código de Derecho Canónico

El Derecho Canónico responde a la necesidad de toda institución de contar con un “kanon”, regla, norma o medida. El Derecho Canónico es una rama del Derecho General. El Código vigente es promulgado por Juan Pablo II, el 25 de enero de 1983, con la Constitución Apostólica “Sacrae Disciplinae”. Hasta entonces regía el Código de Derecho Canónico del año 1917. Juan XXIII al convocar al Concilio habló de la necesidad de actualizar el Código.

Pablo VI, después de la muerte de Juan XXIII, abre la segunda sesión del Concilio y expresa sus deseos de que esos trabajos sean un despertador primaveral de las inmensas energías espirituales y morales latentes en el seno de la Iglesia. Comprende que el desarrollo en el mundo superaba las normas de entonces y había que rejuvenecerlas. Por eso, señala que el nuevo período legislativo se inicia con el término del Concilio Vaticano II.

Juan Pablo II asume el arduo trabajo de impulsar la traducción a las leyes de la doctrina eclesiológica. Es una luz que la Iglesia irradia al mundo, porque la ley divina es fermento para la ley humana y hacía falta una mejor sintonía. Hacía falta abordar la teología del laicado, la búsqueda de la santidad en medio del mundo, el ecumenismo, las nuevas formas de la vida consagrada… El nuevo Código ordena y estructura las directrices del Concilio Vaticano II y pone fin al período de indeterminación. Los Pastores ya tienen normas seguras para ejercer su sagrado ministerio.

La aplicación de esas normas se concreta el 28 de noviembre de 1983, al aplicar la doctrina y encontrar que esas normas son vida en el fenómeno pastoral que venía trabajando desde 1928, en variados sectores del mundo: el Opus Dei. En palabras de su Fundador, San Josemaría Escrivá de Balaguer, necesitaba “un traje a la medida”. Juan Pablo II se lo da al erigir esta institución como Prelatura Personal, primera de este tipo en la vida de la Iglesia.

La estructura del Código de Derecho Canónico es el siguiente:

• Libro I. Normas generales: leyes eclesiásticas, costumbres, decretos, preceptos, prescripciones. Privilegios, actos jurídicos…
• Libro II. Del Pueblo de Dios: fieles cristianos, jerarquía, iglesias particulares, vida consagrada…
• Libro III. La función de enseñar de la Iglesia: Palabra de Dios, predicar, formar…
• Libro IV. La función de santificar de la Iglesia: los sacramentos, actos de culto…
• Libro V. Bienes temporales de la Iglesia: adquisición, administración…
• Libro VI. Las sanciones de la Iglesia: delitos, penas…
• Libro VII. Los procesos: juicios, tribunales…

El Catecismo de la Iglesia

Con el Concilio Vaticano II, Juan XXIII desea hacer más accesible el depósito de la fe, lo señala en el Discurso de apertura. Y, el modo como Juan Pablo II concreta esta necesidad es pidiendo la elaboración del actual Catecismo. Con la Constitución Apostólica del Papa “Fidei Depositum”, del 11 de octubre de 1992, sale a la luz el nuevo Catecismo de la Iglesia Universal.

Consta de:

• Prólogo
• Primera Parte. Profesión de fe
   - Primera Sección. El Credo (en tres capítulos)
   - Segunda Sección. Los Símbolos de la fe (en tres capítulos)
• Segunda Parte. La celebración del Misterio cristiano
   - Primera Sección. La economía sacramental (en dos capítulos)
   - Segunda Sección. Los siete Sacramentos de la Iglesia (en cuatro capítulos)
• Tercera Parte. La vida en Cristo
   - Primera Sección. La vocación del hombre: la vida en el espíritu (en tres capítulos)
   - Segunda Sección. Los diez Mandamientos (en dos capítulos)
• Cuarta Parte. La oración cristiana
   - Primera Sección. La oración en la vida cristiana (en tres capítulos)
   - Segunda Sección. La oración del Señor: “Padre nuestro”

El Catecismo tiene una estructura didáctica y profunda, con un índice temático que facilita encontrar los temas que se desean conocer o profundizar en ellos. Ofrece un acercamiento a santos y teólogos por las citas seleccionadas y, por supuesto, el apoyo en los textos de la Sagrada Biblia: Antigüo y Nuevo Testamento.

Los misterios luminosos del Santo Rosario

Indudablemente la piedad mariana de Juan Pablo II quedó plasmada en su escudo papal: al pie de la Cruz la letra M, con el lema “Totus tuus”, todo tuyo. También era de todos sabido que en las reuniones de cualquier tipo, mientras daban inicio o había un compás de espera, Su Santidad rezaba partes del Rosario. En los bolsillos de la sotana llevaba rosarios que regalaba cuando lo veía oportuno.

El 16 de octubre de 2002, Juan Pablo regala al mundo la Carta Apostólica “Rosarium Virginis Mariae” en donde incorpora los misterios luminosos, a las ya conocidas partes del Rosario: misterios gozosos, dolorosos y gloriosos. Con ello, hace que el Santo Rosario sea más plenamente compendio del Evangelio. Después de considerar los misterios gozosos de la Encarnación y, antes de ver los de la Pasión (misterios dolorosos), contemplar algunos momentos significativos de la vida pública del Señor: el Bautismo, las bodas de Caná, el anuncio del Reino de Dios, la Transfiguración del Señor y la institución de la Eucaristía.

El Papa deja establecido que se recen los misterios gozosos el sábado y el lunes, los luminosos el jueves, los dolorosos el martes y el viernes, y los gloriosos el domingo y el miércoles.

Reflexión final

Con el Código de Derecho Canónico queda muy bien señalado el camino a seguir y los criterios para conducir las actividades y juzgar los sucesos a la luz de la Ley de Dios. Toda persona de buena voluntad encuentra vías seguras para un buen gobierno.

En el Catecismo de la Iglesia está contenido y abierto, a quien le interese, todo lo que un cristiano ha de creer, ha de vivir, ha de practicar, para estar más cerca de Dios. Es un recurso accesible para la propia formación.

Los misterios luminosos ayudan al pueblo fiel a contemplar algunas manifestaciones de la divinidad de Jesucristo durante su paso por la tierra, en momentos muy concretos. De la mano de la Virgen nos acercamos a Jesús.

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FUENTES

Catecismo de la Iglesia Católica, Librería Juan Pablo II, Colombia.
Dalin, Rabino David G. “El mito del Papa de Hitler”, Ciudadelalibros, Madrid, 2006.
Hervada, Javier. “El nuevo Código de Derecho Canónico. Visión de conjunto”, SCRIPTA THEOLOGICA 5 (1983/3), p.p. 743 – 750.


Weigel, George. “Biografía de Juan Pablo II. Testigo de esperanza”, Plaza & Janes Editores, S.A., Barcelona, 1999.

viernes, 18 de abril de 2014

Foro



“BUENOS CRISTIANOS Y HONRADOS CIUDADANOS”
26-4-2014

¡Pido a Dios a que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común.
Evangelii Gaudium, p. 205

La Cátedra, respondiendo a la exhortación del Papa Francisco, considera necesario promover un encuentro de laicos interesados en la vida cívica, ya sea como militantes partidarios, funcionarios, dirigentes sociales, académicos o agentes pastorales.
A esta reunión, hemos invitado a algunos laicos, que compartan los criterios detallados a continuación, y reconozcan explícitamente la autoridad del Papa, como sucesor de Pedro, en la conducción de la iglesia, y al Magisterio, cuyas enseñanzas deben guiar nuestra conducta de creyentes.

Criterios:
1. Para un católico, hay cuatro bienes no discutibles que deben ser promovidos y protegidos, especialmente, por quienes se dedican a la política. El Papa Benedicto XVI los expresó en forma  precisa[1]:

* el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural;
* la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer;
* la libertad de educación de los hijos
* y la promoción del bien común en todas sus formas

2. La única manera de hacer efectiva esta obligación moral es participando activamente en la vida cívica, lo que requiere aceptar dos premisas doctrinarias:

A) la licitud moral del voto, fijada en el Catecismo[2]:

B) la obligación de respetar el régimen institucional vigente, sin que ello implique avalar las imperfecciones que atribuyamos al sistema electoral y a la Constitución vigentes[3].

Programa

16,30         Apertura
               Panel de homenaje a Juan Pablo II, con motivo de su canonización

17            Análisis del temario propuesto, entre todos los asistentes:

            1. Posibilidad de ser eficaces en la política argentina actual, defendiendo los principios no discutibles.

        2. Posibilidad de un trabajo concertado entre militantes de distintos partidos y entidades. 

18,30           Pausa café

        3. Suscribir una declaración sobre tópicos en que haya coincidencia, sin que implique compromiso institucional.
                                     
     4. Acordar una manera de sistematizar este tipo de reuniones, y establecer una coordinación permanente.

19,20       Cierre

19,30       Misa

Lugar: Parroquia María Auxiliadora, Av. Colón 1067









[1] Enc. Sacramentum caritatis, 2007, p. 83.
[2] Nº 2240.
[3] León XIII, Enc. Au milieu des sollicitudes, 1892, p. 23.

martes, 15 de abril de 2014

Oración a San Juan Pablo II



Oh San Juan Pablo II. 
Desde la ventana del cielo danos tu bendición.
Bendice la Iglesia que tú has amado, servido y guiado,
empujándola con valentía por los caminos del mundo
para llevar a Jesús a todos, y a todos a Jesús.
Bendice a los jóvenes que han sido tu gran pasión.
Enséñales a soñar, enséñales a mirar a lo alto
para encontrar la luz, que ilumina los caminos de la vida.

Bendice las familias, bendice cada familia!
Tú que has advertido del asalto de Satanás
contra esta preciosa e indispensable chispa del cielo
que Dios ha encendido en la tierra.
San Juan Pablo, con tu oración protege la familia
y cada vida que florece en la familia.

Ruega por el mundo entero,
todavía marcado por tensiones, guerras e injusticias.
Tú que has combatido la guerra,
invocando el diálogo y sembrando el amor:
ruega por nosotros, para que seamos incansables sembradores de paz.

Oh San Juan Pablo,
desde la ventana del cielo, donde te vemos próximo a María,
haz descender sobre todos nosotros la bendición de Dios.
Amén.


compuesta por el Cardenal Angelo Comastri,
Vicario General del Papa para la Ciudad del Vaticano