jueves, 9 de enero de 2014

Difundir la Doctrina Social de la Iglesia



Lluis Esquena Romaguera
ForumLibertas,25/11/2013

Ante una crisis ética que, por encima de la centralidad del hombre, sigue los ídolos del poder y del dinero y propaga la pobreza en todo el planeta, hoy es más urgente que nunca difundir y destacar la actualidad de la Doctrina Social de la Iglesia, “cuyo valor fundamental es la solidaridad”, “arraigada en el Evangelio, es decir en Cristo”, destacó el Santo Padre Francisco, evocando al Beato Juan Pablo II y a Benedicto XVI.

Tras destacar que “su ámbito de reflexión y de acción es por lo tanto el de la Doctrina Social de la Iglesia, a la que han contribuido en diversos modos los Papas del siglo pasado y también Benedicto XVI, en particular, con su Encíclica Caritas in Veritate, así como con sus discursos memorables”, el Obispo de Roma expresó su gratitud por los esfuerzos que se realiza en profundizar y difundir el conocimiento de la Doctrina Social, con sus cursos y publicaciones, brindando así un servicio importante y bello al magisterio social, de parte de laicos que viven en la sociedad, en el mundo de la economía y del trabajo.

El Obispo de Roma reiteró, también, un apremiante llamamiento a tutelar la centralidad de la persona humana, señalando que la crisis ética y antropológica que vive la humanidad ha colocado el provecho por encima de la dignidad humana.


“La crisis actual no es sólo económica y financiera, sino que tiene sus raíces en una crisis ética y antropológica. Seguir los ídolos del poder, del provecho, del dinero, por encima del valor de la persona humana, se ha vuelto una norma básica de funcionamiento y el criterio decisivo de la organización. Se ha olvidado y se sigue olvidando que por encima de la lógica de los negocios, de la lógica y de los parámetros del mercado, está el ser humano y que hay algo que es debido al hombre en cuanto hombre, en virtud de su dignidad profunda: ofrecerle la posibilidad de vivir con dignidad y de participar activamente en el bien común. Benedicto XVI nos ha recordado que todas las actividades humanas, incluyendo la económica, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada de manera ética (cfr. Encíclica Caritas in veritate, 36). Por lo tanto, tenemos que volver a la centralidad del hombre, a una visión más ética de las actividades y de las relaciones humanas, sin el temor de perder algo”.

martes, 7 de enero de 2014

Defensa del Cardenal Cipriani



LIMA, 06 Ene. 14 / 03:37 pm (ACI).-

En rechazo a las críticas del escritor peruano Mario Vargas Llosa, quien lo calificó como representante de la "Iglesia más reaccionaria, intolerante, fanática", el Arzobispo de Lima y Primado del Perú, Cardenal Juan Luis Cipriani aseguró que "yo procuro enseñar lo que me enseñó la Iglesia de parte de Dios y lo procuro vivir".

En una entrevista a un medio de prensa local, Vargas Llosa dijo que "el Cardenal Cipriani representa a la Iglesia más reaccionaria, intolerante, fanática y, entonces, hay que desear que la nueva política del Vaticano llegue al Perú también".

"Yo creo que hay que esperar del Papa Francisco que estas autoridades de la iglesia que representan las cavernas vayan siendo removidas y reemplazadas por obispos, arzobispos que estén mucho más impregnados de la mentalidad de cercanía, de justicia social que representa aparentemente el papa Francisco".

Por su parte, en el programa radial Diálogo de Fe el 4 de enero, el Arzobispo de Lima señaló que "puede ser que haya gente muy ilustrada que diga: ‘Este Cardenal es un cavernario, antiguo, que no tolera a nadie, es un desastre’. Yo digo: No sé si tú eres un doctor en teología, no sé si eres un hombre cercano a Dios, no sé si tienes un conocimiento de la fe católica, o si tienes una bola de cristal en la que tú dices quién está bien y quién está mal. Yo procuro enseñar lo que me enseñó la Iglesia de parte de Dios y lo procuro vivir".

"El Papa hoy está estirando la mano al máximo a toda esa gente que está lejos, equivocada para decirles: ‘Para todos tiene Dios una mano, una respuesta, una mirada, no te desalientes’. Pero no está diciendo: ‘Las cosas han cambiado y por lo tanto Tú si quieres aborta, divórciate’. Eso no lo ha dicho nunca ni lo dirá".

El Cardenal Cipriani indicó que "no he tenido la suerte de lograr un Premio Nobel porque no he escrito nunca nada. No he tenido la suerte de tener una facilidad para estar en premios internacionales. Algún doctorado Honoris Causa sí tengo, algún doctorado en Teología sí tengo. Pero me parece que para la gente sencilla que es mi público estamos diciendo las cosas con mucho cariño y que este año comiencen diciéndole a Dios: Ayúdame para ir por ese camino de la felicidad, ayúdame a que seamos hermanos. También como país, Perú, a estar unidos como hermanos".

El Arzobispo de Lima respondió también al Obispo emérito de Chimbote desde 2004, Mons. Luis Bambarén, quien dijo a la prensa local que "Cipriani no es el jefe de la Iglesia en Perú".

El Cardenal Cipriani recordó que "hace 20 años que hay un obispo que tal vez él quiso ser jefe de la Iglesia peruana. Al Cardenal Landázuri le decían el jefe de la Iglesia peruana porque fue 30 años presidente de la Conferencia Episcopal y más de 30 años como Arzobispo de Lima".

"Todos los obispos sabemos que en nuestras diócesis somos representantes de Cristo y que dependemos del Papa. Todos sabemos que la Conferencia Episcopal es una institución donde de manera familiar nos unimos para coordinar asuntos, pero no es una instancia de poder por encima de los obispos. Todos sabemos".

El Arzobispo de Lima y Primado del Perú dijo que "no sé si este obispo mayor con el tiempo se ha olvidado de la base de la Teología. Yo no tengo el menor empeño en darle respuesta".

"Siempre que digo algo oigo un eco, como cuando habla a los cerros, igual yo hablo y al cabo de tres o cuatro días oigo un eco como corrigiendo lo que no dije. Viva la libertad, viva la tolerancia y viva el coraje de decir la verdad".



domingo, 5 de enero de 2014

Hacia la santidad de la inteligencia




P. Pie-Raymond Régamey, OP

Centro Pieper, 1 DE ENERO DE 2014

Pie-Raymond Régamey (1900-1996) fue un reconocido sacerdote dominico y un historiador del arte. Nacido en una familia protestante, se convirtió al catolicismo en 1926.


Integrar la actividad intelectual a la vida es algo que no se hace solo.

Nos imaginamos de buen grado que nos basta elegir los estudios a los cuales nos parece conveniente dedicarnos y ordenar el tiempo que debemos consagrarles: durante ese tiempo se tratará solamente de una técnica intelectual, de un arte de conducir nuestras facultades de conocimiento y no de una virtud moral. La virtud se nos presenta entonces como algo exterior al estudio. Ella es “prudencia”. Es decir, que para este estudio debemos utilizar sabiamente el tiempo de que disponemos y nuestras demás posibilidades, según nuestras vocaciones, en nuestras situaciones concretas. ¿Qué más queremos? Santo Tomás nos sorprende cuando coloca una virtud moral presidiendo el estudio [1].

Nuestro asombro crece al constatar que él considera a esta virtud como una forma de templanza: no solamente desea que demos una sabia medida a nuestras tendencias espontáneas en los actos de conocimiento, piensa además que en éstos el acento debe colocarse sobre un freno. Pero, si la moral o la espiritualidad (es todo uno) tiene algo que ver en ellos, ¿no es más bien en un sentido opuesto? Sabemos muy bien cómo debemos sacudir nuestra pereza, estimularnos a fin de afrontar las dificultades, renovar sin cesar nuestro esfuerzo de atención, vencer las tentaciones de facilidad: la de registrar simplemente las nociones y la del funcionamiento rutinario de nuestra razón; es difícil aplicarnos y hacerlo para penetrar realmente lo que está en causa. Dicho de otra manera, si hay una virtud del estudio en sí mismo, parece que tendría que ser una especie de coraje. Ahora bien, no contento con querer que efectivamente haya una, santo Tomás hace de ella precisamente un freno de la curiosidad. ¿No es extraño? Desde el momento que uno permanece sabiamente en los límites que corresponden al estudio, ¿puede equivocarse al querer conocer cada vez más? Todos los grandes espíritus estimulan nuestro espíritu. San Agustín nos grita: Intellectum valde ama, “Desea mucho comprender”, y: “Busca como quien debe encontrar; encuentra como quien debe buscar todavía”. El mismo santo Tomás murió antes de los cincuenta años agotado por el exceso de trabajo.

Todo se aclarará si comprendemos radicalmente la malicia de la curiosidad. Entonces veremos cuánta moderación hace falta para integrar el estudio a la vida y que es esa misma moderación la que debe presidir este estudio.


I. El Vicio de la Curiosidad


La curiosidad, el más radical de los vicios

Lo que nos ocupa, es nada menos que la opción más radical que solicita al hombre: ¿en su vida dará él la primacía real a la inteligencia o al amor? La pregunta es tan grave que debemos ver bien cómo se plantea en su última profundidad y la malicia de la curiosidad nos va a ocupar la mayor parte de este artículo.

Cuando uno la profundiza, la cuestión, en apariencia anodina, de la sobriedad, toma de pronto una apariencia inesperada: vemos surgir allí el riesgo de conceder, en la vida, la primacía a lo imaginario. Las cuestiones de la templanza en la comida y la sexualidad están dominadas por el riesgo –célebre– de dar la primacía a los sentidos. Ahora bien, la libido sciendi es más radical en el hombre y sin duda le es más funesta, cuando está desordenada, que la exaltación de su imaginación, sus concupiscencias sensuales y aún su temor a la muerte.

Nada más radical, porque nada es más íntimo al espíritu y nada hay tampoco a lo cual el espíritu esté más inclinado naturalmente. La autosuficiencia es la tentación propia del espíritu, porque éste está hecho para darse razón de lo que concibe. Tomarse por norma absoluta le es, pues, un movimiento natural, decidiendo por sí mismo y sin otra instancia, los fines y los caminos para alcanzarlos. El pecado principal, el de Adán, fue hacerse “árbitro del bien y del mal” (Gn 3, 5), “volverse el principio de su propia conciencia moral..., decidir sobre su bien y su mal en función de sus deseos y sus gustos... hacer de la escala de sus deseos la escala de sus valores” [2]. Ahora bien, este pecado ha retornado a su raíz intelectual; la malicia por excelencia, que es comportarse como causa primera y fin último de sí mismo, no deja de incitar a la inteligencia a ejercer sin ninguna norma superior la posesión de sí misma: la disposición de su mirada, el desarrollo de su discurso.

“El pecado de conocimiento” es por eso uno de los mitos eternos de la humanidad [3]: Psyjé quiere ver a Eros dormido, enciende su lámpara, y una gota de aceite cae sobre el amante divino que se despierta y desaparece para no volver. Orfeo, después de haber arrancado a Eurídice al dios de los muertos, se vuelve para verla y la pierde para siempre. La mujer de Lot se da vuelta para ver arder las ciudades malditas y se transforma en estatua de sal. El único árbol del que estaba prohibido comer en el paraíso es el de la Ciencia.

La Revelación ilumina este enigma inquietante. La “ciencia” culpable y nefasta –y falsa ya en sí misma, según la exigencia plena del espíritu– es la del “Bien y del Mal” o dicho de otro modo, como lo hemos recordado, la que procede de la pretensión de decidir a su gusto sobre el Bien y el Mal. En sí mismo, el conocimiento no es malo. Pero para que se vuelva benéfico y para que sea espiritualmente recto es necesario que se desenvuelva bajo la atracción del fin que Dios asigna al destino espiritual. Como se ha dicho admirablemente, “para toda la Biblia, conocer es entrar en una gran corriente de vida y de amor que ha brotado del corazón de Dios y que conduce a él” [4]. Cuando se trata de realidades espirituales o del significado profundo de cualquier cosa, no se tiene su sentido, como significación “según la Verdad total”, sino cuando se va en su sentido, como dinamismo orientado: este sentido va, de hecho, a Dios. Es necesario “hacer la Verdad” para reconocer la luz y para acogerla. El insensato es el que habla de Dios y de todo lo que se relaciona con Dios, fuera del sentido de Dios.


Darle su sentido al saber

Por supuesto, los conocimientos que provienen “del orden de los cuerpos”, como dice Pascal, lo que constatan nuestros sentidos, las comparaciones que hacemos entre estas constataciones, sus combinaciones indefinidas, los razonamientos que ordenan las nociones, en todo esto, por supuesto, la inteligencia tiene todo lo necesario para desarrollar un prodigioso saber, desbordando la capacidad de miles de cerebros y construyendo una poderosa civilización técnica. Pero, ¿le da su sentido, según el destino real del hombre?...

En esta empresa, los errores que se cometen solamente a nivel “del orden de los cuerpos” son poca cosa en relación al carácter doblemente insensato de este conocimiento. En primer lugar, en sí mismo, este saber no es más que un tener. Se adquieren nociones. Simple como es, el espíritu debería integrarlas a su ser, y esta integración dado que está destinada al infinito, no tendría razón de ser sino en virtud del sentido de ese destino, en el movimiento del don de sí a la Verdad. Por el contrario, si pone su fin en el interés de esas cosas cuyas nociones adquiere, su apertura infinita no tiene otro efecto que el de hacerle multiplicar indefinidamente la búsqueda de nuevas nociones; las mira una y otra vez, y otras más, con la avidez insaciable de un mirón. Fuera de la luz que viene de la Verdad, que es de hecho el Bien infinito, el Amor eterno, fuera del movimiento del amor que responde a esa animación, la curiosidad presenta entonces esta primera perversión de ser esencial e indefinidamente posesiva, de ser una forma de la concupiscencia de los ojos. Sin duda, el simple análisis fenomenológico dará cuenta de ello; la fe da de entrada la última palabra al corazón simple. Agreguemos que en esto, como en todo, pero aquí en el principio mismo, poseer es ser poseído: la persona se exilia de sí, se ausenta de la “verdadera vida” en la multitud de las cosas.

A esta forma viciosa de la curiosidad le sigue otra: en este régimen, la mirada espiritual no se dispone más que para aquellas nociones que la cautivan, colocadas, por otra parte por la razón en el estado que le convienen para que pueda pasar de una a otra, discurrir sobre ellas, abstrayéndolas de su sentido profundo, vital. La inteligencia usa solamente del poder que tiene de poner en marcha su función propiamente racional de abstracción, de juicio y de razonamiento, fuera del sentido verdaderamente espiritual de las realidades en causa. Ella deja que este sentido se embote, y aun se obnubile completamente. Los éxitos sorprendentes que obtienen las ciencias cuyos objetos son susceptibles de medida y en sus aplicaciones técnicas, la incitan a correr por ese camino, amplio como el universo, pero donde todo la distrae tanto de las alturas del espíritu como de las profundidades del drama humano, de lo que san Pablo llama “la miseria presente” (1 Cor 7, 26). Cuando las realidades espirituales vuelven a aparecer en el espíritu, éste solamente las puede concebir de aquel modo y le parecen irreales y absurdas. Esta es la razón principal por la que la fe se pierde en un mundo donde todo tiende a reducirse al régimen de las racionalizaciones. Régimen ciertamente inevitable, pero en el cual le corresponde al espíritu guardar su consistencia y su apertura en virtud de su orientación, en lugar de dejarse cautivar por lo que Kierkegaard llama “lo interesante”, –la “vanidad”, según la Biblia: los intereses que no están dirigidos al fin eterno, que perecerán con lo perecedero.

Cuando uno reflexiona sobre estas dos perversiones que entraña el hecho de que en la vida se dé una primacía real de la inteligencia sobre el amor, nos preguntamos si no es una lógica muy profunda la que hace surgir, a propósito de esta curiosidad, bajo la pluma de santo Tomás, un principio que había dejado implícito a lo largo de sus tratados sobre la fortaleza y la templanza: “Para que el hombre llegue a ser virtuoso, debe cuidarse de las cosas a las cuales más lo inclina la naturaleza” –sobreentendiendo, evidentemente, en la medida en que la inclinación es desordenada. La pereza para aprender, las dificultades que hay que vencer provienen de las condiciones a las que está sometido el espíritu por su condición encarnada, mientras que el exceso en la libido sciendi es una inclinación propia del mismo espíritu. Esta es la razón profunda por la cual la virtud que debe presidir el estudio es más bien una templanza que una forma de coraje.

Esta inclinación natural, por fastidiosa que sea, puede no ser moralmente culpable. Es una de esas disposiciones malas, innatas y luego inveteradas, que gravan la voluntad por efecto del pecado original y de las influencias sufridas. Solamente se vuelve culpable cuando se cede más o menos a ella, “mortal” cuando uno pone realmente su fin último en el saber. En cualquier saber, por otra parte: no solamente en un estudio de las cosas perecederas que uno no refiere a Dios, sino también en aquellas cosas de Dios –Sagrada Escritura, teología– que se dejan en estado “temático” puramente nocional, que no se vivifican con el sentido de Dios.


“La ciencia infla”

Por supuesto, el orgullo y la vanagloria son fácilmente de la partida. El orgullo porque es la malicia radical; la vanagloria porque el saber con el que uno se satisface –en el sentido etimológico de esta palabra, que significa que uno hace bastante– es esencialmente un tener que se infla de suficiencia. Así hay que decir a menudo que la “ciencia infla”, scientia inflat (1 Cor 8, 1). Pero, por frecuente que sea esta hinchazón, su evidencia es tan grosera que debería hacerla evitar. Ella no está en la naturaleza misma del conocimiento, muy por el contrario. Es la traición del mismo. No hay ningún saber que por naturaleza no vuelva modesto, tan pequeño se es delante de cualquier verdad, y la estudiosidad aparece como una especie de humildad. Lo vemos en todos los sabios, por lo menos en la línea de su competencia propia, en el estricto ejercicio de esa competencia –porque ¡qué revanchas se toma también en ellos la vanagloria! En la línea misma del estudio, la tarea de la virtud no es refrenar el orgullo o esa vanagloria, sino más bien esta curiosidad, que yo he oído definir tan bien por el P. Quelquejeu: “El modo de ser de aquél que busca poseer alguna cosa sin ser, que no es capaz de permanecer en el ser”.

Esta curiosidad viciosa resuena en múltiples desórdenes. Siguiendo a santo Tomás anotemos:
- la desvergüenza de la inteligencia que se entrega a estudios por los cuales se experimenta atractivo mientras que se descuidan los que requieren la vocación, el estado;
- la preferencia que por sobre la sabiduría se concede a la seducción de los maestros falaces y de los medios intelectuales que perturban el juicio, desarrollando una mentalidad sofística o materialista. (Tendría que caer de su peso que el espíritu, en forma proporcional a su poder, que vamos a evocar inmediatamente, debe aprovechar los estímulos y las luces que pueden llegarle aún de las fuentes más detestables, pero con la condición de que haga su obra de discriminación; el vicio que estigmatizamos es el de una enfeudación a maestros o a tendencias, a sistemas de pensamiento cuya inspiración es falsa; así, por ejemplo, uno debe aprovechar la crítica de Marx y todos sus aportes positivos, pero no se puede ser seriamente marxista y cristiano);
- la presunción que lleva a emprender estudios demasiado elevados para los pocos dones intelectuales que uno ha recibido;
- la excitación de la sensibilidad, ávida de experimentarlo todo y de gozar de todo: ella disipa el sentido espiritual en el juego de las imágenes; es inútil, ¿no es cierto? insistir sobre la frecuencia de esta desviación en nuestra civilización del “audio-visual”, y del turismo apresurado, donde la multitud de impresiones sensibles aparta del verdadero conocimiento que ella debería informar.


Actualidad del riesgo de la intemperancia intelectual

Agreguemos el gusto por las afirmaciones aventuradas, tanto más perentorias cuanto más aventuradas son. Hoy, se las llama a menudo “búsquedas”, sobre todo cuando arruinan las certezas de principio en virtud de las cuales las búsquedas necesarias podrían ser serias y fructuosas. La mayoría de las veces, proceden de resentimientos contra las caricaturas de la verdad que se han podido recibir de maestros mediocres, o contra la manera tonta en la que uno mismo ha creído, en una etapa superada de su formación, comprender las verdades que ahora se contestan. En la inmensa adolescencia de un mundo que no puede integrar los descubrimientos, los inventos, las concepciones nuevas en las que abunda, estas deformaciones del conocimiento son inevitables, forzosamente numerosas, y pueden ser desastrosas. Es necesario velar sin cesar para no incurrir en ellas y caer bajo su maleficio. Nuestra civilización nos incita a ellas por todas partes al estar totalmente bajo el régimen de la publicidad y de las evidencias inmediatas. La publicidad constituye el clima psicológico de la vanagloria, que cuenta entre sus “hijas”, como lo ha visto muy bien san Gregorio, a la jactancia, la disputa, la obstinación, el afán de las novedades. Las evidencias inmediatas hacen que se pierda el gusto de las realidades espirituales: ese vacío interior, que es la forma más insidiosa de la antigua acedia, se compensa con la “diversión” (en el sentido pascaliano), de la manera más desastrosa para el progreso en la verdad. Santo Tomás describe sus efectos, comentando la enumeración que hace de ella san Isidoro de Sevilla. (Esperemos que este no sea en absoluto nuestro retrato).

“En el centro mismo está la importunidad del espíritu que quiere difundirse y dispersarse. Es la curiosidad que busca conocer a tontas y a locas y que nos lleva a la charlatanería. No solamente la lengua, tampoco el cuerpo se queda en su lugar: es la inquietud revoltosa en la que la agitación de los miembros manifiesta el extravío del espíritu. Si esto va acompañado de una necesidad de cambio, se da la inestabilidad, que se aplica tanto a la movilidad de las resoluciones como a la alternancia de la permanencia en un lugar”.


II. La Virtud General de la Estudiosidad

Comprendemos pues, que el estudio exige esencialmente refrenar la curiosidad malsana, que ésta puede arruinar todo el edificio espiritual y, en consecuencia, que la virtud de la estudiosidad tendrá un papel primordial. Tendrá mucho que hacer y material abundante. Nuestro primer asombro es sustituido ahora por el de ver esas realidades tan desconocidas. Antes, uno se contentaba con “santificar el estudio” con algunas oraciones. Hoy reina el optimismo que alienta toda avidez de la inteligencia y de la imaginación. Se impone toda una rectificación espiritual en el arte de saber.

El mejor camino para reflexionar sobre ello es, sin duda, después de haber visto las cosas en profundidad, considerarlas en toda su amplitud. El estudio propiamente dicho, la ocupación gracias a la cual uno adquiere metódicamente una ciencia o un arte, no es más que el caso privilegiado de lo que designa en general la palabra latina “studium”, aplicación atenta y viva del espíritu a todo lo que debe conocer, aunque no se trate más que de las medidas que debe tomar para hacer un trabajo manual.

Corremos el riesgo de confundir esta actividad de conocimiento, diversificada indefinidamente en el transcurso de la vida en informaciones, reflexiones, atención a mil cosas, con la de la virtud de la prudencia en su primer paso, que es aconsejarnos con nosotros mismos y con los que pueden esclarecernos. El entrecruzamiento, de seguro, es estrecho, pero cuando se trata de decidir lo que se debe hacer, la búsqueda de los conocimientos debe estar polarizada por la singularidad del caso, mientras que aquí tenemos en vista la aplicación a todo lo que nos interesa, independientemente de lo que requiere una acción determinada, nos interrogamos acerca de toda curiosidad virtuosa.

¿De dónde le viene la medida? Evidentemente del fin que se persigue. Es necesario que el fin de toda nuestra actividad de conocimiento (ver una hermosa película, hacer un viaje, leer un libro, comprender el funcionamiento de una máquina) esté de acuerdo, de la manera más orgánica, con la persona que se entrega a ella. Reconocemos aquí la distinción clásica que se debe hacer entre el fin de una obra –por ejemplo, construir este armazón para techar esta casa– y el fin del que hace la obra –el carpintero trabaja para ganarse la vida–: finis operis y finis operantis. Es precisamente por el lado del fin, en el dinamismo vital que él orienta, que se encontrará el principio de integración de las operaciones de conocimiento, que es un problema tan grave. Es muy grave porque la verdad sólo dirige al espíritu, mientras que la vida humana está dirigida por el bien. Esto no significa que la verdad y el bien no se identifiquen en lo absoluto y que toda verdad no sea un bien para el espíritu. Pero, además de que la imperfección propia de cada espíritu humano lo obliga a disponer las verdades en serie, a no ocuparse seriamente sino de las que puede asimilar, de manera que no todas ellas son buenas para él, en lo concreto, el bien de la persona total, según su vocación, en su situación, no es una abstracción, es una “verdad de la vida”, principio último del valor humano de los actos de puro conocimiento como de todos los otros actos. Se buscaría en vano reglas impersonales para moralizar la curiosidad; no las encontraremos ni en los objetos de conocimiento, ni en el modo del mismo. Las vocaciones son muy diversas. Hay que saber cuál es el sentido de la vida humana, el de tal vida. Si se lo ignora, nada pondrá remedio a los males que hemos observado. Por el contrario, si se descubre ese sentido, si éste asegura su imperio, una conciencia leal discernirá poco a poco la naturaleza y la gravedad de las desviaciones que ella ni sospechaba, y las direcciones en las cuales se deben orientar sus intereses y las grandes constantes que deben presidir esos programas de vida que hay que establecer y que la variación de las circunstancias obligan a revisar más o menos. El carácter convencional de lo que se dice en general y la arbitrariedad con que se aplica a los casos personales, son demasiado evidentes a aquellos a quienes tratamos de predicar. Lo que más falta es, precisamente, lo más decisivo: el despertar al sentido personal de la vida, y luego, en la vida, la fidelidad a ese impulso, orientado con vigor y rectitud. Él solo constituye, en un mismo movimiento, la grandeza y la modestia de una vida. Su grandeza, porque no hay ninguna vida humana cuya significación no sea de una grandeza infinita; su modestia, en la medida que la conciencia de esa grandeza lleva consigo la de carecer de ella y también la de la pequeñez de las cosas que hay que hacer con grandeza. Si reconsideramos con este espíritu, una tras otra, las desviaciones de la funesta curiosidad, ellas aparecen como algo ilógico en una vida realmente orientada en su sentido, según su vocación. En principio, entonces, esta vida debe reabsorberlas progresivamente.

Al final, la estudiosidad ya no tendría sin duda un objeto propio en tanto que virtud moral. Su papel de templanza sería inútil debido a esa reabsorción. Su papel de fortaleza, de valor, de estímulo para sobrepasar las dificultades del conocimiento, estaría asegurado por la misma curiosidad, convertida en virtud, esa ardiente curiosidad que merecen los objetos de este conocimiento. ¿Qué pasiones están en juego en la curiosidad, puesto que es buena? Distinguimos en ella todas las que se dirigen al bien: radicalmente el amor a la verdad y luego el deseo de saber, reforzado contra las dificultades por la esperanza y la audacia y finalmente dilatado por la alegría en la verdad alcanzada. Los que han llegado a ser espirituales no necesitan más motor que estas mismas pasiones para aplicar el espíritu al conocimiento. Es tan importante representarse este maravilloso concierto –sí: tenerlo ya presente en el corazón, en estado de tendencia efectiva– como estar advertido de la malicia y los males de la curiosidad en su agitación indiscreta.


III. La Estudiosidad Propiamente Dicha

En estas perspectivas, vemos fácilmente que la calificación moral corresponderá al estudio propiamente dicho, es decir, a la aplicación metódica, regulada técnicamente, del espíritu que adquiere una competencia en un sector determinado del conocimiento.

Dado que el estudio es una actividad técnica, con el tecnicismo del pensamiento, dado que, como lo recordábamos, sólo la verdad dirige al espíritu, la moralidad propia del estudio será poner al espíritu en las condiciones de poder reconocer puramente su bien en la verdad que persigue con aplicación, y un bien que se refiere vitalmente a su bien pleno. Que la virtud moral de la estudiosidad sea el freno de la curiosidad desviada, quiere decir, en el fondo, que para que nuestro estudio tenga su rectitud moral, nos basta superar lo que lo saca de eje con respecto al sentido de nuestra vida total; sólo entonces, pero ahora con toda simplicidad, el camino está abierto, no tiene más que marchar según sus propias leyes: entonces será moral sin preocuparse de su moralidad.

Se desconoce de tal modo la malicia y los males que acarrea la curiosidad malsana que debemos ponernos en guardia con respecto a ella, como lo hemos hecho, y cada uno de nosotros precisamente en las formas particulares que tiene de ceder a ella en los estudios a los cuales se entrega. Pero si estamos sobre aviso, si nos cuidamos continuamente de ella, si en nuestros estudios estamos animados de una mística de templanza, no será defendiéndonos contra los males que hemos advertido como ejerceremos mejor la función de freno con respecto a ellos: si cumplimos verdaderamente las condiciones que acabamos de mencionar y esto es muy fácil, los dos principios más eficaces para que nuestro estudio se integre a nuestra vida y adquiera valor moral serán la orientación efectiva de nuestra vida en el sentido de nuestra vocación y la técnica misma del estudio. Había pues algo exacto en nuestro primer sentimiento: que no hay necesidad de una virtud especial de la estudiosidad. Pero esto es así solamente gracias a una rectificación general y profunda.


El tecnicismo del estudio, factor de santidad

Esta técnica, que varía indefinidamente de un estudio a otro y que, se sobreentiende, no es moral por naturaleza, no solamente exige, existencialmente, de quien la aplica como corresponde una singular virtud y se convierte, en las vocaciones intelectuales, en el ejercicio privilegiado de todas las virtudes, sino que además no hay vida que, en su totalidad, no saque provecho de ella. Me parece que este beneficio se experimenta precisamente gracias al temple que recibe el alma, obligada a identificar en ella fortaleza y templanza, en la exactitud de la aplicación a los objetos de interés en la intensa lucidez de la atención.

En cuanto a la exactitud, no tenemos más que observar lo que significa en una vida la honestidad intelectual: qué disciplina personal exige para no pretender más que aquellas verdades a las cuales se tiene derecho, a las cuales se les da toda la seriedad que requieren; los esfuerzos que cuesta esta honestidad, tan rara por lo demás, y luego los riesgos que supone para aquel que se atreve a ver lo que ve. Es el “llevado a donde no quería ir” (Jn 21, 18). Por poco que se aplique a los datos actuales de cualquier cuestión, los factores en causa sobre los menores puntos parecen tan contradictorios que no puede ser honesto sin encontrarse muy pronto tironeado por los dos extremos. La grandeza ha sido siempre la presencia simultánea en los extremos, con la moderación que se esfuerza por “llenar lo que queda entre los dos”: en el mundo de hoy son tales los extremos a los que uno por honestidad intelectual está obligado a dirigirse al mismo tiempo, que muy pronto ella resulta trágica.

En cuanto a la atención, ella requiere la paciencia. El P. Chenu ha dicho, hace ya mucho tiempo: “Hay que conservar la paciencia intelectual en la impaciencia del amor”. Cada uno de nosotros ha hecho la experiencia expresada por Simone Weil: “Hay algo en nuestra alma que rechaza la verdadera atención mucho más violentamente de lo que la carne rechaza la fatiga”. Simone Weil describiendo esa atención verdadera constataba sobre todo en ella una negación de sí ante la verdad, aún más, una paciencia, lo que constituye una fortaleza, pero reteniendo su precipitación, lo que constituye una forma de templanza, velando para no creerse “prematuramente colmada” y para “desasirse y retomarse como se inspira y se expira”. Ella asignaba al estudio, a cualquier estudio, en toda vida, este fin: la educación de la atención receptiva, disponible, en vista de la calidad de la oración y del verdadero encuentro con el prójimo.

Estas pocas anotaciones bastarían para hacer sentir que, si la técnica intelectual es un factor de santidad, lo es en virtud del impulso vital que le aplica quien va en el sentido querido por Dios. Necesitaríamos ahora disponer de tiempo para reconsiderar, una tras otra, las diversas formas de curiosidad malsana y veríamos que no solamente se reabsorben, sino que la fidelidad generosa a la vocación exalta la inteligencia en todas sus líneas, en favor de la primacía real que asegura al amor. Esto será fácil de verificar. Por supuesto, el impulso de todo el ser debe, a la vez, abrir hacia la sabiduría todo saber y respetar lo que cada dominio tiene de específico. Y por supuesto también, no produce sus beneficiosos efectos sino cuando es una santa “violencia”, un “hambre y sed”, cuando consagra al Reino de Dios la misma pasión que los ambiciosos de aquí abajo consagran a lograr su éxito, por el cual se equipan de conocimientos y de cualificaciones. Esta hambre y sed de santidad torna “vehemente” la aplicación del espíritu. No ya por sombrío “deber de estado”, como se dice, o como se decía antes, sino por la connaturalidad viva que asegura el amor, desde lo más íntimo del corazón a lo más profundo de las realidades a las cuales lo llama el Dios de amor. Durante el tiempo del estudio, esta connaturalidad, renovada indefinidamente, facilita la concentración de toda la savia de la vida sobre los objetos de la atención. Evidentemente es el amor el que desarrolla las principales cualidades del discípulo que santo Tomás, en su clase inaugural como maestro de teología, caracterizaba así: “La humildad, para someterse a la disciplina; el recto sentido para juzgar bien; la fecundidad del espíritu, gracias a la cual le basta oír pocas cosas para evocar muchas”. La sabiduría en la que el sentido espiritual, la ratio superior, despertada por el amor, abre el saber, es indefinidamente interrogativa. El impulso vital nos dilata porque, conforme a la voluntad de Dios, es la atracción del fin eterno. Confiere a nuestra curiosidad libertad en el andar y hasta jovialidad. Gracias a él, en todos los elementos de la vida se identifican estudio y juego. Esta dilatación del corazón llama al espíritu, y el saber respira la alegría de la verdad, tiende, por austero que pueda ser, hacia el “alegre saber” y la “sobria ebriedad”.

De este modo la vida de grandeza y de moderación alcanza, por el estudio, una de sus más bellas cimas.



Notas:
[1] IIa. IIae., Q 166. Esta virtud de la “studiositas” es anunciada en un cuadro de conjunto de las formas de moderación, Q. 160, art. 2.
[2] Expresiones del P. Barthelemy en: Dieu et son image, Ed. du Cerf, 1964, p. 46.
[3] Notable meditación filosófica a este respecto por F. D´ Hautefeuille en: Revue de Metaph. Et de Morale, 1964, p. 172-178.
[4] En: Vocabulario de Teología Bíblica, dirigido por el P. X. Leon-Dufour.



Texto Original: La Vie Spirituelle, Mayo 1967
Traducción: Hna M. Eugenia Suárez, osb
Abadía de Santa Escolástica, Argentina




Fuente: http://www.traditio-op.org/biblioteca/Regamey/Hacia%20la%20santidad%20de%20la%20inteligencia,%20Fr%20Pie%20Regamey%20OP.pdf

sábado, 4 de enero de 2014

Homilía

“Guardemos en nuestro corazón las maravillas vistas y oídas en el nacimiento para el mundo del Hijo de Dios”

En la primera lectura proclamada (Núm. 6, 22.27) se hace referencia a la bendición que los sacerdotes de Israel, por mandato divino, debían impartir al pueblo en ocasiones importantes de la vida de la comunidad, especialmente al comienzo del año, para significar que Dios está siempre cerca de su pueblo elegido y, que a pesar de las infidelidades, Él siempre sigue fiel a las promesas de salvación. Esta bendición implica, pues, la cercanía de Dios que protege y bendice  a todos para que el don de la paz que entrega, nos acompañe a lo largo del año iniciado. Esta bendición supone que son tantos los beneficios otorgados, que como pueblo elegido respondamos  siempre con fidelidad transitando el camino del bien.

Por cierto que la bendición más plena recibida en el pasado y en la actualidad, es la presencia del Hijo de Dios hecho hombre entre nosotros.
Al respecto, el apóstol san Pablo anuncia (Gál. 4, 4-7) que “cuando se cumplió el tiempo establecido,  Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer”, afirmación ésta que será el fundamento de la definición dogmática del concilio de Éfeso por la que se proclama la maternidad divina de María, -fiesta que celebramos con gozo en este primer día del año-, y por ello, Madre de la Iglesia como lo recuerda el concilio Vaticano II.

Es decir, quien es Madre de la Cabeza, Cristo, lo es también del Cuerpo Místico que es la Iglesia, de la cual formamos parte todos los bautizados, desde que Jesús desde la cruz dijera a su Madre en referencia al apóstol Juan, “He ahí a tu  hijo”.
La maternidad divina de la Virgen Santa y el nacimiento de su Hijo entre nosotros, hace posible la reconciliación de la humanidad toda con el Creador, a quien podemos llamar desde la redención obtenida por su Hijo, “Abbá”, es decir Padre.¡Qué grandeza la nuestra la de ser hijos del Padre!
El Padre, también por medio del Ángel, nos anuncia la entrada de su Hijo hecho hombre en el mundo, para que actualicemos la actitud de los pastores que van al lugar que les había indicado el Ángel del Señor para encontrarse con la Sagrada Familia (Lc. 2,16-21).
Al  contemplarlo, no pueden silenciar lo que han escuchado sobre el Niño, produciendo una gran admiración entre los oyentes por el cumplimiento de las promesas mesiánicas anunciadas por los profetas, de manera que también “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón”.

Ella no solamente  cuidó en su seno a la Palabra hecha carne, sino que guarda también las maravillas que de su Hijo se proclaman con gozo.
También nosotros en el hoy de la salvación, hemos de proclamar lo que hemos escuchado del Mesías nacido entre nosotros, y apreciar que la actitud de María nos interpela también para que prolonguemos en el tiempo el gesto de conservar en el corazón esta experiencia de la llegada del Salvador, meditando sobre los innumerables dones que Dios nos ha querido dar como sus elegidos, a través de su Hijo.

Este es el momento para hacer un balance del año que concluyó y preguntarnos si hemos sido consecuentes en nuestra vida cotidiana con todas las maravillas que sobre Jesús hemos escuchado y todo lo que Él nos transmite permanentemente.
Pensar si hemos valorado sus dones y si hemos respondido con la entrega de nuestras vidas, aprovechar para pedir perdón por todas nuestras infidelidades, y pedir, ya que contamos con la bendición de Dios desde este primer día del año, el que sepamos recibir durante todo el año 2014 las gracias que se nos reserva a cada uno de nosotros, para crecer cada vez más como hijos de Dios en el Hijo redentor.

Como Cristo se entregó totalmente por nosotros desde su nacimiento hasta su muerte en Cruz, también nosotros hemos de entregarnos al amor ofrecido, con nuestro corazón y la vida toda, haciendo partícipes también a otros del mensaje salvador que se nos ha confiado, como  lo hicieron los pastores que alabaron y glorificaron a Dios “por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido”.
Guardemos en nuestro corazón las maravillas vistas y oídas en el nacimiento para el mundo del Hijo de Dios, meditemos y transmitamos al mundo sin desfallecer el gozo de haber sido salvados.



Padre Ricardo B. Mazza.
Párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina. Homilía en la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. 01 de enero   de 2014


miércoles, 1 de enero de 2014

Mensaje del Santo Padre Francisco


PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
XLVII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2014

LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ



1. En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo gracias a las responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en particular del padre y de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería contagiar al mundo con su amor.

El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros. Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación.

En muchas partes del mundo, continuamente se lesionan gravemente los derechos humanos fundamentales, sobre todo el derecho a la vida y a la libertad religiosa. El trágico fenómeno de la trata de seres humanos, con cuya vida y desesperación especulan personas sin escrúpulos, representa un ejemplo inquietante. A las guerras hechas de enfrentamientos armados se suman otras guerras menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el campo económico y financiero con medios igualmente destructivos de vidas, de familias, de empresas.

La globalización, como ha afirmado Benedicto XVI, nos acerca a los demás, pero no nos hace hermanos[1]. Además, las numerosas situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura de la solidaridad. Las nuevas ideologías, caracterizadas por un difuso individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, fomentando esa mentalidad del “descarte”, que lleva al desprecio y al abandono de los más débiles, de cuantos son considerados “inútiles”. Así la convivencia humana se parece cada vez más a un mero do ut des pragmático y egoísta.

Al mismo tiempo, es claro que tampoco las éticas contemporáneas son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad, ya que una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir[2]. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse «prójimo» que se preocupa por el otro.

«¿Dónde está tu hermano?» (Gn4,9)

2. Para comprender mejor esta vocación del hombre a la fraternidad, para conocer más adecuadamente los obstáculos que se interponen en su realización y descubrir los caminos para superarlos, es fundamental dejarse guiar por el conocimiento del designio de Dios, que nos presenta luminosamente la Sagrada Escritura.

Según el relato de los orígenes, todos los hombres proceden de unos padres comunes, de Adán y Eva, pareja creada por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26), de los cuales nacen Caín y Abel. En la historia de la primera familia leemos la génesis de la sociedad, la evolución de las relaciones entre las personas y los pueblos.

Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros. Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro. A la pregunta «¿Dónde está tu hermano?», con la que Dios interpela a Caín pidiéndole cuentas por lo que ha hecho, él responde: «No lo sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9). Después –nos dice el Génesis–«Caín salió de la presencia del Señor» (4,16).

Hemos de preguntarnos por los motivos profundos que han llevado a Caín a dejar de lado el vínculo de fraternidad y, junto con él, el vínculo de reciprocidad y de comunión que lo unía a su hermano Abel. Dios mismo denuncia y recrimina a Caín su connivencia con el mal: «El pecado acecha a la puerta» (Gn 4,7). No obstante, Caín no lucha contra el mal y decide igualmente alzar la mano «contra su hermano Abel» (Gn 4,8), rechazando el proyecto de Dios. Frustra así su vocación originaria de ser hijo de Dios y a vivir la fraternidad.

El relato de Caín y Abel nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad, pero también la dramática posibilidad de su traición. Da testimonio de ello el egoísmo cotidiano, que está en el fondo de tantas guerras e injusticias: muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y hermanas que no saben reconocerse como tales, es decir, como seres hechos para la reciprocidad, para la comunión y para el don.

«Y todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8)

3. Surge espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas?

Parafraseando sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús: Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios. No se trata de una paternidad genérica, indiferenciada e históricamente ineficaz, sino de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30). Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad.

Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos. Jesucristo, que ha asumido la naturaleza humana para redimirla, amando al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad.

Jesús asume desde el principio el proyecto de Dios, concediéndole el primado sobre todas las cosas. Pero Cristo, con su abandono a la muerte por amor al Padre, se convierte en principio nuevo y definitivo para todos nosotros, llamados a reconocernos hermanos en Él, hijos del mismo Padre. Él es la misma Alianza, el lugar personal de la reconciliación del hombre con Dios y de los hermanos entre sí. En la muerte en cruz de Jesús también queda superada la separación entre pueblos, entre el pueblo de la Alianza y el pueblo de los Gentiles, privado de esperanza porque hasta aquel momento era ajeno a los pactos de la Promesa. Como leemos en la Carta a los Efesios, Jesucristo reconcilia en sí a todos los hombres. Él es la paz, porque de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando el muro de separación que los dividía, la enemistad. Él ha creado en sí mismo un solo pueblo, un solo hombre nuevo, una sola humanidad (cf. 2,14-16).

Quien acepta la vida de Cristo y vive en Él reconoce a Dios como Padre y se entrega totalmente a Él, amándolo sobre todas las cosas. El hombre reconciliado ve en Dios al Padre de todos y, en consecuencia, siente el llamado a vivir una fraternidad abierta a todos. En Cristo, el otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, no como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo. En la familia de Dios, donde todos son hijos de un mismo Padre, y todos están injertados en Cristo, hijos en el Hijo, no hay “vidas descartables”. Todos gozan de igual e intangible dignidad. Todos son amados por Dios, todos han sido rescatados por la sangre de Cristo, muerto en cruz y resucitado por cada uno. Ésta es la razón por la que no podemos quedarnos indiferentes ante la suerte de los hermanos.

La fraternidad, fundamento y camino para la paz

4. Teniendo en cuenta todo esto, es fácil comprender que la fraternidad es fundamento y camino para la paz. Las Encíclicas sociales de mis Predecesores aportan una valiosa ayuda en este sentido. Bastaría recuperar las definiciones de paz de la Populorum progressio de Pablo VI o de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II. En la primera, encontramos que el desarrollo integral de los pueblos es el nuevo nombre de la paz[3]. En la segunda, que la paz es opus solidaritatis[4].

Pablo VI afirma que no sólo entre las personas, sino también entre las naciones, debe reinar un espíritu de fraternidad. Y explica: «En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, debemos […] actuar a una para edificar el porvenir común de la humanidad»[5]. Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos. Sus obligaciones hunden sus raíces en la fraternidad humana y sobrenatural, y se presentan bajo un triple aspecto: el deber de solidaridad, que exige que las naciones ricas ayuden a los países menos desarrollados; el deber de justicia social, que requiere el cumplimiento en términos más correctos de las relaciones defectuosas entre pueblos fuertes y pueblos débiles; el deber de caridad universal, que implica la promoción de un mundo más humano para todos, en donde todos tengan algo que dar y recibir, sin que el progreso de unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros[6].

Asimismo, si se considera la paz como opus solidaritatis, no se puede soslayar que la fraternidad es su principal fundamento. La paz –afirma Juan Pablo II– es un bien indivisible. O es de todos o no es de nadie. Sólo es posible alcanzarla realmente y gozar de ella, como mejor calidad de vida y como desarrollo más humano y sostenible, si se asume en la práctica, por parte de todos, una «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común»[7]. Lo cual implica no dejarse llevar por el «afán de ganancia» o por la «sed de poder». Es necesario estar dispuestos a «‘perderse’ por el otro en lugar de explotarlo, y a ‘servirlo’en lugar de oprimirlo para el propio provecho. […] El ‘otro’ –persona, pueblo o nación– no [puede ser considerado] como un instrumento cualquiera para explotar a bajo coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un ‘semejante’ nuestro, una ‘ayuda’»[8].

La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como «un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos», sino como «la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo»[9], como un hermano.«Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, ‘hijos en el Hijo’, de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá –recuerda Juan Pablo II– a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo»[10], para transformarlo.

La fraternidad, premisa para vencer la pobreza

5. En la Caritas in veritate, mi Predecesor recordaba al mundo entero que la falta de fraternidad entre los pueblos y entre los hombres es una causa importante de la pobreza[11]. En muchas sociedades experimentamos una profunda pobreza relacional debida a la carencia de sólidas relaciones familiares y comunitarias. Asistimos con preocupación al crecimiento de distintos tipos de descontento, de marginación, de soledad y a variadas formas de dependencia patológica. Una pobreza como ésta sólo puede ser superada redescubriendo y valorando las relaciones fraternas en el seno de las familias y de las comunidades, compartiendo las alegrías y los sufrimientos, las dificultades y los logros que forman parte de la vida de las personas.

Además, si por una parte se da una reducción de la pobreza absoluta, por otra parte no podemos dejar de reconocer un grave aumento de la pobreza relativa, es decir, de las desigualdades entre personas y grupos que conviven en una determinada región o en un determinado contexto histórico-cultural. En este sentido, se necesitan también políticas eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas –iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales– el acceso a los «capitales», a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas.

También se necesitan políticas dirigidas a atenuar una excesiva desigualdad de la renta. No podemos olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre la llamada hipoteca social, según la cual, aunque es lícito, como dice Santo Tomás de Aquino, e incluso necesario, «que el hombre posea cosas propias»[12], en cuanto al uso, no las tiene «como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás»[13].

Finalmente, hay una forma más de promover la fraternidad –y así vencer la pobreza– que debe estar en el fondo de todas las demás. Es el desprendimiento de quien elige vivir estilos de vida sobrios y esenciales, de quien, compartiendo las propias riquezas, consigue así experimentar la comunión fraterna con los otros. Esto es fundamental para seguir a Jesucristo y ser auténticamente cristianos. No se trata sólo de personas consagradas que hacen profesión del voto de pobreza, sino también de muchas familias y ciudadanos responsables, que creen firmemente que la relación fraterna con el prójimo constituye el bien más preciado.

El redescubrimiento de la fraternidad en la economía

6. Las graves crisis financieras y económicas –que tienen su origen en el progresivo alejamiento del hombre de Dios y del prójimo, en la búsqueda insaciable de bienes materiales, por un lado, y en el empobrecimiento de las relaciones interpersonales y comunitarias, por otro– han llevado a muchos a buscar el bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia más allá de la lógica de una economía sana. Ya en 1979 Juan Pablo II advertía del «peligro real y perceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por parte del hombre sobre el mundo de las cosas, pierda los hilos esenciales de este dominio suyo, y de diversos modos su humanidad quede sometida a ese mundo, y él mismo se haga objeto de múltiple manipulación, aunque a veces no directamente perceptible, a través de toda la organización de la vida comunitaria, a través del sistema de producción, a través de la presión de los medios de comunicación social»[14].

El hecho de que las crisis económicas se sucedan una detrás de otra debería llevarnos a las oportunas revisiones de los modelos de desarrollo económico y a un cambio en los estilos de vida. La crisis actual, con graves consecuencias para la vida de las personas, puede ser, sin embargo, una ocasión propicia para recuperar las virtudes de la prudencia, de la templanza, de la justicia y de la fortaleza. Estas virtudes nos pueden ayudar a superar los momentos difíciles y a redescubrir los vínculos fraternos que nos unen unos a otros, con la profunda confianza de que el hombre tiene necesidad y es capaz de algo más que desarrollar al máximo su interés individual. Sobre todo, estas virtudes son necesarias para construir y mantener una sociedad a medida de la dignidad humana.

La fraternidad extingue la guerra

7. Durante este último año, muchos de nuestros hermanos y hermanas han sufrido la experiencia denigrante de la guerra, que constituye una grave y profunda herida infligida a la fraternidad.

Muchos son los conflictos armados que se producen en medio de la indiferencia general. A todos cuantos viven en tierras donde las armas imponen terror y destrucción, les aseguro mi cercanía personal y la de toda la Iglesia. Ésta tiene la misión de llevar la caridad de Cristo también a las víctimas inermes de las guerras olvidadas, mediante la oración por la paz, el servicio a los heridos, a los que pasan hambre, a los desplazados, a los refugiados y a cuantos viven con miedo. Además la Iglesia alza su voz para hacer llegar a los responsables el grito de dolor de esta humanidad sufriente y para hacer cesar, junto a las hostilidades, cualquier atropello o violación de los derechos fundamentales del hombre[15].

Por este motivo, deseo dirigir una encarecida exhortación a cuantos siembran violencia y muerte con las armas: Redescubran, en quien hoy consideran sólo un enemigo al que exterminar, a su hermano y no alcen su mano contra él. Renuncien a la vía de las armas y vayan al encuentro del otro con el diálogo, el perdón y la reconciliación para reconstruir a su alrededor la justicia, la confianza y la esperanza. «En esta perspectiva, parece claro que en la vida de los pueblos los conflictos armados constituyen siempre la deliberada negación de toda posible concordia internacional, creando divisiones profundas y heridas lacerantes que requieren muchos años para cicatrizar. Las guerras constituyen el rechazo práctico al compromiso por alcanzar esas grandes metas económicas y sociales que la comunidad internacional se ha fijado»[16].

Sin embargo, mientras haya una cantidad tan grande de armamentos en circulación como hoy en día, siempre se podrán encontrar nuevos pretextos para iniciar las hostilidades. Por eso, hago mío el llamamiento de mis Predecesores a la no proliferación de las armas y al desarme de parte de todos, comenzando por el desarme nuclear y químico.

No podemos dejar de constatar que los acuerdos internacionales y las leyes nacionales, aunque son necesarias y altamente deseables, no son suficientes por sí solas para proteger a la humanidad del riesgo de los conflictos armados. Se necesita una conversión de los corazones que permita a cada uno reconocer en el otro un hermano del que preocuparse, con el que colaborar para construir una vida plena para todos. Éste es el espíritu que anima muchas iniciativas de la sociedad civil a favor de la paz, entre las que se encuentran las de las organizaciones religiosas. Espero que el empeño cotidiano de todos siga dando fruto y que se pueda lograr también la efectiva aplicación en el derecho internacional del derecho a la paz, como un derecho humano fundamental, pre-condición necesaria para el ejercicio de todos los otros derechos.

La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad

8. El horizonte de la fraternidad prevé el desarrollo integral de todo hombre y mujer. Las justas ambiciones de una persona, sobre todo si es joven, no se pueden frustrar y ultrajar, no se puede defraudar la esperanza de poder realizarlas. Sin embargo, no podemos confundir la ambición con la prevaricación. Al contrario, debemos competir en la estima mutua (cf. Rm 12,10). También en las disputas, que constituyen un aspecto ineludible de la vida, es necesario recordar que somos hermanos y, por eso mismo, educar y educarse en no considerar al prójimo un enemigo o un adversario al que eliminar.

La fraternidad genera paz social, porque crea un equilibrio entre libertad y justicia, entre responsabilidad personal y solidaridad, entre el bien de los individuos y el bien común. Y una comunidad política debe favorecer todo esto con trasparencia y responsabilidad. Los ciudadanos deben sentirse representados por los poderes públicos sin menoscabo de su libertad. En cambio, a menudo, entre ciudadano e instituciones, se infiltran intereses de parte que deforman su relación, propiciando la creación de un clima perenne de conflicto.

Un auténtico espíritu de fraternidad vence el egoísmo individual que impide que las personas puedan vivir en libertad y armonía entre sí. Ese egoísmo se desarrolla socialmente tanto en las múltiples formas de corrupción, hoy tan capilarmente difundidas, como en la formación de las organizaciones criminales, desde los grupos pequeños a aquellos que operan a escala global, que, minando profundamente la legalidad y la justicia, hieren el corazón de la dignidad de la persona. Estas organizaciones ofenden gravemente a Dios, perjudican a los hermanos y dañan a la creación, más todavía cuando tienen connotaciones religiosas.

Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran despreciando las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación, en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad. Juan XXIII escribió al respecto: «Una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados, por el contrario, al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento»[17]. Sin embargo, el hombre se puede convertir y nunca se puede excluir la posibilidad de que cambie de vida. Me gustaría que esto fuese un mensaje de confianza para todos, también para aquellos que han cometido crímenes atroces, porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).

En el contexto amplio del carácter social del hombre, por lo que se refiere al delito y a la pena, también hemos de pensar en las condiciones inhumanas de muchas cárceles, donde el recluso a menudo queda reducido a un estado infrahumano y humillado en su dignidad humana, impedido también de cualquier voluntad y expresión de redención. La Iglesia hace mucho en todos estos ámbitos, la mayor parte de las veces en silencio. Exhorto y animo a hacer cada vez más, con la esperanza de que dichas iniciativas, llevadas a cabo por muchos hombres y mujeres audaces, sean cada vez más apoyadas leal y honestamente también por los poderes civiles.

La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

9. La familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones en la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de obrar responsablemente, es decir, acatando aquella “gramática” que está inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en beneficio de todos, respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y su función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente. En cambio, a menudo nos dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar, del tener, del manipular, del explotar; no custodiamos la naturaleza, no la respetamos, no la consideramos un don gratuito que tenemos que cuidar y poner al servicio de los hermanos, también de las generaciones futuras.

En particular, el sector agrícola es el sector primario de producción con la vocación vital de cultivar y proteger los recursos naturales para alimentar a la humanidad. A este respecto, la persistente vergüenza del hambre en el mundo me lleva a compartir con ustedes la pregunta: ¿cómo usamos los recursos de la tierra? Las sociedades actuales deberían reflexionar sobre la jerarquía en las prioridades a las que se destina la producción. De hecho, es un deber de obligado cumplimiento que se utilicen los recursos de la tierra de modo que nadie pase hambre. Las iniciativas y las soluciones posibles son muchas y no se limitan al aumento de la producción. Es de sobra sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, millones de personas sufren y mueren de hambre, y eso constituye un verdadero escándalo. Es necesario encontrar los modos para que todos se puedan beneficiar de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que se amplíe la brecha entre quien más tiene y quien se tiene que conformar con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, de equidad y de respeto hacia el ser humano. En este sentido, quisiera recordar a todos el necesario destino universal de los bienes, que es uno de los principios clave de la doctrina social de la Iglesia. Respetar este principio es la condición esencial para posibilitar un efectivo y justo acceso a los bienes básicos y primarios que todo hombre necesita y a los que tiene derecho.

Conclusión

10. La fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada y testimoniada. Pero sólo el amor dado por Dios nos permite acoger y vivir plenamente la fraternidad.

El necesario realismo de la política y de la economía no puede reducirse a un tecnicismo privado de ideales, que ignora la dimensión trascendente del hombre. Cuando falta esta apertura a Dios, toda actividad humana se vuelve más pobre y las personas quedan reducidas a objetos de explotación. Sólo si aceptan moverse en el amplio espacio asegurado por esta apertura a Aquel que ama a cada hombre y a cada mujer, la política y la economía conseguirán estructurarse sobre la base de un auténtico espíritu de caridad fraterna y podrán ser instrumento eficaz de desarrollo humano integral y de paz.

Los cristianos creemos que en la Iglesia somos miembros los unos de los otros, que todos nos necesitamos unos a otros, porque a cada uno de nosotros se nos ha dado una gracia según la medida del don de Cristo, para la utilidad común (cf. Ef 4,7.25; 1 Co 12,7). Cristo ha venido al mundo para traernos la gracia divina, es decir, la posibilidad de participar en su vida. Esto lleva consigo tejer un entramado de relaciones fraternas, basadas en la reciprocidad, en el perdón, en el don total de sí, según la amplitud y la profundidad del amor de Dios, ofrecido a la humanidad por Aquel que, crucificado y resucitado, atrae a todos a sí: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo les he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que conocerán todos que son discípulos míos será que se aman unos a otros» (Jn 13,34-35). Ésta es la buena noticia que reclama de cada uno de nosotros un paso adelante, un ejercicio perenne de empatía, de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, también del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana.

Cristo se dirige al hombre en su integridad y no desea que nadie se pierda. «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17). Lo hace sin forzar, sin obligar a nadie a abrirle las puertas de su corazón y de su mente. «El primero entre ustedes pórtese como el menor, y el que gobierna, como el que sirve» –dice Jesucristo–,«yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lc 22,26-27). Así pues, toda actividad debe distinguirse por una actitud de servicio a las personas, especialmente a las más lejanas y desconocidas. El servicio es el alma de esa fraternidad que edifica la paz.

Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra.

Vaticano, 8 de diciembre de 2013.

FRANCISCO




[1] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655.

[2] Cf. Francisco, Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 54: AAS 105 (2013), 591-592.

[3] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 87: AAS 59 (1967), 299.

[4] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 39: AAS 80 (1988), 566-568.

[5] Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 43: AAS 59 (1967), 278-279.

[6] Cf. íbid., 44: AAS 59 (1967), 279.

[7] Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 38: AAS 80 (1988), 566.

[8] Íbid., 38-39: AAS 80 (1988), 566-567.

[9] Íbid., 40: AAS 80 (1988), 569.

[10] Íbid.

[11] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655.

[12] Summa Theologiae II-II, q.66, art. 2.

[13] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69. Cf. León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 19: ASS 23 (1890-1891), 651; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 42: AAS 80 (1988), 573-574; Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 178.

[14] Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 16: AAS 61 (1979), 290.

[15] Cf. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 159.

[16] Francisco, Carta al Presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin (4 septiembre 2013): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 septiembre 2013), 1.

[17] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963),34: AAS 55 (1963), 256.



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