jueves, 12 de diciembre de 2013

Módulos 9 y 10





CAPÍTULO DÉCIMO

SALVAGUARDAR EL MEDIO AMBIENTE

456 La visión bíblica inspira las actitudes de los cristianos con respecto al uso de la tierra, y al desarrollo de la ciencia y de la técnica. El Concilio Vaticano II declara que « tiene razón el hombre, participante de la luz de la inteligencia divina, cuando afirma que por virtud de su inteligencia es superior al universo material ».946 Los Padres Conciliares reconocen los progresos realizados gracias a la aplicación incesante del ingenio humano a lo largo de los siglos, en las ciencias empíricas, en la técnica y en las disciplinas liberales.947 El hombre « en nuestros días, gracias a la ciencia y la técnica, ha logrado dilatar y sigue dilatando el campo de su dominio sobre casi toda la naturaleza ».948

Puesto que el hombre, « creado a imagen de Dios, recibió el mandato de gobernar el mundo en justicia y santidad, sometiendo a sí la tierra y cuanto en ella se contiene, y de orientar a Dios la propia persona y el universo entero, reconociendo a Dios como Creador de todo, de modo que con el sometimiento de todas las cosas al hombre sea admirable el nombre de Dios en el mundo », el Concilio enseña que « la actividad humana, individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados por el hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios ».949


458 Las consideraciones del Magisterio sobre la ciencia y la tecnología en general, se extienden también en sus aplicaciones al medio ambiente y a la agricultura. La Iglesia aprecia « las ventajas que resultan —y que aún pueden resultar— del estudio y de las aplicaciones de la biología molecular, completada con otras disciplinas, como la genética, y su aplicación tecnológica en la agricultura y en la industria ».956 En efecto, « la técnica podría constituirse, si se aplicara rectamente, en un valioso instrumento para resolver graves problemas, comenzando por el del hambre y la enfermedad, mediante la producción de variedades de plantas más avanzadas y resistentes y de muy útiles medicamentos ».957 Es importante, sin embargo, reafirmar el concepto de « recta aplicación », porque « sabemos que este potencial no es neutral: puede ser usado tanto para el progreso del hombre como para su degradación ».958 Por esta razón, « es necesario mantener un actitud de prudencia y analizar con ojo atento la naturaleza, la finalidad y los modos de las diversas formas de tecnología aplicada ».959 Los científicos, pues, deben « utilizar verdaderamente su investigación y su capacidad técnica para el servicio de la humanidad »,960 sabiendo subordinarlas « a los principios morales que respetan y realizan en su plenitud la dignidad del hombre ».961

III. LA CRISIS EN LA RELACIÓN
ENTRE EL HOMBRE Y EL MEDIO AMBIENTE

461 El mensaje bíblico y el Magisterio de la Iglesia constituyen los puntos de referencia esenciales para valorar los problemas que se plantean en las relaciones entre el hombre y el medio ambiente.969 En el origen de estos problemas se puede percibir la pretensión de ejercer un dominio absoluto sobre las cosas por parte del hombre, un hombre indiferente a las consideraciones de orden moral que deben caracterizar toda actividad humana.

La tendencia a la explotación « inconsiderada » 970 de los recursos de la creación es el resultado de un largo proceso histórico y cultural: « La época moderna ha experimentado la creciente capacidad de intervención transformadora del hombre. El aspecto de conquista y de explotación de los recursos ha llegado a predominar y a extenderse, y amenaza hoy la misma capacidad de acogida del medio ambiente: el ambiente como “recurso” pone en peligro el ambiente como “casa”. A causa de los poderosos medios de transformación que brinda la civilización tecnológica, a veces parece que el equilibrio hombre—ambiente ha alcanzado un punto crítico ».971

462 La naturaleza aparece como un instrumento en las manos del hombre, una realidad que él debe manipular constantemente, especialmente mediante la tecnología. A partir del presupuesto, que se ha revelado errado, de que existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos, se ha difundido y prevalece una concepción reductiva que entiende el mundo natural en clave mecanicista y el desarrollo en clave consumista. El primado atribuido al hacer y al tener más que al ser, es causa de graves formas de alienación humana.972

Una actitud semejante no deriva de la investigación científica y tecnológica, sino de una ideología cientificista y tecnócrata que tiende a condicionarla. La ciencia y la técnica, con su progreso, no eliminan la necesidad de trascendencia y no son de por sí causa de la secularización exasperada que conduce al nihilismo; mientras avanzan en su camino, plantean cuestiones acerca de su sentido y hacen crecer la necesidad de respetar la dimensión trascendente de la persona humana y de la misma creación.

463 Una correcta concepción del medio ambiente, si por una parte no puede reducir utilitariamente la naturaleza a un mero objeto de manipulación y explotación, por otra parte, tampoco debe absolutizarla y colocarla, en dignidad, por encima de la misma persona humana. En este último caso, se llega a divinizar la naturaleza o la tierra, como puede fácilmente verse en algunos movimientos ecologistas que piden se otorgue un reconocimiento institucional internacionalmente garantizado a sus ideas.973

El Magisterio ha motivado su contrariedad a una noción del medio ambiente inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque ésta « se propone eliminar la diferencia ontológica y axiológica entre el hombre y los demás seres vivos, considerando la biosfera como una unidad biótica de valor indiferenciado. Así se elimina la responsabilidad superior del hombre en favor de una consideración igualitaria de la “dignidad” de todos los seres vivos ».974

465 El Magisterio subraya la responsabilidad humana de preservar un ambiente íntegro y sano para todos: 977 « La humanidad de hoy, si logra conjugar las nuevas capacidades científicas con una fuerte dimensión ética, ciertamente será capaz de promover el ambiente como casa y como recurso, en favor del hombre y de todos los hombres; de eliminar los factores de contaminación; y de asegurar condiciones de adecuada higiene y salud tanto para pequeños grupos como para grandes asentamientos humanos. La tecnología que contamina, también puede descontaminar; la producción que acumula, también puede distribuir equitativamente, a condición de que prevalezca la ética del respeto a la vida, a la dignidad del hombre y a los derechos de las generaciones humanas presentes y futuras ».978

468 La responsabilidad respecto al medio ambiente debe encontrar una traducción adecuada en ámbito jurídico. Es importante que la Comunidad Internacional elabore reglas uniformes, de manera que esta reglamentación permita a los Estados controlar más eficazmente las diversas actividades que determinan efectos negativos sobre el ambiente y preservar los ecosistemas, previniendo posibles incidentes: « Corresponde a cada Estado, en el ámbito del propio territorio, la función de prevenir el deterioro de la atmósfera y de la biosfera, controlando atentamente, entre otras cosas, los efectos de los nuevos descubrimientos tecnológicos o científicos, y ofreciendo a los propios ciudadanos la garantía de no verse expuestos a agentes contaminantes o a residuos tóxicos ».986

El contenido jurídico del « derecho a un ambiente natural seguro y saludable » 987 será el fruto de una gradual elaboración, solicitada por la opinión pública, preocupada por disciplinar el uso de los bienes de la creación según las exigencias del bien común y con una voluntad común de instituir sanciones para quienes contaminan. Las normas jurídicas, sin embargo, no bastan por sí solas; 988 junto a ellas deben madurar un firme sentido de responsabilidad y un cambio efectivo en la mentalidad y en los estilos de vida.


470 La programación del desarrollo económico debe considerar atentamente « la necesidad de respetar la integridad y los ritmos de la naturaleza »,989 porque los recursos naturales son limitados y algunos no son renovables. El actual ritmo de explotación amenaza seriamente la disponibilidad de algunos recursos naturales para el presente y el futuro.990 La solución del problema ecológico exige que la actividad económica respete mejor el medio ambiente, conciliando las exigencias del desarrollo económico con las de la protección ambiental. Cualquier actividad económica que se sirva de los recursos naturales debe preocuparse también de la salvaguardia del medio ambiente y prever sus costos, que se han de considerar como « un elemento esencial del coste actual de la actividad económica ».991 En este contexto se deben considerar las relaciones entre la actividad humana y los cambios climáticos que, debido a su extrema complejidad, deben ser oportuna y constantemente vigilados a nivel científico, político y jurídico, nacional e internacional. El clima es un bien que debe ser protegido y requiere que los consumidores y los agentes de las actividades industriales desarrollen un mayor sentido de responsabilidad en sus comportamientos.992

Una economía que respete el medio ambiente no buscará únicamente el objetivo del máximo beneficio, porque la protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios. El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente.993 Todos los países, en particular los desarrollados, deben advertir la urgente obligación de reconsiderar las modalidades de uso de los bienes naturales. La investigación en el campo de las innovaciones que pueden reducir el impacto sobre el medio ambiente provocado por la producción y el consumo, deberá incentivarse eficazmente.

Una particular atención deberá atribuirse a la compleja problemática de los recursos energéticos.994 Los recursos no renovables, a los que recurren los países altamente industrializados y los de reciente industrialización, deben ser puestos al servicio de toda la humanidad. En una perspectiva moral caracterizada por la equidad y la solidaridad intergeneracional, también se deberá continuar, con la contribución de la comunidad científica, a identificar nuevas fuentes energéticas, a desarrollar las alternativas y a elevar los niveles de seguridad de la energía nuclear.995 El uso de la energía, por su vinculación con las cuestiones del desarrollo y el ambiente, exige la responsabilidad política de los Estados, de la Comunidad Internacional y de los agentes económicos; estas responsabilidades deberán ser iluminadas y guiadas por la búsqueda continua del bien común universal.


473 La visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones del hombre en la naturaleza, sin excluir los demás seres vivos, y, al mismo tiempo, comporta una enérgica llamada al sentido de la responsabilidad.1002 La naturaleza, en efecto, no es una realidad sagrada o divina, vedada a la acción humana. Es, más bien, un don entregado por el Creador a la comunidad humana, confiado a la inteligencia y a la responsabilidad moral del hombre. Por ello, el hombre no comete un acto ilícito cuando, respetando el orden, la belleza y la utilidad de cada ser vivo y de su función en el ecosistema, interviene modificando algunas de las características y propiedades de estos. Si bien, las intervenciones del hombre que dañan los seres vivos o el medio ambiente son deplorables, son en cambio encomiables las que se traducen en una mejora de aquéllos. La licitud del uso de las técnicas biológicas y biogenéticas no agota toda la problemática ética: como en cualquier comportamiento humano, es necesario valorar cuidadosamente su utilidad real y sus posibles consecuencias, también en términos de riesgo. En el ámbito de las intervenciones técnico-científicas que poseen una amplia y profunda repercusión sobre los organismos vivos, con la posibilidad de consecuencias notables a largo plazo, no es lícito actuar con irresponsabilidad ni a la ligera.


482 El principio del destino universal de los bienes ofrece una orientación fundamental, moral y cultural, para deshacer el complejo y dramático nexo que une la crisis ambiental con la pobreza. La actual crisis ambiental afecta particularmente a los más pobres, bien porque viven en tierras sujetas a la erosión y a la desertización, están implicados en conflictos armados o son obligados a migraciones forzadas, bien porque no disponen de los medios económicos y tecnológicos para protegerse de las calamidades.

Multitudes de estos pobres viven en los suburbios contaminados de las ciudades, en alojamientos fortuitos o en conglomerados de casas degradadas y peligrosas (slums, bidonvilles, barrios, favelas). En el caso que se deba proceder a su traslado, y para no añadir más sufrimiento al que ya padecen, es necesario proporcionar una información adecuada y previa, ofrecer alternativas de alojamientos dignos e implicar directamente a los interesados.

Téngase presente, además, la situación de los países penalizados por las reglas de un comercio internacional injusto, en los que la persistente escasez de capitales se agrava, con frecuencia, por el peso de la deuda externa: en estos casos, el hambre y la pobreza hacen casi inevitable una explotación intensiva y excesiva del medio ambiente.

483 El estrecho vínculo que existe entre el desarrollo de los países más pobres, los cambios demográficos y un uso sostenible del ambiente, no debe utilizarse como pretexto para decisiones políticas y económicas poco conformes a la dignidad de la persona humana. En el Norte del planeta se asiste a una « caída de la tasa de natalidad, con repercusiones en el envejecimiento de la población, incapaz incluso de renovarse biológicamente »,1006 mientras que en el Sur la situación es diversa. Si bien es cierto que la desigual distribución de la población y de los recursos disponibles crean obstáculos al desarrollo y al uso sostenible del ambiente, debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente compatible con un desarrollo integral y solidario: 1007 « Todos están de acuerdo en que la política demográfica representa sólo una parte de una estrategia global de desarrollo. Así pues, es importante que cualquier discusión sobre políticas demográficas tenga en cuenta el desarrollo actual y futuro de las Naciones y las zonas. Al mismo tiempo, es imposible no considerar la verdadera naturaleza de lo que significa el término "desarrollo". Todo desarrollo digno de este nombre ha de ser integral, es decir, ha de buscar el verdadero bien de toda persona y de toda la persona ».1008

485 El agua, por su misma naturaleza, no puede ser tratada como una simple mercancía más entre las otras, y su uso debe ser racional y solidario. Su distribución forma parte, tradicionalmente, de las responsabilidades de los entes públicos, porque el agua ha sido considerada siempre como un bien público, una característica que debe mantenerse, aun cuando la gestión fuese confiada al sector privado. El derecho al agua,1011 como todos los derechos del hombre, se basa en la dignidad humana y no en valoraciones de tipo meramente cuantitativo, que consideran el agua sólo como un bien económico. Sin agua, la vida está amenazada. Por tanto, el derecho al agua es un derecho universal e inalienable.

d) Nuevos estilos de vida

486 Los graves problemas ecológicos requieren un efectivo cambio de mentalidad que lleve a adoptar nuevos estilos de vida,1012 « a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones ».1013 Tales estilos de vida deben estar presididos por la sobriedad, la templanza, la autodisciplina, tanto a nivel personal como social. Es necesario abandonar la lógica del mero consumo y promover formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos. Una actitud semejante, favorecida por la renovada conciencia de la interdependencia que une entre sí a todos los habitantes de la tierra, contribuye a eliminar diversas causas de desastres ecológicos y garantiza una capacidad de pronta respuesta cuando estos percances afectan a pueblos y territorios.1014 La cuestión ecológica no debe ser afrontada únicamente en razón de las terribles perspectivas que presagia la degradación ambiental: tal cuestión debe ser, principalmente, una vigorosa motivación para promover una auténtica solidaridad de dimensión mundial.


CAPÍTULO UNDÉCIMO

LA PROMOCIÓN DE LA PAZ

494 La paz es un valor 1015 y un deber universal; 1016 halla su fundamento en el orden racional y moral de la sociedad que tiene sus raíces en Dios mismo, « fuente primaria del ser, verdad esencial y bien supremo ».1017 La paz no es simplemente ausencia de guerra, ni siquiera un equilibrio estable entre fuerzas adversarias,1018 sino que se funda sobre una correcta concepción de la persona humana 1019 y requiere la edificación de un orden según la justicia y la caridad.

La paz es fruto de la justicia (cf. Is 32,17),1020 entendida en sentido amplio, como el respeto del equilibrio de todas las dimensiones de la persona humana. La paz peligra cuando al hombre no se le reconoce aquello que le es debido en cuanto hombre, cuando no se respeta su dignidad y cuando la convivencia no está orientada hacia el bien común. Para construir una sociedad pacífica y lograr el desarrollo integral de los individuos, pueblos y Naciones, resulta esencial la defensa y la promoción de los derechos humanos.1021

La paz también es fruto del amor: « La verdadera paz tiene más de caridad que de justicia, porque a la justicia corresponde sólo quitar los impedimentos de la paz: la ofensa y el daño; pero la paz misma es un acto propio y específico de caridad ».1022

III. EL FRACASO DE LA PAZ: LA GUERRA

497 El Magisterio condena « la crueldad de la guerra » 1032 y pide que sea considerada con una perspectiva completamente nueva: 1033 « En nuestra época, que se jacta de poseer la energía atómica, resulta un absurdo sostener que la guerra es un medio apto para resarcir el derecho violado ».1034 La guerra es un « flagelo » 1035 y no representa jamás un medio idóneo para resolver los problemas que surgen entre las Naciones: « No lo ha sido nunca y no lo será jamás »,1036 porque genera nuevos y más complejos conflictos.1037 Cuando estalla, la guerra se convierte en « una matanza inútil »,1038 « aventura sin retorno »,1039 que amenaza el presente y pone en peligro el futuro de la humanidad: « Nada se pierde con la paz; todo puede perderse con la guerra ».1040 Los daños causados por un conflicto armado no son solamente materiales, sino también morales.1041 La guerra es, en definitiva, « el fracaso de todo auténtico humanismo »,1042 « siempre es una derrota de la humanidad »: 1043 « nunca más los unos contra los otros, ¡nunca más! ... ¡nunca más la guerra, nunca más la guerra! ».1044

498 La búsqueda de soluciones alternativas a la guerra para resolver los conflictos internacionales ha adquirido hoy un carácter de dramática urgencia, ya que « el ingente poder de los medios de destrucción, accesibles incluso a las medias y pequeñas potencias, y la conexión cada vez más estrecha entre los pueblos de toda la tierra, hacen muy arduo o prácticamente imposible limitar las consecuencias de un conflicto ».1045 Es, pues, esencial la búsqueda de las causas que originan un conflicto bélico, ante todo las relacionadas con situaciones estructurales de injusticia, de miseria y de explotación, sobre las que hay que intervenir con el objeto de eliminarlas: « Por eso, el otro nombre de la paz es el desarrollo. Igual que existe la responsabilidad colectiva de evitar la guerra, también existe la responsabilidad colectiva de promover el desarrollo ».1046

a) La legítima defensa

500 Una guerra de agresión es intrínsecamente inmoral. En el trágico caso que estalle la guerra, los responsables del Estado agredido tienen el derecho y el deber de organizar la defensa, incluso usando la fuerza de las armas.1049 Para que sea lícito el uso de la fuerza, se deben cumplir simultáneamente unas condiciones rigurosas: « —que el daño causado por el agresor a la Nación o a la comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto; —que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado impracticables o ineficaces; —que se reúnan las condiciones serias de éxito; —que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición. Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común ».1050

Esta responsabilidad justifica la posesión de medios suficientes para ejercer el derecho a la defensa; sin embargo, los Estados siguen teniendo la obligación de hacer todo lo posible para « garantizar las condiciones de la paz, no sólo en su propio territorio, sino en todo el mundo ».1051 No se puede olvidar que « una cosa es utilizar la fuerza militar para defenderse con justicia y otra muy distinta querer someter a otras Naciones. La potencia bélica no legitima cualquier uso militar o político de ella. Y una vez estallada la guerra lamentablemente, no por eso todo es lícito entre los beligerantes ».1052

501 La Carta de las Naciones Unidas, surgida de la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, y dirigida a preservar las generaciones futuras del flagelo de la guerra, se basa en la prohibición generalizada del recurso a la fuerza para resolver los conflictos entre los Estados, con excepción de dos casos: la legítima defensa y las medidas tomadas por el Consejo de Seguridad, en el ámbito de sus responsabilidades, para mantener la paz. En cualquier caso, el ejercicio del derecho a defenderse debe respetar « los tradicionales límites de la necesidad y de la proporcionalidad ».1053

Una acción bélica preventiva, emprendida sin pruebas evidentes de que una agresión está por desencadenarse, no deja de plantear graves interrogantes de tipo moral y jurídico. Por tanto, sólo una decisión de los organismos competentes, basada en averiguaciones exhaustivas y con fundados motivos, puede otorgar legitimación internacional al uso de la fuerza armada, autorizando una injerencia en la esfera de la soberanía propia de un Estado, en cuanto identifica determinadas situaciones como una amenaza para la paz.

b) Defender la paz


503 Los miembros de las fuerzas armadas están moralmente obligados a oponerse a las órdenes que prescriben cumplir crímenes contra el derecho de gentes y sus principios universales.1056 Los militares son plenamente responsables de los actos que realizan violando los derechos de las personas y de los pueblos o las normas del derecho internacional humanitario. Estos actos no se pueden justificar con el motivo de la obediencia a órdenes superiores.

Los objetores de conciencia, que rechazan por principio la prestación del servicio militar en los casos en que sea obligatorio, porque su conciencia les lleva a rechazar cualquier uso de la fuerza, o bien la participación en un determinado conflicto, deben estar disponibles a prestar otras formas de servicio: « Parece razonable que las leyes tengan en cuenta, con sentido humano, el caso de los que se niegan a tomar las armas por motivo de conciencia y aceptan al mismo tiempo servir a la comunidad humana de otra forma ».1057

c) El deber de proteger a los inocentes

504 El derecho al uso de la fuerza en legítima defensa está asociado al deber de proteger y ayudar a las víctimas inocentes que no pueden defenderse de la agresión. En los conflictos de la era moderna, frecuentemente al interno de un mismo Estado, también deben ser plenamente respetadas las disposiciones del derecho internacional humanitario. Con mucha frecuencia la población civil es atacada, a veces incluso como objetivo bélico. En algunos casos es brutalmente asesinada o erradicada de sus casas y de la propia tierra con emigraciones forzadas, bajo el pretexto de una « limpieza étnica » 1058 inaceptable. En estas trágicas circunstancias, es necesario que las ayudas humanitarias lleguen a la población civil y que nunca sean utilizadas para condicionar a los beneficiarios: el bien de la persona humana debe tener la precedencia sobre los intereses de las partes en conflicto.


506 Los conatos de eliminar enteros grupos nacionales, étnicos, religiosos o lingüísticos son delitos contra Dios y contra la misma humanidad, y los autores de estos crímenes deben responder ante la justicia.1061 El siglo XX se ha caracterizado trágicamente por diversos genocidios: el de los armenios, los ucranios, los camboyanos, los acaecidos en África y en los Balcanes. Entre ellos sobresale el holocausto del pueblo hebreo, la Shoah: « Los días de la shoah han marcado una verdadera noche en la historia, registrando crímenes inauditos contra Dios y contra el hombre ».1062

La Comunidad Internacional en su conjunto tiene la obligación moral de intervenir a favor de aquellos grupos cuya misma supervivencia está amenazada o cuyos derechos humanos fundamentales son gravemente violados. Los Estados, en cuanto parte de una Comunidad Internacional, no pueden permanecer indiferentes; al contrario, si todos los demás medios a disposición se revelaran ineficaces, « es legítimo, e incluso obligado, emprender iniciativas concretas para desarmar al agresor ».1063 El principio de la soberanía nacional no se puede aducir como pretexto para impedir la intervención en defensa de las víctimas.1064 Las medidas adoptadas deben aplicarse respetando plenamente el derecho internacional y el principio fundamental de la igualdad entre los Estados.

La Comunidad Internacional se ha dotado de un Tribunal Penal Internacional para castigar a los responsables de actos particularmente graves: crímenes de genocidio, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra, crimen de agresión. El Magisterio no ha dejado de animar repetidamente esta iniciativa.1065

e) El desarme

508 La doctrina social propone la meta de un « desarme general, equilibrado y controlado ».1067 El enorme aumento de las armas representa una amenaza grave para la estabilidad y la paz. El principio de suficiencia, en virtud del cual un Estado puede poseer únicamente los medios necesarios para su legítima defensa, debe ser aplicado tanto por los Estados que compran armas, como por aquellos que las producen y venden.1068 Cualquier acumulación excesiva de armas, o su comercio generalizado, no pueden ser justificados moralmente; estos fenómenos deben también juzgarse a la luz de la normativa internacional en materia de no-proliferación, producción, comercio y uso de los diferentes tipos de armamento. Las armas nunca deben ser consideradas según los mismos criterios de otros bienes económicos a nivel mundial o en los mercados internos.1069

El Magisterio, también ha formulado una valoración moral del fenómeno de la disuasión: « La acumulación de armas es para muchos como una manera paradójica de apartar de la guerra a posibles adversarios. Ven en ella el más eficaz de los medios, para asegurar la paz entre las Naciones. Este procedimiento de disuasión merece severas reservas morales. La carrera de armamentos no asegura la paz. En lugar de eliminar las causas de guerra, corre el riesgo de agravarlas ».1070 Las políticas de disuasión nuclear, típicas del período de la llamada Guerra Fría, deben ser sustituidas por medidas concretas de desarme, basadas en el diálogo y la negociación multilateral.

509 Las armas de destrucción masiva —biológicas, químicas y nucleares— representan una amenaza particularmente grave; quienes las poseen tienen una enorme responsabilidad delante de Dios y de la humanidad entera.1071 El principio de la no-proliferación de armas nucleares, junto con las medidas para el desarme nuclear, así como la prohibición de pruebas nucleares, constituyen objetivos estrechamente unidos entre sí, que deben alcanzarse en el menor tiempo posible por medio de controles eficaces a nivel internacional.1072 La prohibición de desarrollar, producir, acumular y emplear armas químicas y biológicas, así como las medidas que exigen su destrucción, completan el cuadro normativo internacional para proscribir estas armas nefastas,1073 cuyo uso ha sido explícitamente reprobado por el Magisterio: « Toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de extensas regiones junto con sus habitantes, es un crimen contra Dios y la humanidad que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones ».1074

f) La condena del terrorismo

513 El terrorismo es una de las formas más brutales de violencia que actualmente perturba a la Comunidad Internacional, pues siembra odio, muerte, deseo de venganza y de represalia.1078 De estrategia subversiva, típica sólo de algunas organizaciones extremistas, dirigida a la destrucción de las cosas y al asesinato de las personas, el terrorismo se ha transformado en una red oscura de complicidades políticas, que utiliza también sofisticados medios técnicos, se vale frecuentemente de ingentes cantidades de recursos financieros y elabora estrategias a gran escala, atacando personas totalmente inocentes, víctimas casuales de las acciones terroristas.1079 Los objetivos de los ataques terroristas son, en general, los lugares de la vida cotidiana y no objetivos militares en el contexto de una guerra declarada. El terrorismo actúa y golpea a ciegas, fuera de las reglas con las que los hombres han tratado de regular sus conflictos, por ejemplo mediante el derecho internacional humanitario: « En muchos casos se admite como nuevo sistema de guerra el uso de los métodos del terrorismo ».1080 No se deben desatender las causas que originan esta inaceptable forma de reivindicación. La lucha contra el terrorismo presupone el deber moral de contribuir a crear las condiciones para que no nazca ni se desarrolle.

514 El terrorismo se debe condenar de la manera más absoluta. Manifiesta un desprecio total de la vida humana, y ninguna motivación puede justificarlo, en cuanto el hombre es siempre fin, y nunca medio. Los actos de terrorismo hieren profundamente la dignidad humana y constituyen una ofensa a la humanidad entera: « Existe por tanto, un derecho a defenderse del terrorismo ».1081 Este derecho no puede, sin embargo, ejercerse sin reglas morales y jurídicas, porque la lucha contra los terroristas debe conducirse respetando los derechos del hombre y los principios de un Estado de derecho.1082 La identificación de los culpables debe estar debidamente probada, ya que la responsabilidad penal es siempre personal y, por tanto, no se puede extender a las religiones, las Naciones o las razas a las que pertenecen los terroristas. La colaboración internacional contra la actividad terrorista « no puede reducirse sólo a operaciones represivas y punitivas. Es esencial que incluso el recurso necesario a la fuerza vaya acompañado por un análisis lúcido y decidido de los motivos subyacentes a los ataques terroristas ».1083 Es necesario también un compromiso decidido en el plano « político y pedagógico » 1084 para resolver, con valentía y determinación, los problemas que en algunas dramáticas situaciones pueden alimentar el terrorismo: « El reclutamiento de los terroristas resulta más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran durante demasiado tiempo ».1085

515 Es una profanación y una blasfemia proclamarse terroristas en nombre de Dios: 1086 de ese modo se instrumentaliza, no sólo al hombre, sino también a Dios, al creer que se posee totalmente su verdad, en vez de querer ser poseídos por ella. Definir « mártires » a quienes mueren cumpliendo actos terroristas es subvertir el concepto de martirio, ya que éste es un testimonio de quien se deja matar por no renunciar a Dios y a su amor, no de quien asesina en nombre de Dios.

Ninguna religión puede tolerar el terrorismo ni, menos aún, predicarlo.1087 Las religiones están más bien comprometidas en colaborar para eliminar las causas del terrorismo y promover la amistad entre los pueblos.1088

IV. LA APORTACIÓN DE LA IGLESIA A LA PAZ

517 La Iglesia enseña que una verdadera paz es posible sólo mediante el perdón y la reconciliación.1092 No es fácil perdonar a la vista de las consecuencias de la guerra y de los conflictos, porque la violencia, especialmente cuando llega « hasta los límites de lo inhumano y de la aflicción »,1093 deja siempre como herencia una pesada carga de dolor, que sólo puede aliviarse mediante una reflexión profunda, leal, valiente y común entre los contendientes, capaz de afrontar las dificultades del presente con una actitud purificada por el arrepentimiento. El peso del pasado, que no se puede olvidar, puede ser aceptado sólo en presencia de un perdón recíprocamente ofrecido y recibido: se trata de un recorrido largo y difícil, pero no imposible.1094

518 El perdón recíproco no debe anular las exigencias de la justicia, ni mucho menos impedir el camino que conduce a la verdad: justicia y verdad representan, en cambio, los requisitos concretos de la reconciliación. Resultan oportunas las iniciativas que tienden a instituir Organismos judiciales internacionales. Semejantes Organismos, valiéndose del principio de jurisdicción universal y apoyados en procedimientos adecuados, respetuosos de los derechos de los imputados y de las víctimas, pueden encontrar la verdad sobre los crímenes perpetrados durante los conflictos armados.1095 Es necesario, sin embargo, ir más allá de la determinación de los comportamientos delictivos, ya sean de acción o de omisión, y de las decisiones sobre los procedimientos de reparación, para llegar al restablecimiento de relaciones de recíproco entendimiento entre los pueblos divididos, en nombre de la reconciliación.1096 Es necesario, además, promover el respeto del derecho a la paz: este derecho « favorece la construcción de una sociedad en cuyo seno las relaciones de fuerza se sustituyen por relaciones de colaboración con vistas al bien común ».1097



Mensaje del Papa

 PARA LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

Ciudad del Vaticano, 12 diciembre 2013 (VIS).-


1. En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo gracias a las responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en particular del padre y de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería contagiar al mundo con su amor.

El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros. Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación.

En muchas partes del mundo, continuamente se lesionan gravemente los derechos humanos fundamentales, sobre todo el derecho a la vida y a la libertad religiosa. El trágico fenómeno de la trata de seres humanos, con cuya vida y desesperación especulan personas sin escrúpulos, representa un ejemplo inquietante. A las guerras hechas de enfrentamientos armados se suman otras guerras menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el campo económico y financiero con medios igualmente destructivos de vidas, de familias, de empresas.

La globalización, como ha afirmado Benedicto XVI, nos acerca a los demás, pero no nos hace hermanos. Además, las numerosas situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura de la solidaridad. Las nuevas ideologías, caracterizadas por un difuso individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, fomentando esa mentalidad del “descarte”, que lleva al desprecio y al abandono de los más débiles, de cuantos son considerados “inútiles”. Así la convivencia humana se parece cada vez más a un mero do ut des pragmático y egoísta.

Al mismo tiempo, es claro que tampoco las éticas contemporáneas son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad, ya que una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse "prójimo" que se preocupa por el otro.
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sábado, 7 de diciembre de 2013

El compromiso de los católicos en la vida pública y en la regeneración ética






Mons. D. Fernando Sebastián Aguilar
Obispo Emérito de Pamplona y Tudela
Expresidente de la Fundación Pablo VI

11 de Septiembre de 2013
XXI Curso de Doctrina Social de la Iglesia
Fundación Pablo VI

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Porque cuando hablamos del compromiso de los católicos en la vida pública, nos referimos a un compromiso específico, un compromiso que proviene de la condición de católico, propio de los católicos y que supone además una influencia de la fe católica en la actuación y en las aportaciones de los cristianos a la vida pública.

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jueves, 5 de diciembre de 2013

Cardenal venezolano insta a votar

El Card. Urosa llamó a los venezolanos a ejercer su derecho al voto libre y secreto

Caracas (Venezuela) (AICA): 4-12-13

El arzobispado de Caracas, Venezuela, cardenal Jorge Urosa, llamó a la población a participar en las elecciones municipales del 8 de diciembre para ejercer su derecho al voto libre y secreto; y recordó al Consejo Nacional Electoral su obligación a garantizar la imparcialidad, confiabilidad y transparencia de los comicios.

“Votar es una seria obligación moral. Se trata de fortalecer la democracia y garantizar el bien común de los venezolanos en cada uno de los Municipios. Estamos todos llamados a participar activa, decidida y solidariamente ¡Es la hora de votar!”, expresó el arzobispado en un comunicado.

El purpurado recordó “que el voto es secreto. Rechacemos las amenazas indebidas. El voto libre es un derecho que debemos ejercer con valentía, decisión y de acuerdo con nuestra conciencia”.

“El Consejo Nacional Electoral está obligado a aplicar las medidas necesarias para que los comicios, tanto en su preparación como en su ejecución, se efectúen con todas las garantías de imparcialidad, confiabilidad y transparencia. Se debe impedir absolutamente cualquier ventajismo, especialmente el uso de recursos del Estado para favorecer el triunfo de una parcialidad política”, afirmó.

Asimismo, recordaron a los fieles que la violencia de cualquier clase “no es cristiana” y por tanto “es un comportamiento inaceptable, y debe ser totalmente excluida durante el final de la campaña electoral y, sobre todo, el día de las elecciones”.

“Todos, especialmente los diversos actores políticos, los organismos del Estado y, en particular, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana cumpliendo su deber constitucional y ejecutando con imparcialidad el Plan República, están obligados a garantizar el orden público y la ausencia de violencia”, señaló el arzobispo junto a sus obispos auxiliares en el comunicado difundido el domingo último.


Finalmente, tras exhortar a los venezolanos a respetar los resultados de las elecciones, invitó a los fieles “a participar en la misa el próximo fin de semana, y a orar intensamente a Jesucristo, Señor de la Historia, por el bien y el futuro del País”.+ 

lunes, 2 de diciembre de 2013

Escapar por la tangente




Mons. Aguer - Arzobispo de La Plata
El Dia, 30-11-13

Nuestro Papa Francisco celebra diariamente la misa en la capilla de la Casa Santa Marta, donde reside, y en la homilía hace un breve comentario del evangelio del día. El 8 de noviembre pasado, el texto presentaba la parábola del administrador infiel (Lucas 16,1-8), que el Santo Padre aplicó al caso actualísimo –y desgraciadamente tan extendido– de la coima. “Se comienza, quizá, con un sobrecito –dijo el Papa– pero es como la droga: se acaba con la enfermedad de acostumbrarse a ella”.

También invitó a rezar “para que el Señor cambie el corazón de los devotos de la diosa coima” y por sus hijos, “tantos niños y muchachos que reciben de sus padres pan sucio, un pan que hace perder la dignidad”. Porque el pan limpio, el auténtico, es el que se gana con el trabajo.

No faltó en el comentario pontificio una alusión a los probables protagonistas del suceso que en la lista clásica de pecados y en buen español se llama cohecho, o soborno: “algunos administradores de empresas, y también administradores públicos, del gobierno… quizá no sean tantos… pero es el comportamiento que toma el camino más corto, más cómodo, para ganarse la vida”.

¡El camino más corto! Precisamente, en italiano –Francisco estaba hablando en italiano– coima se dice tangente (pronunciar tanyente). La tangente es, en geometría, la recta que toca en un punto a una curva, pero el término integra también una expresión bien popular: irse o escapar por la tangente. El diccionario la define así: valerse de un subterfugio o evasiva para salir hábilmente de un apuro. El coimero “toca” al funcionario para agilizar un trámite, para obtener una concesión o licitación.

El sermón papal tuvo una resonancia amplísima, en relación con el fenómeno de la corrupción, que preocupa especialmente en algunos países. Se trata de una deficiencia ética que constituye, cuando se extiende y contagia a muchos, una verdadera lacra social. El corruptor siempre tiene necesidad de un corrupto.

Del Corriere della Sera he obtenido algunos datos sobre lo que ocurre en la península. El servicio Anticorrupción y Transparencia del Ministerio de la Función Pública estima que la corrupción le impone al pueblo italiano una tasa inmoral y oculta que supera los cincuenta mil millones de euros.

Otras opiniones autorizadas consideran que en tiempos de crisis como los actuales se puede razonablemente temer que el impacto social de la coima incida sobre el desarrollo económico del país.

Se ha calculado también que los “sobrecitos” hacen elevar en un cuarenta por ciento el costo de las grandes obras; en el programa de infraestructuras estratégicas 2013-2015 el cómputo del sobreprecio llega a noventa y tres mil millones, lo que equivale a casi seis puntos del producto bruto interno. Puesto que el costo de la coima lo pagan todos, grava el presupuesto de cada familia, como término medio, en unos cinco mil euros por año.

Una encuesta reciente revelaba que en 2012 un doce por ciento de los italianos, casi uno sobre ocho, había recibido un pedido, más o menos explícito, de “tangente”. Un último dato: ha disminuido escandalosamente el número de condenas por corrupción, peculado, concusión y abuso del oficio, y cuando las ha habido, las penas han sido levísimas.

¿Y por casa cómo andamos? No he podido acceder a datos vertidos públicamente con tanta seguridad como en el caso de Italia; si existen investigaciones y cálculos ciertos podrían disipar o confirmar la convicción pesimista, y generalizada, de que no nos quedamos atrás en el arte de “arreglar de otra manera” nuestras dificultades.

Los “arreglos” que se traban en los altos niveles cuando está en juego la realización de obras faraónicas que implican enormes inversiones, tienen su réplica popular en la oferta de un favor para aliviar los numerosos trámites que fastidian la vida cotidiana de cualquier ciudadano.

Consolémonos pensando que el problema es mundial. Pero todo tiene su límite, también la inmoralidad. En la economía moderna se puede reconocer que la diferencia entre comisión –que puede ser legal– y coima es análoga a la que existe entre préstamo a interés y usura.

Me han contado que en los Estados Unidos existen sanciones, por ejemplo no poder contratar con el Estado, para las compañías que se exceden más allá del cinco por ciento en el pago de comisiones ilegales; a ese porcentaje tolerado lo llaman “fondo de víboras”.


Debemos hacer nuestra la inquietud del papa Francisco. Nos preocupa actualmente la invasión del narcotráfico y sus consecuencias corruptoras, destructivas. Pero tendríamos que ocuparnos también, muy seriamente, de superar el vicio social de escapar por la tangente.+ 

IGLESIA: PRESENTE DONDE SE DECIDE EL FUTURO




Ciudad del Vaticano, 2 diciembre 2013 (VIS).-

El Papa Francisco recibió hoy en audiencia a un grupo de prelados de la Conferencia Episcopal de los Países Bajos en visita “ad limina”. El Santo Padre ha centrado sus palabras en cómo acompañar a las personas que sufren el vacío espiritual y están buscando el sentido de la vida. “Escuchándoles, -ha dicho- para compartir con ellos la esperanza, la alegría, la capacidad de seguir hacia delante que Jesucristo nos ofrece”.

La Iglesia -ha continuado- no sólo propone verdades morales inmutables y actitudes contra corriente en el mundo, sino que las ofrece como la clave para un buen desarrollo humano y social. Los cristianos tienen una misión especial para afrontar este reto. La educación de la conciencia se convierte en una prioridad, especialmente a través de la formación de un juicio crítico, aún teniendo un enfoque positivo sobre las realidades sociales. Se evita de esta manera la superficialidad de los juicios y la resignación de la indiferencia”.

En la sociedad de los Países Bajos, “fuertemente caracterizada por la secularización”, el Papa ha invitado a los prelados a “estar presentes también en el debate público, en todos los ámbitos en los que está en causa el ser humano, para hacer visible la misericordia de Dios y su ternura por cada criatura...Como he afirmado a menudo, la Iglesia se expande no con el proselitismo, sino con la atracción. Está enviada a todos los lugares para despertar y mantener la esperanza. De ahí la importancia de alentar a vuestros fieles a aprovechar las ocasiones de diálogo estando presentes en los lugares en que se decide el futuro; así podrán dar su aportación en los debates sobre las grandes cuestiones sociales relacionadas, por ejemplo, con la familia, el matrimonio, el fin de la vida”.

“En un país rico bajo tantos aspectos, la pobreza afecta a un número creciente de personas. Valorizad la generosidad de los fieles para llevar la luz y la compasión de Cristo a los lugares donde la esperan y, en particular, a las personas más marginadas. Además, la escuela católica, dando a los jóvenes una sólida educación, seguirá favoreciendo su formación humana y espiritual en un espíritu de diálogo y fraternidad con aquellos que no comparten su fe”.

Después de reafirmar la importancia de “avanzar por el camino del ecumenismo” el Santo Padre ha recordado a los obispos que el futuro y la vitalidad de la Iglesia en los Países Bajos depende también de las vocaciones sacerdotales y religiosas, haciendo hincapié en que es “imprescindible” que estén cerca de su presbiterio, escuchándoles y guiándoles si lo necesitan. “No olvidéis -ha añadido- de salir también al encuentro de los que no se acercan; algunos de ellos,desgraciadamente, no han cumplido su compromiso”.


“De forma particular -ha añadido- quiero expresar mi compasión y asegurar mis oraciones a cada una de las personas víctimas de abusos sexuales y a sus familias; os pido que continuéis ayudándolas en su doloroso camino de curación , emprendido con valor”.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Respuesta del Dr. Javier Anzoátegui

   


A LA SOLICITUD QUE ESTÁN HACIENDO LLEGAR A TODOS LOS JUECES PARA QUE RETIREN LOS CRUCIFIJOS
  

Buenos Aires, noviembre 26 de 2013.

Estimados señores de la "Asociación por los Derechos
Civiles" y de la "Asociación Pensamiento Penal".-

Esta es mi respuesta a vuestro escrito del mes de septiembre de 2013, mediante el cual requieren el retiro de las imágenes religiosas' de los tribunales. Como es la única de tal carácter que suele presidir las salas y los despachos judiciales, entiendo que el pedido está enderezado a la supresión de la imagen del Crucificado. Ciertamente, la estatua de la diosa Justicia ubicada en el hall de entrada del Palacio de Tribunales no incomoda a nadie, tal vez porque la religión de la antigua Grecia ha muerto definitivamente.

Las consideraciones que siguen son hechas sin perjuicio de entender que la decisión acerca de este asunto no es competencia de un Tribunal en particular, y ni siquiera de la Corte Suprema de Justicia de la Nación como cabeza del Poder Judicial. A mi juicio es claro que, más allá de las previsiones normativas vigentes y sobre las que hablaré, la forma y grado de vinculación entre el Estado y la religión mayoritaria de la Nación debe responder a una política general, expresada por medio de una ley. Esto evitará que se suscite la percepción de que se trata de una resolución que ha tomado la corporación de los jueces cuando, al afectar a todos, debería ser adoptada en forma democrática. Además, neutralizará la posibilidad de que los distintos poderes estatales emitan disposiciones, contradictorias sobre el mismo tema y sobre otros que están íntimamente vinculados a él. De lo contrario, podría darse la paradoja, por ejemplo, de un Poder Judicial militantemente ateo y un Poder Ejecutivo cuasi-confesional, según el gusto o la modalidad de quienes circunstancialmente tengan a su cargo dichos estamentos. Como se puede advertir con facilidad, esto provocaría una justificada confusión en la ciudadanía.

Aclarado esto, diré que encuentro varias razones, vinculadas a la costumbre, la ley y la realidad social de nuestro país, que explican la presencia de los crucifijos en las salas de los tribunales. Si bien no hay norma legal ni reglamentaria que lo disponga, esta tradición -que la Argentina heredó de España- se ha mantenido inalterable desde el primer gobierno patrio y, puntualmente, desde el establecimiento de la Corte Suprema de Justicia de la Nación en 1863, es decir, hace exactamente 150 años.

Nuestro pueblo nació católico y sigue ligado a Cristo de una manera entrañable. La referencia que se impone en la actualidad es que el Papa -igual que Dios, dirá alguno- es argentino. Más allá de esto, que es circunstancial, resulta innegable que toda nuestra Patria está atravesada por la presencia de Cristo, su Madre y sus seguidores. El símbolo que ustedes piden que se retire de los tribunales designa nada menos que a una provincia; el nombre de otra recuerda la Fe de nuestro pueblo; la capital de la Nación responde a una advocación de la madre del Salvador; ciudades, pueblos, barrios, parajes, lagos, ríos, montañas, tormentas: por más que uno quiera escapar, en el rincón más lejano del territorio nacional el recuerdo del Galileo surge insistente.

Aun cuando la mayoría de los católicos no practica la religión asiduamente, la tasa de bautismos en nuestro país es del 88 %. Las demostraciones populares de Fe siguen siendo multitudinarias. Sólo este año han peregrinado a Luján más de un millón y medio de personas; trescientas mil asistieron a la beatificación del Cura Brochero en Córdoba y seiscientas mil concurrieron a la Fiesta del Milagro en Salta. Muchos feriados nacionales obedecen a fiestas de precepto de la Iglesia Cat6lica. Baste mencionar por todos el de Semana Santa, que conmemora, precisamente, la Muerte en cruz de Cristo y su Resurrección.

En el plano normativo, la tradición de la que vengo hablando se ha puesto de manifiesto en forma explicita, primeramente, en la Constitución Nacional, que obliga al Gobierno Federal al sostenimiento del culto cat6lico apostólico romano (art. 2). Ustedes pretenden que alli se prevé sólo un apoyo de carácter econ6mico, pero no es esa la opinión del propio Alberdi, que afirmó que no era posible hablar de sostenimiento del culto "sin hablar de adopción, como si el Estado pudiera tomar a su cargo el mantenimiento que no fuera el suyo". En última instancia, es claro que la norma evidencia la posición de privilegio que el Estado Nacional reconoce al catolicismo. Esto ha sido expresado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación justamente en los cuatro precedentes que han sido mencionados en vuestra presentación. A modo de ejemplo, en la sentencia del caso "Correa" (Fallos 53:188) la Corte afirmó que era "innegable la preeminencia consignada en la Constitución Nacional en favor del culto católico, apostólico, romano". Lo que dicen la Constitución, su mentor y las sentencias judiciales también surge de numerosas normas legales. El art. 14, inc. Lº, del Código Civil dispone, verbigracia, que las leyes extranjeras no serán válidas en el país "Cuando su aplicación se oponga al derecho público o criminal de la República, a la religión del Estado, a la tolerancia de cultos o a la moral y las buenas costumbres". Y en la nota a este artículo el codificador aclara que se refiere a "Leyes, por ejemplo, en odio al culto católico, o que permiten matrimonios que la Iglesia Católica condena". El arto 33 del mismo código, ratificando la preeminencia de la que hablaba, establece que la Iglesia Católica es, a la par del Estado Nacional, de las provincias y de los municipios, una persona jurídica de carácter público. Se trata de un status que la ley argentina no p ha otorgado a ninguna otra institución ni culto admitido.

Ante este panorama, parece claro que deberian existir muy buenas razones para modificar una costumbre que ha  atravesado, no ya el paso de los años, sino el de los siglos. En vuestra presentación se han señalado algunos argumentos en ese sentido. Si no he interpretado mal, el razonamiento alude fundamentalmente al peligro de que la presencia de la cruz genere o fomente alguna clase de discriminación contra los no cristianos.

Vale aclarar preliminarmente que el hecho de que en una sala de audiencias haya colgado un crucifijo no significa que  los jueces sean cristianos, del mismo modo que el hecho de qué, la cruz sea quitada no garantiza que los jueces católicos no vayan a tratar injustamente a los no cristianos. Para evitar la discriminación y la parcialidad -de magistrados católicos o no católicos- la ley prevé remedios sumamente prácticos y eficaces.

Sin perjuicio de esto, me permito señalar que hace treinta años trabajo en el Poder Judicial de la Nación y jamás he sabido de un juez católico que hiciera acepción de personas por razones religiosas. Más allá de mi experiencia personal, lo importante es que, precisamente, nuestra Fe -y la moral en ella fundada- prohíbe cualquier clase de tratamiento desigual que contradiga la virtud de la Justicia. De manera que lo que se presenta como una falencia -el ser explícitos seguidores de Cristo- en realidad es una ventaja para los ciudadanos, porque los jueces católicos no sólo nos sabemos sujetos a las leyes humanas, sino también a las leyes divinas.

Casi como un obiter, pero vinculado al tema que vengo tratando, creo pertinente observar que en vuestro escrito se cita jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos del año 2003, pese a que, como es sabido, sobre esta cuestión puntual se ha dictado un fallo más reciente. Se trata del caso "Lautsi contra Italia", del 18 de marzo de 2011. Allí el referido Tribunal Europeo sostuvo que la imposición normativa de la presencia de crucifijos en las aulas de los centros docentes públicos, si bien implicaba conferir a la religión mayoritaria de un país una visibilidad preponderante en el ámbito escolar, era una medida que no violentaba ninguna disposición de la Convención Europea de Derechos Humanos.

Puede que uno tenga infinidad de reparos y prevenciones contra la Iglesia católica, y muchos de ellos quizás estén justificados, porque la Iglesia está compuesta mayoritariamente por hombres pecadores. Pero en verdad no se trata aquí de la Iglesia y de su relación con el Estado, sino exclusivamente de la persona de Cristo. En otras palabras, se trata de establecer si es admisible que el Estado argentino, en cuanto tal, tenga a Cristo por modelo o ejemplo. Esto ha sido así, como hemos visto, desde los orígenes de la Patria, y no debería ser tomado a mal por nadie que mire el asunto con objetividad. Quizás haya algunos que piensan que la muerte en cruz de Jesucristo y su Resurrección no son hechos reales, sino sólo un mito. Aún en ese caso, fuerza es admitir que se trataría de un mito no sólo bello, sino sumamente aleccionador. En la peor de las hipótesis, sería un mito absolutamente inocuo.

Digo que es aleccionador, porque la cruz pone ante los ojos de los jueces -durante el juicio y antes de dictar sentencia- la imagen paradigmática del condenado inocente; y porque, además, coloca frente a los acusados a quien sufrió la injusticia en grado sumo y triunfó sobre ella. Afirmo que, en último caso, sería inocuo, porque no se advierte que la presencia de la cruz en los lugares públicos pueda dañar a nadie. Ciertamente, no ofenderá a los cristianos, que la adoramos; no debería perturbar a los judíos, porque el Crucificado es, a fin de cuentas, de los suyos; no a los musulmanes, toda vez que Cristo es para ellos un gran profeta; tampoco a los agnósticos, pues sería extraño que alguien considerara pernicioso el ejemplo de un hombre justo, condenado a muerte por la espuria alianza del poder político y el poder religioso de la época, acusado de crímenes tales como predicar el amor al prójimo y a los enemigos, resucitar muertos, dar la vista a los ciegos, curar a leprosos y paralíticos, privilegiar a los pobres y excluidos, denunciar la hipocresía de los gobernantes, proclamar que sólo la verdad nos hace libres, exaltar la humildad, salvar a una mujer de la lapidación y exhortar a que perdonemos a los que nos ofenden.

Observo, sin embargo, que el interés en suprimir de los tribunales la imagen del Crucificado y no la de la diosa Justicia, pareciera poner de manifiesto la convicción de que sólo la última es una figura mitológica.

Les pido disculpas por una respuesta que debió ser menos extensa y los saludo con atención.

JAVIER ANZOÁTEGUI
Juez del Tribunal Oral

  en lo Criminal N° 2