martes, 5 de junio de 2018

Arquidiócesis de la Plata




 Extraño y triste reemplazo de Mons. Aguer por Mons. Fernández


Nada más cumplir Aguer 75 años el pasado 24 de mayo, presentó su renuncia como está estipulado, y al Vaticano le faltó tiempo para aceptársela, lo que no es demasiado común.

Menos común, y bastante triste, es lo que ha seguido. El encargado de negocios de la Nunciatura en Argentina, al tiempo que le anunciaba que su renuncia había sido aceptada, le transmitió otras instrucciones bastante más duras: la misa de Corpus Christi, en la que pronunció su homilía de despedida, sería su última liturgia pública; no iba a ocuparse de la diócesis en funciones hasta la llegada de Fernández, sino que se nombraba administrador apostólico a Mons. Bochatey; debía irse de la arquidiócesis inmediatamente después de la celebración, no podrá residir en ella como arzobispo emérito, una ‘deportación’ en toda regla, ni tampoco se ocupará del traspaso de la sede a su sucesor.

En un pontificado que se pretende centrado en la misericordia, es forzoso advertir que se trata de una compasión bastante selectiva. Aguer, literalmente, no tiene dónde ir. Sus planes eran, como no es extraño entre los obispos eméritos, permanecer en la que ha sido todos estos años su diócesis, residiendo en el ex-seminario menor de La Plata.

El futuro personal de Aguer a sus 75 años se presentaba, en fin, tan incierto, que al final de su última misa del Corpus, el obispo ortodoxo de la ciudad, presente durante la celebración, tomó el micrófono y le ofreció a Aguer alojarse en su propia casa.

(Fuente: Carlos Esteban - Infovaticana, 05 junio, 2018)


ISABEL LA CATÓLICA


Se reactiva el proceso de canonización 

Aica,  5 Jun 2018

Organizado por la comisión de Beatificación de Isabel la Católica, se llevará a cabo en la ciudad de Valladolid, durante los días 15 al 19 de octubre venidero, un simposio sobre “Isabel la Católica y la evangelización de América” que será presentado como una muestra de la reactivación del proceso de canonización de la Reina.

El simposio contará con la presencia del vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina (CAL), Guzmán Carriquiry; el arzobispo de Valladolid, cardenal Ricardo Blázquez Pérez; el obispo de Toledo, monseñor Braulio Rodríguez Plaza; la rectora de la Universidad Católica de Ávila y el rector de la Universidad Católica de La Plata en la Argentina.

El encuentro incluye la visita a los “lugares isabelinos” entre los que se encuentran Madrigal de las Altas Torres, Medina del Campo y el Museo Nacional de Escultura.

El simposio también contará con la presencia del obispo auxiliar de Valladolid, monseñor Luis Javier Argüello García, quien se encargará del saludo inicial. La celebración eucarística de clausura será presidida por el cardenal Blázquez.

“Queremos la canonización de la reina Isabel de Castilla, que entregó su vida a Dios, buscando extender la fe Católica”, expuso la Comisión de Beatificación de Isabel la Católica. “Sus virtudes son conocidas y veneradas por todo el mundo”.

La causa de beatificación de la Reina Isabel I de Castilla, conocida como Isabel la Católica, se inició en 1958 en la arquidiócesis de Valladolid, España, debido a que en este lugar se produjo el fallecimiento de la Reina. La causa concluyó su fase diocesana en 1972 y desde entonces se encuentra en Roma para la consideración de la Congregación para las Causas de los Santos.

Hasta el presente no hay un dictamen definitivo por parte de la Comisión Teológica y de superarse esta etapa quedaría a consideración de la Comisión de cardenales y obispos, quienes recomendarían al Papa un posible reconocimiento de la heroicidad de las virtudes y su declaración como Venerable.+

martes, 29 de mayo de 2018

Significado de unas canonizaciones y el valor permanente de la santidad



Ecclesia, 29-5-18

La misión de la Iglesia es evangelizar. Y el baremo, la medida y la fecundidad de la evangelización –que es siempre obra y don de Dios- pasa por la autenticidad, credibilidad y coherencia de los servidores de la Iglesia, de los evangelizadores, quienes, solo evangelizan de veras siendo ellos mismos, y en primera persona, evangelizados. La evangelización es para insertarnos en el plan salvífico de Dios y para contribuir a la llegada de su Reino. De este modo, evangelización y santidad son realidades no solo estrechamente unidas, sino inseparables. Y así nos lo acaba de glosar el Papa Francisco, en su hermosa exhortación apostólica Gaudete et exsultate (ecclesia, número 3.932, páginas 21 a 40).

Refrescamos ahora estas ideas  a propósito de las canonizaciones, anunciadas para el domingo 14 de octubre, del Papa Pablo VI y del arzobispo Óscar Romero. ¿Y qué interpelaciones nos ofrecen estas nuevas canonizaciones, a las que se sumarán otras cuatro, entre ellas la de una española?  En primer lugar,  recordar que la vocación cristiana a la santidad es algo neurálgico, esencial, vital para todos los bautizados. Y en este camino, en esta tarea, los santos, como reza la liturgia, nos ofrecen un “testimonio admirable”, “nos estimulan con su ejemplo y nos ayudan con su intercesión”. Además, mediante ellos, Dios “fecunda sin cesar a su Iglesia, con vitalidad siempre nueva”.

En segundo lugar, la santidad oficialmente reconocida por la Iglesia –al igual que la de la multitud inmensa de todos los santos, de todos los bienaventurados-  redunda en la gloria de Dios y sirve al bien de los demás. Una canonización es alabanza al Dios tres veces santo y fuente de la santidad. Es testimonio de que Dios, el Dios de los cristianos, existe y es amor, bondad, belleza y santidad. Es un reconocimiento al ejemplo de las vidas de los canonizados. Y,  a su vez, un testimonio de que hombres y mujeres, por gracia de Dios y por fidelidad a Él, han sabido transmitir en y con sus vidas rayos, reflejos y atisbos de la grandeza, belleza y la bondad de Dios, quien así, además, sigue dándonos “pruebas evidentes de su amor”.

En tercer lugar, aun cuando toda canonización es personal e intransferible y solo a la persona declarada santa es a quien se debe venerar e imitar, también, por el  citado valor ejemplarizante de la santidad, el periodo histórico en que esta persona fraguó y granó su vocación cristiana queda iluminado. En este sentido, resultan más que significativas dos evidencias. La primera es el hecho de que dos coetáneos –y contemporáneos nuestros-, Pablo VI y Romero, cuyas muertes apenas distan veinte meses, sean canonizados y lo vayan a ser en una misma celebración. Sus vidas y sus ministerios eclesiales encuentran en el Concilio Vaticano II y en el primer postconcilio un obvio punto de unión y una inexcusable  y gozosa referencia.  Su canonización de ahora no “canoniza”, como es también evidente y queda explicado, a aquella época, pero sí nos muestra cómo fue vivida de manera ejemplar y heroica por dos de sus mejores testigos y principales protagonistas.

Y si a ello añadimos el hecho de que también son santos el Papa que convocó el Vaticano II (san Juan XXIII) y el que guió su segunda aplicación (san Juan Pablo II), nos encontraremos con la certidumbre de que Dios quiso servirse de estas personas –también de otras- para hacernos entender su asistencia y su voluntad sobre el decurso y las modalidades y las apuestas concretas del servicio de la Iglesia a la humanidad. De cómo, sí,  el Vaticano II fue un extraordinario don. Y de cómo, en la pluralidad sinfónica de estas vidas cristianas y de sus distintas  y admirables respuestas personales a la santidad, con toda su hermosa y enriquecedora variedad de matices y de acentos, hallaremos luz y sendero para los retos de la misión evangelizadora de la hora presente.

Así, pues, ¿cómo afrontar hoy la misión evangelizadora en medio de una sociedad descreída, desigual e injusta, “magnífica y atormentada”, que dijera el Concilio? No con ideologías o banderías, sino mediante la santidad. Santidad que sigue siendo, desde el amor y la centralidad de Jesucristo y desde la escucha a los signos de los tiempos, amar y servir apasionadamente a la Iglesia y a la entera humanidad, sobre todo a la más necesitada y preterida.

sábado, 26 de mayo de 2018

Jornada de ayuno y oración


La Iglesia en Argentina comenzó, desde el domingo de la Ascensión del Señor hasta el domingo de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, un tiempo especial de oración pidiendo al Señor que conceda luz y sabiduría a nuestros corazones para ser ciudadanos que cuidemos la vida desde su concepción hasta el final de la misma. 

En los próximos días se darán en el Congreso de la Nación instancias legislativas en las que se debatirá el proyecto para la legalización del aborto.  Por eso queremos profundizar nuestro compromiso de rezar unidos invitando a una JORNADA DE AYUNO Y ORACIÓN para el jueves  7 de junio. Pedimos que el Señor ilumine la mente y el corazón de los que tienen que legislar acerca del valor y el significado de la vida humana.

La Iglesia nos enseña que el ayuno es una oportunidad para dominar nuestro orgullo, reconocer y agradecer los dones que vienen de Dios e imitar su generosidad compartiendo nuestros bienes con los necesitados. 

En esta JORNADA DE AYUNO Y ORACIÓN queremos valorar y cuidar el don de la vida, estando más disponibles y abiertos con aquellos cuya dignidad se ve vulnerada.
¡Qué el Señor de la Vida nos sostenga en nuestro caminar!

23-5-2018

jueves, 24 de mayo de 2018

Papa Francisco



 “¡No es pecado criticar al Papa!”

 Discurso ante la 71ª asamblea general de la Conferencia Episcopal Italiana (CEI).

“Os agradezco este encuentro que querría que fuese un momento de diálogo y de reflexión”, ha dicho. “He pensado, tras agradeceros todo el trabajo que hacéis -¡y es bastante!-, compartir con vosotros tres preocupaciones personales, pero no para “daros la lata”, no, sino para decir que me preocupan estas cosas, y luego vosotros veis… Y para daros la palabra de modo que me dirijáis todas las preguntas, las ansias, las críticas -¡no es pecado criticar al Papa aquí! No es pecado, se puede hacer- y las inspiraciones que lleváis en el corazón”.

Infovaticana,  24 mayo, 2018


sábado, 19 de mayo de 2018

El problema de Chile, mucho más que Barros y Karadima




INFOVATICANA 18 mayo, 2018

El Papa lamenta en su escrito reservado entregado a los obispos de Chile que “constan en las actas de la “Misión especial” graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habrían confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa.”

Como era previsible, la carta “reservada” que el Papa entregó a los obispos de Chile en el curso de las reuniones privadas celebradas en Roma a raíz de la crisis provocada por el ‘caso Barros’ ha saltado a la luz pública. En la misiva, Francisco desgrana lo que a su juicio constituye el verdadero problema de la Iglesia en Chile, mucho más allá del caso Barros y del padre Karadima.

Para Francisco, el verdadero drama de la Iglesia de Chile ha sido “la pérdida de fuerza profética”:

(la Iglesia en Chile) Dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma. Concentró en sí la atención y perdió la memoria de su origen y misión (11). Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención. La dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas (12), deja en evidencia este “cambio de centro eclesial”. Lejos de disminuir ella para que apareciesen los signos del Resucitado el pecado eclesial ocupó todo el escenario concentrando en sí la atención y las miradas.

Que se manifiesta en la actitud ante los crímenes contra menores:

Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas; esto –y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá. Sería irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen.

Y el problema de fondo está, como remarca el Papa, en el incumplimiento de las normas dictadas por San Juan Pablo II sobre la admisión a las órdenes sagradas a personas con tendencias homosexuales profundamente arraigadas:

En la misma línea y para poder corroborar que el problema no pertenece a solo un grupo de personas, en el caso de muchos abusadores se detectaron ya graves problemas en ellos en su etapa de formación en el seminario o noviciado. De hecho, constan en las actas de la “Misión especial” graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habrían confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa.

En cualquier caso, y según publican varios medios chilenos, el detonante de la crisis en Chile, el obispo de Osorno Juan Barros, llegó a Roma el pasado sábado con la renuncia presentada. Queda ver si el Papa la aceptará inmediatamente como se prevé.

La carta íntegra, a la que ha tenido acceso T13 Chile

A continuación, la carta entregada por el Papa a los obispos de Chile durante la reunión celebrada esta semana en Roma:

El pasado 8 de abril, domingo de la Misericordia les envié una carta convocándolos a Roma para dialogar sobre las conclusiones de la visita realizada por la “Misión especial” que tenía como cometido ayudar a encontrar luz para tratar adecuadamente una herida abierta, dolorosa y compleja que desde hace mucho tiempo no deja de sangrar en la vida de tantas personas, y por tanto, en la vida del Pueblo de Dios.

Una herida tratada hasta ahora con una medicina que, lejos de curar parece haberla ahondado más en su espesura y dolor. Debemos reconocer que se realizaron diversas acciones para tratar de reparar el daño y el sufrimiento ocasionados, pero tenemos que ser conscientes que el camino seguido no ha servido de mucho para sanar y curar. Quizás por querer dar vuelta la página demasiado rápido y no asumir las insondables ramificaciones de este mal; o porque no se tuvo el coraje para afrontar las responsabilidades, las omisiones, y especialmente las dinámicas que han permitido que las heridas se hicieran y se perpetuaran en el tiempo; quizá por no tener el temple para asumir como cuerpo esa realidad en la que todos estamos implicados, yo el primero, y que nadie puede eximirse desplazando el problema sobre las espaldas de los otros; o porque se pensó que se podía seguir adelante sin reconocer humilde y valientemente que en todo el proceso se habían cometido errores.

En este sentido, escuchando el parecer de varias personas y constatando la persistencia de la herida, formé una comisión especial para que, con gran libertad de espíritu, de modo jurídico y técnico pudiese brindar un diagnóstico lo más independiente posible y ofrecer una mirada limpia sobre los acontecimientos pasados y sobre el estado actual de la situación.

Este tiempo que se nos ofrece es tiempo de gracia. Tiempo para poder, bajo el impulso del Espíritu Santo y en clima de colegialidad, dar los pasos necesarios para generar la conversión a la que el mismo espíritu nos quiere llevar. Necesitamos un cambio, lo sabemos, lo necesitamos y anhelamos. No solo se lo debemos a nuestras comunidades y a tantas personas que han sufrido y sufren en su carne, los dolores provocados, sino que pertenece a la misión y a la identidad misma de la Iglesia el espíritu de conversión. Dejemos que este tiempo sea tiempo de conversión.

“Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn.3,30). Con estas palabras el último de los grandes profetas, Juan el Bautista, hablaba a sus discípulos cuando, escandalizados, le hacían ver que había alguien que hacía lo mismo que él. Juan consciente de su identidad y misión –él no era el Mesías, pero había sido enviado antes que él (vv.28)- no vaciló en darles una respuesta clara y sin ningún tipo de ambigüedad.

Con este trasfondo de profecía e inspirado en las palabras de este profeta me gustaría dar el “puntapié inicial” para la reflexión fraterna con ustedes durante estos días.

1. Es necesario que él crezca…

Quizás no haya mayor alegría para el creyente que compartir, testimoniar y hacer visible a Jesús y a su Reino. El encuentro con el Resucitado transforma la vida y hace que la fe se vuelva alegremente contagiosa. Es la semilla del Reino de los Cielos que espontáneamente tiende a compartirse, a multiplicarse y que, como a Andrés, nos lleva a correr hacia nuestros hermanos y decir: “hemos encontrado al Mesías (Jn. 1,41). Un Mesías que siempre nos abre horizontes de vida y esperanza. El discípulo se deja lanzar hacia esta aventura por la acción del Espíritu para hacer crecer y esparcir la vida nueva que Jesús nos ofrece. Esta acción no la podemos identificar nunca con proselitismo o conquista de espacios, sino como la invitación alegre a la vida nueva que Jesús nos regala. “Es necesario que Él crezca” es lo que palpita en el corazón del discípulo porque experimentó que Jesucristo es oferta de vida buena. Sólo Él es capaz de salvar.

La Iglesia en Chile sabe de esto. La historia nos dice que supo ser madre que engendró a muchos en la fe, predicó la vida nueva del Evangelio y luchó por esta cuando se veía amenazada. Una Iglesia que supo dar “pelea” cuando la dignidad de sus hijos no era respetada o simplemente ninguneada. Lejos de ponerse ella en el centro, buscando ser el centro, supo ser la Iglesia que puso al centro lo importante. En momentos oscuros de la vida de su pueblo, la Iglesia en Chile tuvo la valentía profética no sólo de levantar la voz, sino también de convocar para crear espacios en defensa de hombres y mujeres por quienes el Señor le había encomendado velar; bien sabía que no se podía proclamar el mandato nuevo del amor sin promover mediante la justicia y la paz el verdadero crecimiento de cada persona (1). Así podemos hablar de Iglesia profética que sabe ofrecer y engendrar la vida buena que el Señor nos ofrece.

Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de promover una acción evangelizadora que mira al Maestro con la ternura de Teresa de Los Andes y afirmar: “¿Temes acercarte a él? Míralo en medio de su rebaño fiel, cargando sobre sus hombros a la oveja infiel. Míralo sobre la tumba de Lázaro. Y oye lo que dice Magdalena: mucho se le ha perdonado, porque ha amado mucho. ¿Qué descubres en estos rasgos del Evangelio sino un corazón dulce, tierno, compasivo, un corazón en fin de un Dios?” (2).

Una Iglesia profética que sabe poner Jesús en el centro es capaz de hacer fiesta por la alegría que el Evangelio provoca. Como señalé en Iquique, pero que bien podemos extender a tantos lugares del norte al sur de Chile, la piedad popular es una de las riquezas más grandes que el pueblo de Dios ha sabido cultivar. Con sus fiestas patronales, con sus bailes religiosos –que se prolongan hasta por semanas- con su música y vestidos logran convertir a tantas zonas en santuarios de piedad popular. Porque no son fiestas que quedan encerradas dentro del templo, sino que logran vestir a todo el pueblo de fiesta (3). Y así se queda un entretejido capaz de celebrar alegre y esperanzadamente la presencia de Dios en medio de su pueblo. En los santuarios aprendemos a hacer una Iglesia de cercanías, de escucha, que sabe sentir y compartir una vida tal cual se presenta. Una Iglesia que aprendió que la fe sólo se transmite en dialecto y así celebra cantando y danzando “la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y constante de Dios” (4).

Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de engendrar en la santidad a un hombre que supo proclamar con su vida: “Cristo vaga por nuestras calles en la persona de tantos pobres, enfermos, desalojados de su mísero conventillo. Cristo, acurrucado bajo los puentes, en la persona de tantos niños que no tienen a quien llamar „padre‟, que carecen hace muchos años del beso de la madre sobre su frente… ¡Cristo no tiene hogar! ¿No queremos dárselo nosotros?… „Lo que hagan al más pequeño de mis hermanos, me lo hacen a Mí‟, ha dicho Jesús” (5); ya que “si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que Él mismo ha querido identificarse” (6).

Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro es capaz de convocar para generar espacios que acompañen y defiendan la vida de los diferentes pueblos que conforman su vasto territorio, reconociendo una riqueza multicultural y étnica sin igual por la que es necesario velar. A modo de ejemplo señalo las iniciativas promovidas especialmente por los obispos del sur de Chile durante la década del 60-70 impulsando los mecanismos necesarios para que el Pueblo Mapuche pudiera vivir en plenitud el arte del buen vivir –del que tanto tenemos que aprender-. Acciones fuertes que generaron estructuras en favor de la defensa de la vida invitando al protagonismo responsable de una fe encarnada, transformadora; esa fe que sabe hacer vida la llamada del Concilio que nos recuerda que “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (7).

Una Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro con sinceridad es capaz –como supo mostrarnos uno de Vuestros pastores- de “confesar que, en nuestra historia personal, y en la historia de nuestro Chile, ha habido injusticia, mentira, odio, culpa, indiferencia. [Y los invitaba a ser] sinceros, humildes y decir al Señor: ¡hemos pecado contra ti! Pecar contra nuestro hermano, el hombre y la mujer, es pecar contra Cristo, que murió y resucitó por todos los hombres. ¡Seamos sinceros, humildes!: ¡Pequé Señor contra ti! ¡No obedecí a tu evangelio!” (8). La conciencia consciente de sus límites y pecados la hace vivir alerta ante la tentación de suplantar a su Señor.
Y así podríamos seguir enumerando muchos fermentos vivos de Iglesia profética que sabe poner a Jesús en el centro. Pero la invitación más grande y fecundamente vital –como lo he querido subrayar en la reciente Exhortación Apostólica recordando a Edith Stein- nace de la confianza y convicción que: “en la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos; sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisiones de nuestra vida personal, es algo que sólo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado” (9). El Santo pueblo fiel de Dios, desde su silencio cotidiano, de muchas formas y maneras sigue haciendo visible y testimonia con “testaruda” esperanza que el Señor no abandona, que sostiene la entrega constante y, en tantas situaciones sufriente de sus hijos. El Santo y Paciente Pueblo fiel de Dios sostenido y vivificado por el Espíritu Santo es el mejor rostro de la Iglesia profética que sabe poner al centro a su Señor en la entrega cotidiana (10). Nuestra actitud como pastores es aprender a confiar en esta realidad eclesial y a reverenciar y reconocer que en un pueblo sencillo, que confiesa su fe en Jesucristo, ama a la Virgen, se gana la vida con el trabajo, (tantas veces mal pagado), bautiza a sus hijos y entierra a sus muertos; en ese pueblo fiel que se sabe pecador pero no se cansa de pedir perdón porque cree en la misericordia del Padre, en ese pueblo fiel y silencioso reside el sistema inmunitario de la Iglesia.

2. Y que yo disminuya.

Duele constatar que, en este último periodo de la historia de la Iglesia chilena, esta inspiración profética perdió fuerza para dar lugar a lo que podríamos denominar una transformación en su centro. No sé qué fue primero, si la pérdida de fuerza profética dio lugar al cambio de centro o el cambio de centro llevó a la pérdida de la profecía que era tan característica en Ustedes. Lo que sí podemos observar es que la Iglesia que era llamada a señalar a Aquél que es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn. 14,6) se volvió ella misma el centro de atención. Dejó de mirar y señalar al Señor para mirarse y ocuparse de sí misma. Concentró en sí la atención y perdió la memoria de su origen y misión (11). Se ensimismó de tal forma que las consecuencias de todo este proceso tuvieron un precio muy elevado: su pecado se volvió el centro de atención. La dolorosa y vergonzosa constatación de abusos sexuales a menores, de abusos de poder y de conciencia por parte de ministros de la Iglesia, así como la forma en que estas situaciones han sido abordadas (12), deja en evidencia este “cambio de centro eclesial”. Lejos de disminuir ella para que apareciesen los signos del Resucitado el pecado eclesial ocupó todo el escenario concentrando en sí la atención y las miradas.

Es urgente abordar y buscar reparar en el corto, mediano y largo plazo este escándalo para restablecer la justicia y la comunión (13). A su vez creo que, con la misma urgencia, debemos trabajar en otro nivel para discernir cómo generar nuevas dinámicas eclesiales en consonancia con el Evangelio y que nos ayuden a ser mejores discípulos misioneros capaces de recuperar la profecía.

Esa vida nueva que el Señor nos dona implica recuperar la claridad del Bautista y afirmar sin ambigüedad que el discípulo no es ni será jamás el Mesías. Esto nos lleva a promover una alegre y realista conciencia de nosotros mismos: el discípulo no es más que su Señor. Y por esto mismo, en primer lugar, tenemos que estar atentos a todo tipo o forma de mesianismo que pretenda erguirse como único intérprete de la voluntad de Dios. Muchas veces podemos caer en la tentación de una vivencia eclesial de la autoridad que pretende suplantar las distintas instancias de comunión y participación, o lo que es peor, suplantar la conciencia de los fieles olvidando la enseñanza conciliar que nos recuerda que “la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella” (14).

Es clave recuperar una dinámica eclesial capaz de ayudar a los discípulos a discernir el sueño de Dios para sus vidas, sin pretender suplantarlos en tal búsqueda. En los hechos, los falsos mesianismos pretenden cancelar esa elocuente verdad de que la unción del Santo la tiene la totalidad de los fieles (15). Nunca un individuo o un grupo ilustrado puede pretender ser la totalidad del Pueblo de Dios y menos aún creerse la voz auténtica de su interpretación. En este sentido debemos prestar atención a lo que me permito llamar “psicología de elite” que puede traslaparse en nuestra manera de abordar las cuestiones.
La psicología de elite o elitista termina generando dinámicas de división, separación, „círculos cerrados´ que desembocan en espiritualidades narcisistas y autoritarias en las que, en lugar de evangelizar, lo importante es sentirse especial, diferente de los demás, dejando así en evidencia que ni Jesucristo ni los otros interesan verdaderamente (16)

Mesianismo, elitismos, clericalismos, son todos sinónimos de perversión en el ser eclesial; y también sinónimo de perversión es la pérdida de la sana conciencia de sabernos pertenecientes al santo Pueblo fiel de Dios que nos precede y que –gracias a Dios- nos sucederá. No perdamos jamás la conciencia de ese don tan excelso que es nuestro bautismo.

El reconocimiento sincero, orante e incluso de muchas veces dolorido de nuestros límites es lo que permite a la gracia actuar mejor en nosotros, ya que le deja espacio para provocar ese bien posible que se integra en una dinámica sincera, comunitaria, y de real crecimiento (17). Esta conciencia de límite y de la parcialidad que ocupamos dentro del pueblo de Dios nos salva de la tentación y pretensión de querer ocupar todos los espacios, y especialmente un lugar que no nos corresponde: el del Señor. Solo Dios es capaz de la totalidad, sólo Él es capaz de la totalidad de un amor exclusivo y no excluyente al mismo tiempo. Nuestra misión es y será siempre misión compartida. Como les dije en el encuentro con el clero en Santiago: “la conciencia de tener llagas nos libera de volvernos autoreferenciales, de creernos superiores. Nos libera de esa tendencia prometeica de quienes en el fondo sólo confían en sus fuerzas y se sienten superiores a otros” (18).

Por ello, y permítanme la insistencia, urge generar dinámicas eclesiales capaces de promover la participación y misión compartida de todos los integrantes de la comunidad eclesial evitando cualquier tipo de mesianismo o psicología-espiritualidad de elite. Y, en concreto, por ejemplo, nos hará bien abrirnos más y trabajar conjuntamente con distintas instancias de la sociedad civil para promover una cultura anti-abusos del tipo que fuera.

Cuando los convoqué a este encuentro los invitaba a pedir al Espíritu el don de la magnanimidad para poder traducir en hechos concretos lo que reflexionemos. Los exhorto a que pidamos con insistencia este don por el bien de la Iglesia en Chile. Recibí con cierta preocupación la actitud con la que algunos de Ustedes, Obispos, han reaccionado ante los acontecimientos presentes y pasados. Una actitud orientada hacia lo que podemos denominar el “episodio Jonás” – en medio de la tormenta era necesario tirar fuera el problema (Jonás 1,4 – 16) (19) – creyendo que la sola remoción de personas solucionaría de por sí los problemas (20). Así pasa al olvido el principio paulino: “si el pie dijera: „Como no soy mano, no formo parte del cuerpo‟, ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él?” (21). Los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas (22); esto –y lo digo claramente- hay que hacerlo, pero no es suficiente, hay que ir más allá. Sería irresponsable de nuestra parte no ahondar en buscar las raíces y las estructuras que permitieron que estos acontecimientos concretos se sucedieran y perpetuasen.

Las dolorosas situaciones acontecidas son indicadores de que algo en el cuerpo eclesial está mal. Debemos abordar los casos concretos y a su vez, con la misma intensidad, ir más hondo para descubrir las dinámicas que hicieron posible que tales actitudes y males pudiesen ocurrir (24).

Confesar el pecado es necesario, buscar remediarlo es urgente, conocer las raíces del mismo es sabiduría para el presente-futuro. Sería grave omisión de nuestra parte no ahondar en las raíces. Es más, creer que sólo la remoción de las personas, sin más, generaría la salud del cuerpo es una gran falacia. No hay duda que ayudaría y es necesario hacerlo, pero repito, no alcanza (25), ya que este pensamiento nos dispersaría de la responsabilidad y la participación que nos corresponde dentro del cuerpo eclesial. Y allí donde la responsabilidad no es asumida y compartida, el culpable de lo que no funciona o está mal siempre es el otro (26). Por favor, cuidémonos de la tentación de querer salvarnos a nosotros mismos, salvar nuestra reputación (“salvar el pellejo”); que podamos confesar comunitariamente la debilidad y así poder encontrar juntos respuesta humildes, concretas y en comunión con todo el Pueblo de Dios. La gravedad de los sucesos no nos permite volvernos expertos cazadores de “chivos expiatorios”. Todo esto nos exige seriedad y co-responsabilidad para asumir los problemas como síntomas de un todo eclesial que somos invitados a analizar y también nos pide buscar todas las mediaciones necesarias para que nunca más vuelvan a perpetuarse. Sólo podemos lograrlo si lo asumimos como un problema de todos y no como el problema que viven algunos. Solo podremos solucionarlo si lo asumimos colegialmente, en comunión en sinodalidad.

Hermanos, no estamos aquí porque seamos mejores que nadie. Como les dije en Chile, estamos aquí con la conciencia de ser pecadores-perdonados o pecadores que quieren ser perdonados, pecadores con apertura penitencial. Y en esto encontramos la fuente de nuestra alegría. Queremos ser pastores al estilo de Jesús herido, muerto y resucitado. Queremos encontrar en las heridas de nuestro pueblo los signos de la Resurrección. Queremos pasar de ser una Iglesia centrada en sí, abatida y desolada por sus pecados, a una Iglesia servidora de tantos abatidos que conviven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de poner en el centro lo importante: el servicio a su Señor en el hambriento, en el preso, en el sediento, en el desalojado, en el desnudo, enfermo, en el abusado… (Mt. 25,35) con la conciencia de que ellos tienen la dignidad para sentarse a nuestra mesa, de sentirse “en casa”, entre nosotros, de ser considerados familia. Ese es el signo de que el Reino de los Cielos está entre nosotros, es el signo de una Iglesia que fue herida por su pecado, misericordiada por su Señor, y convertida en profética por vocación (27). Hermanos, las ideas se discuten, las situaciones se disciernen. Estamos reunidos para discernir, no para discutir.

Renovar la profecía es volver a concentrarnos en lo importante; es contemplar al que traspasaron y escuchar “no está aquí ha resucitado” (Mt. 28,6); es crear las condiciones y las dinámicas eclesiales para que cada persona en la situación que se encuentre pueda descubrir al que vive y nos espera en Galilea.

Francisco

(1) Cfr. BEATO PABLO VI, Evangelii Nuntiandi, 29.
(2) Santa Teresa de Los Andes, diarios y cartas, 373.376.
(3) Cfr. Homilía y saludo final en la Santa Misa de la Virgen del Carmen y Oración por Chile, campus Lobito-Iquique, 18 de enero de 2018.

(4) Evangelii Nuntiandi, 48; CELAM, Pueba, 400.454; CELAM, Aparecida, 99b. 262-265: EG, 122
(5) SAN ALBERTO HURTADO, Cristo no tiene hogar, Meditación en un retiro a señoras el 16 de octubre 1944.
(6) SAN JUAN PABLO II, Novo Millennio ineunte, 49.
(7) CONCILIO VATICANO II, Gadium et Spes, 1.

(8) Cardenal Silva Henríquez, Reconciliación de los chilenos, Homilía al terminar el Año Santo, 24 de noviembre de 1974.
(9) Verborgenes Leben Und Epiphanie: GW XI, 145.
(10) Cfr. Gaudete et Exsultate, 6-9.

(11) “Tu fama se extendió entre las naciones, porque tu belleza era perfecta gracias al esplendor con que yo te había adornado –oráculo del Señor-. Pero tú te preciaste de tu hermosura y te aprovechaste de tu fama”. Ez. 16,14-15b.
(12) Es sintomático notar en el informe presentado por la “Misión especial” que todos los declarantes, incluso los miembros del Consejo Nacional para la Prevención del Abuso de Menores de Edad y Acompañamiento de las Víctimas, han señalado la insuficiente atención pastoral prestada hasta el momento a todos los que se han visto envueltos, de un modo u otro, en una causa canónica de delicta graviora.
(13) Cfr. Carta a los señores Obispos de Chile tras el informe de S.E. Mons. Charles J. Scicluna, 8 de abril de 2018.

(14) CONCILIO VATICANO II, Gaudium et Spes, 16.
(15) Cfr. Concilio Vaticano II, Lumen Getium, 12.
(16) Cfr. Evangelii Gaudium, 94
(17) Cfr. Gaudete et Exsultate, 52.

(18) Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.
(19) El mismo Jonás se hace cargo de que la tormenta fue provocada por no asumir la misión que le correspondía y que para liberarse de ella debían tirarlo al mar. vv 12: “levántenme y arrójenme al mar y el mar se les calmará. Yo sé muy bien que por mi culpa les ha sobrevenido esta gran tempestad”.
(20) “Muerto el perro se acabó la rabia”. Igualmente se podría hablar del “síndrome Caifás”: conviene que un solo hombre muera por el pueblo.
(21) 1 Cor. 12, 12.
(22) Porque no se trata solamente de un caso en particular. Son numerosas las situaciones de abuso de poder, de autoridad; de abuso sexual. Y eso incluye el tratamiento que hasta ahora se ha venido teniendo de los mismos.
(23) A modo de ejemplo, en el informe presentado por la “Misión especial” muchos de los entrevistados en Sotero Sanz sostienen que parte de la fractura profunda en la comunión eclesial se arrastraría en el clero desde el mismo Seminario, viciando lo que deberían ser las relaciones fraternas presbiterales y haciendo partícipe a los fieles de estas divisiones y fracturas, que termina por dañar irremediablemente la credibilidad social y el liderazgo eclesial de los presbíteros y de los obispos.
(24) En el informe de la “Misión especial” mis enviados han podido confirmar que algunos religiosos expulsados de su orden a causa de la inmoralidad de su conducta y tras haberse minimizado la absoluta gravedad de sus hechos delictivos atribuyéndolos a simple debilidad o falta moral, habrían sido acogidos en otras diócesis e incluso, en modo más que imprudente, se les habrían confiado cargos diocesanos o parroquiales que implican un contacto cotidiano y directo con menores de edad.
(25) Nuevamente, en ese sentido, me gustaría detenerme en tres situaciones que se desprenden del informe de la “Misión especial”:
1. La investigación demuestra que existen graves defectos en el modo de gestionar los casos de delicta graviora que corroboran algunos datos preocupantes que comenzaron a saberse en algunos Dicasterios romanos. Especialmente en el modo de recibir las denuncias o notitiae crimini, pues en no pocos casos han sido calificados muy superficialmente como inverosímiles, lo que eran graves indicios de un efectivo delito. Durante la Visita se ha constado también la existencia de presuntos delitos investigados solo a destiempo o incluso nunca investidos, con el consiguiente escandalo para los denunciantes y para todos aquellos que conocían las presuntas víctimas, familias, amigos, comunidades parroquiales. En otros casos, se ha constado la existencia de gravísimas negligencias en la protección de los niños/as y de los niños/as vulnerables por parte de los Obispos y Superiores religiosos, los cuales tienen una especial responsabilidad en la tarea de proteger al pueblo de Dios.
2. Otras circunstancia análoga que me ha causado perplejidad y vergüenza ha sido la lectura de las declaraciones que certifican presiones ejercidas sobre aquellos que debían llevar adelante la instrucción de los procesos penales o incluso la destrucción de documentos comprometedores por parte de encargados de archivos eclesiásticos, evidenciando así una absoluta falta de respeto por el procedimiento canónico y, más aún, unas prácticas reprobables que deberán ser evitadas en el futuro.
3. En la misma línea y para poder corroborar que el problema no pertenece a solo un grupo de personas, en el caso de muchos abusadores se detectaron ya graves problemas en ellos en su etapa de formación en el seminario o noviciado. De hecho, constan en las actas de la “Misión especial” graves acusaciones contra algunos Obispos o Superiores que habrían confiado dichas instituciones educativas a sacerdotes sospechosos de homosexualidad activa.
(26) Eco de esa actitud paradigmática que nos recuerda Gn.3,11-13: “Acaso has comido del árbol que yo te prohibí”. El hombre respondió: “La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él”. El Señor Dios dijo a la mujer: “Cómo hiciste semejante cosa”. La mujer respondió: “La serpiente me sedujo y respondí”. En criollo nos recuerda la actitud del niño que mira a sus padres y dice: “Yo no fui”

(27) Cfr. Encuentro con los sacerdotes, religiosos/as, consagrados/as y seminaristas, Santiago de Chile, 16 de enero de 2018.

Cardenal Muller



«La acusación de homofobia es un instrumento del totalitarismo»

(OnePeterFive/InfoCatólica), 19-5-18

El cardenal Gerhard Müller, anterior prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, concedió una entrevista a la periodista italiana Costanza Miriano, que trabaja para la cadena de televisión italiana RIA. En esta nueva entrevista, el cardenal alemán rechaza la noción de «homofobia» y explica que es un instrumento de una ideología contraria a la realidad.

Miriano publicó la entrevista en su propio blog privado, en el que también promueve dos libros suyos [La publicación en español de Cásate y sé sumisa, en 2013, provocó una gran polémica en España], en los que defiende la comprensión tradicional del matrimonio: a saber, que las esposas estén sujetas a sus maridos y que los maridos protejan a sus esposas incluso con sus vidas. En su propia introducción a la nueva entrevista, rechaza la noción de «homofobia», es decir, una aversión contra los homosexuales.

Según Giuseppe Nardi, de Katholisches.info, quien informa sobre esta nueva entrevista, el objetivo de gran parte de esta ideología de género es eliminar la homosexualidad, y más recientemente la transexualidad, del catálogo de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (OMS) –de hecho, la homosexualidad ya se eliminó del catálogo en 1990, lo que demuestra la eficacia de dicha estrategia–.

La entrevista de Costanza Miriano al cardenal Müller aparece relacionada con su próxima participación en la presentación de un libro sobre un hombre que tiene inclinaciones homosexuales pero que se resiste a ellas, y que ahora describe la ideologización de este problema.

El autor se llama Daniel C. Mattson, y el título de su libro es «Why I Don't Call Myself Gay: How I Reclaimed My Sexual Reality and Found Peace» [Por qué no me llamo Gay. Cómo reconduje mi realidad sexual y encontré la paz]. El libro fue publicado por primera vez por Ignatius Press, en 2017. El cardenal Robert Sarah escribió el prólogo para la versión italiana del libro, y el cardenal Müller lo presentará el 25 de mayo en Roma.

La homofobia, una invención e instrumento marxista

En su entrevista con Costanza Miriano, madre de cuatro hijos, el cardenal Müller dice lo siguiente sobre el concepto de homofobia, en el contexto del Día Internacional contra la Homofobia del 17 de mayo:

«La homofobia simplemente no existe. Es claramente una invención y un instrumento del dominio totalitario sobre los pensamientos de los demás. El homo-movimiento carece de argumentos científicos, por eso creó una ideología que quiere dominar creando su propia realidad. Es el patrón marxista según el cual la realidad no crea el pensamiento, sino que el pensamiento crea su propia realidad. Aquel que no acepta esta realidad creada debe ser considerado como enfermo. Es como si uno pudiera influir en una enfermedad con la ayuda de la policía o con la ayuda de los tribunales. En la Unión Soviética, los cristianos fueron puestos en clínicas psiquiátricas. Estos son los métodos de los regímenes totalitarios, del nacionalsocialismo y del comunismo. Lo mismo ocurre en Corea del Norte para aquellos que no aceptan la forma de pensar reinante».

Costanza Miriano señala que conoce varios obispos que son más conservadores, pero que al mismo tiempo apoyan tales iniciativas contra la homofobia, y le pregunta al cardenal Müller por qué se prestan a este «juego». El cardenal Müller responde:

«Algunos obispos hoy ya no tienen el coraje de decir la verdad y se dejan intimidar. No entienden que la homofobia es un engaño que sirve para amenazar a las personas. Pero nosotros, los cristianos, tal vez no tengamos miedo frente a las amenazas. En los primeros siglos [después de Cristo], los discípulos de Jesús fueron encarcelados, devorados por las fieras. Hoy uno los desgarra con la ayuda del terror psicológico, mientras que al mismo tiempo hace uso de la falta de conocimiento. Sin embargo, de un obispo y de un sacerdote, uno puede esperar que sea capaz de mirar detrás de estas ideologías. Nosotros somos los que tratamos, con la ayuda de la Gracia de Dios, de amar a todas las personas, también a aquellos que se sienten atraídos por el mismo sexo. Pero debe quedar claro que amar no significa obedecer a la propaganda de género».

La ideología de género rechaza la verdad

Con referencia a Daniel C. Mattson, el autor del nuevo libro, el Cardenal Müller dice que él cuenta su propia historia de su homosexualidad a la luz de estas ideologías actuales y que rechaza ser llamado «gay». El cardenal insiste en que «el que siente tal atracción tiene que vivir castamente, al igual que todos, todos nosotros que no vivimos en un matrimonio válido y verdadero tenemos que hacer».

Cuando se le preguntó sobre el hecho de que actualmente esta agenda de género está siendo promovida por muchos gobiernos occidentales, el cardenal alemán responde que «nuestros políticos en Europa deben ocuparse de muchas personas, sin trabajo, del problema del falta de nacimientos, de la familia, de muchos problemas serios». En cambio, agrega, «están ocupados convirtiendo nuestras democracias en sistemas totalitarios. La ideología en sí misma es violenta. ¿Cómo puede un parlamento decidir qué es verdad y qué no?» pregunta Müller.