viernes, 14 de diciembre de 2012

Mensaje del Papa



para la  Jornada Mundial de la Paz 2013 


 
BIENAVENTURADOS LOS QUE TRABAJAN POR LA PAZ



1. Cada nuevo año trae consigo la esperanza de un mundo mejor. En esta perspectiva, pido a Dios, Padre de la humanidad, que nos conceda la concordia y la paz, para que se puedan cumplir las aspiraciones de una vida próspera y feliz para todos.

Trascurridos 50 años del Concilio Vaticano II, que ha contribuido a fortalecer la misión de la Iglesia en el mundo, es alentador constatar que los cristianos, como Pueblo de Dios en comunión con él y caminando con los hombres, se comprometen en la historia compartiendo las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias[1], anunciando la salvación de Cristo y promoviendo la paz para todos.

En efecto, este tiempo nuestro, caracterizado por la globalización, con sus aspectos positivos y negativos, así como por sangrientos conflictos aún en curso, y por amenazas de guerra, reclama un compromiso renovado y concertado en la búsqueda del bien común, del desarrollo de todos los hombres y de todo el hombre.

Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta e individualista, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado. Aparte de las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres.

Y, sin embargo, las numerosas iniciativas de paz que enriquecen el mundo atestiguan la vocación innata de la humanidad hacia la paz. El deseo de paz es una aspiración esencial de cada hombre, y coincide en cierto modo con el deseo de una vida humana plena, feliz y lograda. En otras palabras, el deseo de paz se corresponde con un principio moral fundamental, a saber, con el derecho y el deber a un desarrollo integral, social, comunitario, que forma parte del diseño de Dios sobre el hombre. El hombre está hecho para la paz, que es un don de Dios.

Todo esto me ha llevado a inspirarme para este mensaje en las palabras de Jesucristo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9).

La bienaventuranza evangélica

2. Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23) son promesas. En la tradición bíblica, en efecto, la bienaventuranza pertenece a un género literario que comporta siempre una buena noticia, es decir, un evangelio que culmina con una promesa. Por tanto, las bienaventuranzas no son meras recomendaciones morales, cuya observancia prevé que, a su debido tiempo –un tiempo situado normalmente en la otra vida–, se obtenga una recompensa, es decir, una situación de felicidad futura. La bienaventuranza consiste más bien en el cumplimiento de una promesa dirigida a todos los que se dejan guiar por las exigencias de la verdad, la justicia y el amor. Quienes se encomiendan a Dios y a sus promesas son considerados frecuentemente por el mundo como ingenuos o alejados de la realidad. Sin embargo, Jesús les declara que, no sólo en la otra vida sino ya en ésta, descubrirán que son hijos de Dios, y que, desde siempre y para siempre, Dios es totalmente solidario con ellos. Comprenderán que no están solos, porque él está a favor de los que se comprometen con la verdad, la justicia y el amor. Jesús, revelación del amor del Padre, no duda en ofrecerse con el sacrificio de sí mismo. Cuando se acoge a Jesucristo, Hombre y Dios, se vive la experiencia gozosa de un don inmenso: compartir la vida misma de Dios, es decir, la vida de la gracia, prenda de una existencia plenamente bienaventurada. En particular, Jesucristo nos da la verdadera paz que nace del encuentro confiado del hombre con Dios.

La bienaventuranza de Jesús dice que la paz es al mismo tiempo un don mesiánico y una obra humana. En efecto, la paz presupone un humanismo abierto a la trascendencia. Es fruto del don recíproco, de un enriquecimiento mutuo, gracias al don que brota de Dios, y que permite vivir con los demás y para los demás. La ética de la paz es ética de la comunión y de la participación. Es indispensable, pues, que las diferentes culturas actuales superen antropologías y éticas basadas en presupuestos teórico-prácticos puramente subjetivistas y pragmáticos, en virtud de los cuales las relaciones de convivencia se inspiran en criterios de poder o de beneficio, los medios se convierten en fines y viceversa, la cultura y la educación se centran únicamente en los instrumentos, en la tecnología y la eficiencia. Una condición previa para la paz es el desmantelamiento de la dictadura del relativismo moral y del presupuesto de una moral totalmente autónoma, que cierra las puertas al reconocimiento de la imprescindible ley moral natural inscrita por Dios en la conciencia de cada hombre. La paz es la construcción de la convivencia en términos racionales y morales, apoyándose sobre un fundamento cuya medida no la crea el hombre, sino Dios: « El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz », dice el Salmo 29 (v. 11).

La paz, don de Dios y obra del hombre

3. La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente, como escribió el beato Juan XXIII en la Encíclica Pacem in Terris, de la que dentro de pocos meses se cumplirá el 50 aniversario, la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia[2]. La negación de lo que constituye la verdadera naturaleza del ser humano en sus dimensiones constitutivas, en su capacidad intrínseca de conocer la verdad y el bien y, en última instancia, a Dios mismo, pone en peligro la construcción de la paz. Sin la verdad sobre el hombre, inscrita en su corazón por el Creador, se menoscaba la libertad y el amor, la justicia pierde el fundamento de su ejercicio.

Para llegar a ser un auténtico trabajador por la paz, es indispensable cuidar la dimensión trascendente y el diálogo constante con Dios, Padre misericordioso, mediante el cual se implora la redención que su Hijo Unigénito nos ha conquistado. Así podrá el hombre vencer ese germen de oscuridad y de negación de la paz que es el pecado en todas sus formas: el egoísmo y la violencia, la codicia y el deseo de poder y dominación, la intolerancia, el odio y las estructuras injustas.

La realización de la paz depende en gran medida del reconocimiento de que, en Dios, somos una sola familia humana. Como enseña la Encíclica Pacem in Terris, se estructura mediante relaciones interpersonales e instituciones apoyadas y animadas por un « nosotros » comunitario, que implica un orden moral interno y externo, en el que se reconocen sinceramente, de acuerdo con la verdad y la justicia, los derechos recíprocos y los deberes mutuos. La paz es un orden vivificado e integrado por el amor, capaz de hacer sentir como propias las necesidades y las exigencias del prójimo, de hacer partícipes a los demás de los propios bienes, y de tender a que sea cada vez más difundida en el mundo la comunión de los valores espirituales. Es un orden llevado a cabo en la libertad, es decir, en el modo que corresponde a la dignidad de las personas, que por su propia naturaleza racional asumen la responsabilidad de sus propias obras[3].

La paz no es un sueño, no es una utopía: la paz es posible. Nuestros ojos deben ver con mayor profundidad, bajo la superficie de las apariencias y las manifestaciones, para descubrir una realidad positiva que existe en nuestros corazones, porque todo hombre ha sido creado a imagen de Dios y llamado a crecer, contribuyendo a la construcción de un mundo nuevo. En efecto, Dios mismo, mediante la encarnación del Hijo, y la redención que él llevó a cabo, ha entrado en la historia, haciendo surgir una nueva creación y una alianza nueva entre Dios y el hombre (cf. Jr 31,31-34), y dándonos la posibilidad de tener « un corazón nuevo » y « un espíritu nuevo » (cf. Ez 36,26).

Precisamente por eso, la Iglesia está convencida de la urgencia de un nuevo anuncio de Jesucristo, el primer y principal factor del desarrollo integral de los pueblos, y también de la paz. En efecto, Jesús es nuestra paz, nuestra justicia, nuestra reconciliación (cf. Ef 2,14; 2Co 5,18). El que trabaja por la paz, según la bienaventuranza de Jesús, es aquel que busca el bien del otro, el bien total del alma y el cuerpo, hoy y mañana.

A partir de esta enseñanza se puede deducir que toda persona y toda comunidad –religiosa, civil, educativa y cultural– está llamada a trabajar por la paz. La paz es principalmente la realización del bien común de las diversas sociedades, primarias e intermedias, nacionales, internacionales y de alcance mundial. Precisamente por esta razón se puede afirmar que las vías para construir el bien común son también las vías a seguir para obtener la paz.

Los que trabajan por la paz son quienes aman, defienden
y promueven la vida en su integridad

4. El camino para la realización del bien común y de la paz pasa ante todo por el respeto de la vida humana, considerada en sus múltiples aspectos, desde su concepción, en su desarrollo y hasta su fin natural. Auténticos trabajadores por la paz son, entonces, los que aman, defienden y promueven la vida humana en todas sus dimensiones: personal, comunitaria y transcendente. La vida en plenitud es el culmen de la paz. Quien quiere la paz no puede tolerar atentados y delitos contra la vida.

Quienes no aprecian suficientemente el valor de la vida humana y, en consecuencia, sostienen por ejemplo la liberación del aborto, tal vez no se dan cuenta que, de este modo, proponen la búsqueda de una paz ilusoria. La huida de las responsabilidades, que envilece a la persona humana, y mucho más la muerte de un ser inerme e inocente, nunca podrán traer felicidad o paz. En efecto, ¿cómo es posible pretender conseguir la paz, el desarrollo integral de los pueblos o la misma salvaguardia del ambiente, sin que sea tutelado el derecho a la vida de los más débiles, empezando por los que aún no han nacido? Cada agresión a la vida, especialmente en su origen, provoca inevitablemente daños irreparables al desarrollo, a la paz, al ambiente. Tampoco es justo codificar de manera subrepticia falsos derechos o libertades, que, basados en una visión reductiva y relativista del ser humano, y mediante el uso hábil de expresiones ambiguas encaminadas a favorecer un pretendido derecho al aborto y a la eutanasia, amenazan el derecho fundamental a la vida.

También la estructura natural del matrimonio debe ser reconocida y promovida como la unión de un hombre y una mujer, frente a los intentos de equipararla desde un punto de vista jurídico con formas radicalmente distintas de unión que, en realidad, dañan y contribuyen a su desestabilización, oscureciendo su carácter particular y su papel insustituible en la sociedad.

Estos principios no son verdades de fe, ni una mera derivación del derecho a la libertad religiosa. Están inscritos en la misma naturaleza humana, se pueden conocer por la razón, y por tanto son comunes a toda la humanidad. La acción de la Iglesia al promoverlos no tiene un carácter confesional, sino que se dirige a todas las personas, prescindiendo de su afiliación religiosa. Esta acción se hace tanto más necesaria cuanto más se niegan o no se comprenden estos principios, lo que es una ofensa a la verdad de la persona humana, una herida grave inflingida a la justicia y a la paz.

Por tanto, constituye también una importante cooperación a la paz el reconocimiento del derecho al uso del principio de la objeción de conciencia con respecto a leyes y medidas gubernativas que atentan contra la dignidad humana, como el aborto y la eutanasia, por parte de los ordenamientos jurídicos y la administración de la justicia.

Entre los derechos humanos fundamentales, también para la vida pacífica de los pueblos, está el de la libertad religiosa de las personas y las comunidades. En este momento histórico, es cada vez más importante que este derecho sea promovido no sólo desde un punto de vista negativo, como libertad frente –por ejemplo, frente a obligaciones o constricciones de la libertad de elegir la propia religión–, sino también desde un punto de vista positivo, en sus varias articulaciones, como libertad de, por ejemplo, testimoniar la propia religión, anunciar y comunicar su enseñanza, organizar actividades educativas, benéficas o asistenciales que permitan aplicar los preceptos religiosos, ser y actuar como organismos sociales, estructurados según los principios doctrinales y los fines institucionales que les son propios. Lamentablemente, incluso en países con una antigua tradición cristiana, se están multiplicando los episodios de intolerancia religiosa, especialmente en relación con el cristianismo o de quienes simplemente llevan signos de identidad de su religión.

El que trabaja por la paz debe tener presente que, en sectores cada vez mayores de la opinión pública, la ideología del liberalismo radical y de la tecnocracia insinúan la convicción de que el crecimiento económico se ha de conseguir incluso a costa de erosionar la función social del Estado y de las redes de solidaridad de la sociedad civil, así como de los derechos y deberes sociales. Estos derechos y deberes han de ser considerados fundamentales para la plena realización de otros, empezando por los civiles y políticos.

Uno de los derechos y deberes sociales más amenazados actualmente es el derecho al trabajo. Esto se debe a que, cada vez más, el trabajo y el justo reconocimiento del estatuto jurídico de los trabajadores no están adecuadamente valorizados, porque el desarrollo económico se hace depender sobre todo de la absoluta libertad de los mercados. El trabajo es considerado una mera variable dependiente de los mecanismos económicos y financieros. A este propósito, reitero que la dignidad del hombre, así como las razones económicas, sociales y políticas, exigen que « se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o lo mantengan »[4]. La condición previa para la realización de este ambicioso proyecto es una renovada consideración del trabajo, basada en los principios éticos y valores espirituales, que robustezca la concepción del mismo como bien fundamental para la persona, la familia y la sociedad. A este bien corresponde un deber y un derecho que exigen nuevas y valientes políticas de trabajo para todos.

Construir el bien de la paz mediante un nuevo modelo de desarrollo y de economía

5. Actualmente son muchos los que reconocen que es necesario un nuevo modelo de desarrollo, así como una nueva visión de la economía. Tanto el desarrollo integral, solidario y sostenible, como el bien común, exigen una correcta escala de valores y bienes, que se pueden estructurar teniendo a Dios como referencia última. No basta con disposiciones de muchos medios y una amplia gama de opciones, aunque sean de apreciar. Tanto los múltiples bienes necesarios para el desarrollo, como las opciones posibles deben ser usados según la perspectiva de una vida buena, de una conducta recta que reconozca el primado de la dimensión espiritual y la llamada a la consecución del bien común. De otro modo, pierden su justa valencia, acabando por ensalzar nuevos ídolos.

Para salir de la actual crisis financiera y económica – que tiene como efecto un aumento de las desigualdades – se necesitan personas, grupos e instituciones que promuevan la vida, favoreciendo la creatividad humana para aprovechar incluso la crisis como una ocasión de discernimiento y un nuevo modelo económico. El que ha prevalecido en los últimos decenios postulaba la maximización del provecho y del consumo, en una óptica individualista y egoísta, dirigida a valorar a las personas sólo por su capacidad de responder a las exigencias de la competitividad. Desde otra perspectiva, sin embargo, el éxito auténtico y duradero se obtiene con el don de uno mismo, de las propias capacidades intelectuales, de la propia iniciativa, puesto que un desarrollo económico sostenible, es decir, auténticamente humano, necesita del principio de gratuidad como manifestación de fraternidad y de la lógica del don[5]. En concreto, dentro de la actividad económica, el que trabaja por la paz se configura como aquel que instaura con sus colaboradores y compañeros, con los clientes y los usuarios, relaciones de lealtad y de reciprocidad. Realiza la actividad económica por el bien común, vive su esfuerzo como algo que va más allá de su propio interés, para beneficio de las generaciones presentes y futuras. Se encuentra así trabajando no sólo para sí mismo, sino también para dar a los demás un futuro y un trabajo digno.

En el ámbito económico, se necesitan, especialmente por parte de los estados, políticas de desarrollo industrial y agrícola que se preocupen del progreso social y la universalización de un estado de derecho y democrático. Es fundamental e imprescindible, además, la estructuración ética de los mercados monetarios, financieros y comerciales; éstos han de ser estabilizados y mejor coordinados y controlados, de modo que no se cause daño a los más pobres. La solicitud de los muchos que trabajan por la paz se debe dirigir además – con una mayor resolución respecto a lo que se ha hecho hasta ahora – a atender la crisis alimentaria, mucho más grave que la financiera. La seguridad de los aprovisionamientos de alimentos ha vuelto a ser un tema central en la agenda política internacional, a causa de crisis relacionadas, entre otras cosas, con las oscilaciones repentinas de los precios de las materias primas agrícolas, los comportamientos irresponsables por parte de algunos agentes económicos y con un insuficiente control por parte de los gobiernos y la comunidad internacional. Para hacer frente a esta crisis, los que trabajan por la paz están llamados a actuar juntos con espíritu de solidaridad, desde el ámbito local al internacional, con el objetivo de poner a los agricultores, en particular en las pequeñas realidades rurales, en condiciones de poder desarrollar su actividad de modo digno y sostenible desde un punto de vista social, ambiental y económico.

La educación a una cultura de la paz:
el papel de la familia y de las instituciones

6. Deseo reiterar con fuerza que todos los que trabajan por la paz están llamados a cultivar la pasión por el bien común de la familia y la justicia social, así como el compromiso por una educación social idónea.

Ninguno puede ignorar o minimizar el papel decisivo de la familia, célula base de la sociedad desde el punto de vista demográfico, ético, pedagógico, económico y político. Ésta tiene como vocación natural promover la vida: acompaña a las personas en su crecimiento y las anima a potenciarse mutuamente mediante el cuidado recíproco. En concreto, la familia cristiana lleva consigo el germen del proyecto de educación de las personas según la medida del amor divino. La familia es uno de los sujetos sociales indispensables en la realización de una cultura de la paz. Es necesario tutelar el derecho de los padres y su papel primario en la educación de los hijos, en primer lugar en el ámbito moral y religioso. En la familia nacen y crecen los que trabajan por la paz, los futuros promotores de una cultura de la vida y del amor[6].

En esta inmensa tarea de educación a la paz están implicadas en particular las comunidades religiosas. La Iglesia se siente partícipe en esta gran responsabilidad a través de la nueva evangelización, que tiene como pilares la conversión a la verdad y al amor de Cristo y, consecuentemente, un nuevo nacimiento espiritual y moral de las personas y las sociedades. El encuentro con Jesucristo plasma a los que trabajan por la paz, comprometiéndoles en la comunión y la superación de la injusticia.

Las instituciones culturales, escolares y universitarias desempeñan una misión especial en relación con la paz. A ellas se les pide una contribución significativa no sólo en la formación de nuevas generaciones de líderes, sino también en la renovación de las instituciones públicas, nacionales e internacionales. También pueden contribuir a una reflexión científica que asiente las actividades económicas y financieras en un sólido fundamento antropológico y ético. El mundo actual, particularmente el político, necesita del soporte de un pensamiento nuevo, de una nueva síntesis cultural, para superar tecnicismos y armonizar las múltiples tendencias políticas con vistas al bien común. Éste, considerado como un conjunto de relaciones interpersonales e institucionales positivas al servicio del crecimiento integral de los individuos y los grupos, es la base de cualquier educación a la auténtica paz.

Una pedagogía del que trabaja por la paz

7. Como conclusión, aparece la necesidad de proponer y promover una pedagogía de la paz. Ésta pide una rica vida interior, claros y válidos referentes morales, actitudes y estilos de vida apropiados. En efecto, las iniciativas por la paz contribuyen al bien común y crean interés por la paz y educan para ella. Pensamientos, palabras y gestos de paz crean una mentalidad y una cultura de la paz, una atmósfera de respeto, honestidad y cordialidad. Es necesario enseñar a los hombres a amarse y educarse a la paz, y a vivir con benevolencia, más que con simple tolerancia. Es fundamental que se cree el convencimiento de que « hay que decir no a la venganza, hay que reconocer las propias culpas, aceptar las disculpas sin exigirlas y, en fi n, perdonar »[7],de modo que los errores y las ofensas puedan ser en verdad reconocidos para avanzar juntos hacia la reconciliación. Esto supone la difusión de una pedagogía del perdón. El mal, en efecto, se vence con el bien, y la justicia se busca imitando a Dios Padre que ama a todos sus hijos (cf. Mt 5,21-48). Es un trabajo lento, porque supone una evolución espiritual, una educación a los más altos valores, una visión nueva de la historia humana. Es necesario renunciar a la falsa paz que prometen los ídolos de este mundo y a los peligros que la acompañan; a esta falsa paz que hace las conciencias cada vez más insensibles, que lleva a encerrarse en uno mismo, a una existencia atrofiada, vivida en la indiferencia. Por el contrario, la pedagogía de la paz implica acción, compasión, solidaridad, valentía y perseverancia.

Jesús encarna el conjunto de estas actitudes en su existencia, hasta el don total de sí mismo, hasta « perder la vida » (cf. Mt 10,39; Lc 17,33; Jn 12,35). Promete a sus discípulos que, antes o después, harán el extraordinario descubrimiento del que hemos hablado al inicio, es decir, que en el mundo está Dios, el Dios de Jesús, completamente solidario con los hombres. En este contexto, quisiera recordar la oración con la que se pide a Dios que nos haga instrumentos de su paz, para llevar su amor donde hubiese odio, su perdón donde hubiese ofensa, la verdadera fe donde hubiese duda. Por nuestra parte, junto al beato Juan XXIII, pidamos a Dios que ilumine también con su luz la mente de los que gobiernan las naciones, para que, al mismo tiempo que se esfuerzan por el justo bienestar de sus ciudadanos, aseguren y defiendan el don hermosísimo de la paz; que encienda las voluntades de todos los hombres para echar por tierra las barreras que dividen a los unos de los otros, para estrechar los vínculos de la mutua caridad, para fomentar la recíproca comprensión, para perdonar, en fin, a cuantos nos hayan injuriado. De esta manera, bajo su auspicio y amparo, todos los pueblos se abracen como hermanos y florezca y reine siempre entre ellos la tan anhelada paz[8].

Con esta invocación, pido que todos sean verdaderos trabajadores y constructores de paz, de modo que la ciudad del hombre crezca en fraterna concordia, en prosperidad y paz.

Vaticano, 8 de diciembre de 2012



BENEDICTUS PP. XVI

Fuente: Ecclesia



[1] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Cost. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1.

[2] Cf. Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 265-266.

[3] Cf. ibíd.: AAS 55 (1963), 266.

[4] Carta enc., Caritas in veritate (29 junio 2009), 32: AAS 101 (2009), 666-667.

[5] Cf. ibíd., 34. 36: AAS 101 (2009), 668-670; 671-672.

[6] Cf. Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1994 (8 diciembre 1993), 2: AAS 86 (1994), 156-162.

[7] Discurso a los miembros del gobierno, de las instituciones de la república, el cuerpo diplomático, los responsables religiosos y los representantes del mundo de la cultura, Baabda-Líbano (15 septiembre 2012): L’Osservatore Romano, ed. en lengua española, 23 septiembre 2012, p. 6.

[8] Cf. Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 304.

martes, 11 de diciembre de 2012

Los Magos, el Papa y la penúltima trivialización





editorial Ecclesia, 11-12-12


 
         Cuando todavía no se habían apagado del todo los ecos de la absurda polémica (cf. ECCLESIA, número 3.651, página 5) de la omisión en el libro del Papa La infancia de Jesús de la mula y el buey en el preciso momento del nacimiento de Jesucristo, ahora algún “listillo” –por no decir malintencionado y/o interesado- de turno ha reparado y ha aireado a los cuatro vientos que en el mismo libro, Benedicto XVI supuestamente atribuye a la antigua Tartesos (quizás la actual Huelva) la procedencia de los Magos.

En el capítulo cuarto, página 102 de La infancia de Jesús, su autor, que –dicho sea de paso- no escribe como Papa sino como teólogo, se pregunta por la identidad y el origen de los Magos. Analiza cuatro acepciones del término “mago” y reflexiona, a continuación, sobre su origen a tenor de la Sagrada Escritura y de los correspondientes estudios bíblicos, históricos y científicos. En una de estas fuentes, el Salmo 72, 10, se menciona Tarsis, y se sugiere una identificación de “Tarsis con Tartesos, en España”. Sin embargo, Joseph Ratzinger-Benedicto XVI no solo no abunda en la idea, sino que,  a renglón seguido, y con un “pero” adversativo por delante, señala que la tradición “ha desarrollado ulteriormente este anuncio de la universalidad de los reinos de aquellos soberanos, interpretándolos como reyes de los tres continentes entonces conocidos: África, Asia y Europa”. Y en un posterior y luminoso paso, sintetiza la enseñanza esencial: “Queda la idea decisiva: los sabios de Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia”. Y concluye: “Representan el anhelo interior del espíritu humano, la marcha de las religiones y de la razón humana al encuentro de Cristo”.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Se educa con lo que se es





Elena Ugolini, subsecretaria del Ministerio de Educación de Italia, pronunció la conferencia inaugural del recién abierto centro del Arzobispado de Granada, España, Studium Granatense et Sacromontanum.

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Saludo con afecto a todos los participantes en esta ceremonia de inauguración del nuevo edificio de la escuela superior construida por la Archidiócesis de Granada para albergar el “Centro de Magisterio La Inmaculada”, y algunas otras instituciones educativas de grado superior como la International Academy of Philosophy.

Educar para la belleza
Lo que más impresiona al llegar aquí y ver este nuevo edificio es su belleza, su magnífica belleza.
Las paredes del edificio, blancas como la luz, se desgranan alrededor del verde prado, como los muros del monasterio medieval alrededor del claustro, sobre el que se abren las grandes vidrieras de dejan traspasar la luz fuerte y potente de estas tierras, que reverbera en las paredes, en los objetos, en los bancos, en las sillas. Aquí ningún detalle es accesorio. Todo está cuidado hasta en los más pequeños detalles, todo está en un perfecto equilibrio de luz, color y estilo; todo está iluminado por la luz, que da vida y une cada elemento, en esa armonía unitaria que es también el humus de la enseñanza: unidad de los docentes (que de hecho aquí se ven desde una clase a la otra); unidad de las disciplinas (las aulas se distribuyen alrededor del fulcro central del claustro); unidad entre docente y estudiante (este lugar ha sido plasmado de una manera tan hermosa, para que los jóvenes se sientan acogidos, apreciados, estimados).

¿Cuál es el mensaje educativo más hermoso que podemos ofrecer a nuestros jóvenes? En un momento de grave crisis como el actual, en el que parece que el nihilismo y el escepticismo (también de los adultos) toman la delantera, un lugar como éste es la prueba concreta, encarnada, de que hay una esperanza.
Aquí se ve concretamente que la fuente de la educación es la belleza: como escribía Dostoevskij: “La belleza salvará al mundo”.

Es la frase que ha dicho la directora de un colegio de S. Luca d’Aspromonte, en Calabria, una de las poblaciones de Italia que tienen una tasa más alta de densidad mafiosa.
Me encontré con ella hace cinco meses, en primavera, lloraba. Me hizo ver en su móvil las fotos de su colegio: completamente destruido, con los baños fuera del edificio, expuestos al frío y en condiciones higiénicas indecorosas. Me pidió ayuda; hice poquísimo pero me parecía un delito no hacer nada. Llamé entonces al prefecto de la región (Reggio Calabria), que en pocos meses le ayudó a hacer lo que nadie había conseguido en diez años. Ella, que el año pasado había asumido de mala gana el cargo de directora, con su fuerza de voluntad y su deseo de cambiar las cosas, por fin había conseguido dar a sus muchachos lo que nunca habían tenido, ni pensaban que podrían tener.

Esos mismos muchachos que sólo eran capaces de destruir el edificio, encerrados en sí mismos, tristes y enfadados con el mundo. Después de un año, tras la reestructuración del colegio, con sus padres, los mismos padres que la primera vez que fui a Reggio Calabria ni siquiera me indicaban el camino para llegar al instituto, ahora, durante la inauguración del colegio, nos acogían con gestos de amabilidad, sonrisas y atenciones. Todo el pueblo acudió a ver el nuevo colegio: niños, fontaneros, electricistas, comerciantes.
¿Qué había pasado en esos meses? Nos lo explicó la misma directora: «A menudo me vuelve ala mente Dostoevskij: “El mundo se salvará por la belleza”. Pienso que la belleza de la que habla el escritor ruso es la que lleva a cabo el hombre cuando realiza algo creativo, generativo. Y el colegio que deseo para mis alumnos debe hacerles conocer esa “Belleza” que sólo el arte, el conocimiento y la cultura pueden dar. Y esto les mantendrá lejos del mal y les hará vivir como hombres libres… Movida por este deseo, inicié mi proyecto de rehabilitación».
Escuchando estas palabras pensé: pero ¿por qué la belleza salvará al mundo?

Porque para el gran escritor ruso, al igual que para la directora, la belleza no es un discurso, sino un hecho: y los niños, los muchachos, los jóvenes no quieren discursos, sino que necesitan ver hechos, acontecimientos, a través de los cuales puedan comprobar que los adultos, los profesores, los maestros tienen mucho interés en su bien.

Las exigencias de sentido
Se educa para la belleza a través de la belleza.
Cada niño, cada joven lleva dentro algo que nadie puede ofuscar o aprisionar. Esas exigencias originarias de verdad, belleza y justicia que siempre se pueden aprovechar, a menudo como un recurso que ni siquiera él sabe que tiene y que hace mágico y sorprendente el momento del descubrimiento como base de todas las relaciones. El desafío no es “organizar” una escuela o una universidad eficiente, sino que el deseo de los jóvenes no disminuya, haciendo que nazca en ellos una atracción y un sentido hacia lo que se les propone. El desafío es que haya adultos que estén a la altura de estas necesidades.
A menudo decimos que los muchachos están distraídos en clase. Un profesor amigo mío he ha hecho caer en la cuenta de una cosa muy sensata: lo contrario de “distraídos” es “atraídos”.

La pregunta que tenemos que hacernos ante nuestros estudiantes es qué les puede atraer, qué les puede suscitar curiosidad, qué puede interceptar esas exigencias de verdad, belleza y bondad que cada uno lleva dentro de sí, qué puede volver a encender su curiosidad.
Un sábado por la mañana, al final del curso pasado, me desperté con un mensaje terrible en el móvil que me avisaba del atentado en el colegio de Brindisi. La explosión había asesinado a una espléndida criatura de dieciséis años y había herido a cinco compañeras suyas ante los ojos perplejos y aterrorizados de sus compañeros de colegio.
Al día siguiente fui rápidamente a Brindisi: no me podía creer que una chica pudiera morir mientras iba al colegio, que es el lugar de la vida, de las esperanzas, de los sueños.
No conseguía quedarme tranquila: al colegio se va para vivir o para aprender a vivir, no para ver cómo se queman los compañeros, seguía repitiéndome.

Fui al hospital para ver a las chicas heridas: estaban cansadas, exhaustas, pero en sus ojos, tan luminosos, nacía la luz de la recuperación, la fuerza dela valentía. Ellas ya habían vencido a la violencia.
En ese momento entendí que el deseo de la vida es algo irreducible y emocionante.
Después fui a la escuela dela pequeña Melissay me quedé pasmada. Entre las frases escritas por los amigos, una decía: «En el colegio sólo se debería morir de aburrimiento». Esta frase me deja inquieta y deseosa de luchar para que las mil horas de clase cada año tengan una envergadura a la altura de los deseos y de las exigencias de los jóvenes.

Enseñanzas maestras
Pero ¿cómo es posible hacer que lo ordinario sea extraordinario?
Se puede rodear a los muchachos de cosas bonitas, pero si no se enciende la luz que muestra el nexo entre esa belleza y su vida, todo resulta en vano. El problema no son los muchachos: son los adultos.
Si están ellos dispuestos a dejarse herir por la Belleza de lo que enseñan y a dejar abierta la herida; si están ellos impresionados por la Verdad, si son ellos curiosos.
Docentes que muestren a los muchachos el sentido de las cosas, el nexo entre la belleza y la realidad, es decir, el sentido de la vida.
El objetivo de la escuela, si queremos intentar una síntesis, es suscitar el interés por la totalidad de la realidad, el mismo interés que debería haber impresionado al docente.

El sentido de la educación
El corazón de la escuela esla educación. Larelación que se puede establecer entre estudiante y maestro. Pero esta relación tiene un objetivo muy preciso: no vincular a uno mismo sino abrir a la realidad en su totalidad.
Como ha escrito el filósofo alemán Josef Andreas Jungmann: «La educación es la introducción en la realidad total» (in Christus als Mittelpunkt religiöser Erziehung, Freiburg i.B. 1939).
¿Qué son, de hecho, las disciplinas si no caminos para entrar en relación con la realidad, para entenderla, para hacer fructificar ese patrimonio de experiencia y de conocimiento que nos llega a través de nuestra tradición para que sea reinventado?

Las características del docente
Ahora bien, para el docente la educación consiste en «cómo hacer conocer».
Einstein escribía en los Pensamientos de los años difíciles (1936): «A veces se ve en la escuela un simple instrumento para transmitir una cierta cantidad máxima de conocimiento a la generación que se está formando. Pero esto no es exacto. El conocimiento es algo muerto; la escuela, en cambio, sirve para vivir».
¿De qué manera ayuda a vivir el conocimiento? Tenemos que preguntarnos: ¿cómo intento yo, docente, en mi materia hacer conocer, convertir en experiencia lo que digo? Es decir, cómo lo que enseño aumenta el conocimiento que los estudiantes tienen de sí mismos y de la realidad; cómo la disciplina que enseño contribuye al crecimiento de la persona en su integridad.

Es necesario un triple compromiso:
1. Es necesario dominar la materia y hacer entender bien lo que se dice asumiendo como punto de partidael mundocategorial del alumno (para entendernos: no se puede dar un bistec a un niño de tres meses).
2. Hacer ver concretamente de qué manera aquello que se estudia tiene que ver con su experiencia y responde a esas exigencias de verdad, belleza y bien que posee.
3. Hacer ver la conexión entre lo particular y la totalidad: puedo soportar el cansancio del camino teniendo en mente la meta y empezando a disfrutar de algunas vistas del paisaje que se abre ante mí.

Universidad y escuela
La clave de todo, por tanto, está en disponer de docentes preparados, apasionados por lo que enseñan, dispuestos a trabajar juntos, dispuestos a encontrar todas las vías que permitan interceptar la curiosidad de los jóvenes y ayudarles a hacer fructificar sus talentos.
La predisposición (talento, inclinación natural) hacia lo humano  no se puede adquirir con créditos universitarios, pero se puede hacer madurar mediante el encuentro con maestros capaces de mirar a la persona en su integralidad, sin detenerse enla apariencia. Enseñares un arte. Por ello un centro de magisterio debería ser un lugar en el que sea posible relacionarse con maestros. Es imposible hacer escuela sin ir ala escuela. Por ello es necesario estrechar cada vez más la relación entre las dos instituciones, para construir una alianza virtuosa.

El fin de la escuela
“Se educa con lo que se dice, con lo que se hace, pero mucho más con lo que se es”.
De hecho, el educador es aquel que comunica el propio modo de relacionarse con la realidad, «la manera personal de percibir, de evaluar y de afrontar, es decir, de saborear y de hacer fructificar la realidad».
Esta frase me la descubrió la persona que me ayudó por primera vez, a los catorce años, a darme cuenta de que existía una clave para abrir todos los aspectos de la realidad. Micompañero de pupitre y yo, al igual que Leopardi y Platón, teníamos en común el mismo deseo de verdad, de bien y de belleza. Esta persona se llama Don Luigi Giussani. Os invito a leer un texto central para toda la pedagogía del siglo XX como es Educar es un riesgo (Educar es un riesgo: apuntes para un método educativo verdadero, Encuentro Ediciones, 2006).

El corazón de la escuela es la educación, es la relación que cada día se instaura entre docentes y estudiantes: en clase se juega esa entrega de consignas, desde una generación a la otra, sin la cual no puede haber futuro. Cada día miles de docentes ayudan a los “jóvenes” a entrar en la realidad, captando su valor.
Esto es lo que sucede dentro de estos bellísimos muros, que testimonian toda la pasión de quien los ha querido y hecho construir para los jóvenes de hoy, los adultos de mañana.

Os doy las gracias, por ello, por tanta pasión enérgica que es testigo de cómo un ideal encarnado horada la opacidad aparentemente impenetrable de esta época nuestra.
Para concluir cuanto se ha dicho, cito unas palabras de Charles Moeller me parecen muy actuales, precisas e iluminadoras: «Cuando durante bastantes horas al día se tienen delante veinticinco rostros de muchachos desde los quince a los dieciocho años, que se vengan despiadadamente de uno mismo si se es aburrido en las clases, pero que nos miran fijamente con sus ojos de claridad – a veces de ternura – cuando en el silencio profundo de una hora matinal un reflejo de la belleza y de la verdad les ilumina, es imposible no plantearse y volver a plantearse sin pausa las cuestiones eternas que constituyen toda la vida de un hombre; y es imposible no responder, porque la juventud es impaciente. Los libros, entonces, ya no bastan. La respuesta debe darse inmediatamente, y debe ser verdadera, es decir, total, porque nadie puede engañar a la juventud. Esnecesario entonces cerrar los libros, sin olvidarlos, es necesario mirar a la cara a estos jóvenes, es necesario sobre todo interrogarles sobre sí mismos y responder a las cuestiones esparcidas en los textos de nuestros autores» (en Humanismo y santidad, Editorial Juventud, 1967).
Gracias.

Elena Ugolini
Sottosegretario del Ministero dell’Istruzione dell’ Università et della Ricerca

GRANADA, martes 4 diciembre 2012 (ZENIT.org).-

sábado, 8 de diciembre de 2012

Herejía en Colombia




 El Secretario General de la Conferencia Episcopal de Colombia, Mons. José Daniel Falla Robles, señaló que el "canal directo" para llamar al orden al sacerdote jesuita Alfonso Llano, que negó la virginidad de María, "es el Superior de la Compañía de Jesús, y esperamos que así lo haga".

El P. Alfonso Llano publicó el pasado 24 de noviembre una columna de opinión en el diario colombiano El Tiempo, titulada "La Infancia de Jesús", en la que analizó el reciente libro del Papa Benedicto XVI, y calificó a la virginidad de María como "un punto que parecía ya superado" en la Iglesia.

Según el presbítero colombiano, la Virgen María "como madre del hombre Jesús, igual a nosotros, lo engendra con un acto de amor con su legítimo esposo, José, del cual tuvo cuatro hijos varones y varias mujeres".

El P. Llano es director del Centro Nacional de Bioética CENALBE, de la Pontificia Universidad Javeriana, casa de estudios regentada por la Compañía de Jesús, a la que también pertenece el sacerdote jesuita Carlos Novoa, que apoya públicamente al lobby del aborto liderado por la abogada Mónica Roa.

En declaraciones a ACI Prensa el 7 de diciembre, Mons. José Daniel Falla Robles aseguró que las afirmaciones vertidas por el sacerdote jesuita en su columna de opinión "son claramente en contra de la fe de la Iglesia".

"El padre Llano ha hecho afirmaciones que van en contra de la doctrina de la Iglesia. Si después de llamársele la atención y hacérsele caer en cuenta de ello, persiste en sus afirmaciones, indudablemente que se le podrá considerar como hereje. Así se le manifestado al padre Llano", indicó el Prelado.

A continuación, el texto íntegro de la entrevista:

ACI Prensa: ¿Qué medidas han tomado los obispos con respecto a las constantes afirmaciones contrarias a la doctrina católica hechas por el P. Llano? ¿El Superior de la Compañía de Jesús en Colombia debe intervenir para llamar la atención de este sacerdote jesuita?

Mons. Falla: De manera individual se le ha escrito al padre Llano, pidiéndole considere sus afirmaciones, las cuales son, claramente, en contra de la fe de la Iglesia. Indudablemente, el canal directo para llamarle la atención es el Superior de la Compañía de Jesús y esperamos que así lo haga.

ACI Prensa: ¿Constituyen en efecto herejía? ¿Se le ha indicado así al P. Llano?

Mons. Falla: Según el Catecismo de la Iglesia Católica, una herejía "es la negación pertinaz, después de recibir el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma".

El Padre Llano ha hecho afirmaciones que van en contra de la doctrina de la Iglesia. Si después de llamársele la atención y hacérsele caer en cuenta de ello, persiste en sus afirmaciones, indudablemente que se le podrá considerar como hereje. Así se le manifestado al padre Llano.

ACI Prensa: ¿De constituir herejía las declaraciones del P. Llano, cuál debe ser la actitud de los fieles ante sus enseñanzas erradas?

Mons. Falla: Como son erradas, no pueden convertirse en objeto de aprendizaje. Deben ser rechazadas. Y con respecto al padre Llano, se debe orar por él para que el Señor lo ilumine y no permita que sus incursiones en el campo cientificista le aparten de la fe verdadera, de la fe revelada.

ACI Prensa: ¿El dogma de la virginidad de María es objeto de "discusión" teológica o de algún replanteamiento en el seno de la Iglesia?

Mons. Falla: Puede que en algún lugar exista algún teólogo que se atreva a dudar de la Virginidad de la Santísima Virgen María, pero en ningún momento es objeto de discusión teológica en el seno de la Iglesia. Dentro de la Iglesia no existe ninguna duda sobre la virginidad de María antes, en y después del parto.

ACI Prensa: Existe el caso paralelo de otro sacerdote jesuita, P. Carlos Novoa, que avala y promueve el aborto en Colombia. ¿Existe algún análisis de los obispos colombianos sobre su caso?

Mons. Falla: Es un caso un poco diferente, pues aunque tuvo una serie de afirmaciones en ese sentido, hablaba vehementemente y en su discurso parecía muy convencido de lo que decía, la verdad no era muy coherente; más parecía haberse enredado ante las cámaras y quizás un poco influenciado por la señora Mónica Roa y quienes le acompañaban.

Habría que esperar a ver si vuelve sobre sus afirmaciones, ya que después de ese lamentable programa de televisión, no ha vuelto a insistir sobre el particular.

REDACCIÓN CENTRAL, 07 Dic. 12 / 06:14 pm (ACI).-

Sacerdote jesuita es hereje al negar virginidad de María, explica experto

El P. Pedro Mercado Cepeda, experto en derecho canónico y doctor en filosofía, calificó la postura del sacerdote jesuita colombiano Alfonso Llano que niega la virginidad de María y la divinidad de Jesús, como "claramente herética".

En una columna publicada en el diario El Tiempo en ocasión de la publicación del libro "La Infancia de Jesús" del Papa Benedicto XVI, el P. Alfonso Llano calificó a la virginidad de María como "un punto que parecía ya superado" en la Iglesia.

En su texto, el P. Llano –que fue director del Instituto de Bioética de la Pontificia Universidad Javeriana a la que pertenece el también sacerdote jesuita Carlos Novoa que apoya públicamente al lobby del aborto liderado por la abogada Mónica Roa– aseguró que la Virgen María, "como madre del hombre Jesús, igual a nosotros, lo engendra con un acto de amor con su legítimo esposo, José, del cual tuvo cuatro hijos varones y varias mujeres".

En comunicación con ACI Prensa el 4 de diciembre, el P. Pedro Mercado Cepeda, Secretario adjunto de la Conferencia Episcopal de Colombia señaló que "en el fondo, lo que el P. Llano niega es la divinidad de Cristo tal y como es entendida por el Magisterio y la Tradición".

El P. Mercado precisó que las opiniones que ha dado a ACI Prensa son a título personal y no pueden entenderse como la postura oficial del Episcopado colombiano. A continuación, el texto íntegro de la entrevista:

ACI Prensa: El Padre Llano parece disentir nuevamente sobre la doctrina católica y lo hace otra vez en un medio de gran difusión en Colombia ¿Se le ha expresado ya alguna indicación correctiva?

Padre Mercado: En la columna titulada "La infancia de Jesús" el sacerdote jesuita controvierte claramente la fe de la Iglesia Católica. No es la primera vez. Sus gravísimas afirmaciones van mucho más allá de la negación de la virginidad corporal de María. En el fondo, lo que el P. Llano niega es la divinidad de Cristo tal y como es entendida por el Magisterio y la Tradición.

En ese sentido, no tengo duda en afirmar que su postura es claramente herética. Sobre las indicaciones correctivas puedo decirte que algunos Obispos le han manifestado privadamente su descontento. Creo, sin embargo, que llegó la hora de aclarar definitivamente la situación. Espero que las autoridades eclesiásticas competentes tomen cartas en el asunto.

ACI Prensa: El sacerdote jesuita habla de que el "punto" de la virginidad de María "parecía ya superado". ¿La Iglesia ha "superado" el dogma de la Virginidad de María?

Padre Mercado: Lo que está superado es esa teología racionalista y reductiva que parece estar en el fondo de ciertas afirmaciones del P. Llano no sólo sobre la virginidad de María sino sobre otros elementos relevantes de la fe de la Iglesia.

ACI Prensa: ¿No es peligroso para los fieles leer de un sacerdote, que debe fortalecerlos en la fe, que la Virgen María "como madre del hombre Jesús, igual a nosotros, lo engendra con un acto de amor con su legítimo esposo, José, del cual tuvo cuatro hijos varones y varias mujeres"?

Padre Mercado: Por supuesto que es peligroso leer ese tipo de afirmaciones y más si las escribe un sacerdote. Los fieles terminan desconcertados. Por ello es importante que alguien les diga a esos fieles que las opiniones del P. Llano no son expresión de la fe auténtica de la Iglesia Católica.

La virginidad corporal de María es una realidad incuestionable desde una perspectiva bíblica y magisterial. La opinión del P. Llano es una postura personal, aislada del auténtico sentir de la Iglesia e incluso de un sano juicio teológico. Yo lo invitaría a estudiar ciertos temas teológicos con mayor detenimiento porque uno no se puede quedar anclado en la teología de los años sesenta.

ACI Prensa: ¿Esta negación repetitiva de las enseñanzas de la Iglesia no constituyen ya herejía?

Padre Mercado: Yo no tengo duda alguna al respecto. Espero que el P. Llano sea consciente de su situación canónica y se reconcilie pronto con la Iglesia. Espero, igualmente, que sus Superiores de la Compañía de Jesús tengan la coherencia y la valentía para solicitarle una retractación inmediata y pública.

Por otra parte, las autoridades eclesiásticas competentes deben asumir su responsabilidad y aplicar las medidas correctivas establecidas por el derecho canónico. La fe debe ser protegida en su integridad. Ese es un derecho de los fieles que no puede vulnerarse impunemente.

REDACCIÓN CENTRAL, 05 Dic. 12 / 04:15 pm (ACI/EWTN Noticias).-



viernes, 7 de diciembre de 2012

Dogma




 El Dogma Católico y el Occidente

S. E. Mons. Giampaolo Crepaldi

Hablando de la influencia del catolicismo sobre la civilización occidental, a menudo viene dada una interpretación reduccionista, en el sentido de pensar que sea solo una influencia.  Esto significa que el catolicismo ha influenciado sobre la civilización occidental, con sus obras de caridad, con el arte, con la literatura, las redes sociales guiadas por la religión, con la coronación de los soberanos, etc. Todo esto es cierto, pero la profunda relación del catolicismo con el occidente se refiere a los dogmas y es una expresión de la historicidad del dogma. 

La expresión – historicidad del dogma – no significa que el dogma en su verdad objetiva,  se desarrolla histórica y paralelamente con la auto-conciencia que tienen los creyentes, esta es la visión modernista de la materia – pero sí  significa que el dogma tiene siempre un contenido histórico, real y no puede ser relegado al abstracto o al mito.  El dogma nutre la Iglesia y la Iglesia es el Cuerpo de Cristo en la historia, el Cuerpo que permanece para siempre[1]. Entre el dogma y el Cuerpo existe una unidad indisoluble, por lo que el dogma no está presente solo en la conciencia del creyente, sino que por naturaleza, se vuelve historia; por tanto, civilización. Es a causa del realismo de la fé cristiana, más concretamente el de la fé católica.

La Iglesia ha plasmado la civilización cristiana occidental, con sus dogmas, definidos en los Concilios dogmaticos. Existe hoy en día una subestimación  de la importancia de la doctrina en la vida de la Iglesia en favor de la practica pastoral, que amenaza con ensombrecer este importante  aspecto. Me gustaría hacer dos ejemplos históricos. 
El primero de ellos se refiere a la Gnosis. La condena del arianismo y la definición de la naturaleza humana y la divinidad de Jesúcristo han contradicho la Gnosis, expresión del racionalismo helenístico. El proceso ha sido largo, implicó  otros concilios y también el trabajado de los Padres y de los grandes Doctores. El juego aún no ha sido ganado, dado que al lado de la Gnosis de los primeros siglos cristianos existe una “Gnosis eterna”, pero sin duda la lucha entre el dogma crsitiano contra la Gnosis ha preservado la civilización humana de las catástrofes del catarismo, del rechazo y de la exaltación contemporánea de la materia, de la destrucción del matrimonio y la familia, el rechazo de la autoridad política. 

Ha producido frutos de una civilización de justa consideración del mal y del sufrimiento, lo ha defendido del nihilismo. Mediante la defensa del Antiguo Testamento del ataque gnóstico se ha podido preservar la visión positiva de la creación y de la dimensión histórico- social de la fe cristiana. El bautismo de los niños, las oraciones por los muertos, el celibato sacerdotal, el culto de las imagines: cuantos beneficios han traído a la civilización occidental estos puntos que hubiesen sido eliminados por una eventual prevalencia de la Gnosis! 

Cuales daños hubiesen hecho el pauperismo, el pacifismo, el purismo radical de tipo gnóstico, si se hubiesen difundido sin que algo los parase!

Comentando la batalla de Muret del 13 de septiembre de 1213, en la cual Simon de Montfort, después de aver estado en la misa celebrada por Santo Domingo, con miles de soldados puso a huir el ejercito Aragonés que apoyaba a los albigenses con 40 mil hombres, Jean Guitton afirma: “Muret es una de aquellas batallas decisivas en las cuales se jugó la suerte de una civilización. La mayor parte de los historiadores da poca importancia a este acontecimiento”[2].

El segundo ejemplo se trata de Pio IX y la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de María. La definición del dogma nacía de una lectura teológica de los acontecimientos de la revolución liberal. Según Pio IX todos los errores contemporaneos nacían de la negación  del pecado original y por tanto el contaste entre Dios y el pecado. El fin de la vida tenía que ser el progreso del hombre y del mundo, el hombre moderno tenía que llegar a ser autónomo y autosuficiente, liberándose de la tutela de la Iglesia, la religión era solo una cosa útil para el progreso civil por esta razón tenía que someterse al mismo.  Negando el pecado original, no existe puesto para Cristo, ni para la Iglesia ni para la gracia.

De frente a esta visión de las cosas violentamente colocadas en su época, Pio IX quiso hacer hincapié en el contraste entre Dios y el pecado del mundo; donde, el fin principal del mundo y de la historia no es la celebración del progreso humano sino la gloria de Dios. Y esto lo hizo proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción de María “La gloriosa vencedora de las herejías”.

Los violentos acontecimientos, los cuales tuvo que vivir Pio IX tendían a emancipar el orden natural por el orden sobrenatural. Pio IX pensó que con este proyecto no se podría descender a simples pactos, que no se podrían “catolizar”. Bien, la genesis de la enciclica Quanta cura  y el Sillado, que no están separadas del profundo significado teológico de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción,  sino que bien vistos, junto al Vaticano I, como la respuesta de Pio IX al pecado moderno. No por casualidad todos estos tres acontecimientos sucedieron el 8 de diciembre : en 1854 la proclamación del Dogma, en 1864 la enciclica Quanta cura y el Sillabo, en 1969 la apertura del Concilio Vaticano I[3].

La construcción de la civilización occidental sucedió con los dogmas. El dogma era la fuente principal para impedir la apostasía occidental del Cristianismo. Esto porque la apostasía  también se habia vuelto apostasía dogmatica.

Osservatorio Internazionale Cardinale Van Thuân, 7-12-12

 [1] J. Ratzinger, Fede Verità Tolleranza. Il cristianesimo e le religioni del mondo cit., p. 74 (versión italiana)
[2] J. Guitton, Il Cristo dilacerato. Crisi e concili nella storia, Cantagalli, Siena 2002, p. 166. (versión italiana)
[3] Cf R. de Mattei, Pio IX e la rivoluzione italiana, Cantagalli, Siena 2012. (versión italiana)


martes, 4 de diciembre de 2012

La Doctrina Social para la nueva evangelización




Alocución del Papa al Consejo Justicia y Paz


Con alegría Benedicto XVI recibió esta mañana a los participantes en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio Justicia y Paz, encabezados por su Presidente, el Cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson, a quien agradeció las palabras que le dirigió al inicio de este encuentro, junto a los demás miembros del dicasterio.

En su alocución, el Papa destacó que realizan su Asamblea en este Año de la fe, tras el Sínodo de los Obispos dedicado a la nueva evangelización, así como al quincuagésimo aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II y – dentro de pocos meses – del aniversario de la Encíclica Pacem in terris del beato Papa Juan XXIII, contexto que de por sí ofrece múltiples estímulos.

La Doctrina social, como nos ha enseñado el beato Papa Juan Pablo II, es parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia (Cf., Enc. Centesimus annus, 54), y, con mayor razón, debe considerársela importante para la nueva evangelización (Cf. ibid., 5; Enc. Caritas in veritate, 15). Acogiendo a Jesucristo y su Evangelio, además de en la vida personal, también en las relaciones sociales, llegamos a ser portadores de una visión del hombre, de su dignidad, de su libertad y capacidad de relacionarse, que se caracteriza por la trascendencia, tanto sen sentido horizontal como vertical.

Y añadió que de la antropología integral, que deriva de la Revelación y del ejercicio de la razón natural, dependen la fundación y el significado de los derechos y de los deberes humanos, como nos ha recordado el Beato Juan XXIII precisamente en la encíclica Pacem in terris (Cf. n. 9).

En efecto, dijo el Papa “los derechos y los deberes no tienen como único y exclusivo fundamento la conciencia social de los pueblos, sino que dependen primariamente de la ley moral natural, inscrita por Dios en la conciencia de toda persona y, por tanto, en última instancia de la verdad sobre el hombre y sobre la sociedad.

Si bien la defensa de los derechos ha hecho grandes progresos en nuestro tiempo, la cultura actual, caracterizada, entre otras cosas, por un individualismo utilitarista y un carácter tecnocrático de la economía, tiende a devaluar a la persona; la cual es concebida como un ser “fluido”, sin consistencia permanente. El hombre de hoy, a pesar de estar inmerso en una red infinita de relaciones y de comunicaciones, paradójicamente con frecuencia aparece aislado, porque es indiferente con respecto a la relación constitutiva de su ser, que es la raíz de todas las demás relaciones, es decir su relación con Dios.

El Papa también afirmó que el hombre de hoy es considerado en clave prevalentemente biológica o como “capital humano”, “recurso”, parte de un engranaje productivo y financiero que los domina. De ahí que si por una parte, se sigue a proclamado la dignidad de la persona, otra, nuevas ideologías – como la hedonista y egoísta de los derechos sexuales y reproductivos o la de un capitalismo financiero desordenado que prevarica sobre la política desestructurado la economía real – contribuyen a considerar al trabajador dependiente y su trabajo como bienes “menores” y a minar los fundamentos naturales de la sociedad, especialmente la familia.

Y añadió textualmente:

De una nueva evangelización del ámbito social pueden derivar un nuevo humanismo y un renovado empeño cultural y de proyección. Ella ayuda a desentronizar a los ídolos modernos, a sustituir el individualismo, el consumismo materialista y la tecnocracia, con la cultura de la fraternidad y de la gratuidad, del amor solidario. Jesucristo ha resumido y dado cumplimiento a los preceptos en un mandamiento nuevo: “Como yo los he amado a ustedes, así ámense también ustedes unos a otros” (Jn 13, 34); aquí está el secreto de toda vida social plenamente humana y pacífica, así como de la renovación de la política y de las instituciones nacionales y mundiales.

Después de recordar que el beato Papa Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris ha motivado el empeño por la construcción de una comunidad mundial, con una correspondiente autoridad a partir del amor, y del amor por el bien común de la familia humana, Benedicto XVI dijo:

Ciertamente la Iglesia no tiene el deber de sugerir, desde el punto de vista jurídico y político, la configuración concreta de semejante ordenamiento internacional, pero ofrece a quien tiene esta responsabilidad aquellos principios de reflexión, criterios de juicio y orientaciones prácticas que pueden garantizar el armazón antropológico y ético en torno al bien común (Cf. Enc. Caritas in veritate, 67). De todos modos, hay que tener presente en la reflexión que no se debería imaginar un súper poder, concentrado en las manos de pocos, que dominaría a todos los pueblos, explotando a los más débiles, sino que toda autoridad debe ser entendida, ante todo, como fuerza moral, y facultad de influir según lar razón (Cf. Pacem in terris, 27), o sea como autoridad participada, limitada por competencia y por el derecho.

Antes de impartirles su bendición apostólica, Su Santidad concluyó agradeciendo al Consejo Pontificio de la Justicia y de la Paz porque junto a las demás instituciones pontificase, se ha prefijado profundizar las orientaciones ofrecidas en su encíclica Caritas in veritate. Y se despidió con el deseo de que la Virgen María, quien con fe y amor ha acogido en sí al Salvador para darlo al mundo, nos guíe en el anuncio y en el testimonio de la Doctrina social de la Iglesia, para hacer más eficaz la nueva evangelización.

(María Fernanda Bernasconi – RV), 4-12-12

sábado, 1 de diciembre de 2012

Cristo Rey




“Señor: que la creación entera, liberada de la esclavitud del pecado, te sirva y te alabe eternamente”

Padre Ricardo B. Mazza.

En la primera lectura proclamada (Dn. 7,13-14), el profeta Daniel menciona a una figura como de Hijo de hombre que viene sobre las nubes del cielo, indicando de esa manera su procedencia divina. Se le ha dado “el dominio, la gloria y el reino y, lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas. Su dominio es un dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido”.

En contraste con esta visión, hace referencia versículos antes, a cuatro figuras espantosas que surgen del abismo, de procedencia maligna, que son otros tantos reinos que guerrearon contra el pueblo elegido y quisieron someterlo, pero son destruidos.
Lo descrito no sólo destaca lo que aconteció en tiempos lejanos, sino que se afirma que por encima de todos los poderes y reinos de este mundo, existe el poder de Dios que no pasará, que abate cuando lo considera oportuno, a los que se creen todopoderosos y pueden burlarse de la ley de Dios.

La historia nos habla de cruentas persecuciones contra la Iglesia y los cristianos en manos del imperio romano, la Francia de la Revolución y de Napoleón, del mundo marxista de la Rusia post zarista, el nazismo y tantos otros poderes que en el decurso del tiempo fueron aniquilados, aunque se creían más poderosos que Dios.
Cristo, en cambio, se presenta hoy como el Señor de la historia, que invita a todos a ingresar en el reino que Él inaugura,  guiando el corazón de aquellos que lo buscan con sincero corazón. Este reino ya estaba prefigurado en el pueblo de la antigua alianza y se perfecciona en la persona del Hijo de Dios hecho hombre.

En el diálogo con Pilato (Jn. 18, 33b-37), Jesús responde las inquietudes del Procurador pero de una manera distinta a lo que esperaba, “¿Tú eres rey? Si, pero mi realeza no es de este mundo”. Pilato piensa con categorías puramente temporales, donde la existencia de poderes y reinos era evidente por la fuerza de las armas y la prepotencia de sus gobernantes que se hacían venerar como dioses. El reino de Cristo, en cambio, no es de este mundo, de allí que no tenga “partidarios” que lo mantengan en la cima, sino que es su poder el que impide a las fuerzas infernales prevalecer sobre el nuevo reino.

El Procurador no sabe qué responder porque no entiende la lógica del planteo del Señor y más azorado aún habrá estado cuando sigue escuchando “Yo Soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz”.
La verdad no es sólo dar a conocer la intimidad de Dios sino lo que refiere a toda la historia humana, al fin del hombre, al sentido de la vida y a la realización plena de cada uno en el encuentro definitivo con el Padre.

Creado para la felicidad plena, el hombre hirió con el pecado el proyecto divino, y fue Jesús, enviado por el Padre quien nos fue mostrando que estamos llamados a pertenecer al Reino de justicia, de paz, de verdad y de amor que instaura con su muerte y resurrección.
Mientras Pilato sirve al poder mundano que busca imponerse por la fuerza, Cristo muestra el reino que instaura a través de la humillación de su rey.
Si descubrimos la verdad profunda de este hecho estaremos en condiciones de escuchar la voz del Señor integrándonos a su reino.
Es por eso que el libro del Apocalipsis (1, 5-8) refiriéndose a Jesús dice “El testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el rey de los reyes de la tierra”.
Como testigo fiel nos muestra la profundidad del misterio del Padre, resucitando asegura nuestra propia resurrección manifestándose como rey de todo lo creado, dado que su presencia se remonta al principio mismo de la creación como Palabra del Padre, que en la plenitud de los tiempos se hace hombre para nacer entre nosotros.

Insiste el texto sagrado afirmando que Cristo, amándonos nos libera de nuestros pecados por medio de su sangre, “e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre”.
Por lo tanto, desde la cruz en la que es entronizado reina sobre todo lo creado y liberándonos de nuestros pecados ha hecho de nosotros un reino sacerdotal para Dios su Padre quedando bien en claro que estamos invitados a formar parte de este reino que Él viene a inaugurar.
Este reino no es meramente espiritual en el sentido que se agote en la unión nuestra con Dios y su Hijo hecho hombre Jesucristo, sino que implica instaurar su Reino en medio de la sociedad en la que estamos insertos. 

Es decir, hacer presente a Jesús en el mundo de la economía, de la política, de lo educativo, de la familia, etc.
Significa que nosotros hijos de Dios por el bautismo hemos de vivir en el mundo pero sin ser del mismo, permanecer en este mundo temporal pero sabiendo que somos de otro reino. Convencidos que como creyentes hemos de vivir, pensar y actuar, con los criterios de Cristo.
Esto hace que el cristiano no contemple la realidad que lo rodea según la mirada de la cultura que prescinde de Dios, sino que por el contrario el Creador ha de ser el referente obligado para gestionar los asuntos temporales.
Y así el cristiano que pertenece al reino de Cristo, cuando actúa en política, lo hace buscando siempre el bien común de la sociedad, promoviendo los valores de la vida y de la dignidad humana que se inicia por nuestra filiación divina, sin caer en componendas, o cediendo principios por no perder “amigos”, fortuna y poder.

De este modo preparamos el camino para que el Señor pueda reinar en el corazón de cada uno y de la sociedad.
En lo referente a la economía, el ciudadano del nuevo Reino, promueve este ámbito para ponerlo al servicio del hombre de manera que primer la solidaridad por sobre el egoísmo, privilegiando la atención de los abandonados y empobrecidos  de la sociedad para que todos puedan vivir honestamente.
Y así en todos los ámbitos de la existencia humana es posible gestar un mundo nuevo donde reine la paz, la justicia y el amor, buscando aplicar las enseñanzas del Señor, renunciando a los propios intereses para glorificar a Dios y enaltecer a la persona humana.

Percibimos en nuestros días que cuando prima “el reino de este mundo”, con sus poderes malignos, no sólo Dios es ignorado en toda la existencia humana, sino  que también el hombre es pisoteado, ignorado, y desconocido en su dignidad de hijo de Dios.
Ante el Reino de Cristo caerán todos los otros reinos y poderes basados en la prepotencia, nos dice el libro del Apocalipsis “por Él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra”. Los que creían que estaban por encima de Dios y podían hacer lo que quisieran sucumben.
Concluyendo, pidamos al Señor que Él reine en nuestros corazones y que con sus enseñanzas y ejemplos conozcamos cuál es nuestro compromiso en la sociedad en la que estamos insertos.

Pidamos que nuestro testimonio de ciudadanos del Reino de Cristo ayude a muchos que no creen, el poder comenzar una vida nueva de fe en Cristo.

Padre Ricardo B. Mazza.
Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en el domingo de Cristo Rey del Universo. Ciclo “B”. 25 de noviembre de 2012. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com