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a los 18 años de su muerte:
el más universal y viajero de los papas,
canonizado en tiempo récord
Claudia Peiró
Infobae, 2 Abr,
2023
Juan Pablo II fue
proclamado santo en tiempo récord para la tradición, a sólo 9 años de su
muerte, en abril de 2014, en una ceremonia bautizada como de “los 4 Papas”,
porque al mismo tiempo fue canonizado Juan XXII y porque el acto, presidido por
Francisco, contó también con la presencia del pontífice emérito, Benedicto XVI,
fallecido el 31 de diciembre del año pasado.
Karol Wojtyla, tal
era su nombre secular, murió el 2 de abril de 2005. Seis días después, el 8, el
Vaticano fue escenario del entierro más convocante de un Sumo Pontífice. Un
millón de fieles llegaron a Roma y en la Plaza San Pedro lo vitorearon y
pidieron su beatificación.
Desde el
secretario general de las Naciones Unidas -Kofi Annan- al de la Liga Árabe -Amr
Mussa-; desde las autoridades de la Unión Europea (José Manuel Durao Barroso,
presidente de la Comisión, y el premier luxemburgués, Jean Claude Juncker,
presidente de turno de la UE), hasta el primer mandatario de los Estados
Unidos, George W.Bush, que viajó a Roma acompañado por dos de sus antecesores
en el cargo: su padre, el republicano George Bush, y el demócrata Bill Clinton:
un impresionante número de personalidades mundiales se dio cita en El Vaticano
para despedir al Papa más viajero de la historia.
También asistieron
el socialista presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero y el
centroderechista primer mandatario de Francia, Jacques Chirac; el presidente de
China, Chen Shui-bian, el de Brasil, Lula Da Silva; el primer ministro
británico, Tony Blair, el presidente del Parlamento de Cuba, Ricardo Alarcón;
el presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Ahmed Qurei y el ex
presidente polaco y fundador del movimiento Solidaridad, Lech Walesa.
Además, varios
altos referentes de otras confesiones: el jefe espiritual de la Iglesia
ortodoxa, Bartolomeo I, patriarca de Constantinopla, el de la Iglesia
anglicana, arzobispo de Canterbury Rowan Williams, además del arzobispo de la
iglesia ortodoxa de Grecia, Christodoulos, y Mesrob II, patriarca armenio
ortodoxo: una asistencia plural que reflejó la extensión del respeto y la
simpatía que la figura y el largo pontificado de Juan Pablo II habían despertado
en el mundo.
Un público que
también incluyó a los Reyes de España, Bélgica, Noruega, Suecia y Jordania, al
príncipe Carlos de Inglaterra, al presidente y al premier de Alemania, Horst
Köhler y Gerhard Schröder, respectivamente, además de los primeros mandatarios
de Portugal, México, Polonia, República Checa, Austria, Irlanda, Bulgaria,
Chipre, Croacia, Eslovaquia, Macedonia, Eslovenia, Bolivia, Irán, Costa Rica,
Estonia, Honduras, Siria, Filipinas, Grecia, Hungría, Letonia, El Salvador,
Rumania, Serbia y Montenegro, Suiza, Ucrania, Nicaragua, Lituania, Mozambique,
Congo, Ghana, Guinea Ecuatorial, Líbano y Albania. Y a los primeros ministros
de Canadá, Rusia, Holanda, Sri Lanka, Armenia, Dinamarca, Finlandia, además de
una delegación de la presidencia tripartita de Bosnia (serbia, musulmana y
croata).
Néstor Kirchner
delegó en su vicepresidente, Daniel Scioli, la asistencia al funeral, pero la
Argentina estuvo también representada por dos ex mandatarios, Carlos Menem y
Eduardo Duhalde.
Aquella amplitud
de latitudes y de tendencias políticas e ideológicas constituyó el mejor
reflejo del protagonismo de un Papa con vocación universal y voluntad de
abarcar y contener todas las contradicciones humanas.
Para unos, fue
“subversivo”, para otros “reaccionario”, diablo modernista o conservador
anticonciliar, innovador en ciertos momentos, tradicionalista en otros.
El mismo Juan
Pablo II que con su viaje a la Polonia comunista y la exhortación a sus
compatriotas a luchar -con aquella célebre exhortación: “No tengan miedo”- fue
un acelerador de la Historia aportando a la caída del sistema soviético y la
liberación de su tierra natal de ese régimen de opresión, volvió luego su
mirada crítica a los excesos del capitalismo y al escándalo de la pobreza en el
mundo occidental y cristiano. El mismo Papa que dio todo el respaldo de su
autoridad espiritual a la lucha contra la opresión comunista, se atrevió luego
a reivindicar las “semillas de verdad” que a su juicio estaban presentes en el
socialismo.
Su mensaje fue que
el capitalismo salvaje no sería mejor que el marxismo. “El comunismo -dijo- ha
demostrado que era una medicina más peligrosa que la propia enfermedad”. Pero
hay una enfermedad. “Una globalización económica (que) si se rige por las meras
leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos lleva a
consecuencias negativas”, como el desempleo, la destrucción del ambiente, el
agrandamiento de la brecha de ingresos. “No es posible que los países ricos
traten de mantener su estándar de vida explotando gran parte de las reservas de
energía y materias primas (que deben) servir a toda la Humanidad”, dijo.
Quienes hoy tildan
de “populista” a Jorge Bergoglio, se sorprenderían por la similitud de tono en
las diatribas de Karol Wojtyla contra el capitalismo salvaje y la globalización
anómica; críticas que incluso formuló el propio Benedicto XVI, desmintiendo la
caricatura que de él suele hacerse.
El mismo Juan
Pablo II que batió todos los récords en materia de beatificación (más de 1300)
y reveló al mundo el tercer secreto de Fátima fue el autor de la encíclica
Fides et ratio (año 2000) en la cual afirmó que la fe necesita de la razón para
no verse reducida al mito o a la superstición: “No puede haber competencia
alguna entre la razón y la fe, escribió. La Iglesia reconoce los esfuerzos de
la razón para alcanzar objetivos que hacen la existencia personal más digna”.
En el mismo documento atacó a quienes “han sustituido con la duda sistemática
cualquier posibilidad de certezas”, reafirmando así la existencia de la verdad
absoluta, para él la Verdad religiosa. “Doy los pasos que doy, no como los da
el mundo, sino como yo los doy”.
El mismo Papa cuya
prédica fue clave en el derrumbe del sistema soviético, le tendió la mano a la
Cuba castrista, recibiendo a Fidel Castro en El Vaticano y visitando la isla en
1998: “Que el mundo se abra a Cuba y que Cuba se abra al mundo”, fue su
esperanza.
El mismo Karol
Wojtyla que visitó Israel y llamó "hermanos mayores" a los judíos y
"fruto de la elección divina" a ese pueblo, reconoció el derecho de
los palestinos a un Estado y reclamó un estatuto internacional para Jerusalén,
la ciudad santa de tres religiones.
El mismo que era
recibido masivamente por los jóvenes en sus viajes, no hizo ninguna concesión
en materia de anticoncepción, aborto o divorcio. Una ortodoxia en el núcleo del
dogma que sin embargo iba acompañada de una gran flexibilidad en las formas de
transmitir el mensaje.
El objetivo
estratégico de su activismo -Karol Wojtyla besó el suelo de más de 130 países
en un centenar de viajes realizados durante su largo pontificado- era volver a
poner a Dios como motor de la Historia y legarle al milenio una Iglesia a la
cual nada de lo humano le fuese ajeno.
Hubo momentos en
que su prédica espiritual encontró eco en los acontecimientos políticos y otros
en los que pareció predicar en el desierto, como cuando en 2003, en referencia
a la inminente segunda guerra de Irak, advirtió que “quien decide que se han
agotado todos los medios pacíficos que el derecho internacional pone a su
disposición, asume una grave responsabilidad ante Dios, ante su conciencia y
ante la Historia”.
Fue en ese año
cuando el comité que otorga el premio Nobel de la Paz dejó pasar una
oportunidad de limpiar su imagen e incurrió en otra de las incongruencias -no
sería la última tampoco- que explican el desprestigio de un galardón que el
mundo unánimemente le concedía in péctore al Papa.
“Decisiones con
consecuencias mundiales son tomadas sólo por un pequeño grupo restringido de
naciones”, se lamentaba el Papa. Y este mensaje suyo en favor de un mayor
multilateralismo es la parte más significativa de su legado para los tiempos
presentes, cuando el mundo enfrenta convulsiones económicas, políticas y
bélilcas, cuyas consecuencias, en un escenario globalizado, no reconocen
fronteras. La comunidad internacional se ve ante la necesidad de imaginar
nuevos caminos e instancias para una solución más participativa de los mismos.
“El derecho internacional, el diálogo leal, la solidaridad entre los Estados,
el ejercicio noble de la diplomacia, son medios dignos del hombre y de las
Naciones para resolver sus actos contenciosos”, había dicho Juan Pablo II en
2003. Palabras más actuales que nunca.
Como todos los
grandes de la historia, también Juan Pablo II tuvo sus travesías del desierto
antes de darse a conocer al mundo. Casi toda su vida transcurrió en una patria
sometida al yugo extranjero. Y bajo un régimen para el cual la Iglesia Católica
era un enemigo a combatir y el cristianismo una fe a erradicar.
Karol Wojtyla
había nacido en Wadowice, una pequeña ciudad cercana a Cracovia, el 18 de mayo
de 1920, en el seno de una familia modesta. Perdió a su madre cuando tenía sólo
9 años. Edmund, su único hermano, era médico. En 1932, falleció de
tuberculosis. Karol y su padre se mudaron a Cracovia donde él inició sus
estudios. El futuro Papa quedó totalmente solo cuando en 1941, durante la
ocupación de Polonia por la Alemania nazi, murió su padre, que era suboficial
del ejército polaco.
Wojtyla hizo
primero estudios literarios –una afición por las letras y el teatro que no
abandonaría. Cuando en 1939 Polonia fue invadida por los alemanes, trabajó en
una fábrica química y luego en una cantera para evitar ser deportado a campos
de trabajo forzoso en Alemania. El ingreso de Wojtyla al seminario se produjo
en la clandestinidad, en octubre de 1942. Fue ordenado sacerdote en 1948 y más
tarde se doctoró en teología.
En 1958 fue
nombrado obispo auxiliar de Cracovia. Y en esa condición participó de las
tareas del Concilio Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII.
En 1967, el papa
Pablo VI lo hizo Cardenal.
Muy apreciado en
su país natal por su humanidad, coraje e inteligencia, Karol Wojtyla era poco
conocido fuera de Polonia, por lo que su elección como Papa, tras el brevísimo
pontificado de Juan Pablo I, el 16 de octubre de 1978, causó enorme sorpresa en
todo el mundo. Y marcó un giro copernicano en la tradición vaticana. Fue una
elección singular, especialmente por la nacionalidad del nuevo pontífice pero
también por su edad: 58 años era poco para un Papa.
Wojtyla tomó el
nombre de Juan Pablo II para homenajear a sus tres predecesores, Juan XXIII,
Pablo VI y Juan Pablo I.
Fue el primer Papa
en conquistar una popularidad masiva y universal, el primero en convocar
multitudes, no sólo en Roma sino en casi todos los países que visitó en sus más
de 100 viajes internacionales.
Su ya célebre
frase, “¡no tengan miedo!”, pronunciada a escasos días de su elección, el 22 de
octubre de 1978, fue un aliento a sus compatriotas a sublevarse contra el
régimen comunista.
Pronto vino la
reacción. El 13 de mayo de 1981, en plena pulseada entre Moscú y El Vaticano,
Juan Pablo II recibió un disparo mientras circulaba en jeep por la plaza San
Pedro. Un joven turco fanático fue el autor material, pero la investigación se
orientó hacia los servicios secretos búlgaros y, más allá, a los soviéticos. Años
más tarde, Juan Pablo II perdonó a su agresor, que de todos modos purgó una
larga pena de prisión.
Wojtyla recorrió
el mundo como ningún otro Papa antes que él. En sus 27 años de pontificado
realizó 104 viajes, visitando 129 países, sin contar la propia Italia. Hablaba
varios idiomas, entre ellos italiano, francés, alemán, inglés, ucraniano y
ruso, pero además se esforzaba en cada viaje en leer sus discursos en el idioma
local. Muchos recordarán su acento marcado pero claramente inteligible en todas
las ocasiones en que les habló a los argentinos.
Luego de la
implosión de los regímenes comunistas, también pidió perdón por los errores de
la iglesia, en particular hacia el judaísmo.
Fue también el
impulsor de las multitudinarias Jornadas Mundiales de la Juventud, la primera
de las cuales tuvo lugar en Buenos Aires, en 1987, en la que fue su segunda
visita a la Argentina.
Pese a todo, no
pudo revertir el proceso de secularización en Europa Occidental, ni el avance
del pentecostalismo a expensas de la Iglesia Católica en América Latina.
También el avance de un capitalismo salvaje en la Europa del Este postcomunista
fue una desilusión para este Pontífice.
Hubo momentos en
los que el mensaje papal fue replicado y bajado a la realidad concreta por
políticos que eran sus contemporáneos. Y otros en los que faltaron líderes con
verdadera vocación de servicio y mirada universal. Y la voz del Papa quedó
solitaria.
Aunque su
influencia menguó con los años y la enfermedad, su largo pontificado de casi
tres décadas dejó una impronta imborrable en la historia reciente.
Karol Wojtyla
murió a los 84 años, en 2005, un 2 de abril... tal vez para recordarnos a los
argentinos lo mucho que hizo por nosotros, cuando apeló a toda su autoridad
para frenar una guerra fratricida entre Argentina y Chile.
el cisma ha empezado
P. Santiago Martín
Infocatólica,
12/03/23
Los historiadores
suelen situar el inicio del cisma de Lutero en el momento en que éste clavó sus
95 tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia de Todos los Santos
de Wittemberg. Era el año 1517 y Lutero aún tardó cuatro años en ser
excomulgado. Cuatro años que, también según los historiadores, fueron excesivos
y que le permitieron fortalecerse y dieron la oportunidad a su herejía de
extenderse por Europa. Lo que acaba de ocurrir este fin de semana en
Alemania, puede ser considerado también como el principio de un nuevo cisma,
mucho más peligroso y grave aún que el de Lutero.
Ha concluido ya el
Sínodo alemán. No ha habido ni el más mínimo intento por parte de sus
promotores por acercar posiciones con las de la Iglesia católica. Al contrario.
De forma consciente han ido al choque. Lo han hecho usando métodos
dictatoriales, como prohibir el voto secreto, para impedir que votaran en
contra los obispos que no estaban de acuerdo con lo que se iba a aprobar; claro
que podían haberlo hecho -unos pocos lo hicieron-, pero los que se abstuvieron
tenían miedo a sufrir el acoso que los “tolerantes” infringen a los que no
están de acuerdo con ellos.
Han aprobado,
entre otras cosas, pedir el fin del celibato sacerdotal, la celebración de
bautizos y bodas, así como la predicación de las homilías, por laicos
(entiéndase sobre todo por laicas). Han aprobado la bendición de parejas
homosexuales y de todo tipo de parejas que no estén casadas. Han aprobado la ideología de género, aceptando que
el sexo de la persona no tiene nada que ver con su biología, sino que es una
cuestión ligada a su voluntad y, por si fuera poco, cambiante todas las veces
que lo permita la ley civil. Como consecuencia, han aprobado que las mujeres
que se sienten o dicen sentirse hombres -los transexuales- puedan ser ordenadas
sacerdotes, lo cual implicaría de hecho la existencia de sacerdotisas, pues no
sólo estos “sacerdotes” serían físicamente mujeres, sino que, una vez llegados
al sacerdocio, podrían decir que vuelven a sentirse mujeres. Usando las
palabras de uno de los pocos obispos alemanes que han decidido seguir siendo
católicos, por mucho menos que todo esto se acaba de producir un cisma dentro
de la Iglesia anglicana y eso que en la Iglesia anglicana se puede ser de todo
y creer en todo, con tal de que no te metas en lo que hacen o creen los demás.
Previendo todo
esto y, sin duda, con la información de que iba a ocurrir lo que ha ocurrido,
el Papa hizo pública a principios de semana la composición del nuevo Consejo de
cardenales que le asesorarán en el gobierno de la Iglesia. Lo más llamativo fue
que dejó fuera de él al cardenal Marx, arzobispo de Münich. Es verdad que
incluyó a otro cardenal -Hollerich, de Luxemburgo- que sostiene tesis parecidas
a las de los alemanes en algunos puntos, pero la eliminación de Marx era una
señal de que no le gustaban ni sus consejos ni sus hechos. A los alemanes les
ha traído sin cuidado esa advertencia del Papa. Están dispuestos a llevar a la
práctica lo que han aprobado, sin modificar una coma. Algunas cosas serán de
efecto inmediato y otras tardarán un poco más. Pero hacerlo, lo van a hacer.
Es el Papa y sólo
él quien tiene la responsabilidad histórica de intervenir cuanto antes. Él es
el único que tiene el ministerio petrino. Ya no es suficiente con que algunos de los ministros
del Pontífice de más alto nivel -como los cardenales Parolín o Ladaria-
intervengan. Hacen falta decisiones claras y prohibiciones expresas, de forma
que quede muy claro que el obispo que aplique las medidas aprobadas por el
Sínodo queda automáticamente destituido. El tiempo que se perdió con Lutero no
puede perderse ahora. Si no se toman medidas, lo ocurrido en Alemania se
extenderá por el mundo y no tardarán norteamericanos, belgas, suizos e incluso
latinos en hacer lo mismo, pues se interpretará la pasividad del Vicario de
Cristo como un permiso tácito. ¿Qué harán los cardenales y obispos que no están
de acuerdo, por ejemplo, con la existencia de sacerdotisas transexuales cuando
éstas existan? ¿Qué harán los fieles? ¿Todo el mundo callará como si no pasara
nada? ¿Hasta ese punto de pasividad habremos llegado? Hay que seguir
rezando, pero ahora hace falta algo más que rezar.
Carta pastoral del
Episcopado Argentino a los miembros del Pueblo de Dios y a todos los hombres de
buena voluntad.
Una luz para
reconstruir la Nación
2005
I. Origen y
naturaleza de la Doctrina Social
El misterio de
Jesucristo
1. El tiempo de
Adviento, ya inminente, nos invita una vez más a la reflexión y compromiso. En
él contemplaremos el misterio del Hijo de Dios que por nosotros los hombres y
por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó
de María, la Virgen, y se hizo hombre. Su nacimiento y vida entre los hombres
es Evangelio, anuncio de salvación que confirma el amor de Dios al hombre y la
sublime dignidad con que lo reviste.
La dignidad del
Hombre y sus derechos
2. De esta
dignidad brotan los derechos fundamentales e inalienables de todo ser humano,
que no lo abandonan nunca, desde su concepción hasta su muerte natural. Y esto,
no importa su condición: varón o mujer, rico o pobre, sabio o ignorante,
inocente o reo, y cualquiera sea su color. Esta dignidad es la clave y el
centro del misterio del hombre y de todo lo que lo atañe. Desde ella todo problema
humano puede ser iluminado y hallar solución. Esta dignidad nos ilumina también
para apreciar la grandeza sublime de la vida terrena y de los esfuerzos con que
el hombre procura hacerla más plenamente humana. No por ser peregrino del
cielo, el cristiano descuida la construcción de la patria terrena.
La Doctrina Social
de la Iglesia
3. De la
contemplación del misterio de la encarnación y nacimiento de Jesucristo, surge
espontáneamente el anuncio del Evangelio aplicado a la vida social considerada
en todos los planos: familiar, cultural, económico, ecológico, político,
internacional. Esto es lo que se llama Doctrina Social de la Iglesia. Dimana
del Evangelio, pero no es un derivado menor del mismo. Es el Evangelio de
Jesucristo aplicado a la vida social del hombre. Es su resonancia temporal. Y
así como la Iglesia no puede callar el Evangelio, tampoco puede silenciar su
Doctrina Social. Nadie ha de temerle a ella. La Iglesia la anuncia a favor del
hombre y de la paz social, para el servicio de todos.
Si bien la
Doctrina Social se viene la desarrollando en forma sistemática desde el Papa
León XIII, y se la difunde con frecuencia por medio de encíclicas pontificias,
su origen remonta al mismo Jesús y a la enseñanza de los Apóstoles. Incluso,
hunde sus raíces en las Escrituras antiguas citadas por Jesús, especialmente la
Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos. Y se fue desarrollando a lo largo de
los siglos gracias a la enseñanza de los Santos Padres y Doctores de la Iglesia
y con el concurso del Pueblo de Dios.
El Compendio de la
Doctrina Social: hecho eclesial y pastoral
4. La complejidad
y aceleración de la vida del hombre, lo mismo que el fenómeno de la
globalización, han obligado en los últimos tiempos a un desarrollo continuo de
la Doctrina Social de la Iglesia, de modo que ésta hoy constituye un verdadero
cuerpo doctrinal. El Papa Juan Pablo II, con su preclara mirada pastoral y en
virtud de su autoridad como Pastor de toda la Iglesia, dispuso que el
Pontificio Consejo Justicia y Paz redactara el Compendio de la Doctrina Social
de la Iglesia, cuya versión castellana ha sido publicada recientemente. La
riqueza intrínseca del Compendio y la autoridad que dispuso su composición, nos
permiten considerarlo como un hecho eclesial y pastoral de magnitud. Y, aunque
redactado primeramente para uso de los Pastores, recomendamos su estudio y
aplicación a todos los miembros del Pueblo de Dios, en particular a los
miembros del clero encargados de exponer la doctrina cristiana, a los
catequistas, a los docentes católicos y a los fieles laicos que tienen
especiales responsabilidades en la construcción de la sociedad.
Alcance de esta
carta y método para su empleo
5. No pretendemos
abordar en esta carta todos los capítulos de la Doctrina Social; por ejemplo,
la familia, el trabajo humano, la vida económica, la comunidad política, la
comunidad internacional, la salvaguarda del medio ambiente. Tampoco intentamos
desarrollar sus principios y valores, ni desentrañar todas las implicancias que
estos tienen para la vida social argentina. Queremos, simplemente, mostrar la
organicidad de los principios y valores que sustentan esta Doctrina, y proponer
a la reflexión algunas situaciones y cuestiones. Y ello para estimular a todos
a estudiar la Doctrina Social de la Iglesia, analizar con su luz algunos
aspectos de la situación del País, y, en conjunción con la propia ciencia y
experiencia, aplicarla al momento presente. Y, de este modo, trabajando junto
con todos los hombres de buena voluntad, encontrar caminos concretos que contribuyan
a la reconstrucción del tejido social, afianzar el sentido de pertenencia a la
Nación y acrecentar la conciencia de ser ciudadanos.
II. Cinco
Principios Básicos de la Doctrina Social
Proyecciones sobre
la realidad social argentina
Los Principios
6. Sobre el
fundamento insustituible de la dignidad de la persona humana, creada a imagen y
semejanza de Dios, que postula un humanismo integral y solidario, se erigen
cinco principios permanentes, a modo de cinco columnas, que sostienen todo el
edificio de la Doctrina Social de la Iglesia; a saber: el bien común, el
destino universal de los bienes, la subsidiaridad, la participación y la
solidaridad. Estos principios tienen un carácter general y fundamental, ya que
se refieren a la realidad social en su conjunto. Deben ser apreciados en su
unidad, conexión y articulación (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
161-162; en adelante C).
1° El bien común
7. De la
dignidad, unidad e igualdad de todas las personas, deriva, en primer lugar, el
principio del bien común, al que debe referirse todo aspecto de la vida social
para encontrar plenitud de sentido (C 164). Este es el conjunto de valores y
condiciones que posibilitan el desarrollo integral del hombre en la sociedad,
incluido su desarrollo espiritual. El bien común es por ello el humus de una
nación. Desde allí ella germina y se reconstruye. El bien común no consiste en
la simple suma de los bienes particulares de cada uno de los sujetos del cuerpo
social. (ib.). Si así fuese, la existencia de una nación estaría sometida a
los avatares de los diferentes sectores. El bien común de una nación es un bien
superior, anterior a todos los bienes particulares o sectoriales, que une a
todos los ciudadanos en pos de una misma empresa, a beneficio de todos sus
integrantes y también de la comunidad internacional. No puede ser parcializado,
dividido, ni privatizado. "Siendo de todos y de cada uno, es y permanece
común porque es indivisible y porque sólo juntos es posible alcanzarlo,
acrecentarlo y custodiarlo, también en vistas al futuro (ib.). Una sociedad
que quiere estar al servicio del ser humano, es aquella que se propone como
meta prioritaria el bien común, en cuanto bien de todos los hombres y de todo
el hombre. La persona no puede encontrar la realización sólo en si misma; es
decir, prescindir de su ser con y para los demás (C 165). La construcción
del bien común se verifica en la promoción y defensa de los miembros más
débiles y desprotegidos de la comunidad.
Situaciones y
Cuestiones
8. ¿Cómo medir
nuestra voluntad de reconstruir la Nación desde la perspectiva del bien común?
Proponemos a la reflexión sólo dos cuestiones.
Primera, la
defensa de los derechos adquiridos y el reclamo de los nuevos. Si al
defenderlos o reclamarlos lo hacemos dentro del respeto de los derechos
esenciales de los demás, estaremos construyendo la Nación. De lo contrario la
estaríamos dañando, porque estaríamos actuando en contra del bien común.
Segunda, el
comportamiento con los bienes públicos. Aun cuando bien público y bien común
no son sinónimos, el primero está referido al segundo, porque es obtenido con
el aporte de todos y para el servicio de todos. Es de lamentar que, para
algunos, público adquiera un sentido totalmente contrario. No sería ya lo de
todos, para el servicio de todos, adquirido con el aporte de todos, que por
todos debe ser custodiado y defendido, sino lo de nadie, puesto allí para
apropiarnos de él, dañarlo, destruirlo, o distribuirlo discrecionalmente entre
amigos y clientes. Educar en el respeto de los bienes públicos es uno de los
grandes desafíos que han de enfrentar la familia, la escuela, la catequesis y
los medios de comunicación social. Sin este respeto sería muy arduo convivir
armónicamente y muy difícil construir una república.
2° El destino
universal de los bienes
9. Entre las
múltiples implicaciones del bien común, adquiere inmediato relieve el principio
del destino universal de los bienes: Dios ha destinado la tierra y cuanto ella
contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes
creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y
con la compañía de la caridad (C 171). Este principio de la Doctrina Social de
la Iglesia, formulado desde antiguo por los Santos Padres, fue relegado con
frecuencia al olvido. A veces porque no se lo supo relacionar con otro
principio derivado de él: el de la propiedad privada. Otras, por no entender
que ésta es una concreción del destino universal de los bienes, y no su
negación; es decir, que todos los miembros de la comunidad, y no sólo algunos,
tienen derecho a poseer lo necesario. Otras, por no comprender que la propiedad
nunca es absoluta, sino que está subordinada siempre al bien común. Otras,
finalmente, por no entender que tanto el destino universal de los bienes, como
el derecho a apropiarse de los mismos, conllevan el derecho-deber de
producirlos; es decir, el derecho-deber del trabajo.
Situaciones y
Cuestiones
10. Atentos a este
principio clásico de la Doctrina Social, y ante el empobrecimiento de gran
parte de la población, precipitado por la crisis institucional del 21 de
diciembre de 2001, surgen muchos interrogantes. En primer lugar acerca de cuál
es la responsabilidad que les cabe a las autoridades políticas de antes y de
durante la crisis. Pero también a los demás sectores de la sociedad, en
especial a los empresarios y sindicalistas, en particular a los que se profesan
cristianos, por no haber percibido suficientemente el empobrecimiento que se
venía produciendo y que se aceleró en forma incontrolable hiriendo gravemente
la dignidad de tantos hermanos y hermanas. Si bien reconocemos que es mucho lo
que los argentinos, ciudadanos y autoridades, hemos hecho desde entonces para
revertir la situación, es mucho todavía lo que resta por hacer. Y por tanto
hemos de interrogarnos sobre nuestra voluntad de comprometernos aún más y mejor
para superar el empobrecimiento general.
11. Existen muchas
situaciones y formas de pobreza debidas a distintas causas: naturales (una
catástrofe), estructurales (una ley económica injusta), espirituales o morales
(ser avaro, pedigüeño), culturales (incapacidad para cultivar los dones
recibidos de Dios y proveer así al propio sustento). Varias de estas formas de
pobreza tienen como consecuencia que el hombre no pueda apropiarse de la parte
de los bienes que le corresponde para su desarrollo integral. Y, por tanto, si
no se las superase, podría multiplicarse aún más el número de los que ya están
sumidos en la pobreza, provocando un daño irreparable para ellos y un gran
detrimento para todos.
12. Llamamos la
atención especialmente sobre dos situaciones graves de pobreza, que a nuestro
entender sólo podrán ser superadas si las enfrentamos entre todos con políticas
firmes y duraderas, cuyo garante sea el Estado.
Primera, la
ausencia de un trabajo digno y estable, que degrada a amplios sectores del
pueblo honrado y trabajador y desintegra a la familia. Es ésta una las peores
desgracias sufridas por la Argentina, de cuya magnitud no se tiene idea cabal.
La historia nos enseña que naciones destruidas en guerras devastadoras han sido
capaces de levantarse gracias al trabajo del pueblo. Éste es siempre la
principal riqueza de una nación. Si queremos ver resurgir a la nuestra, hemos
de esforzarnos por la dignificación del trabajador mediante la creación de
fuentes de trabajo genuino y la supresión del trabajo en negro y de la dádiva.
13. Una segunda
situación de pobreza, es el difícil acceso a la tierra, la cual es el primer
don que Dios da al hombre para proveer a su sustento. En la Argentina, la gran
extensión territorial, conjugada con una población relativamente escasa y
altamente concentrada en el Gran Buenos Aires y en muchas capitales de
Provincia, amenazan constituir una estructura permanente generadora de pobreza.
En el equilibrio entre industria y campo estriba uno de los secretos de la
riqueza de una nación. Lo demuestra la experiencia de los países del primer
mundo, altamente industrializados, que cultivan sus tierras con esmero.
Por ello
preguntamos: ¿sería conveniente diseñar una política demográfica que revierta
el éxodo hacia el Gran Buenos Aires y a las capitales de Provincia? En el mismo
sentido, ¿habría que fortalecer los municipios del interior, especialmente los
rurales, y las economías regionales, de modo que el hombre del interior, en
especial el joven, pueda florecer en su propio contexto social y cultural?
¿Ayudaría una sabia reforma agraria que aliente a la gente del campo,
principalmente a los pequeños y medianos productores, a permanecer en la vida y
el trabajo rural? ¿Cómo propiciar la concreción de las leyes que reconocen el
derecho de los aborígenes a la tierra productiva y a la propiedad comunitaria?
¿Qué medidas políticas apoyar para defender y preservar el medio ambiente?
14. Hay otras situaciones
de pobreza que también merecen especial atención.
Ante todo, la
deficiencia de la educación, en todos sus niveles. Sin una adecuada escolaridad
y enseñanza, será cada vez más difícil que los pobres participen de los bienes
necesarios para su desarrollo.
Igualmente, la
precariedad de los servicios de la salud, a los que muchos no tienen acceso. La
salud es el primer bien tangible para todo ser humano. De allí, la importancia
del cuidado de la integridad física y psíquica. Y la gravedad de carecer del
mismo.
Por último, y como
coronación de todas las situaciones que engendran pobreza, está la inmensa
deuda pública. Es nuestro más vivo deseo que ésta, a pesar de las dificultades,
se negocie con éxito y para alivio de nuestro pueblo. Habremos de recordar
siempre que la Deuda tiene dos caras, que han de ponernos sobre aviso para
evitarlas en el futuro: la injusticia de la economía internacional reinante en
este campo, y la irresponsabilidad de quienes contrajeron la Deuda o alentaron
a contraerla a espaldas del pueblo.
3° La
subsidiaridad
15. Esta palabra
enuncia otro principio clave de la Doctrina Social. Significa que todas las
sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (subsidium)
por tanto, de apoyo, promoción, desarrollo- respecto de las menores. De este
modo, los cuerpos sociales intermedios pueden desarrollar adecuadamente las
funciones que les competen, sin deber cederlas injustamente a otras
agregaciones sociales de nivel superior, de las que terminarían por ser absorbidos
y sustituidos y por ver negada, en definitiva, su dignidad propia y su espacio
vital (C. 186). El principio de subsidiaridad protege a las personas de los
abusos de las instancias sociales superiores e insta a éstas últimas a ayudar a
los particulares y a los cuerpos intermedios a desarrollar sus tareas. Este
principio se impone porque toda persona, familia y cuerpo intermedio tiene algo
de original que ofrecer a la comunidad (C. 187).
Situaciones y
Cuestiones
16. El principio
de la subsidiaridad es válido no sólo en la economía, sino en todos los
órdenes. Por ejemplo en la educación. Así, la escuela pública de gestión
privada cumple un papel muy importante en la sociedad, y es de justicia que el
Estado aporte para sufragar los gastos de esta educación con los impuestos que
pagan los ciudadanos.
Este principio de
la subsidiaridad ha sido abandonado muchas veces en la organización de la
sociedad, por exceso o por defecto. Por exceso, cuando el Estado acapara para
sí todas las iniciativas, libertades y responsabilidades, que son propias de
las personas y de las comunidades menores de la sociedad: el estatismo. Por
defecto, cuando el Estado no protege al débil frente a los más fuertes, o no
brinda su ayuda económica, institucional, legislativa a las entidades sociales
más pequeñas cuando es necesario: el liberalismo a ultranza.
17. En la
Argentina hemos conocido los dos extremos. Al menos desde los años 30 hubo un
estatismo creciente, que nutrió, en el inconsciente colectivo, la falsa imagen
de que el Estado sería como un dios, que existe desde siempre, que todo lo
puede, a quien todo se le puede exigir, e incluso se lo puede maltratar porque
nada malo le podría suceder. También conocimos un voraz liberalismo, que
desmanteló al Estado privatizando sus empresas, pero sin la red de protección
social que ello habría exigido, y sin el control necesario sobre los nuevos
prestadores de los servicios públicos, acrecentando aún más el gasto público
que se pretendía reducir. Ambas corrientes colisionaron y produjeron el sismo
social conocido. Estamos ahora en la etapa de la reconstrucción, aprendiendo de
la dolorosa experiencia.
Por otra parte,
está vigente la subcultura de la dádiva. Ésta pervierte el principio de la
subsidiaridad, degrada al pobre y lo convierte en un sujeto incapaz de
participar de la vida democrática, engendrando un nuevo problema social.
18. También aquí
se imponen muchas preguntas. ¿Cómo reconstruir al Estado y hacer que esté al
servicio de la sociedad civil? ¿Cómo evitar que devore a las sociedades u
organizaciones intermedias? ¿O, por el contrario, que se declare ausente y
deje a los ciudadanos al arbitrio de los poderosos? ¿Cómo desterrar de la
actividad política la práctica de comprar adhesiones mediante la dádiva? ¿Cómo
propiciar la relación entre los pueblos, en el respeto de la idiosincrasia y
valores de los mismos, y de las necesarias garantías que posibilite entre ellos
un intercambio comercial justo y equitativo?
4° La
participación
19. Participación
es otra de las columnas de la Doctrina Social de la Iglesia. Es una consecuencia
característica de la subsidiaridad, que se expresa, esencialmente, en una serie
de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a
otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la
vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que
pertenece. Es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo
responsable y con vistas al bien común. No puede ser delimitada o restringida a
algún contenido particular de la vida social. La participación en la vida
comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano,
llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para
los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos
democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la
democracia (C 189, 190).
Situaciones y
Cuestiones
20. ¿Cuál es el
grado de participación del argentino en la vida social, y, particularmente, en
la defensa y el progreso de la sociedad política?
Hay muchos signos
positivos. En general, parece satisfactorio el índice de los votantes y aumenta
la participación en la sociedad civil: centros vecinales, clubes, ONG de todo
tipo, colegios profesionales, etc.
Pero también hay
señales negativas. Se exigen derechos, pero no siempre se conocen ni cumplen
los deberes. Que el pueblo no interviene en el gobierno sino por sus
representantes: es un principio que muchas veces se interpreta mal. Se piensa
que los deberes del ciudadano se agotan en el acto eleccionario. Cumplido éste,
muchos se despiden de su ciudadanía hasta la próxima elección. No son
conscientes que a la salida del cuarto oscuro los aguarda la vida cotidiana con
una multitud de otros deberes ciudadanos, de diverso grado, pero todos
necesarios para actuar como ciudadano y construir la República: desde no cruzar
el semáforo en rojo, no hacer ruidos molestos, cuidar la limpieza de los
espacios públicos, realizar bien el trabajo, pagar los servicios e impuestos,
exigir cuentas de su recta administración, hacer con responsabilidad la propia
opción partidaria, respetar la ajena, entablar un diálogo democrático con ella.
Y así, hasta el cumplimiento de deberes más graves, como postularse para un
cargo público, y, si fuere el caso, hacer juicio político a la autoridad
constituida, etc. Olvidan que el cumplimiento de estos deberes es la respuesta
necesaria a la sociedad, la cual defiende y promueve los derechos de los cuales
gozan. No sin razón se ha dicho que los argentinos somos 37 millones de
habitantes, pero no logramos ser 37 millones de ciudadanos. El habitante
usufructúa la Nación y sólo exige derechos. El ciudadano la construye porque,
además de exigir sus derechos, cumple sus deberes.
21. Entre las
muchas cuestiones que surgen, planteamos las siguientes: ¿Cómo luchar para
transformar la pasividad de muchos en una auténtica participación democrática
en la sociedad política? ¿Cómo poner en marcha las iniciativas referidas a la
reforma política que se acordaron en la Mesa del Diálogo Argentino? ¿Cómo
garantizar que las promesas o proyectos electorales se concreten en leyes
justas y oportunas? ¿Cómo garantizar jurídicamente el gran aporte de los voluntarios
sin perjudicarlos a ellos ni a las instituciones a las cuales sirven con
generosidad?
Jesucristo, autor
de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano: esta oración que rezamos el
año pasado en preparación del Congreso Eucarístico Nacional de Corrientes, y
este año para el Congreso de Laicos, continúa interpelándonos a los cristianos.
5° La Solidaridad
22. La
solidaridad confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la
persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común
de los hombres y de los pueblos hacia una unidad cada vez más convencida. Nunca
como hoy ha existido una conciencia tan difundida del vínculo que se manifiesta
entre los hombres y los pueblos (C 192). Estas relaciones de interdependencia,
que son, de hecho, formas de solidaridad, deben transformarse en relaciones
que tiendan hacia una verdadera y propia solidaridad ético-social. La
solidaridad debe captarse, ante todo, en su valor de principio social ordenador
de las instituciones (C 192,193).
23. En situaciones
difíciles los argentinos nos mostramos solidarios. Por ejemplo, cuando sufrimos
inundaciones. Las repetidas crisis político-sociales quizás habrían acabado con
nosotros si no hubiésemos sido solidarios. Es admirable cómo, en situaciones
límites, nacen formas impensadas de solidaridad, especialmente en el pueblo
humilde.
No obstante, la
solidaridad necesita un crecimiento sustancial en orden a afianzar la
conciencia ciudadana y la responsabilidad de todos por todos. La solidaridad
expresa la solidez moral de una comunidad cuando, superando el sentimiento
superficial, llega a elevarse hasta el rango de virtud social. No se trata, tan
sólo, de que crezca la cantidad de donativos para aliviar los males de otros
ante acontecimientos dolorosos o catástrofes. Se trata, principalmente, de
llegar personal y comunitariamente a la determinación firme y perseverante de
empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para
que todos seamos verdaderamente responsables de todos (C 193).
Situaciones y
Cuestiones
24. Muchas son las
cuestiones que surgen en este renglón. Hay una forma de insolidaridad
preocupante: el crecimiento escandaloso de la desigualdad en la distribución de
los ingresos. Una sociedad en la que faltase la equidad social correría serio
peligro de dejar de ser solidaria.
Otra forma de
insolidaridad es el debilitamiento de la cultura del trabajo en muchos que
gozan de él. Trabajo mal hecho, a desgano, sin ansias de perfeccionarse. El
trabajo es un servicio a la comunidad, que da derecho a comer de él.
Preocupa, también,
la reiteración de reclamos no atendidos y de huelgas desproporcionadas, que no
reparan en las injustas consecuencias sufridas por los más débiles: niños,
ancianos, enfermos, trabajadores.
En una sociedad
donde crece la marginación no serían de extrañar manifestaciones violentas por
parte de sectores excluidos del mundo del trabajo, que podrían degenerar en
peligrosos enfrentamientos sociales.
25. Las
situaciones y cuestionamientos esbozados muestran el complejo campo social en
el que todos, pero especialmente ustedes, queridos fieles laicos, deben
reflexionar los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, para contribuir
a hallar soluciones, desde su propia vocación y misión de ciudadanos, junto con
los demás integrantes de la sociedad..
III. Cuatro
Valores Fundamentales de la Vida Social
26. La Doctrina
social de la Iglesia, además de los principios que deben presidir la
edificación de una sociedad digna del hombre, indica también valores
fundamentales. La relación entre principios y valores es indudablemente de
reciprocidad, en cuanto que los valores expresan el aprecio que se debe
atribuir a aquellos determinados aspectos del bien moral que los principios se
proponen conseguir. Todos los valores sociales son inherentes a la dignidad de
la persona humana, cuyo auténtico desarrollo favorecen. Son esencialmente: la
verdad, la libertad, la justicia, el amor (C 197).
1° La verdad
27. La verdad es
un valor fundamental que desde siempre la humanidad busca ansiosa. Tiene una
dimensión objetiva que fundamenta la actividad del hombre, posibilita el
diálogo, fundamenta la sociedad e ilumina sobre la moralidad de los
comportamientos de los ciudadanos y de los grupos sociales: verdad de la naturaleza
del hombre, de la vida, de la familia, de la sociedad. Verdad, también, de los
hechos acaecidos.
En el cristianismo
la Verdad ocupa un lugar central. El Hijo unigénito de Dios, cuyo nacimiento
nos preparamos a celebrar, está lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14). El
mismo Jesús se autodefinió como la Verdad: Yo soy el Camino, la Verdad y la
Vida (Jn 14,6). No se trata, por tanto, sólo de una verdad enunciable en el
plano especulativo. Se trata de la Verdad sustancial, cuya palabra devuelve la
libertad a quienes están esclavizados por el error o por el mal: Si ustedes
permanecen fieles a mi palabra, conocerán la verdad y la verdad los hará libres
(Jn 8,31-32). La Verdad del Evangelio, más que para ser conocida
intelectualmente, es para ser realizada, para que viviendo en la verdad y en
el amor, crezcamos plenamente unidos a Cristo (Ef 4,15).
28. La verdad es,
en consecuencia, también un valor fundamental en la Doctrina Social de la
Iglesia. Al respecto ella nos dice: Los hombres tienen una especial obligación
de tender hacia la verdad, respetarla y atestiguarla responsablemente. Nuestro
tiempo requiere una intensa actividad educativa y un compromiso correspondiente
por parte de todos para que la búsqueda de la verdad sea promovida en todos los
ámbitos y prevalezca por encima de cualquier intento de relativizar sus
exigencias o de ofenderla (C 198).
Situaciones y
Cuestiones
29. Si el
cristiano prescindiese de la comprensión de la Verdad que le da la Palabra de
Dios, podría caer en múltiples errores, e incluso adoptar actitudes
fundamentalistas. Así aconteció en tiempos pasados cuando se difundió la máxima
el error no tiene derechos, olvidando que los derechos son de las personas,
incluso de las que están en el error. El Evangelio manda morir por la verdad,
no matar por ella. Por ello el Papa Juan Pablo II, cuando nos exhortó a los
cristianos a prepararnos a la celebración del Gran Jubileo del año 2000,
mencionó explícitamente el capítulo doloroso, sobre el que los hijos de la
Iglesia deben volver con ánimo abierto al arrepentimiento, constituido por la
aquiescencia manifestada, especialmente en algunos siglos, con métodos de
intolerancia e incluso de violencia en el servicio de la verdad (Tertio
Millenio Adveniente 35)
Sin embargo, la
tentación del fundamentalismo siempre acecha, y no sólo al hombre religioso. La
historia civil de los pueblos, incluso europeos, está plagada de ejemplos de
intransigencia a muerte entre sectores opuestos. Cuando se esgrimen argumentos
religiosos, se lo hace engañosamente para enardecer la intransigencia con la
que se pretende suprimir al contrario.
30. La
interpretación de la historia argentina está atravesada por cierto maniqueísmo,
que ha alimentado el encono entre los argentinos. Lo dijimos en mayo de 1981,
en Iglesia y Comunidad Nacional: Desgraciadamente, con frecuencia, cada
sector ha exaltado los valores que representa y los intereses que defiende,
excluyendo los de los otros grupos. Así en nuestra historia se vuelve difícil
el diálogo político. Esta división, este desencuentro de los argentinos, este
no querer perdonarnos mutuamente, hace difícil el reconocimiento de los errores
propios y, por tanto, la reconciliación. No podemos dividir al país, de una
manera simplista, entre buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y
apátridas. No queremos negar que haya un gravísimo problema ético en la raíz de
la crítica situación que vive el País, pero nos resistimos a plantearlo en los
términos arriba recordados (31).
A veintidós años
de la restauración de la Democracia conviene que los mayores nos preguntemos si
trasmitimos a los jóvenes toda la verdad sobre lo acaecido en la década del 70.
O si estamos ofreciéndole una visión sesgada de los hechos, que podría fomentar
nuevos enconos entre los argentinos. Ello sería así si despreciásemos la
gravedad del terror de Estado, los métodos empleados y los consecuentes
crímenes de lesa humanidad, que nunca lloraremos suficientemente. Pero podría
suceder también lo contrario, que se callasen los crímenes de la guerrilla, o
no se los abominase debidamente. Éstos de ningún modo son comparables con el
terror de Estado, pero ciertamente aterrorizaron a la población y contribuyeron
a enlutar a la Patria. Los jóvenes deben conocer también este capitulo de la
verdad histórica. A tal fin, todos, pero en especial ustedes, fieles laicos,
que vivieron en aquella época y eran adultos, tienen la obligación de dar su
testimonio. Es peligroso para el futuro del País hacer lecturas parciales de la
historia. Desde el presente, y sobre la base de la verdad y la justicia,
debemos asumir y sanar nuestro pasado.
2° La libertad
31. Según el
Evangelio, la libertad es fruto de la verdad: La verdad los hará libres (Jn
8,32). David fue liberado de su pecado porque lo reconoció. Lo mismo, la mujer
pecadora. Y también el apóstol Simón Pedro. Sólo reconociendo sinceramente la
verdad de nuestros pecados, Dios nos perdona y nos libera de las ataduras
espirituales con que éstos nos aprisionan.
32. Sobre la
libertad la Doctrina Social nos dice: Es signo eminente de la imagen divina y,
como consecuencia, signo de la sublime dignidad de cada persona humana. El
valor de la libertad, como expresión de la singularidad de cada persona humana,
es respetada cuando a cada miembro de la sociedad le es permitido realizar su
propia vocación personal. La libertad, por otra parte, debe ejercerse como
capacidad de rechazar lo que es moralmente negativo, cualquiera sea la forma en
que se presente (C 199, 200).
Situaciones y
Cuestiones
33. No siempre los
hijos de la Iglesia mantuvieron la claridad necesaria sobre la doctrina de la
libertad religiosa. Hace cuarenta años la declaración conciliar Dignitatis
humanae (07-12-65), sobre la libertad religiosa, le devolvió todo su
esplendor. Libertad de la persona y libertad de la comunidad religiosa.
Libertad para la Iglesia católica y libertad para todas las religiones.
Libertad para celebrar el culto y libertad para proponer y practicar la
doctrina del Evangelio.
34. Puede parecer
extraño preguntarse hoy por la libertad religiosa en Occidente y en la
Argentina. Pero sobran señales de una presión desmedida de muchos medios y de
entes internacionales, que justifica preguntar si la libertad de la Iglesia
católica a enseñar y practicar la propia doctrina es siempre respetada. Lo
mismo cabe decir de resoluciones y gestos impropios de la autoridad civil
cuando invaden un fuero que le es ajeno. Dado que el sujeto del Estado y de la
Iglesia es siempre el hombre, el bien común exige que entre ambos exista
autonomía y colaboración.
3° La Justicia
35. La justicia es
un atributo de Dios. Decimos Dios es justo; que apelamos a la justicia
divina. De Cristo confesamos que vendrá con gloria a juzgar a vivos y muertos.
Por ello la justicia es también un valor cristiano fundamental. De éste la
Doctrina Social dice: Es un valor que acompaña al ejercicio de la
correspondiente virtud moral cardinal. El Magisterio social invoca el respeto
de las formas clásicas de la justicia: la conmutativa, la distributiva y la
legal. La justicia resulta particularmente importante en el contexto actual, en
el que el valor de la persona, de su dignidad y de sus derechos, a pesar de las
proclamaciones de propósitos, está seriamente amenazado por la difundida
tendencia a recurrir exclusivamente a los criterios de la utilidad y del tener
(C 201, 202).
Situaciones y
Cuestiones
36. Existen
cuestionamientos sobre la Justicia como institución. En la Argentina es fuerte
el reclamo por la reforma de la justicia. Y la Mesa del Diálogo Argentino ha
propuesto la necesidad de una profunda y valiente reforma de ella. Pero no
existen cuestionamientos sobre la justicia como valor. Sin embargo, la Doctrina
Social nos hace ver su límite e insuficiencia para fundar por sí sola una
convivencia social sólida: La plena verdad sobre el hombre, permite superar la
visión contractual de la justicia, que es una visión limitada, y abrirla al
horizonte de la solidaridad y del amor. Por sí sola, la justicia no basta.
Junto al valor de la justicia, la doctrina social coloca el de la solidaridad,
en cuanto vía privilegiada de la paz (C 203).
4° La vía de la
caridad
37. Entre las
virtudes en su conjunto y, especialmente entre las virtudes, los valores
sociales y la caridad: existe un vínculo profundo que debe ser reconocido cada
vez más profundamente. Los valores de la verdad, de la justicia y de la
libertad, nacen y se desarrollan de la fuente interior de la caridad. La
caridad presupone y trasciende la justicia. No se pueden regular las relaciones
humanas únicamente con la medida de la justicia. Ninguna legislación, ningún
sistema de reglas o de estipulaciones lograrán persuadir a hombres y pueblos a
vivir en la unidad, en la fraternidad y en la paz. Ningún argumento podrá
superar el llamado de la caridad (C 204 - 207). La caridad es la plenitud de
la justicia y de toda virtud humana.
Situaciones y
cuestiones
38. Los cristianos
debemos hacernos aquí un grave cuestionamiento: si tomamos en serio el
mandamiento del amor que nos dejó Jesús. Si lo hacemos, descubriremos cada vez
con mayor claridad que, después del acto de adoración a Dios, la construcción
de la convivencia social, en verdad, libertad y justicia, es la obra máxima del
hombre sobre la tierra. Y que Dios Padre providente en nada se complace más que
en ver a sus hijos esforzándose por construirla.
Sobre esta base de
los principios básicos y de los valores fundamentales de la Doctrina Social de
la Iglesia podemos edificar una Nación reconciliada, que logre vivir una
verdadera amistad social.
IV. Exhortación al
Pueblo de Dios,
39. Hace un mes
celebramos el III Congreso Nacional de Laicos, a los veinte años del Segundo
celebrado en 1984, y en vista del Bicentenario de la Nación, a celebrarse en
2010. La temática abordada fue la vocación y misión del laico en la Iglesia, en
la sociedad y en la política. Durante el Congreso, la Doctrina Social de la
Iglesia se mostró de máxima actualidad. Y no sólo por sus formulaciones, sino
por los desafíos que ésta debe enfrentar cada día y que merecen nuevas
respuestas. Si bien como Pastores somos los garantes de esta Doctrina, les
corresponde también a ustedes, queridos fieles laicos, participar en su
elaboración, conociendo los postulados ya adquiridos, iluminando con ellos la
situación social del País, y, a partir de allí, enunciar fórmulas adecuadas que
ayuden a los cristianos y a todo hombre de buena voluntad a actuar en bien de
la República, respetada la propia opción temporal, sin esperar consignas de los
pastores. Por lo mismo, hoy más que nunca la Doctrina social de la Iglesia
debe entrar, como parte integrante, en el camino formativo del laico (C 549).
El Compendio de la Doctrina Social, es un instrumento valioso para conocer esta
Doctrina y aportar a ella elementos nuevos. Aconsejamos vivamente su estudio y
puesta en práctica.
40. Que María,
gloria de Jerusalén, alegría de Israel, orgullo de la humanidad, madre virgen
de Jesús de Nazaret, nuestro hermano y nuestro Dios Salvador, implore para
nosotros del Padre un amor grande y fuerte por nuestra Nación como el que su
Hijo tuvo por su patria hasta llorar por ella.
90ª Asamblea Plenaria
de la Conferencia Episcopal Argentina
Pilar, 11 de noviembre de 2005
Memoria de San Martín de Tours, obispo.