
miércoles, 29 de julio de 2015
REFLEXIÓN DE MONS. AGUER
viernes, 24 de julio de 2015
Críticas al Papa
El servicio
brasileño de ZENIT entrevistó en Roma al vicerrector del Pontificio Ateneo de
San Anselmo, Stefano Visintin OSB, quien respondió a varias preguntas. A
continuación la entrevista:
Últimamente no han faltado algunas críticas al papa
Francisco, acusándolo de comunista. ¿Qué opina a la luz de la Pastor Aeternus?
Es decir, ¿todo lo que dice y piensa el Papa entra en el dogma de la
infalibilidad papal?
-- Padre Stefano Visintín: Por supuesto que no. Entra
en el dogma sólo lo que se refiere a la fe y la moral; se dice que es "ex
cathedra", es decir, infalible, cuando se dice explícitamente que es un
dogma; y está contenido en sustancia, en la Sagrada Escritura y la tradición.
Por lo que se refiere a las acusaciones de "comunismo", hay que
recordar que desde León XIII (Rerum Novarum, 1891), la Iglesia tiene su
"doctrina social". El Papa sigue esto, que no es ni
"comunista" ni "capitalista".
¿El Papa es o no "primus inter pares"? ¿De
dónde salió esa expresión?
-- P. Stefano Visintín: La expresión nació en la época
de la antigua Roma y tiene más sentido que el primado de honor. En este
sentido, no se aplica al Papa, porque él tiene jurisdicción sobre la Iglesia
Católica Romana. Específicamente, sólo hay sujeto que es poder supremo de la
Iglesia: el Colegio Episcopal estructurado bajo el Papa como su cabeza. Pero
hay dos formas en las que el supremo colegio puede actuar: un "acto
propiamente colegial" y el acto del Papa como cabeza de la Iglesia
universal.
¿El Papa tiene que ser escuchado y leído solamente
cuando habla ex cathedra o incluso en sus actos de magisterio ordinario?
-- P. Stefano Visintín: El Papa y los obispos deben
ser oídos en el ejercicio ordinario de su magisterio, que es lo habitual, y que
probablemente ocupará toda su vida. Su tarea es dar sentido a la vida de los
fieles en las circunstancias ordinarias, para permitir una mejor comprensión de
la revelación y de sus implicaciones morales. Las intervenciones
"infalibles" son un evento raro.
¿Una encíclica es una forma de pronunciamiento
infalible? Y por ejemplo en la encíclica Laudato Si' que trae muchos datos
científicos, ¿se puede decir que el Papa está "dogmatizando" estos
datos científicos? ¿Cómo debe ser leída por los católicos?
-- P. Stefano Visintín: La encíclica no es un
pronunciamiento infalible porque pertenece al magisterio ordinario del Papa. Su
doctrina sin embargo, debe ser aceptada por "este obsequio religioso de la
voluntad y del entendimiento" (LG 25). Es decir, un creyente debe querer
aceptar esta enseñanza, dejando de lado las objeciones personales, ya que el
propio Cristo confió a sus sucesores la autoridad para enseñar en su nombre.
La encíclica Laudato Si' tiene sin duda datos
científicos, pero seguramente su valor no está en estos datos sino en la
información que propone para la conducta de la vida de los fieles. De hecho, la
enseñanza de su propio contexto es la fe y la moral (la forma de vida y las
costumbres). La visión del mundo y de la vida que ella propone no provienen de
los datos científicos, sino de la revelación, que es el contexto en el que se
interpretan los datos científicos.
¿Qué pensar entonces de la crítica pública al papa
Francisco? ¿Y qué debe hacer la persona que no está de acuerdo con la visión de
un Papa?
--P. Stefano Visintín: ¿Existe algún Papa que no haya
sido criticado públicamente, al menos desde el 1800 hasta nuestros días? En
general y en este caso, hay que señalar que el Papa y el magisterio también
tienen la responsabilidad de dar indicaciones sobre las implicaciones de la
revelación para la conducta de la vida de los hombres.
Como dije antes, incluso si la enseñanza no es
infalible, una encíclica u otros pronunciamientos papales sobre la fe y la
conducta de la vida de los fieles tienen que ser recogidos por ellos con
"religioso acatamiento de la voluntad y de la inteligencia".
Entre los fieles, si alguien no logra hacerlo, como
primera cosa tiene que interrogarse sinceramente si tiene efectivamente la
amplitud y profundidad de conocimiento teológico específico para distanciarse
del conocimiento y en la práctica privada, de la doctrina expresada por el
magisterio (Papa y/o obispos), o si no se trata de una mera presunción. También
en temas de "religión" es necesario tener una formación especializada
que no todos poseen.
De todos modos, el fiel que tuviera una opinión
contraria a esta enseñanza no infalible del magisterio, no debe expresarla en
la predicación, la catequesis, la enseñanza, ni a través de los medios de
comunicación.
sábado, 11 de julio de 2015
El Papa deja en bolivia condecoraciones que le dio Evo Morales
Por Alvaro de Juana
SANTA CRUZ, 10 Jul. 15 / 11:09 am (ACI/EWTN
Noticias).-
El Papa
Francisco dejó en Bolivia las dos condecoraciones que el Presidente Evo Morales
le dio el miércoles 8 de julio durante el intercambio de regalos en el Palacio
de Gobierno poco después de la llegada del Pontífice al país.
Morales le entregó la máxima condecoración de Bolivia,
el Cóndor de los Andes, y la distinción Luis Espinal.
En esta segunda condecoración está la imagen del
Cristo sobre la hoz y el martillo que el fallecido sacerdote jesuita diseñó en
los años ‘70s y cuya réplica el mandatario obsequió al Santo Padre, algo que
generó gran controversia las redes sociales.
Según informó la Santa Sede, esta mañana el Papa
celebró Misa en la capilla de la residencia privada del Arzobispo Emérito de
Santa Cruz de la Sierra, Cardenal Julio Terrazas.
“Al término de la Celebración Eucarística, el Santo
Padre entregó a la Virgen de Copacabana, Patrona de Bolivia, las dos
distinciones conferidas el miércoles por el Presidente del Estado, Evo Morales,
en el curso de la visita de cortesía al Palacio Presidencial de la Paz”.
El Papa Francisco pronunció las siguientes palabras,
seguidas de una oración: “el Señor Presidente de la Nación en un gesto de
calidez ha tenido la delicadeza de ofrecerme dos condecoraciones en nombre del
pueblo boliviano”.
“Agradezco el cariño del pueblo boliviano y agradezco
esta fineza, esta delicadeza del Señor Presidente y quisiera dejar estas dos
condecoraciones a la Patrona de Bolivia, a la Madre de esta noble Nación para
que Ella se acuerde siempre de su pueblo y también desde Bolivia, desde su
Santuario, donde quisiera que estuvieran, se acuerde del Sucesor de Pedro y de
toda la Iglesia, y desde Bolivia la cuide”.
jueves, 9 de julio de 2015
Discurso del Papa Francisco a los representantes de la sociedad civil
(Catedral de La Paz, Bolivia, 8 de julio de 2015)
Aica, 9-7-15
"Hermano Presidente,
Hermanos y Hermanas:
Me alegro de este encuentro con ustedes, autoridades
políticas y civiles de Bolivia, miembros del Cuerpo diplomático y personas
relevantes del mundo de la cultura y del voluntariado. Agradezco a Mons.
Edmundo Abastoflor, Arzobispo de la Paz, su amable bienvenida. Les ruego me
permitan cooperar, alentando con algunas palabras, la tarea que cada uno de
ustedes ya realiza.
Cada uno a su manera, todos los aquí presentes
compartimos la vocación de trabajar por el bien común. Ya hace 50 años, el
Concilio Vaticano II definía el bien común como “el conjunto de condiciones de
la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de sus miembros
conseguir más plena y fácilmente de la propia perfección”; gracias por aspirar
–desde su rol y misión– para que las personas y la sociedad se desarrollen,
alcancen su perfección. Estoy seguro de sus búsquedas de lo bello, lo
verdadero, lo bueno en este afán por el bien común. Que este esfuerzo ayude
siempre a crecer en un mayor respeto a la persona humana en cuanto tal, con
derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral, a la paz
social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se
produce sin una atención particular a la justicia distributiva. (cf. Laudato
si’ 157).
En el trayecto hacia la catedral he podido admirarme
de las cumbres del Hayna Potosí y del Illimani, de ese “cerro joven” y de aquel
que indica “el lugar por donde sale el sol”. También he visto cómo de manera
artesanal muchas casas y barrios se confunden con las laderas y me he
maravillado de algunas obras de su arquitectura. El ambiente natural y el
ambiente social, político y económico están íntimamente relacionados. Nos urge
poner las bases de una ecología integral, que incorpore claramente todas las
dimensiones humanas en la resolución de las graves cuestiones socioambientales
de nuestros días... si no los glaciares de esos montes seguirán
retrocediendo... y la lógica de la recepción, la conciencia del mundo que
queremos dejar a los que nos sucedan, su orientación general, su sentido, sus
valores también se derretirán como esos hielos (cf. Laudato si’ 159-160).
Como todo está relacionado, nos necesitamos unos a
otros. Si la política se deja dominar por la especulación financiera o la
economía se rige únicamente por el paradigma tecnocrático y utilitarista de la
máxima producción, no podrán ni siquiera comprender, y menos aún resolver, los
grandes problemas que afectan a la humanidad. Es necesaria también la cultura,
de la que forma parte no solo el desarrollo de la capacidad intelectual del ser
humano en las ciencias y de la capacidad de generar belleza en las artes, sino
también las tradiciones populares locales, con su particular sensibilidad al
medio de donde han surgido y al que dan sentido. Se requiere de igual forma una
educación ética y moral, que cultive actitudes de solidaridad y
corresponsabilidad entre las personas. Debemos reconocer el papel específico de
las religiones en el desarrollo de la cultura y los beneficios que pueden
aportar a la sociedad. Los cristianos, en particular, como discípulos de la
Buena Noticia, son portadores de un mensaje de salvación que tiene en sí mismo
la capacidad de ennoblecer a las personas, de inspirar grandes ideales capaces
de impulsar líneas de acción que vayan más allá del interés individual,
posibilitando la capacidad de renuncia en favor de los demás, la sobriedad y
las demás virtudes que nos contienen y nos unen.
Nos habituamos tan fácilmente al ambiente de inequidad
que nos rodea, que nos volvemos insensibles a sus manifestaciones. Y así
confundimos sin darnos cuenta el “bien común” con el “bien- estar”, sobre todo
cuando somos nosotros quienes lo disfrutamos. El bienestar que se refiere solo
a la abundancia material tiende a ser egoísta, a defender los intereses de
parte, a no pensar en los demás, y a dejarse llevar por la tentación del
consumismo. Así entendido, el bienestar, en vez de ayudar, incuba posibles
conflictos y disgregación social; instalado como la perspectiva dominante,
genera el mal de la corrupción que cuánto desalienta y tanto mal hace. El bien
común, en cambio, es algo más que la suma de intereses individuales; es un
pasar de lo que “es mejor para mí” a lo que “es mejor para todos”, e incluye
todo aquello que da cohesión a un pueblo: metas comunes, valores compartidos,
ideales que ayudan a levantar la mirada, más allá de los horizontes
particulares.
Los diferentes agentes sociales tienen la
responsabilidad de contribuir a la construcción de la unidad y el desarrollo de
la sociedad. La libertad siempre es el mejor ámbito para que los pensadores,
las asociaciones ciudadanas, los medios de comunicación desarrollen su función,
con pasión y creatividad, al servicio del bien común. También los cristianos,
llamados a ser fermento en el pueblo, aportan su propio mensaje a la sociedad.
La luz del Evangelio de Cristo no es propiedad de la Iglesia; ella es su
servidora, para que llegue hasta los extremos del mundo. La fe es una luz que
no encandila, que no obnubila, sino que alumbra y guía con respeto la
conciencia y la historia de cada persona y de cada convivencia humana. El
cristianismo ha tenido un papel importante en la formación de la identidad del
pueblo boliviano. La libertad religiosa –como es acuñada habitualmente esa
expresión en el fuero civil– es quien también nos recuerda que la fe no puede
reducirse al ámbito puramente subjetivo. Será nuestro desafío alentar y
favorecer que germinen la espiritualidad y el compromiso cristiano en obras
sociales.
Entre los diversos actores sociales, quisiera destacar
la familia, amenazada en todas partes por la violencia doméstica, el
alcoholismo, el machismo, la drogadicción, la falta de trabajo, la inseguridad
ciudadana, el abandono de los ancianos, los niños de la calle y recibiendo
pseudo-soluciones desde perspectivas que evidencian una clara colonización
ideológica... Son tantos los problemas sociales que resuelve la familia en
silencio, que no promoverla es dejar desamparados a los más desprotegidos.
Una nación que busca el bien común no se puede cerrar
en sí misma; las redes de relaciones afianzan a las sociedades. El problema de
la inmigración en nuestros días nos lo demuestra. El desarrollo de la
diplomacia con los países del entorno, que evite los conflictos entre pueblos
hermanos y contribuya al diálogo franco y abierto de los problemas, es hoy
indispensable. Hay que construir puentes en vez de levantar muros. Todos los
temas, por más espinosos que sean, tienen soluciones compartidas, razonables,
equitativas y duraderas. Y, en todo caso, nunca han de ser motivo de
agresividad, rencor o enemistad que agravan más la situación y hacen más
difícil su resolución.
Bolivia transita un momento histórico: la política, el
mundo de la cultura, las religiones son parte de este hermoso desafío de la
unidad. En esta tierra donde la explotación, la avaricia y múltiples egoísmos y
perspectivas sectarias han dado sombra a su historia, hoy puede ser el tiempo
de la integración. Hoy Bolivia puede “crear nuevas síntesis culturales”. ¡Qué
hermosos son los países que superan la desconfianza enfermiza e integran a los
diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué
lindos cuando están llenos de espacios que conectan, relacionan, favorecen el
reconocimiento del otro! (cf. Evangelii gaudium 210). Bolivia, en la
integración y en su búsqueda de la unidad, está llamada a ser “esa multiforme
armonía que atrae” (Evangelii gaudium 117).
Muchas gracias por su atención. Pido al Señor que
Bolivia, “esta tierra inocente y hermosa” siga progresando cada vez más para
que sea esa “patria feliz donde el hombre vive el bien de la dicha y la paz”.
Que la Virgen santa los cuide y el Señor los bendiga abundantemente. No olviden
rezar por mí, pues lo necesito".
lunes, 6 de julio de 2015
Benedicto XVI recibe en Castel Gandolfo el Doctorado honoris causa
por la Pontificia Universidad Juan Pablo II y por la Academia
Musical de Cracovia
Ciudad del Vaticano, 4 de julio de 2015 (Vis).
El Papa emérito Benedicto XVI ha recibido el Doctorado
Honoris Causa de la Pontificia Universidad Juan Pablo II y de la Academia
Musical de Cracovia, otorgado por los rectores de ambos ateneos polacos y
conferido esta mañana en Castel Gandolfo por el cardenal Stanislaw Dziwisz,
arzobispo de Cracovia y gran canciller de la universidad dedicada a san Juan
Pablo II.
Benedicto XVI acogió el nombramiento con un discurso
en el que recordó como san Juan Pablo II demostró con el ejemplo que ''la
alegría de la gran música sacra y la tarea de la participación común en la
sagrada liturgia, el gozo solemne y la sencillez de la humilde celebración de
la fe podían darse la mano''.
''En la Constitución sobre la liturgia del Concilio
Vaticano II está escrito con mucha claridad que se conserve y se incremente con
sumo cuidado el patrimonio de la música sacra- señaló el Papa emérito- y por
otra parte, el texto destaca como categoría litúrgica fundamental la
''participatio actuosa'' de los fieles en la acción sagrada. Pero lo que en la Constitución
coexistía todavía pacíficamente, en la recepción del Concilio, ha conocido
momentos de tensión dramática. Ambientes significativos del Movimiento
Litúrgico creían que en el futuro para las grandes obras corales e incluso para
las misas para orquesta sólo habria lugar en las salas de concierto, no en la
liturgia, donde el espacio estaría reservado al canto y la oración de los
fieles. Por otro lado, había mucha preocupación por el empobrecimiento cultural
de la Iglesia que este hecho llevaría aparejado ¿Cómo conciliar las dos cosas?
Esas eran las preguntas que nos planteábamos muchos creyentes, tanto la gente
sencilla, como las personas que contaban con una formación teológica''.
''En estas circunstancias -prosiguió- tal vez es
necesario preguntarse: ¿De dónde viene y a qué tiende la música? Creo que se
pueden localizar tres "lugares" de procedencia. El primero es la
experiencia del amor. Cuando los seres humanos fueron capturados por el amor,
se abrió ante ellos otra dimensión del ser... que les llevó a expresarse en
formas nuevas. La poesía, el canto y la música en general nacen de este nuevo
horizonte de la vida... Un segundo origen es la experiencia de la tristeza, el
haber sido tocados por la muerte, por el dolor y los abismos de la existencia.
También en este caso se abren, en dirección opuesta, nuevas dimensiones de la
realidad que no encuentran respuesta solo en los discursos. Por último, el
tercer lugar de origen de la música es el encuentro con lo divino, que desde el
principio es parte de lo que define lo humano. Se puede decir que la calidad de
la música depende de la pureza y la grandeza del encuentro con lo divino, con
la experiencia del amor y del dolor. Cuanto más pura y verdadera es esa
experiencia , más pura y grande será la música que de ella nace y se
desarrolla''.
''Ciertamente la música occidental va mucho más allá
del ámbito religioso y eclesial -explicó Benedicto XVI- Y sin embargo,
encuentra su fuente más profunda en la liturgia, en el encuentro con Dios. Es
evidente en Bach, para el que la gloria de Dios era en última instancia, el fin
de toda música. La respuesta grande y pura de la música occidental se ha
desarrollado en el encuentro con el Dios que, en la liturgia, se hace presente
a nosotros en Jesucristo. Esa música, para mí, es una demostración de la verdad
del cristianismo. Donde hay una respuesta así, se ha producido un encuentro con
la verdad, con el verdadero creador del mundo. Por eso la gran música sacra es
una realidad de rango teológico y de significado permanente para la fe de la
cristiandad , aunque no sea necesario que se interprete siempre y en cualquier
lugar. Por otro lado, también está claro que no puede desaparecer de la
liturgia y que su presencia puede ser una forma especial de participar en la
celebración sagrada, en el misterio de la fe''.
''Si pensamos en la liturgia celebrada por san Juan
Pablo II en todos los continentes, vemos toda la amplitud de las posibilidades
expresivas de la fe en el evento litúrgico; y vemos también como la gran música
de la tradición occidental no sea ajena a la liturgia, sino que nació de ella ,
creció con ella y que así contribuye siempre a darle forma. No sabemos el
futuro de nuestra cultura ni de la música sacra. Pero hay algo claro: allí
donde se produce el encuentro con el Dios vivo, que en Cristo viene a nosotros,
allí nace y crece nuevamente también la respuesta, cuya belleza proviene de la
verdad misma'', concluyó Benedicto XVI.
miércoles, 1 de julio de 2015
La Vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo
Instrumentum laboris para la XIV Asamblea General
Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en el Vaticano del 4 al
25 de octubre de 2015
Ya se acerca el fin del período intersinodal, durante
el cual el Santo Padre Francisco ha confiado a la Iglesia entera la tarea de
«madurar, con verdadero discernimiento espiritual, las ideas propuestas y
encontrar soluciones concretas a tantas dificultades e innumerables desafíos
que las familias deben afrontar» (Discurso para la conclusión de la III Asamblea General Extraordinaria
del Sínodo de los Obispos, 18 de octubre de 2014).
Después de haber reflexionado, en la III Asamblea
General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos de octubre de 2014, sobre Los
desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización, la
XIV Asamblea General Ordinaria, que tendrá lugar del 4 al 25 de octubre de
2015, tratará el tema La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y
en el mundo contemporáneo. Así pues, tres momentos íntimamente relacionados
marcan el camino sinodal: la escucha de los desafíos de la familia, el
discernimiento de su vocación y la reflexión sobre su misión.
A la Relatio Synodi, fruto madurado en la última
Asamblea, se agregó una serie de preguntas para conocer la recepción del
documento y para solicitar su profundización. En esto consistían los Lineamenta,
que fueron enviados a los Sínodos de las Iglesias Orientales Católicas sui iuris,
a las Conferencias Episcopales, a los Dicasterios de la Curia Romana y a la
Unión de los Superiores Generales.
Todo el Pueblo de Dios fue invitado a participar en el
proceso de reflexión y profundización, al que contribuyó el Santo Padre, quien
con sus catequesis semanales sobre la familia en las Audiencias generales, y en
otras varias ocasiones, acompañó el camino común. Confirma el renovado interés
por la familia, suscitado por el Sínodo, una amplia atención reservada a ella
no sólo en ambientes eclesiales, sino también de parte de la sociedad civil.
A las Respuestas provenientes de los organismos
con el derecho a responder, se sumaron otras aportaciones, llamadas Observaciones,
de parte de muchos fieles (individuos, familias y grupos). Varios componentes
de las Iglesias particulares, organizaciones, agregaciones laicas y otras
instancias eclesiales ofrecieron importantes sugerencias. Universidades,
instituciones académicas, centros de investigación y estudiosos enriquecieron
—y siguen haciéndolo—la profundización de las temáticas sinodales con sus
propias Contribuciones —a través de simposios, congresos y
publicaciones—, señalando también nuevos aspectos, como solicitaba la “pregunta
previa” de los Lineamenta.
El presente Instrumentum Laboris está compuesto
por el texto definitivo de la Relatio Synodi integrado con la síntesis de
las Respuestas, las Observaciones y las Contribuciones de
estudio. Para facilitar la lectura, se debe tener presente que la numeración
contiene tanto el texto de la Relatio como las integraciones. El texto
original de la Relatio se reconoce por el número entre paréntesis y por
el carácter cursivo.
El documento se articula en tres partes, que muestran
la continuidad entre las dos Asambleas: La escucha de los desafíos que
afronta la familia (I parte) evoca más directamente el primer momento
sinodal; El discernimiento de la vocación familiar (II parte) y La misión de la familia hoy (III parte) introducen en el tema del segundo
momento, con el propósito de ofrecer a la Iglesia y al mundo contemporáneo
estímulos pastorales para una renovada evangelización.
Lorenzo Card. Baldisseri
Secretario General del Sínodo de los Obispos
Secretario General del Sínodo de los Obispos
Vaticano, 23 de junio de 2015
1. (1)El Sínodo de los Obispos reunido en
torno al Papa dirige su pensamiento a todas las familias del mundo con sus
alegrías, fatigas y esperanzas. En particular, siente el deber de agradecer al
Señor la generosa fidelidad con la cual tantas familias cristianas responden a
su vocación y misión. Lo hacen con alegría y con fe incluso cuando en el camino
familiar encuentran obstáculos, incomprensiones y sufrimientos. A estas
familias va el aprecio, el agradecimiento y el aliento de toda la Iglesia y de
este Sínodo. En la vigilia de oración celebrada en la Plaza de San Pedro el
sábado 4 de octubre de 2014 en preparación al Sínodo de la familia, el Papa
Francisco evocó de manera simple y concreta la centralidad de la experiencia
familiar en la vida de todos, expresándose así: «Cae ya la noche en nuestra
asamblea. Es la hora en la que se regresa a casa de buen grado para encontrarse
en la misma mesa, en el espesor de los afectos, del bien realizado y recibido,
de los encuentros que enardecen el corazón y lo hacen crecer, buen vino que
anticipa en los días del hombre la fiesta sin ocaso. Es también la hora más
fuerte para quien se encuentra cara a cara con su propia soledad, en el
crepúsculo amargo de sueños y proyectos destrozados: cuántas personas arrastran
sus días en el callejón ciego de la resignación, del abandono, si no del
rencor; en cuántas casas ha faltado el vino de la alegría y, por lo tanto, el
sabor —la sabiduría misma— de la vida... De unos y de otros nos hacemos voz
esta noche con nuestra oración, una oración para todos».
2. (2) Regazo de alegrías y pruebas, de
afectos profundos y de relaciones a veces heridas, la familia es una auténtica
“escuela de humanidad”(cfr. GS, 52), de la que se percibe fuertemente la
necesidad. A pesar de las numerosas señales de crisis de la institución
familiar en los diversos contextos de la “aldea global”, el deseo de familia
permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia, experta
en humanidad y fiel a su misión, a anunciar sin descanso y con profunda
convicción el “Evangelio de la familia” que las fue encomendado con la
revelación del amor de Dios en Jesucristo e ininterrumpidamente enseñado por
los Padres, los Maestros de espiritualidad y el Magisterio de la Iglesia. La
familia asume para la Iglesia una importancia del todo particular y en un
momento en que se invita a todos los creyentes a salir de sí mismos es
necesario redescubrir la familia como sujeto imprescindible para la
evangelización. El pensamiento va al testimonio misionero de tantas familias.
3. (3)El Obispo de Roma invitó al Sínodo
de los Obispos, reunido en su Asamblea General Extraordinaria de octubre de
2014, a reflexionar sobre la realidad de la familia, decisiva y preciosa, para
profundizar después la reflexión en la Asamblea General Ordinaria que tendrá
lugar en octubre de 2015, así como durante todo el año que transcurrirá entre
los dos eventos sinodales. «El convenire in unum alrededor del Obispo de Roma ya es
un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un
camino de discernimiento espiritual y pastoral»: así describió el Papa
Francisco la experiencia sinodal, indicando como tarea escuchar tanto los
signos de Dios como los de la historia de los hombres, y vivir la consiguiente
doble y única fidelidad a ambos.
4. (4). A la luz de este mismo discurso,
hemos reunido los resultados de nuestras reflexiones y conversaciones en las
tres partes siguientes: la escucha, para mirar la realidad de la familia hoy,
en la complejidad de sus luces y sombras; la mirada fija en Cristo para
repensar con renovada frescura y entusiasmo lo que la revelación, transmitida
en la fe de la Iglesia, nos dice sobre la belleza y sobre la dignidad de la
familia; la confrontación con el Señor Jesús a fin de discernir los caminos
para renovar la Iglesia y la sociedad en su compromiso por la familia basada en
el matrimonio entre hombre y mujer.
5. Conservando el valioso fruto de la Asamblea anterior,
el nuevo paso que nos espera parte de la escucha de las desafíos que debe
afrontar la familia para dirigir la mirada a su vocación y misión en la Iglesia
y en el mundo contemporáneo. La familia, además de tener que responder a las
problemáticas hodiernas, ante todo está llamada por Dios a tomar conciencia,
siempre nueva, de su identidad misionera de Iglesia doméstica, también ella “en
salida”. En un mundo a menudo marcado por la soledad y la tristeza, el
“Evangelio de la familia” es verdaderamente una buena noticia.
LA ESCUCHA DE LOS DESAFÍOS
QUE AFRONTA LA FAMILIA
QUE AFRONTA LA FAMILIA
6. (5) Fieles a las enseñanzas de Cristo
miramos a la realidad de la familia hoy en toda su complejidad, en sus luces y
sombras. Pensamos en los padres, los abuelos, los hermanos y hermanas, los
familiares próximos y lejanos, y en el vínculo entre dos familias que se crea
con cada matrimonio. El cambio antropológico-cultural hoy influye en todos los
aspectos de la vida y requiere un enfoque analítico y diversificado. Hay que
subrayar ante todo los aspectos positivos: la mayor libertad de expresión y el
reconocimiento más amplio de los derechos de la mujer y de los niños, al menos
en algunas regiones. Pero, por otra parte, también hay que considerar el
creciente peligro que representa un individualismo exasperado que desvirtúa los
vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como
una isla, haciendo que prevalezca, en ciertos casos, la idea de un sujeto que
se construye según sus propios deseos asumidos con carácter absoluto. A esto se
añade la crisis de la fe que afecta a tantos católicos y que a menudo está en
el origen de las crisis del matrimonio y de la familia.
7. En la sociedad hodierna se observan disposiciones
diferentes. Sólo una minoría vive, sostiene y propone las enseñanzas de la
Iglesia Católica sobre el matrimonio y la familia, reconociendo en estas la
bondad del proyecto creador de Dios. Los matrimonios, ya sean religiosos o no,
diminuyen y crece el número de separaciones y divorcios.
Se van difundiendo el reconocimiento de la dignidad de
toda persona, hombre, mujer y niños, y la toma de conciencia de la importancia
de las diferentes etnias y de las minorías; aspectos, estos últimos, que —ya
generalizados en numerosas sociedades, no sólo occidentales— se están
consolidando en varios otros países.
Se observa, en los más diversos contextos culturales,
el miedo de los jóvenes a asumir compromisos definitivos, como el de formar una
familia. Más en general, se observa el difundirse de un individualismo extremo
centrado en la satisfacción de deseos que no llevan a la plena realización de
la persona.
El desarrollo de la sociedad de consumo ha separado
sexualidad y procreación. Esta es también una de la causas de la creciente
disminución de la natalidad. En algunos contextos está vinculada a la pobreza o
a la imposibilidad de acudir la prole; en otros a la dificultad de querer
asumirse responsabilidades y a la percepción de que los hijos podrían limitar
la libre expansión de uno mismo.
8. Las contradicciones culturales que inciden en la
familia no son pocas. Se la sigue imaginando como el puerto seguro de los
afectos más íntimos y gratificantes, pero las tensiones inducidas por una
exasperada cultura individualista de la posesión y del placer generan en ella
dinámicas de impaciencia y de agresividad a veces ingobernables. También se
podría mencionar una cierta visión del feminismo, que considera la maternidad
un pretexto para la explotación de la mujer y un obstáculo a su plena
realización. Por otra parte, se observa una tendencia creciente a concebir la
generación de un hijo como un instrumento para la afirmación de sí mismos, que
hay que obtener con cualquier medio. Por último, cabe recordar las teorías
según las cuales se debe afirmar la identidad personal y la intimidad afectiva
en una dimensión radicalmente desvinculada de la diversidad biológica entre
varón y mujer.
Al mismo tiempo, sin embargo, se quiere reconocer a la
estabilidad de una pareja instituida independientemente de la diferencia sexual
la misma titularidad de la relación matrimonial intrínsecamente vinculada a los
roles paterno y materno, definidos a partir de la biología de la generación. La
confusión no ayuda a definir la especificidad social de dichas uniones,
mientras que pone en las manos de la opción individualista el vínculo especial
entre diferencia, generación e identidad humana. Ciertamente es necesaria una
mejor profundización humana y cultural, no sólo biológica, de la diferencia
sexual, con la conciencia de que «la remoción de la diferencia […] es el
problema, no la solución» (Francisco, Audiencia general, 15 de abril de 2015).
9. Eventos traumáticos como los conflictos bélicos, la
eliminación de los recursos, los procesos migratorios, inciden de manera creciente
en la calidad afectiva y espiritual de la vida familiar y ponen en riesgo las
relaciones dentro de la familia. Sus energías materiales y espirituales, con
frecuencia, se llevan hasta el umbral de la disolución.
Asimismo se debe hablar, en general, de las graves
contradicciones generadas por el peso de políticas económicas desconsideradas,
al igual que de la insensibilidad de políticas sociales, incluso en las
llamadas sociedades del bienestar. En particular, el peso cada vez mayor del
mantenimiento de los hijos, así como el enorme agravamiento de las tareas
subsidiarias del cuidado social de enfermos y ancianos, de hecho delegados a
las familias, constituyen una auténtica y enorme carga que pesa sobre la vida
familiar.
Si se añaden los efectos de una coyuntura económica
desfavorable, de naturaleza bastante ambigua, y el creciente fenómeno de la
acumulación de riqueza en manos de pocos y de la distracción de recursos que
deberían ir destinados al proyecto familiar, el cuadro de empobrecimiento de la
familia se perfila todavía más problemático. La dependencia del alcohol, las
drogas o el juego de azar a veces es expresión de estas contradicciones
sociales y del consiguiente malestar en la vida de las familias.
10. La familia, comunidad humana fundamental, hoy muestra
como nunca antes, precisamente mediante su crisis cultural y social, cuántos
sufrimientos procuran su debilitamiento y su fragilidad. Y cuánta fuerza puede
encontrar, en sí misma, para encarar la inadecuación y la inoperancia de las
instituciones por lo que se refiere a la formación de la persona, la calidad
del vínculo social y el cuidado de las personas más vulnerables. Por tanto, es
particularmente necesario apreciar adecuadamente la fuerza de la familia, para
poder sostener sus fragilidades.
Capítulo II
La familia y el contexto socioeconómico
La familia y el contexto socioeconómico
11. La familia sigue siendo hoy, y será siempre, el pilar
fundamental e irrenunciable de la vida social. En efecto, en ella conviven
múltiples diferencias, mediante las cuales se estrechan relaciones, se crece
confrontándose y acogiéndose mutuamente entre generaciones. Precisamente de
este modo la familia representa un valor fundante y un recurso insustituible
para el desarrollo armónico de toda sociedad humana, según afirma el Concilio:
«La familia es una escuela de humanidad más rica [...] es el fundamento de la
sociedad» (GS, 52). En las relaciones familiares, conyugales, filiales y
fraternas todos los miembros de la familia establecen vínculos fuertes y
gratuitos, con concordia y respeto recíproco, que permiten superar los riesgos
del aislamiento y de la soledad.
12. Se subraya que, puesto que la familia es protagonista
de la edificación de la ciudad común y no una realidad privada, son necesarias
políticas familiares adecuadas, que la sostengan y la promuevan. Además, se
sugiere considerar la relación entre la asistencia social y la acción
compensatoria de la familia. Respecto a políticas familiares y a sistemas de
asistencia social inadecuados, dicha acción compensatoria redistribuye recursos
y tareas para el bien común, contribuyendo a reequilibrar los efectos negativos
de la falta de equidad social.
13. (6) Una de las mayores pobrezas de la
cultura actual es la soledad, fruto de la ausencia de Dios en la vida de las
personas y de la fragilidad de las relaciones. Asimismo, hay una sensación
general de impotencia frente a la realidad socioeconómica que a menudo acaba
por aplastar a las familias. Esto se debe a la creciente pobreza y precariedad
laboral que a veces se vive como una auténtica pesadilla, o a una fiscalidad
demasiado alta que ciertamente no alienta a los jóvenes a contraer matrimonio.
Con frecuencia las familias se sienten abandonadas por el desinterés y la poca
atención de las instituciones. Las consecuencias negativas desde el punto de
vista de la organización social son evidentes: de la crisis demográfica a las
dificultades educativas, de la fatiga a la hora de acoger la vida naciente al
sentir la presencia de los ancianos como un peso, hasta el difundirse de un
malestar afectivo que a veces llega a la violencia. El Estado tiene la
responsabilidad de crear las condiciones legislativas y laborales para
garantizar el futuro de los jóvenes y ayudarlos a realizar su proyecto de
formar una familia.
14. La vida familiar concreta está en estrecha conexión
con la realidad económica. Muchos observan que, en nuestros días, la familia
fácilmente sufre múltiples vulnerabilidades. Desde el punto de vista de la
economía, los problemas más relevantes son los relacionados con salarios
insuficientes, desempleo, inseguridad económica, falta de un trabajo digno y de
seguridad en el puesto de trabajo, trata de personas humanas y esclavitud.
En la familia se refleja de modo particularmente agudo
el efecto de la falta de equidad económica, que les impide crecer: falta una
casa propia; no se engendran hijos; cuando se tienen encuentran dificultades
para cursar sus estudios y llegar a ser independientes; se les impide poder
hacer planes para el futuro con tranquilidad. A fin de superar esta situación
es necesario un cambio estructural de perspectiva de parte de toda la sociedad,
como nos recuerda el Papa: «El crecimiento en equidad exige algo más que el
crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas,
mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del
ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los
pobres que supere el mero asistencialismo» (EG, 204). Una renovada
solidaridad intergeneracional comienza con la atención a los pobres del
presente, antes que a los del futuro, teniendo en cuenta en particular las
necesidades de las familias.
15. Representan un desafío especialmente importante los
grupos sociales, a veces muy numerosos, caracterizados por situaciones de
pobreza, no sólo económica sino a menudo cultural, que impiden la realización
de un proyecto de vida familiar adecuado a la dignidad de la persona. Es
preciso reconocer también que, a pesar de las enormes dificultades, numerosas
familias pobres tratan de llevar una vida cotidiana digna, confiando en Dios,
que no defrauda y no abandona.
Se ha observado, además, que el sistema económico
actual produce diversas formas de exclusión social. Las categorías de personas
que se sienten excluidas son varias. Una característica común es que a menudo
los “excluidos” son “invisibles” a los ojos de la sociedad. No pocas veces la
cultura dominante, los medios de comunicación, las mayores instituciones
contribuyen a mantener —o incluso a empeorar— esta “invisibilidad” sistemática.
Al respecto, el Papa Francisco se pregunta: «¿Por qué […] nos acostumbramos a
ver cómo se destruye el trabajo digno, se desahucia a tantas familias, se
expulsa a los campesinos, se hace la guerra y se abusa de la naturaleza?». Y
responde: «Porque en este sistema se ha sacado al hombre, a la persona humana,
del centro y se lo ha reemplazado por otra cosa. Porque se rinde un culto
idolátrico al dinero. Porque se ha globalizado la indiferencia» (Discurso a los participantes en el Encuentro mundial de los
Movimientos populares, 28 de octubre de 2014).
La exclusión social debilita la familia y llega a ser
una seria amenaza para la dignidad de sus miembros. Es especialmente
preocupante la condición de los hijos, los cuales es como si a priori fueran
castigados a causa de la exclusión y, con frecuencia, trágicamente marcados de
por vida por privaciones y sufrimientos. Se trata de auténticos “huérfanos
sociales”.
16. Desde el punto de vista de la ecología, los problemas
relevantes derivan de un acceso insuficiente al agua de parte de muchas
poblaciones, degradación del medio ambiente, hambre y malnutrición, terrenos
incultos o devastados, cultura del “usar y tirar”. Las situaciones descritas
inciden, con frecuencia duramente, en las dinámicas de la vida familiar y su
serenidad.
Por tales razones, y gracias también al impulso del
Papa Francisco, la Iglesia promueve y colabora en vista de un profundo
replanteamiento de la orientación del sistema mundial, mediante una cultura
ecológica capaz de elaborar un pensamiento, una política, un programa
educativo, un estilo de vida y una espiritualidad. Puesto que todo está
íntimamente conexo, es necesario profundizar los aspectos de una “ecología
integral” que incluya tanto las dimensiones medio ambientales como las humanas,
sociales y económicas, para el desarrollo sostenible y la salvaguardia de la
creación.
Capítulo III
Familia e inclusión
Familia e inclusión
17. Muchos destacan la condición de las personas en edad
avanzada en el seno de las familias. En las sociedades evolucionadas el número
de ancianos tiende a aumentar, mientras que decrece la natalidad. El recurso
que representan los ancianos no siempre se aprecia de manera adecuada. Como
recordó el Papa Francisco: «El número de ancianos se ha multiplicado, pero
nuestras sociedades no se han organizado lo suficiente para hacerles espacio,
con justo respeto y concreta consideración a su fragilidad y dignidad. Mientras
somos jóvenes, somos propensos a ignorar la vejez, como si fuese una enfermedad
que hay que mantener alejada; cuando luego llegamos a ancianos, especialmente
si somos pobres, si estamos enfermos y solos, experimentamos las lagunas de una
sociedad programada a partir de la eficiencia, que, como consecuencia, ignora a
los ancianos. Y los ancianos son una riqueza, no se pueden ignorar» (Audiencia general, 4 de marzo de 2015).
18. La condición de los abuelos en la familia requiere una
atención peculiar. Ellos constituyen el anillo de conjunción entre las
generaciones, que asegura la transmisión de tradiciones y de costumbres en las
cuales los más jóvenes pueden encontrar sus propias raíces. Además, con
frecuencia, de manera discreta y gratuita, garantizan una preciosa ayuda
económica a los esposos jóvenes y se hacen cargo de los nietos, a los que
también transmiten la fe. Muchas personas, especialmente en nuestros días,
pueden reconocer que precisamente a sus abuelos deben su iniciación a la vida
cristiana. Esto testimonia que en la familia, en el sucederse de las
generaciones, la fe se comunica y se custodia, lo que la convierte en una
herencia insustituible para los nuevos núcleos familiares. A los ancianos
corresponde, por tanto, un sincero tributo de reconocimiento, de aprecio y de
hospitalidad, de parte de los jóvenes, de las familias y de la sociedad.
19. La viudez es una experiencia particularmente difícil
para quien ha vivido la elección matrimonial y la vida familiar como un don en
el Señor. Sin embargo, a los ojos de la fe también presenta algunas
posibilidades para valorar. Así por ejemplo, algunos, cuando les toca vivir
esta dolorosa experiencia, muestran que saben volcar sus energías todavía con
más entrega en los hijos y los nietos, y encuentran en esta experiencia de amor
una nueva misión educativa. El vacío que deja el cónyuge fallecido, en cierto
sentido, se colma con el afecto de los familiares, quienes valoran a las
personas viudas y les permiten de este modo custodiar la preciosa memoria de su
matrimonio. En cambio, en el caso de quienes no cuentan con la presencia de familiares
a los que dedicarse y de los cuales recibir afecto y cercanía, la comunidad
cristiana debe sostenerlos, con particular atención y disponibilidad, sobre
todo si son personas viudas en condiciones de indigencia.
20. Las personas en edad avanzada son conscientes de que
se encuentran en la última fase de la existencia. Su condición repercute en
toda la vida familiar. El hecho de tener que afrontar la enfermedad, que con
frecuencia acompaña el prolongarse de la vejez, y sobre todo la muerte, sentida
como próxima y experimentada en la pérdida de las personas más queridas (el
cónyuge, los familiares, los amigos) constituyen los aspectos críticos de esta
edad, que exponen a la persona y a toda la familia a la redefinición de su
equilibrio.
Valorar la fase conclusiva de la vida hoy es todavía
más necesario, ya que —por lo menos en los países ricos— se trata de cancelar
de todos los modos posibles el momento del tránsito. Frente a una visión
negativa de este período —que considera sólo los aspectos de decadencia y
progresiva pérdida de capacidades, autonomías y afectos—, se puede afrontar los
últimos años valorizando el sentido del cumplimiento y la integración de toda
la existencia. Así también es posible descubrir una nueva declinación de lo que
significa generar, ofreciendo una herencia ante todo moral a las nuevas
generaciones. La dimensión de la espiritualidad y de la trascendencia, unida a
la cercanía de los miembros de la familia, constituyen recursos esenciales para
que también la vejez esté llena de un sentido de dignidad y de esperanza.
Por otra parte, exigen una atención especial las
familias que pasan por la prueba de la experiencia del luto. Cuando la pérdida
concierne a niños y jóvenes, el impacto sobre la familia es particularmente
lacerante.
21. Es preciso dirigir una mirada especial a las familias
de las personas con discapacidad, en las cuales dicho handicap —que irrumpe
improvisamente en la vida— genera un desafío, profundo e inesperado, y
desbarata los equilibrios, los deseos y las expectativas. Esto determina
emociones contrastantes que hay que gobernar y elaborar, a la vez que impone
tareas, urgencias y necesidades nuevas, funciones y responsabilidades
diferentes. La imagen familiar y todo su ciclo vital se ven profundamente
turbados. Sin embargo, la familia podrá descubrir, junto con la comunidad
cristiana a la que pertenece, habilidades distintas, competencias imprevistas,
nuevos gestos y lenguajes, formas de comprensión y de identidad, en el largo y
difícil camino de acogida y cuidado del misterio de la fragilidad.
22. Este proceso, de por sí extraordinariamente complejo,
llega a ser todavía más arduo en las sociedades en las que sobreviven formas
despiadadas de estigma y de prejuicio, que impiden el encuentro fecundo con la
discapacidad y el florecer de la solidaridad y el acompañamiento comunitario.
En realidad este encuentro puede constituir, para cada uno y para toda la
comunidad, una ocasión preciosa para crecer en la justicia, el amor y la
defensa del valor de toda vida humana, a partir del reconocimiento de un
profundo sentido de comunión en la vulnerabilidad. Cabe esperar que, en una
comunidad realmente acogedora, la familia y la persona con necesidades especiales
no se sientan solas y descartadas, sino que reciban alivio y sostén,
especialmente cuando las energías y los recursos familiares disminuyen.
23. A este propósito, hay que considerar el desafío
llamado del “después de nosotros”: pensamos en las situaciones familiares de
pobreza y soledad, o en el reciente fenómeno según el cual, en las sociedades
económicamente más avanzadas, el aumento de la esperanza de vida permitirá a
las personas con discapacidad, con una alta probabilidad, sobrevivir a sus
padres. Si la familia logra aceptar con los ojos de la fe la presencia de
personas con discapacidad, podrá también ayudarles a no vivir su discapacidad
solamente como un límite y a reconocer su valor diferente y original. De este
modo, se garantizará, defenderá y valorará la calidad posible de toda vida,
individual y familiar, con sus necesidades, su derecho a igual dignidad y
oportunidades, a servicios y cuidados, a compañía y afectividad, a
espiritualidad, belleza y plenitud de sentido, en cada fase de la vida, desde
su concepción hasta el envejecimiento y su fin natural.
24. Despierta preocupación en muchos el efecto sobre la
familia del fenómeno migratorio, que atañe, en modalidades diversas, a
poblaciones enteras en varias partes del mundo. El acompañamiento de los
migrantes exige una pastoral específica, dirigida tanto a las familias en
migración como a los miembros de los núcleos familiares que permanecen en los
lugares de origen; esto se debe llevar a cabo respetando sus culturas, así como
la formación religiosa y humana de la que provienen. Hoy el fenómeno migratorio
conlleva trágicas heridas para masas de individuos y familias en “excedencia”
de distintas poblaciones y territorios, que buscan legítimamente un futuro
mejor, un “nuevo nacimiento”, cuando se da el caso de que donde nacieron no es
posible vivir.
25. Las varias situaciones de guerra, persecución,
pobreza, desigualdad, habitualmente motivo de la migración, junto con las
peripecias de un viaje que a menudo pone en peligro incluso la vida, marcan
traumáticamente a las personas y sus sistemas familiares. El proceso
migratorio, en efecto, inevitablemente lacera las familias de los migrantes por
las múltiples experiencias de abandono y división: en numerosos casos el cuerpo
familiar se ve dramáticamente desmembrado entre quien se marcha para abrir
camino y quien se queda a la espera de un regreso o de una reunificación.
Quienes se marchan extrañan su tierra y su cultura, su lengua, los vínculos con
la familia ampliada y con la comunidad, el pasado y el tradicional desarrollo
del propio camino de vida.
26. El encuentro con un nuevo país y una nueva cultura es
todavía más difícil cuando no encuentran condiciones de auténtica acogida y
aceptación, que respeten los derechos de todos y ofrezcan una convivencia
pacífica y solidaria. El sentido de desorientación, la nostalgia de los
orígenes perdidos y las dificultades de una auténtica integración —que pasa por
la creación de nuevos vínculos y la planificación de una vida que enlace pasado
y presente, culturas y geografías, lenguas y mentalidades diferentes—hoy, en
muchos contextos, no se han superado y desvelan sufrimientos nuevos incluso en
la segunda y tercera generación de familias inmigrantes, alimentando fenómenos
de fundamentalismo y de rechazo violento de la cultura del país de acogida.
Un recurso muy valioso para superar estas dificultades
es precisamente el encuentro entre familias, y con frecuencia un papel clave en
los procesos de integración lo desempeñan las madres, compartiendo la
experiencia del crecimiento de sus hijos.
27. Por otra parte, las experiencias migratorias resultan
especialmente dramáticas y devastadoras, tanto para las familias como para las
personas, cuando tienen lugar fuera de la legalidad, cuando las sostienen los
circuitos internacionales de la trata de personas, cuando conciernen a los
niños no acompañados, cuando obligan a paradas prolongadas en lugares
intermedios entre un país y otro, entre el pasado y el futuro, y a permanencias
en campos de prófugos o centros de acogida, en los cuales no es posible iniciar
un camino de arraigo ni delinear el propio nuevo porvenir.
28. (7) Existen contextos culturales y
religiosos que plantean desafíos particulares. En algunas sociedades todavía
está en vigor la práctica de la poligamia y en algunos contextos tradicionales
la costumbre del “matrimonio por etapas”. En otros contextos permanece la
práctica de los matrimonios combinados. En los países en que la presencia de la
Iglesia Católica es minoritaria son numerosos los matrimonios mixtos y de
disparidad de culto, con todas las dificultades que conllevan respecto a la
configuración jurídica, al bautismo y a la educación de los hijos y al respeto
mutuo desde el punto de vista de la diversidad de la fe. Estos matrimonios
corren el riesgo del relativismo o de la indiferencia, pero a su vez pueden
representar una buena posibilidad para favorecer el espíritu ecuménico y el
diálogo interreligioso en una armoniosa convivencia de comunidades que viven en
el mismo lugar. En numerosos contextos, y no sólo occidentales, se está
ampliamente difundiendo la praxis de la convivencia que precede al matrimonio,
así como convivencias no orientadas a asumir la forma de un vínculo
institucional. A esto se añade a menudo una legislación civil que compromete el
matrimonio y la familia. A causa de la secularización en muchas partes del
mundo la referencia a Dios ha disminuido fuertemente y la fe ya no es un hecho
socialmente compartido.
29. (8) Son muchos los niños que nacen fuera
del matrimonio, especialmente en algunos países, y muchos los que después
crecen con uno solo de los padres o en un contexto familiar ampliado o
reconstituido. El número de divorcios es creciente y no es raro el caso de
opciones determinadas únicamente por factores de orden económico. Con
frecuencia los niños son motivo de contienda entre los padres y además los
hijos son las verdaderas víctimas de las laceraciones familiares. Los padres a
menudo están ausentes —no sólo por causas económicas— precisamente allí donde
se percibe la necesidad de que ellos asuman más claramente la responsabilidad
de los hijos y de la familia. Todavía es preciso defender y promover la
dignidad de la mujer. En efecto, hoy en muchos contextos ser mujer es objeto de
discriminación, y con frecuencia se penaliza el don de la maternidad en lugar
de presentarlo como un valor. Tampoco hay que olvidar los crecientes fenómenos
de violencia de los que son víctimas las mujeres, a veces lamentablemente
también en el seno de las familias, ni la grave y difundida mutilación genital
de la mujer en algunas culturas. Por otro lado, la explotación sexual de la
infancia constituye una de las realidades más escandalosas y perversas de la
sociedad actual. Asimismo, en las sociedades golpeadas por la violencia a causa
de la guerra, del terrorismo o de la presencia del crimen organizado, se dan
situaciones familiares deterioradas y sobre todo en las grandes metrópolis y en
sus periferias crece el llamado fenómeno de los niños de la calle. Las
migraciones, por su parte, representan otro signo de los tiempos que hay que
afrontar y comprender con toda la carga de consecuencias sobre la vida
familiar.
30. Desde diversas partes se ha observado que los procesos
de emancipación de la mujer han puesto muy bien de relieve su papel
determinante en el crecimiento de la familia y de la sociedad. Sin embargo,
sigue siendo cierto que la condición femenina en el mundo está sujeta a grandes
diferencias que derivan principalmente de factores culturales. No se puede
pensar que situaciones problemáticas se resuelvan fácilmente con el fin de la
emergencia económica y la llegada de una cultura moderna, como demuestran las
difíciles condiciones de las mujeres en varios países de reciente desarrollo.
En los países occidentales la emancipación femenina
requiere una redefinición de las tareas de los cónyuges en su reciprocidad y en
la común responsabilidad respecto a la vida familiar. En los países en vías de
desarrollo, a la explotación y la violencia ejercidas sobre el cuerpo de las
mujeres y a la fatiga que se les impone incluso durante el embarazo, a menudo
se añaden abortos y esterilizaciones forzadas, así como las consecuencias
extremadamente negativas de prácticas conexas con la procreación (por ejemplo,
alquiler del útero o mercado de los gametos embrionales). En los países
avanzados, el deseo del hijo “a toda costa” no ha llevado a relaciones
familiares más felices y sólidas, sino que en muchos casos de hecho ha agravado
la desigualdad entre mujeres y hombres. La esterilidad de la mujer representa,
según los prejuicios presentes en varias culturas, una condición socialmente
discriminatoria.
Puede contribuir al reconocimiento del papel
determinante de las mujeres una mayor valorización de su responsabilidad en la
Iglesia: su intervención en los procesos de decisión; su participación, no sólo
formal, en el gobierno de algunas instituciones; su participación en la
formación de los ministros ordenados.
Capítulo IV
Familia, afectividad y vida
Familia, afectividad y vida
31. (9) Frente al cuadro social delineado,
en muchas partes del mundo, se observa en los individuos una mayor necesidad de
cuidar la propia persona, de conocerse interiormente, de vivir mejor en
sintonía con las propias emociones y los propios sentimientos, de buscar
relaciones afectivas de calidad. Esta justa aspiración puede abrir al deseo de
comprometerse en construir relaciones de entrega y reciprocidad creativas,
solidarias y que responsabilicen, como las familiares. El peligro
individualista y el riesgo de vivir en clave egoísta son relevantes. El desafío
para la Iglesia es ayudar a los esposos a una maduración de la dimensión
emocional y al desarrollo afectivo promoviendo el diálogo, la virtud y la
confianza en el amor misericordioso de Dios. El pleno compromiso que se
requiere en el matrimonio cristiano puede ser un fuerte antídoto a la tentación
de un individualismo egoísta.
32. Se requiere que las familias se sientan responsables
directamente de la formación afectiva de las generaciones jóvenes. La velocidad
con la cual tienen lugar los cambios de la sociedad contemporánea hace más
difícil el acompañamiento en la formación de la afectividad para la maduración
de toda la persona. Este hecho exige también agentes pastorales que estén
formados apropiadamente, que posean no sólo un conocimiento en profundidad de
la Escritura y de la doctrina católica, sino que a su vez estén dotados de
instrumentos pedagógicos, psicológicos y médicos adecuados. El conocimiento de
la psicología de la familia será una ayuda para transmitir la visión cristiana
de modo eficaz: se debe comenzar este esfuerzo educativo ya con la catequesis
de la iniciación cristiana.
33. (10). En el mundo actual no faltan
tendencias culturales que parece que impongan una afectividad sin límites de la
que se quieren explorar todos los aspectos, incluso los más complejos. De
hecho, la cuestión de la fragilidad afectiva es de gran actualidad: una
afectividad narcisista, inestable y cambiante que no siempre ayuda a los
sujetos a alcanzar una mayor madurez. Preocupa una cierta difusión de la
pornografía y de la comercialización del cuerpo, favorecida entre otras cosas
por un uso desequilibrado de Internet, al igual que hay que denunciar la
situación de las personas que se ven obligadas a practicar la prostitución. En
este contexto, a menudo los cónyuges se sienten inseguros, indecisos y les
cuesta encontrar los modos para crecer. Son numerosos los que suelen quedarse
en los estadios primarios de la vida emocional y sexual. La crisis de los
esposos desestabiliza la familia y a través de las separaciones y los divorcios
puede llegar a tener serias consecuencias para los adultos, los hijos y la
sociedad, debilitando al individuo y los vínculos sociales. Asimismo, el
descenso demográfico, debido a una mentalidad antinatalista y promovido por las
políticas mundiales de salud reproductiva, no sólo determina una situación en
la cual el sucederse de las generaciones ya no está asegurado, sino que se
corre el riesgo de que con el tiempo lleve a un empobrecimiento económico y a
una pérdida de esperanza en el futuro. El avance de las biotecnologías también
ha tenido un fuerte impacto sobre la natalidad.
34. Desde varias partes se señala que la llamada
revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido
la posibilidad técnica de manipular el acto de engendrar, convirtiéndolo en
independiente de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida
humana así como la paternidad y la maternidad se han convertido en realidades
componibles y descomponibles, sujetas principalmente a los deseos de los
individuos o de las parejas, no necesariamente heterosexuales y regularmente
casadas. En los últimos tiempos este fenómeno se ha presentado como una novedad
absoluta en el escenario de la humanidad, y está adquiriendo una difusión cada
vez mayor. Todo esto tiene profundas repercusiones en la dinámica de las
relaciones, en la estructura de la vida social y en los ordenamientos
jurídicos, que intervienen para tratar de regular prácticas que ya están en
curso y situaciones diferenciadas.
35. (11) En este contexto la Iglesia siente
la necesidad de decir una palabra de verdad y de esperanza. Es preciso partir
de la convicción de que el hombre viene de Dios y, por tanto, de que una
reflexión capaz de volver a proponer las grandes preguntas acerca del
significado del ser hombres, encontrará un terreno fértil en las expectativas
más profundas de la humanidad. Los grandes valores del matrimonio y de la
familia cristiana corresponden a la búsqueda que impregna la existencia humana
también en este tiempo marcado por el individualismo y el hedonismo. Hay que
acoger a las personas con su existencia concreta, saber sostener su búsqueda,
alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la
Iglesia, incluso en quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones
más disparatadas. El mensaje cristiano siempre lleva en sí mismo la realidad y
la dinámica de la misericordia y de la verdad, que en Cristo convergen.
36. En la formación a la vida conyugal y familiar, los
agentes pastorales deberán tener en cuenta la pluralidad de las situaciones
concretas. Por una parte, es preciso promover realidades que garanticen la
formación de los jóvenes al matrimonio, pero por otra, es preciso seguir a
quienes viven sin formar un nuevo núcleo familiar y con frecuencia permanecen
vinculados a la familia de origen. También los esposos que no pueden tener
hijos deben ser objeto de una atención pastoral particular de parte de la
Iglesia, que los ayude a descubrir el designio de Dios sobre su situación, al
servicio de toda la comunidad.
Hay una solicitud, ampliamente compartida, de que se
precise que con la categoría de “lejanos” no cabe entender una realidad de
excluidos o de alejados: se trata de personas amadas por Dios y a ellas la
Iglesia desea llegar con su acción pastoral. Es necesario tener hacia todos una
mirada de comprensión, considerando que las situaciones de distancia de la vida
eclesial no siempre son queridas, con frecuencia son inducidas y a veces
incluso sufridas, a causa de los comportamientos de terceros.
Capítulo I
Familia y pedagogía divina
Familia y pedagogía divina
37. (12) A fin de «verificar nuestro paso en
el terreno de los desafíos contemporáneos, la condición decisiva es mantener la
mirada fija en Jesucristo, detenerse en la contemplación y en la adoración de
su rostro [...]. En efecto, cada vez que volvemos a la fuente de la experiencia
cristiana se abren caminos nuevos y posibilidades inesperadas» (Papa Francisco,
Discurso del 4 de octubre de 2014). Jesús miró a
las mujeres y a los hombres con los que se encontró con amor y ternura,
acompañando sus pasos con verdad, paciencia y misericordia, al anunciar las
exigencias del Reino de Dios.
38. Dirigir la mirada a Cristo significa ante todo
escuchar su Palabra: la lectura de la Sagrada Escritura, no sólo en las
comunidades, sino también en las casas, ayuda a percibir la centralidad de los
esposos y de la familia en el proyecto de Dios, y permite reconocer que Dios
entra en los aspectos concretos de la vida familiar haciéndola más bella y
vital.
A pesar de las diversas iniciativas, sin embargo, en
las familias católicas todavía se observa la falta de un contacto más directo
con la Biblia. En la pastoral de la familia siempre es preciso hacer hincapié
en el valor central del encuentro con Cristo, que emerge naturalmente si hay un
arraigo a la Sagrada Escritura. Por eso, sería deseable que sobre todo en las
familias se aliente a una relación vital con la Palabra de Dios, que oriente a
un auténtico encuentro personal con Jesucristo. Como modalidad para acercarse a
la Escritura se aconseja la “lectio divina”, que representa una lectura
orante de la Palabra de Dios y una fuente de inspiración para el actuar
cotidiano.
39. (13) Puesto que el orden de la creación
está determinado por la orientación a Cristo, hay que distinguir sin separar
los diversos grados mediante los cuales Dios comunica a la humanidad la gracia
de la alianza. En razón de la pedagogía divina, según la cual el orden de la
creación evoluciona en el de la redención mediante etapas sucesivas, es
necesario comprender la novedad del sacramento nupcial cristiano en continuidad
con el matrimonio natural de los orígenes. Así aquí se entiende el modo de
actuar salvífico de Dios, tanto en la creación como en la vida cristiana. En la
creación: puesto que todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo y para
Cristo (cfr. Col 1,16), los cristianos deben «descubrir gozosa y
respetuosamente las semillas del Verbo latentes en ellas; pero, al mismo
tiempo, deben estar atentos a la profunda transformación que se produce entre
las gentes» (AG, 11).
En la vida cristiana: en cuanto con el bautismo el creyente es introducido en
la Iglesia mediante la Iglesia doméstica, que es su familia, él emprende ese
«proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los
dones de Dios» (FC, 9), mediante la conversión continua al amor que
salva del pecado y dona plenitud de vida.
40. Teniendo presente que las realidades naturales se
deben comprender a la luz de la gracia, no se ha de olvidar que el orden de la
redención ilumina y cumple el de la creación. El matrimonio natural, por tanto,
se comprende plenamente a la luz de su cumplimiento sacramental; sólo fijando
la mirada en Cristo se conoce profundamente la verdad de las relaciones
humanas. «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio
del Verbo encarnado. […] Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del
misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio
hombre y le descubre la grandeza de su vocación» (GS, 22). En esta
perspectiva, resulta particularmente oportuno comprender en clave
cristocéntrica las propiedades naturales del matrimonio, que son ricas y
múltiples.
41. (14) Jesús mismo, refiriéndose al
designio primigenio sobre el hombre y la mujer, reafirma la unión indisoluble
entre ellos, si bien diciendo que «por la dureza de vuestro corazón os permitió
Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero, al principio, no era así» (Mt 19,8).
La indisolubilidad del matrimonio («Lo que Dios ha unido, que no lo separe el
hombre» Mt 19,6), no hay que entenderla ante todo como un “yugo” impuesto a los
hombres sino como un “don” hecho a las personas unidas en matrimonio. De ese
modo, Jesús muestra que la condescendencia divina acompaña siempre el camino
humano, sana y transforma el corazón endurecido con su gracia, orientándolo
hacia su principio, a través del camino de la cruz. De los Evangelios emerge
claramente el ejemplo de Jesús, que es paradigmático para la Iglesia. Jesús, en
efecto, asumió una familia, inició sus milagros en la fiesta nupcial en Caná,
anunció el mensaje concerniente al significado del matrimonio como plenitud de
la revelación que recupera el proyecto originario de Dios (cfr. Mt 19,3). Sin
embargo, al mismo tiempo puso en práctica la doctrina enseñada, manifestando
así el verdadero significado de la misericordia. Esto se ve claramente en los
encuentros con la samaritana (cfr. Jn 4,1-30) y con la adultera (cfr. Jn
8,1-11) en los que Jesús, con una actitud de amor hacia la persona pecadora,
lleva al arrepentimiento y a la conversión («Anda, y en adelante no peques
más»), condición para el perdón.
42. El testimonio de esposos que viven con plenitud el
matrimonio cristiano muestra el valor de esta unión indisoluble y suscita el
deseo de emprender siempre nuevos caminos de fidelidad conyugal. La
indisolubilidad representa la respuesta del hombre al deseo profundo de amor mutuo
y duradero: un amor “para siempre” que es una elección y un don de cada uno de
los cónyuges al otro, de la pareja respecto a Dios mismo y a cuantos Dios les
confía. En esta perspectiva, es importante celebrar en la comunidad cristiana
los aniversarios de matrimonio para recordar que en Cristo es posible y bello
vivir juntos para siempre.
El Evangelio de la familia ofrece un ideal de vida que
debe tener en cuenta la sensibilidad de nuestro tiempo y las efectivas
dificultades para mantener los compromisos para siempre. Aquí es preciso un
anuncio que dé esperanza y que no aplaste: que toda familia sepa que la Iglesia
nunca la abandona, en virtud del «vínculo indisoluble de la historia de Cristo
y de la Iglesia con la historia del matrimonio y de la familia humana»
(Francisco, Audiencia general, 6 de mayo de 2015).
43. Desde varias partes llega la invitación a promover una
moral de la gracia que permita descubrir y hacer florecer la belleza de las
virtudes propias de la vida matrimonial, entre las cuales: respeto y confianza
mutuas, acogida y gratitud recíprocas, paciencia y perdón. En la puerta de entrada
de la vida de la familia, afirma el Papa Francisco, «están escritas tres
palabras […]: “permiso”, “gracias”, “perdón”. En efecto, estas palabras abren
camino para vivir bien en la familia, para vivir en paz. Son palabras
sencillas, pero no tan sencillas de llevar a la práctica. Encierran una gran
fuerza: la fuerza de custodiar la casa, incluso a través de miles de
dificultades y pruebas; en cambio si faltan, poco a poco se abren grietas que
pueden hasta hacer que se derrumbe» (Francisco, Audiencia general, 13 de mayo de 2015). El
sacramento del matrimonio, en definitiva, abre un dinamismo que incluye y
sostiene los tiempos y las pruebas del amor, que requieren una maduración
gradual alimentada por la gracia.
44. (15) Las palabras de vida eterna que
Jesús dejó a sus discípulos comprendían la enseñanza sobre el matrimonio y la
familia. Esta enseñanza de Jesús nos permite distinguir tres etapas
fundamentales en el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia. Al
inicio, está la familia de los orígenes, cuando Dios creador instituyó el
matrimonio primordial entre Adán y Eva, como sólido fundamento de la familia.
Dios no sólo creó al ser humano hombre y mujer (cfr. Gén 1,27), sino que los
bendijo para que fueran fecundos y se multiplicaran (cfr. Gén 1,28). Por esto,
«abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los
dos una sola carne» (Gén 2,24). Esta unión, dañada por el pecado, se convirtió
en la forma histórica de matrimonio en el Pueblo de Dios, por lo cual Moisés
concedió la posibilidad de escribir un acta de divorcio (cfr. Dt 24, 1ss).
Dicha forma era predominante en tiempos de Jesús. Con su venida y la
reconciliación del mundo caído gracias a la redención que Él obró, terminó la
era inaugurada con Moisés.
45. Se ha señalado que la valorización de la enseñanza
contenida en la Sagrada Escritura podría ayudar a mostrar como, desde el
Génesis, Dios imprimió en la pareja su imagen y semejanza. En esta línea, el
Papa Francisco ha recordado que «no sólo el hombre en su individualidad es
imagen de Dios, no sólo la mujer en su individualidad es imagen de Dios, sino
también el hombre y la mujer, como pareja, son imagen de Dios. La diferencia
entre hombre y mujer no es para la contraposición, o subordinación, sino para
la comunión y la generación, siempre a imagen y semejanza de Dios» (Audiencia general, 15 de abril de 2015).
Algunos ponen de relieve que en el designio creador está inscrita la
complementariedad del carácter unitivo del matrimonio con el procreativo: el
unitivo, fruto de un libre consenso consciente y meditado, predispone a la
realización del procreativo. Además, la acción de engendrar se debe comprender
en la perspectiva de la procreación responsable y del compromiso a hacerse
cargo de los hijos con fidelidad.
46. (16) Jesús, que reconcilió cada cosa en
sí misma, volvió a llevar el matrimonio y la familia a su forma original (cfr.
Mc 10,1-12). La familia y el matrimonio fueron redimidos por Cristo (cfr. Ef
5,21-32), restaurados a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del que brota
todo amor verdadero. La alianza esponsal, inaugurada en la creación y revelada
en la historia de la salvación, recibe la plena revelación de su significado en
Cristo y en su Iglesia. De Cristo mediante la Iglesia, el matrimonio y la
familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el amor de Dios y vivir la
vida de comunión. El Evangelio de la familia atraviesa la historia del mundo
desde la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gén 1, 26-27)
hasta el cumplimiento del misterio de la Alianza en Cristo al final de los
siglos con las bodas del Cordero (cfr. Ap 19,9; Juan Pablo II, Catequesis sobre
el amor humano).
Capítulo II
Familia y vida de la Iglesia
Familia y vida de la Iglesia
47. (17) «A lo largo de los siglos, la
Iglesia no ha dejado de ofrecer su enseñanza constante sobre el matrimonio y la
familia. Una de las expresiones más altas de este Magisterio la propuso el
Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, que dedica un capítulo entero
a la promoción de la dignidad del matrimonio y la familia (cfr. GS,
47-52). Define el matrimonio como comunidad de vida y de amor (cfr. GS,
48), poniendo el amor en el centro de la familia, mostrando, al mismo tiempo,
la verdad de ese amor frente a las diversas formas de reduccionismo presentes
en la cultura contemporánea. El “verdadero amor entre marido y mujer” (GS,
49) implica la entrega mutua, incluye e integra la dimensión sexual y la
afectividad, conformemente al designio divino (cfr. GS, 48-49). Además, Gaudium et Spes 48 subraya el arraigo en
Cristo de los esposos: Cristo Señor “sale al encuentro de los esposos
cristianos en el sacramento del matrimonio”, y permanece con ellos. En la
encarnación, Él asume el amor humano, lo purifica, lo lleva a plenitud, y dona
a los esposos, con su Espíritu, la capacidad de vivirlo, impregnando toda su
vida de fe, esperanza y caridad. De este modo, los esposos son consagrados y,
mediante una gracia propia, edifican el Cuerpo de Cristo y constituyen una
Iglesia doméstica (cfr. LG, 11), de manera que la Iglesia, para
comprender plenamente su misterio, mira a la familia cristiana, que lo
manifiesta de modo genuino» (IL, 4).
48. A la luz de las enseñanzas conciliares y magisteriales
sucesivas, se sugiere profundizar en la dimensión misionera de la familia como
Iglesia doméstica, arraigada en el sacramento del Bautismo y que realiza
desempeñando el propio servicio ministerial en la comunidad cristiana. La
familia es por naturaleza misionera y acrece su fe dándola a los demás. Para
emprender recorridos de valorización del papel misionero que les ha sido
confiado, es urgente que las familias cristianas redescubran la llamada a dar
testimonio del Evangelio con la vida sin esconder aquello en lo que creen. El
hecho mismo de vivir la comunión familiar es una forma de anuncio misionero.
Desde este punto de vista, es necesario promover la familia como sujeto de la
acción pastoral mediante algunas formas de testimonio, entre las cuales: la
solidaridad con los pobres, la apertura a la diversidad de las personas, la
custodia de la creación, el compromiso por la promoción del bien común a partir
del territorio en el cual la familia vive.
49. (18) «Siguiendo las huellas del Concilio
Vaticano II, el Magisterio pontificio ha ido profundizando la doctrina sobre el
matrimonio y la familia. En particular Pablo VI, con la Encíclica Humanae Vitae, puso de relieve el vínculo
íntimo entre amor conyugal y engendramiento de la vida. San Juan Pablo II
dedicó especial atención a la familia mediante sus catequesis sobre el amor
humano, la Carta a las familias (Gratissimam Sane) y sobre
todo con la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio. En esos documentos, el
Pontífice definió a la familia “camino de la Iglesia”; ofreció una visión de
conjunto sobre la vocación al amor del hombre y la mujer; propuso las líneas
fundamentales para la pastoral de la familia y para la presencia de la familia
en la sociedad. En particular, tratando de la caridad conyugal (cfr. FC,
13), describió el modo como los cónyuges, en su mutuo amor, reciben el don del
Espíritu de Cristo y viven su llamada a la santidad» (IL, 5).
50. (19) «Benedicto XVI, en la Encíclica Deus Caritas Est, retomó el tema de la verdad
del amor entre hombre y mujer, que se ilumina plenamente sólo a la luz del amor
de Cristo crucificado (cfr. DCE, 2). Él recalca que: “El matrimonio
basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la
relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se
convierte en la medida del amor humano” (DCE, 11). Además, en la
Encíclica Caritas in Veritate, pone de relieve la
importancia del amor como principio de vida en la sociedad (cfr. CiV,
44), lugar en el que se aprende la experiencia del bien común» (IL, 6).
51. Las enseñanzas de los Pontífices invitan a profundizar
en la dimensión espiritual de la vida familiar a partir del redescubrimiento de
la oración en familia y de la escucha en común de la Palabra de Dios, de las
que brota el compromiso de caridad. Para la vida de la familia es de
fundamental importancia redescubrir el día del Señor, como signo de su profundo
arraigo en la comunidad eclesial. Además, se debe proponer un acompañamiento
pastoral adecuado para hacer crecer una espiritualidad familiar encarnada, en
respuesta a las preguntas que nacen de la vida cotidiana. Se considera útil que
la espiritualidad de la familia sea alimentada por fuertes experiencias de fe
y, en particular, por la participación fiel a la Eucaristía, «fuente y cumbre
de toda la vida cristiana» (LG, 11).
52. (20) «El Papa Francisco, en la Encíclica Lumen Fidei, al afrontar el vínculo entre la
familia y la fe, escribe: “El encuentro con Cristo, el dejarse aferrar y guiar
por su amor, amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida
que no defrauda. La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que
ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y
asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos,
porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras
debilidades” (LF, 53)» (IL, 7).
53. Muchos consideran necesaria una renovación de los
itinerarios catequísticos para la familia. Al respecto, han de ser valorados
los cónyuges como sujetos activos de la catequesis, especialmente respecto a
los propios hijos, en colaboración con sacerdotes, diáconos y personas
consagradas. Dicha colaboración ayuda a considerar la vocación al matrimonio
como una realidad importante, para la que es necesario prepararse adecuadamente
durante un congruente período de tiempo. La integración de familias cristianas
sólidas y ministros fiables hace creíble el testimonio de una comunidad que se
dirige a los jóvenes en camino hacia las grandes decisiones de la vida.
La comunidad cristiana debe renunciar a ser una
agencia de servicios, para convertirse, en cambio, en el lugar en el cual las
familias nacen, se encuentran y se confrontan juntas, caminando en la fe y
compartiendo caminos de crecimiento y de intercambio mutuo.
54. (21)El don recíproco constitutivo del
matrimonio sacramental arraiga en la gracia del bautismo, que establece la
alianza fundamental de toda persona con Cristo en la Iglesia. En la acogida mutua
y con la gracia de Cristo los novios se prometen entrega total, fidelidad y
apertura a la vida, y además reconocen como elementos constitutivos del
matrimonio los dones que Dios les ofrece, tomando en serio su mutuo compromiso,
en su nombre y frente a la Iglesia. Ahora bien, la fe permite asumir los bienes
del matrimonio como compromisos que se pueden sostener mejor mediante la ayuda
de la gracia del sacramento. Dios consagra el amor de los esposos y confirma su
indisolubilidad, ofreciéndoles la ayuda para vivir la fidelidad, la integración
recíproca y la apertura a la vida. Por tanto, la mirada de la Iglesia se dirige
a los esposos como al corazón de toda la familia, que a su vez dirige su mirada
hacia Jesús.
55. El gozo del hombre es expresión de la realización
plena de la propia persona. Para proponer la unicidad del gozo que viene de la
unión de los cónyuges y de la formación de un nuevo núcleo familiar, es
oportuno presentar la familia como un lugar de relaciones personales y
gratuitas, algo que no sucede en otros grupos sociales. El don recíproco y
gratuito, la vida que nace y el cuidado de todos sus miembros, desde los
pequeños a los ancianos, son sólo algunos de los aspectos gracias a los cuales
la familia posee una belleza única. Es importante hacer madurar la idea de que
el matrimonio es una elección para toda la vida que no limita nuestra
existencia, sino que la hace más rica y plena, incluso en las dificultades.
A través de esta elección de vida, la familia edifica
la sociedad no como suma de habitantes de un territorio, ni como conjunto de
ciudadanos de un Estado, sino como auténtica experiencia de pueblo, y de Pueblo
de Dios.
Capítulo III
Familia y camino hacia su plenitud
Familia y camino hacia su plenitud
56. (22) En la misma perspectiva, haciendo
nuestra la enseñanza del Apóstol según el cual todo fue creado por Cristo y
para Cristo (cfr. Col 1,16), el Concilio Vaticano II quiso expresar su estima por el
matrimonio natural y por los elementos válidos presentes en las otras
religiones (cfr. NA, 2) y en las culturas, a pesar de sus límites e
insuficiencias (cfr. RM, 55). La presencia de los semina Verbi en
las culturas (cfr. AG, 11) también se podría aplicar, en ciertos
aspectos, a la realidad matrimonial y familiar de numerosas culturas y de
personas no cristianas. Por tanto, también hay elementos válidos en algunas
formas fuera del matrimonio cristiano —siempre fundado en la relación estable y
verdadera entre un hombre y una mujer—, que en cualquier caso consideramos
orientadas a éste. Con la mirada puesta en la sabiduría humana de pueblos y
culturas, la Iglesia reconoce también esta familia como la célula básica
necesaria y fecunda de la convivencia humana.
57. La Iglesia es consciente del alto perfil del misterio
creatural del matrimonio entre hombre y mujer. Por tanto, desea valorar la
gracia originaria creatural que envuelve la experiencia de una alianza conyugal
sinceramente intencionada a corresponder a esta vocación original, y a
practicar su justicia. La seriedad de la adhesión a este proyecto y la valentía
que requiere se dejan apreciar de modo especial precisamente hoy, ya que el
valor de esta inspiración, que concierne a todos los vínculos construidos por
la familia, se pone en duda, o incluso es censurado y eliminado.
Por eso, aun en el caso en que la maduración de la
decisión de llegar al matrimonio sacramental de parte de convivientes o casados
civilmente todavía se encuentre en un estado virtual, incipiente, o de
aproximación gradual, se pide que la Iglesia no falte a la tarea de alentar y
sostener este desarrollo. Al mismo tiempo, será bueno que muestre aprecio y
amistad respecto del compromiso ya adquirido, del cual reconocerá los elementos
de coherencia con el designio de la creación de Dios.
Se señala la importancia de desarrollar una solicitud
pastoral adecuada para las familias compuestas por uniones conyugales con
disparidad de culto, cuyo número está creciendo, tanto en los territorios de
misión como en los países de larga tradición cristiana.
58. (23) Con íntimo gozo y profunda
consolación, la Iglesia mira a las familias que permanecen fieles a las
enseñanzas del Evangelio, agradeciéndoles el testimonio que dan y alentándolas.
Gracias a ellas, en efecto, se hace creíble la belleza del matrimonio
indisoluble y fiel para siempre. En la familia, «que se podría llamar Iglesia
doméstica» (LG, 11),
madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que
se refleja, por gracia, el misterio de la Santa Trinidad. «Aquí se aprende la
paciencia y el gozo del trabajo, el amor fraterno, el perdón generoso, incluso
reiterado, y sobre todo el culto divino por medio de la oración y la ofrenda de
la propia vida» (CCC, 1657). En esto la Santa Familia de Nazaret es el
modelo admirable, en cuya escuela «se comprende la necesidad de tener una
disciplina espiritual, si se quiere seguir la doctrina del Evangelio y llegar a
ser discípulos de Cristo» (Pablo VI, Discurso en Nazaret, 5 de enero de 1964). El
Evangelio de la familia, alimenta también estas semillas que todavía esperan
madurar, y tiene que hacerse cargo de los árboles que han perdido vitalidad y
necesitan que no se les descuide.
59. La bendición y la responsabilidad de una nueva
familia, sellada en el sacramento eclesial, conlleva la disponibilidad a ser en
el seno de la comunidad cristiana defensores y promotores del carácter general
de la alianza entre hombre y mujer: en el ámbito del vínculo social, de la
generación de los hijos, de la protección de los más débiles, de la vida común.
Esta disponibilidad requiere una responsabilidad que tiene derecho a ser
sostenida, reconocida y apreciada.
En virtud del sacramento cristiano cada familia se
convierte, a todos los efectos, en un bien para la Iglesia, que por su parte
pide ser considerada un bien para la misma familia que nace. En esta
perspectiva ciertamente será un don precioso, para el hoy de la Iglesia, la
humilde disposición a considerar más equitativamente esta reciprocidad del
“bonum ecclesiae”: la Iglesia es un bien para la familia, la familia es un bien
para la Iglesia. La custodia del don sacramental del Señor afecta a la
responsabilidad de la pareja cristiana por un lado y a la de la comunidad
cristiana por otro, cada una en el modo que le compete. Al surgir la
dificultad, incluso grave, de salvaguardar la unión matrimonial, la pareja
deberá profundizar lealmente —con la ayuda de la comunidad— el discernimiento
de los respectivos cumplimientos y los relativos incumplimientos, a fin de
comprender, evaluar y reparar lo que fue omitido o descuidado por ambas partes.
60. (24) La Iglesia, maestra segura y madre
atenta, aunque reconozca que para los bautizados no hay otro vínculo nupcial
que no sea el sacramental, y que toda ruptura de éste va contra la voluntad de
Dios, también es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos, a los que
les cuesta el camino de la fe. «Por lo tanto, sin disminuir el valor del ideal
evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles
de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día. […]. Un pequeño
paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que
la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar
importantes dificultades. A todos debe llegar el consuelo y el estímulo del
amor salvífico de Dios, que obra misteriosamente en cada persona, más allá de
sus defectos y caídas» (EG, 44).
61. La actitud de los fieles respecto a las personas que
todavía no han llegado a la comprensión de la importancia del sacramento
nupcial debe expresarse sobre todo mediante una relación de amistad personal,
acogiendo al otro tal como es, sin juzgarlo, respondiendo a sus necesidades
fundamentales y al mismo tiempo testimoniando el amor y la misericordia de
Dios. Es importante tener conciencia de que todos somos débiles, pecadores como
los demás, sin por ello renunciar a sostener los bienes y los valores del
matrimonio cristiano. Además, es preciso adquirir la conciencia de que la
familia en el designio de Dios no es un deber sino un don, y que hoy la decisión
de acceder al sacramento no es algo ya dado desde el inicio, sino un paso a
madurar y una meta a alcanzar.
62. (25)Respecto a un enfoque pastoral
dirigido a las personas que han contraído matrimonio civil, que son divorciados
y vueltos a casar, o que simplemente conviven, compete a la Iglesia revelarles
la divina pedagogía de la gracia en sus vidas y ayudarles a alcanzar la
plenitud del designio que Dios tiene para ellos. Siguiendo la mirada de Cristo,
cuya luz alumbra a todo hombre (cfr. Jn 1,9; GS, 22) la Iglesia mira con amor a
quienes participan en su vida de modo incompleto, reconociendo que la gracia de
Dios también obra en sus vidas, dándoles la valentía para hacer el bien, para
hacerse cargo con amor el uno del otro y estar al servicio de la comunidad en
la que viven y trabajan.
63. La comunidad cristiana debe mostrarse acogedora
respecto a las parejas que pasan por dificultades, entre otras cosas mediante
la proximidad de familias que viven el matrimonio cristiano. La Iglesia camina
al lado de los cónyuges que corren el riesgo de llegar a la separación, para
que redescubran la belleza y la fuerza de su vida conyugal. En el caso de que
se llegue a un doloroso fin de la relación, la Iglesia siente el deber de acompañarles
en ese momento de sufrimiento, para que no estallen contraposiciones ruinosas
entre los cónyuges y, sobre todo, los hijos sufran lo menos posible.
Sería deseable que en las Diócesis se promuevan
itinerarios de participación progresiva para las personas convivientes o unidas
civilmente. A partir del matrimonio civil, se debería llegar al matrimonio
cristiano después de un período de discernimiento que lleve al final a una
decisión verdaderamente consciente.
64. (26) La Iglesia ve con preocupación la
desconfianza de tantos jóvenes hacia el compromiso conyugal, sufre por la
precipitación con la que tantos fieles deciden poner fin al vínculo asumido,
instaurando otro. Estos fieles, que forman parte de la Iglesia, necesitan una
atención pastoral misericordiosa y alentadora, distinguiendo adecuadamente las
situaciones. Es preciso alentar a los jóvenes bautizados a no dudar ante la
riqueza que el sacramento del matrimonio procura a sus proyectos de amor, con
la fuerza del sostén que reciben de la gracia de Cristo y de la posibilidad de
participar plenamente en la vida de la Iglesia.
65. Muchos jóvenes tienen miedo de fracasar ante la
perspectiva matrimonial, entre otras cosas a causa de numerosos casos de
fracaso matrimonial. Por eso, es necesario discernir más atentamente las
motivaciones profundas de la renuncia y del desaliento. En efecto, hay que
pensar que, en muchos casos, esas motivaciones dependen precisamente de la
conciencia de un objetivo, que —aunque sea apreciado e incluso deseado— parece
desproporcionado respecto a un cálculo razonable de las propias fuerzas, o de
la duda insuperable respecto a la constancia de los propios sentimientos. Más
que un rechazo de la fidelidad y la estabilidad del amor, que siguen siendo
objeto de deseo, con frecuencia es la ansiedad —o incluso la angustia— de no
poderlas asegurar lo que induce a desistir. La dificultad, de por sí superable,
se aduce como prueba de la imposibilidad radical. Por otra parte, a veces
aspectos de conveniencia social y problemas económicos relacionados con la
celebración de las nupcias influyen en la decisión de no casarse.
66. (27) En ese sentido, una dimensión nueva
de la pastoral familiar hodierna consiste en prestar atención a la realidad de
los matrimonios civiles entre hombre y mujer, a los matrimonios tradicionales
y, salvando las debidas diferencias, también a las convivencias. Cuando la
unión alcanza una estabilidad notable mediante un vínculo público, está
connotada de afecto profundo, de responsabilidad por la prole, de capacidad de
superar las pruebas, puede ser vista como una ocasión de acompañamiento en la
evolución hacia el sacramento del matrimonio. En cambio, con mucha frecuencia,
la convivencia no se establece con vistas a un posible futuro matrimonio, sino
más bien sin ninguna intención de entablar una relación institucional.
67. (28) Conforme a la mirada misericordiosa
de Jesús, la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más
frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza
y esperanza, como la luz del faro de un puerto o de una antorcha llevada en
medio de la gente para iluminar a quienes han perdido el rumbo o se encuentran
en medio de la tempestad. Conscientes de que la mayor misericordia es decir la
verdad con amor, vayamos más allá de la compasión. El amor misericordioso, al
igual que atrae y une, transforma y eleva. Invita a la conversión. Así
entendemos la enseñanza del Señor, que no condena a la mujer adúltera, pero le
pide que no peque más (cfr. Jn 8,1-11).
68. Para la Iglesia se trata de partir de las situaciones
concretas de las familias de hoy, necesitadas todas de misericordia, comenzando
por las que más sufren. En la misericordia, en efecto, resplandece la soberanía
de Dios, con la que Él es fiel siempre de nuevo a su ser, que es amor (cfr. 1
Jn 4, 8), y a su alianza. La misericordia es la revelación de la fidelidad
y de la identidad de Dios consigo mismo y así, al mismo tiempo, demostración de
la identidad cristiana. Por eso, la misericordia no quita a nada a la verdad.
Ella misma es verdad revelada y está estrechamente vinculada a las verdades
fundamentales de la fe —la encarnación, la muerte y resurrección del Señor— y
sin ellas caería en la nada. La misericordia es «el centro de la revelación de
Jesucristo» (MV, 25).
Capítulo I
Familia y evangelización
Familia y evangelización
69. (29) El diálogo sinodal se detuvo en algunas
cuestiones pastorales más urgentes que encomendar a la concretización en cada
una de las Iglesias locales, en la comunión cum Petro et sub Petro. El anuncio
del Evangelio de la familia constituye una urgencia para la nueva
evangelización. La Iglesia está llamada a darlo con ternura de madre y claridad
de maestra (cfr. Ef 4,15), en fidelidad a la kenosi misericordiosa de Cristo. La verdad
se encarna en la fragilidad humana no para condenarla, sino para salvarla (cfr.
Jn 3,16 -17).
70. Ternura quiere decir dar con alegría y suscitar en el
otro el gozo de sentirse amado. Se expresa, en particular, en dirigirse con
atención exquisita a los límites del otro, especialmente cuando se presentan de
manera evidente. Tratar con delicadeza y respeto significa curar las heridas y
volver a dar esperanza, a fin de avivar de nuevo en el otro la confianza. La
ternura en las relaciones familiares es la virtud cotidiana que ayuda a superar
los conflictos interiores y de relación. Al respecto, el Papa Francisco nos
invita a reflexionar: «¿Tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones
difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos
soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio?
¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! Paciencia de Dios, cercanía
de Dios, ternura de Dios» (Homilía con ocasión de la Santa Misa de la Noche en la
Solemnidad de la Natividad del Señor, 24 de diciembre de 2014).
71. (30) Evangelizar es responsabilidad de
todo el pueblo de Dios, cada uno según su propio ministerio y carisma. Sin el
testimonio gozoso de los cónyuges y de las familias, Iglesias domésticas, el
anuncio, aunque fuese correcto, corre el riesgo de ser incomprendido o de
ahogarse en el mar de palabras que caracteriza nuestra sociedad (cfr. NMI, 50). Los Padres sinodales
hicieron hincapié en más de una ocasión en que las familias católicas, en
virtud de la gracia del sacramento nupcial, están llamadas a ser sujetos
activos de la pastoral familiar.
72. La Iglesia debe infundir en las familias un sentido de
pertenencia eclesial, un sentido del “nosotros” en el cual ningún miembro es
olvidado. Hay que alentar a todos a desarrollar sus capacidades y a realizar el
proyecto de la propia vida al servicio del Reino de Dios. Cada familia,
insertada en el contexto eclesial, ha de redescubrir el gozo de la comunión con
otras familias para servir al bien común de la sociedad, promoviendo una
política, una economía y una cultura al servicio de la familia, usando también
las redes sociales y los medios de comunicación.
Sería bueno crear pequeñas comunidades de familias
como testigos vivos de los valores evangélicos. Sería necesario preparar,
formar y responsabilizar a algunas familias que puedan acompañar a otras a
vivir cristianamente. Asimismo hay que recordar y alentar a las familias que se
muestran dispuestas a vivir la misión “ad gentes”. Por último, se señala la
importancia de que exista una conexión entre la pastoral juvenil y la pastoral
familiar.
73. La preparación de las nupcias ocupa durante largo
tiempo la atención de los novios. A la celebración del matrimonio, que sería
preferible vivir en la comunidad a la que pertenece uno de ellos o a la que
pertenecen ambos, hay que conferir la debida atención, resaltando sobre todo su
carácter propiamente espiritual y eclesial. A través de una participación
cordial y llena de gozo, la comunidad cristiana, invocando el Espíritu Santo,
acoge en su seno a la nueva familia para que, como Iglesia doméstica, se sienta
parte de la gran familia eclesial.
Frecuentemente, el celebrante tiene la oportunidad de
dirigirse a una asamblea compuesta de personas que participan poco en la vida
eclesial o que pertenecen a otra confesión cristiana o comunidad religiosa. Por
tanto, se trata de una ocasión preciosa de anuncio del Evangelio de la familia,
que sea capaz de suscitar, entre las familias presentes, el redescubrimiento de
la fe y del amor que vienen de Dios. La celebración nupcial también es una
ocasión propicia para invitar a muchos a la celebración del sacramento de la
Reconciliación.
74. (31) Es decisivo resaltar la primacía de
la gracia y, por tanto, las posibilidades que el Espíritu dona en el
sacramento. Se trata de hacer experimentar que el Evangelio de la familia es
alegría que «llena el corazón y la vida entera», porque en Cristo somos
«liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento» (EG, 1). A la luz de la parábola
del sembrador (cfr. Mt 13,3-9), nuestra tarea es cooperar en la siembra:
lo demás es obra de Dios. Tampoco hay que olvidar que la Iglesia que predica
sobre la familia es signo de contradicción.
75. El primado de la gracia se manifiesta en plenitud
cuando la familia da razón de su fe y los cónyuges viven su matrimonio como una
vocación. Al respecto, se sugiere: sostener y alentar el testimonio creyente de
los cónyuges cristianos; activar sólidos itinerarios de crecimiento de la
gracia bautismal, sobre todo en la fase juvenil; adoptar, en la predicación y
en la catequesis, un lenguaje simbólico, significativo y que haga referencia a
la experiencia, entre otras cosas mediante encuentros y cursos apropiados para
los agentes pastorales, a fin de alcanzar efectivamente a los destinatarios y
educarlos a invocar y reconocer la presencia de Dios entre los cónyuges unidos
en el sacramento, en un estado de continua conversión.
76. (32) Esto exige a toda la Iglesia una
conversión misionera: es necesario no quedarse en un anuncio meramente teórico
y desvinculado de los problemas reales de las personas. Nunca hay que olvidar
que la crisis de la fe ha conllevado una crisis del matrimonio y de la familia
y, como consecuencia, a menudo se ha interrumpido incluso la transmisión de la
fe de padres a hijos. Ante una fe fuerte la imposición de algunas perspectivas
culturales que debilitan la familia y el matrimonio no tiene incidencia.
77. (33) Asimismo, se requiere la conversión
del lenguaje a fin de que resulte efectivamente significativo. El anuncio debe
hacer experimentar que el Evangelio de la familia responde a las expectativas
más profundas de la persona humana: a su dignidad y a la realización plena en
la reciprocidad, en la comunión y en la fecundidad. No se trata solamente de
presentar una normativa, sino de proponer valores, respondiendo a la necesidad
que se constata hoy, incluso en los países más secularizados, de tales valores.
78. El mensaje cristiano se debe anunciar favoreciendo un
lenguaje que suscite la esperanza. Es necesario adoptar una comunicación clara
y cautivadora, abierta, que no moralice, juzgue y controle, y dé testimonio de
la enseñanza moral de la Iglesia, permaneciendo sensible a la vez a las
condiciones de cada persona.
Puesto que muchos ya no comprenden el Magisterio
eclesial sobre diversos temas, se siente la urgencia de un lenguaje capaz de
llegar a todos, especialmente a los jóvenes, para transmitir la belleza del
amor familiar y hacer comprender el significado de términos como donación, amor
conyugal, fecundidad y procreación.
79. Para una transmisión más apropiada de la fe parece
necesaria una mediación cultural capaz de expresar con coherencia la fidelidad
tanto al Evangelio de Jesús como al hombre contemporáneo. Tal y como enseñaba
el beato Pablo VI: «A nosotros, Pastores de la Iglesia, incumbe especialmente
el deber de descubrir con audacia y prudencia, conservando la fidelidad al
contenido, las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el mensaje
evangélico a los hombres de nuestro tiempo» (EN, 40).
Hoy, de modo particular, es necesario hacer hincapié
en la importancia del anuncio gozoso y optimista de las verdades de la fe sobre
la familia, utilizando también grupos especializados, expertos en comunicación,
que sepan tener en justa consideración las problemáticas derivadas de los
estilos de vida hodiernos.
80. (34) La Palabra de Dios es fuente de vida
y espiritualidad para la familia. Toda la pastoral familiar deberá dejarse
modelar interiormente y formar a los miembros de la Iglesia doméstica mediante
la lectura orante y eclesial de la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios no
sólo es una buena nueva para la vida privada de las personas, sino también un
criterio de juicio y una luz para el discernimiento de los diversos desafíos que
deben afrontar los cónyuges y las familias.
81. A la luz de la Palabra de Dios, que pide
discernimiento en las situaciones más diversas, la pastoral debe tener en
consideración que es necesaria una comunicación abierta al diálogo y libre de
prejuicios particularmente respecto a los católicos que en materia de
matrimonio y familia no viven, o no están en condición de vivir, en pleno
acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia.
82. (35) Al mismo tiempo, muchos Padres
sinodales han insistido en un enfoque más positivo respecto a las riquezas de
las diferentes experiencias religiosas, sin acallar las dificultades. En estas
diversas realidades religiosas y en la gran diversidad cultural que caracteriza
a las naciones es oportuno apreciar primero las posibilidades positivas y a la
luz de éstas valorar los límites y carencias.
83. A partir de la constatación de la pluralidad religiosa
y cultural, se desea que el Sínodo custodie y valore la imagen de “sinfonía de
las diferencias”. Se hace hincapié en el hecho que la pastoral matrimonial y
familiar en conjunto necesita apreciar los elementos positivos que se
encuentran en las diversas experiencias religiosas y culturales, los cuales
representan una “praeparatio evangelica”. A través del encuentro con las
personas que han emprendido un camino de conciencia y responsabilidad respecto
a los auténticos bienes del matrimonio, se podrá establecer una colaboración
eficaz para la promoción y la defensa de la familia.
Capítulo II
Familia y formación
Familia y formación
84. (36) El matrimonio cristiano es una
vocación que se acoge con una adecuada preparación en un itinerario de fe, con
un discernimiento maduro, y no hay que considerarlo sólo como una tradición
cultural o una exigencia social o jurídica. Por tanto, es preciso realizar
itinerarios que acompañen a la persona y a los esposos de modo que a la
comunicación de los contenidos de la fe se una la experiencia de vida ofrecida
por toda la comunidad eclesial.
85. Para que se comprenda la vocación al matrimonio
cristiano es indispensable mejorar la preparación al sacramento, y en
particular la catequesis prematrimonial —a veces pobre en contenidos— que forma
parte integrante de la pastoral ordinaria. Es importante que los esposos cultiven
responsablemente su fe, basada en las enseñanzas de la Iglesia presentadas de
modo claro y comprensible.
La pastoral de los novios también debe estar integrada
en el compromiso general de la comunidad cristiana a presentar de modo adecuado
y convincente el mensaje evangélico acerca de la dignidad de la persona, su
libertad y el respeto de los derechos humanos.
86. En el cambio cultural que estamos viviendo con
frecuencia se presentan —cuando no se imponen— modelos en contraste con la
visión cristiana de la familia. Por tanto, los cursos formativos deberán
ofrecer itinerarios de educación que ayuden a las personas a expresar
adecuadamente su deseo de amor en el lenguaje de la sexualidad. En el contexto
cultural y social hodierno, en el que a menudo se desvincula la sexualidad de
un proyecto de amor auténtico, la familia, aunque siga siendo el espacio
pedagógico privilegiado, no puede ser el único lugar de educación a la
sexualidad. En consecuencia, es preciso estructurar verdaderos itinerarios
pastorales de soporte a las familias, dirigidos tanto a las personas
singularmente como a las parejas, prestando especial atención a la edad de la
pubertad y de la adolescencia, en los cuales ayudar a descubrir la belleza de
la sexualidad en el amor.
En algunos países se señala la presencia de proyectos
formativos impuestos por la autoridad pública que presentan contenidos en
contraste con la visión propiamente humana y cristiana: respecto a estos
proyectos hay que apoyar con decisión el derecho a la objeción de conciencia de
parte de los educadores.
87. (37) Se ha recordado repetidamente la
necesidad de una renovación radical de la praxis pastoral a la luz del
Evangelio de la familia, superando los enfoques individualistas que todavía la
caracterizan. Por esto, se ha insistido en varias ocasiones sobre la renovación
de la formación de los presbíteros, los diáconos, los catequistas y los demás
agentes pastorales, mediante una mayor implicación de las mismas familias.
88. La familia de origen es el seno de la vocación
sacerdotal, que se nutre de su testimonio. Muchos perciben una creciente
necesidad de incluir a las familias, en particular la presencia femenina, en la
formación sacerdotal. Se sugiere que los seminaristas, durante su formación,
vivan períodos apropiados con la propia familia y se les dirija a hacer
experiencias de pastoral familiar y a adquirir un conocimiento adecuado de la
situación actual de las familias. Además, cabe considerar que algunos
seminaristas provienen de contextos familiares difíciles. Se señala como
benéfica la presencia de los laicos y de las familias, también en las
realidades de Seminario, para que los candidatos al sacerdocio comprendan el
valor de la comunión entre las diversas vocaciones. En la formación al
ministerio ordenado no se puede olvidar el desarrollo afectivo y psicológico,
incluso participando directamente en itinerarios adecuados.
89. En la formación permanente del clero y de los agentes
pastorales sería deseable que se siga cuidando con instrumentos apropiados la
maduración de la dimensión afectiva y psicológica, que les será indispensable
para el acompañamiento pastoral de las familias. Se sugiere que la Oficina
diocesana para la familia y las demás Oficinas pastorales intensifiquen su
colaboración con vistas a una acción pastoral más eficaz.
90. (38) Asimismo se ha subrayado la
necesidad de una evangelización que denuncie con franqueza los condicionamientos
culturales, sociales, políticos y económicos, como el espacio excesivo
concedido a la lógica de mercado, que impiden una auténtica vida familiar,
determinando discriminaciones, pobreza, exclusiones y violencia. Para ello, hay
que entablar un diálogo y una cooperación con las estructuras sociales, así
como alentar y sostener a los laicos que se comprometen, como cristianos, en el
ámbito cultural y sociopolítico.
91. Considerando que la familia es «la célula primera y
vital de la sociedad» (AA, 11), esta debe redescubrir su vocación a
sostener la vida social en todos sus aspectos. Es indispensable que las
familias, agrupándose, encuentren modalidades para interaccionar con las
instituciones políticas, económicas y culturales, a fin de edificar una sociedad
más justa.
La colaboración con las instituciones públicas no
siempre resulta fácil en todos los contextos. De hecho, el concepto de familia
de muchas instituciones no coincide con el cristiano o con su sentido natural.
Los fieles viven en contacto con modelos antropológicos diversos, que a menudo
influyen y modifican radicalmente su modo de pensar.
Las asociaciones familiares y los movimientos
católicos deberían trabajar de modo conjunto, a fin de atraer la atención de
las instituciones sociales y políticas sobre los problemas reales de la familia
y denunciar las prácticas que comprometen su estabilidad.
92. Los cristianos deben comprometerse de modo directo en
el contexto sociopolítico, participando activamente en los procesos de toma de
decisiones y llevando al debate institucional las instancias de la doctrina
social de la Iglesia. Dicho compromiso favorecería el desarrollo de programas
adecuados para ayudar a los jóvenes y a las familias necesitadas, que corren el
riesgo del aislamiento social y de la exclusión.
En los diversos contextos nacionales e internacionales
es útil volver a proponer la “Carta de los derechos de la familia”, subrayando
su nexo con la “Declaración universal de derechos humanos”.
93. Entre las diversas familias que se hallan en
condiciones de indigencia económica, a causa del desempleo o de la precariedad
laboral, del número elevado de hijos o de la falta de asistencia
sociosanitaria, sucede a menudo que algunos, al no tener acceso al crédito,
caen víctimas de la usura. Al respecto, se sugiere crear estructuras económicas
de sostén adecuado para ayudar a dichas familias.
94. (39) La compleja realidad social y los
desafíos que la familia está llamada a afrontar hoy requieren un compromiso
mayor de toda la comunidad cristiana para la preparación de los prometidos al
matrimonio. Es preciso recordar la importancia de las virtudes. Entre éstas, la
castidad resulta condición preciosa para el crecimiento genuino del amor
interpersonal. Respecto a esta necesidad, los Padres sinodales eran concordes
en subrayar la exigencia de una mayor implicación de toda la comunidad,
privilegiando el testimonio de las familias, además de un arraigo de la
preparación al matrimonio en el camino de iniciación cristiana, haciendo
hincapié en el nexo del matrimonio con el bautismo y los otros sacramentos. Del
mismo modo, se puso de relieve la necesidad de programas específicos para la
preparación próxima al matrimonio que sean una auténtica experiencia de
participación en la vida eclesial y profundicen en los diversos aspectos de la
vida familiar.
95. Se desea una ampliación de los temas formativos en los
itinerarios prematrimoniales, de tal manera que éstos lleguen a ser itinerarios
de educación a la fe y al amor. Deberían asumir la fisionomía de un camino
orientado al discernimiento vocacional personal y de pareja. Para este fin es
necesario crear una mejor sinergia entre los varios ámbitos pastorales
—juvenil, familiar, catequesis, movimientos y asociaciones—, que permita
cualificar el itinerario formativo en sentido mayormente eclesial.
Varias voces confirman la exigencia de una renovación
de la pastoral de la familia en el marco de una pastoral de conjunto, capaz de
abrazar todas las fases de la vida con una formación completa, que comprenda la
experiencia y el valor del testimonio. Los itinerarios de preparación al
matrimonio deben ser propuestos por parejas de casados capaces de acompañar a
los novios antes de las nupcias y en los primeros años de vida matrimonial,
valorando así la ministerialidad conyugal.
96. (40) Los primeros años de matrimonio son
un período vital y delicado durante el cual los cónyuges crecen en la
conciencia de los desafíos y del significado del matrimonio. De aquí la
exigencia de un acompañamiento pastoral que continúe después de la celebración
del sacramento (cfr. FC, parte III). Resulta de gran importancia en esta
pastoral la presencia de esposos con experiencia. La parroquia se considera el
lugar donde los cónyuges expertos pueden ofrecer su disponibilidad a ayudar a
los más jóvenes, con el eventual apoyo de asociaciones, movimientos eclesiales
y nuevas comunidades. Hay que alentar a los esposos a una actitud fundamental
de acogida del gran don de los hijos. Es preciso resaltar la importancia de la
espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía
dominical, alentando a los cónyuges a reunirse regularmente para que crezca la
vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida.
Liturgias, prácticas de devoción y Eucaristías celebradas para las familias,
sobre todo en el aniversario del matrimonio, se citaron como ocasiones vitales
para favorecer la evangelización mediante la familia.
97. Con frecuencia, en los primeros años de vida conyugal,
tiene lugar una cierta introversión de la pareja, con la consecuencia del
aislamiento del contexto social. Por esta razón, es preciso hacer sentir la
cercanía de la comunidad a los jóvenes esposos. Es unánime la convicción de que
compartir las experiencias de vida matrimonial ayuda a las nuevas familias a
madurar una mayor conciencia de la belleza y de los desafíos del matrimonio. La
consolidación de la red relacional entre las parejas y la creación de vínculos
significativos son necesarias para la maduración de la dimensión familiar.
Puesto que a menudo son principalmente los movimientos y los grupos eclesiales
los que ofrecen y garantizan tales momentos de crecimiento y de formación, se
recomienda que sobre todo a nivel diocesano se multipliquen los esfuerzos
dirigidos a acompañar de manera constante a los jóvenes esposos.
Capítulo III
Familia y acompañamiento eclesial
Familia y acompañamiento eclesial
98. (41) El Sínodo anuncia y promueve el
matrimonio cristiano, a la vez que alienta el discernimiento pastoral de las
situaciones de tantas personas que ya no viven esta realidad. Es importante
entrar en diálogo pastoral con ellas a fin de poner de relieve los elementos de
su vida que puedan llevar a una mayor apertura al Evangelio del matrimonio en
su plenitud. Los pastores deben identificar elementos que favorezcan la
evangelización y el crecimiento humano y espiritual. Una sensibilidad nueva de
la pastoral hodierna, consiste en identificar los elementos positivos presentes
en los matrimonios civiles y, salvadas las debidas diferencias, en las
convivencias. Es preciso que en la propuesta eclesial, aun afirmando con
claridad el mensaje cristiano, indiquemos también los elementos constructivos
en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a
dicho mensaje.
99. El sacramento del matrimonio, como unión fiel e
indisoluble entre un hombre y una mujer llamados a acogerse mutuamente y a
acoger la vida, es una gracia grande para la familia humana. La Iglesia tiene
el deber y la misión de anunciar esta gracia a todos y en todos los contextos.
Además, debe ser capaz de acompañar a quienes viven el matrimonio civil o la
convivencia en el descubrimiento gradual de las semillas del Verbo que
encierran, para valorarlas, hasta la plenitud de la unión sacramental.
100. (42) Se observó también que en numerosos
países un «creciente número de parejas conviven ad experimentum, sin matrimonio
ni canónico, ni civil» (IL, 81). En algunos países esto sucede
especialmente en el matrimonio tradicional, concertado entre familias y con
frecuencia celebrado en diversas etapas. En otros países, en cambio, crece
continuamente el número de quienes después de haber vivido juntos durante largo
tiempo piden la celebración del matrimonio en la Iglesia. La simple convivencia
a menudo se elige a causa de la mentalidad general contraria a las
instituciones y a los compromisos definitivos, pero también porque se espera
adquirir una mayor seguridad existencial (trabajo y salario fijo). En otros
países, por último, las uniones de hecho son muy numerosas, no sólo por el
rechazo de los valores de la familia y del matrimonio, sino sobre todo por el
hecho de que casarse se considera un lujo, por las condiciones sociales, de
modo que la miseria material impulsa a vivir uniones de hecho.
101. (43) Es preciso afrontar todas estas
situaciones de manera constructiva, tratando de transformarlas en oportunidad
de camino hacia la plenitud del matrimonio y de la familia a la luz del
Evangelio. Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza. Para
ello es importante el testimonio atractivo de auténticas familias cristianas,
como sujetos de la evangelización de la familia.
102. La elección del matrimonio civil o, en diversos casos,
de la convivencia con mucha frecuencia no está motivada por prejuicios o
resistencias respecto a la unión sacramental, sino por situaciones culturales o
contingentes. En numerosas circunstancias, la decisión de vivir juntos es signo
de una relación que desea estructurarse y abrirse a una perspectiva de
plenitud. Esta voluntad, que se traduce en un vínculo duradero, fiable y
abierto a la vida, puede considerarse una condición de la que partir para un
camino de crecimiento abierto a la posibilidad del matrimonio sacramental: un
bien posible que debe ser anunciado como don que enriquece y fortalece la vida
conyugal y familiar, más que como un ideal difícil de realizar.
103. Para hacer frente a esta necesidad pastoral, la
comunidad cristiana, sobre todo a nivel local, debe empeñarse en reforzar el
estilo de acogida que le es propio. Mediante la dinámica pastoral de las
relaciones personales es posible dar concreción a una sana pedagogía que,
animada por la gracia y de modo respetuoso, favorezca la apertura gradual de
las mentes y los corazones a la plenitud del plan de Dios. En este ámbito
desempeña un papel importante la familia cristiana que testimonia con la vida
la verdad del Evangelio.
Cuidar de las familias heridas (separados, divorciados no vueltos a
casar, divorciados vueltos a casar, familias monoparentales)
104. (44) Cuando los esposos experimentan
problemas en sus relaciones, deben poder contar con la ayuda y el
acompañamiento de la Iglesia. La pastoral de la caridad y la misericordia
tratan de recuperar a las personas y las relaciones. La experiencia muestra
que, con una ayuda adecuada y con la acción de reconciliación de la gracia, un
gran porcentaje de crisis matrimoniales se superan de manera satisfactoria.
Saber perdonar y sentirse perdonados es una experiencia fundamental en la vida
familiar. El perdón entre los esposos permite experimentar un amor que es para
siempre y no acaba nunca (cfr. 1 Cor 13,8). Sin embargo, a veces resulta difícil
para quien ha recibido el perdón de Dios tener la fuerza para ofrecer un perdón
auténtico que regenere a la persona.
105. En el ámbito de las relaciones familiares la necesidad
de la reconciliación es prácticamente cotidiana, por varios motivos. Las
incomprensiones debidas a las relaciones con las familias de origen, el
conflicto entre costumbres arraigadas diversas; la divergencia acerca de la
educación de los hijos, el ansia por las dificultades económicas; la tensión
que surge como consecuencia de la pérdida del trabajo: estos son algunos de los
motivos corrientes que generan conflictos, y para superarlos es necesaria una
continua disponibilidad a comprender las razones del otro y a perdonarse
mutuamente. El difícil arte de la recomposición de la relación no sólo necesita
el sostén de la gracia, sino también la disponibilidad a pedir ayuda externa.
La comunidad cristiana debe estar verdaderamente lista para ello.
En los casos más dolorosos, como el de la traición
conyugal, es necesaria una auténtica obra de reparación a la cual se debe estar
dispuesto. Una alianza rota se puede restablecer: es preciso educarse a esta
esperanza desde la preparación al matrimonio.
Aquí cabe recordar la importancia de la acción del
Espíritu Santo en el cuidado de las personas y de las familias heridas y la
necesidad de caminos espirituales acompañados por ministros expertos. Es
verdad, en efecto, que el Espíritu , «que es llamado por la Iglesia “luz de las
conciencias”, penetra y llena “lo más íntimo de los corazones” humanos.
Mediante esta conversión en el Espíritu Santo, el hombre se abre al perdón» (DeV,
45).
106. (45) En el Sínodo resonó con claridad la
necesidad de opciones pastorales valientes. Reconfirmando con fuerza la
fidelidad al Evangelio de la familia y reconociendo que separación y divorcio
siempre son una herida que provoca profundos sufrimientos para los cónyuges que
los viven y para los hijos, los Padres sinodales señalaron la urgencia de
caminos pastorales nuevos, que partan de la realidad efectiva de las
fragilidades familiares, sabiendo que con frecuencia más bien son “soportadas”
con sufrimiento que elegidas en plena libertad. Se trata de situaciones
diversas por factores tanto personales como culturales y socioeconómicos. Hace
falta una mirada que discierna bien las situaciones, como sugería san Juan
Pablo II (cfr. FC, 84).
107. Hacerse cargo de las familias heridas y hacerles
experimentar la infinita misericordia de Dios se considera, de parte de todos,
un principio fundamental. Sin embargo, es diferente la actitud respecto a las
personas implicadas. Por un lado, hay quien considera necesario alentar a
quienes viven uniones no matrimoniales a emprender el camino del regreso. Por
otro, hay quien sostiene a estas personas invitándolas a mirar hacia adelante,
a salir de la prisión de la rabia, de la desilusión, del dolor y de la soledad
para ponerse de nuevo en camino. Ciertamente, afirman otros, este arte del
acompañamiento requiere un discernimiento prudente y misericordioso, así como
la capacidad de captar en lo concreto la diversidad de cada situación.
108. No hay que olvidar que la experiencia del fracaso
matrimonial siempre es una derrota, para todos. Por eso, después de tomar
conciencia de las propias responsabilidades, cada uno necesita volver a
encontrar confianza y esperanza. Todos necesitan dar y recibir misericordia. En
cualquier caso, hay que promover la justicia respecto a todas las partes
implicadas en el fracaso matrimonial (cónyuges e hijos).
La Iglesia tiene el deber de pedir a los cónyuges
separados y divorciados que se traten con respeto y misericordia, sobre todo
por el bien de los hijos, a los cuales no hay que procurar más sufrimiento.
Algunos piden que también la Iglesia demuestre una actitud análoga respecto a
quienes han roto la unión. «Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad
más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la
misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los
que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a
ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin» (MV, 25).
109. (46) Ante todo, hay que escuchar a cada
familia con respeto y amor, haciéndose compañeros de camino como Cristo con los
discípulos en el camino de Emaús. Valen especialmente para estas situaciones las
palabras del Papa Francisco: «La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos
—sacerdotes, religiosos y laicos— en este “arte del acompañamiento”, para que
todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro
(cfr. Ex 3,5). Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de
projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo
tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (EG, 169).
110. Muchos han apreciado la referencia de los Padres sinodales
a la imagen de Jesús que acompaña a los discípulos de Emaús. Estar cerca de la
familia como compañera de camino significa, para la Iglesia, asumir una actitud
sabia y diferenciada. A veces, hay que permanecer al lado y escuchar en
silencio; otras, ponerse delante para indicar el camino por el que proceder;
otras, estar detrás para sostener y alentar. La Iglesia hace propios,
compartiéndolos con afecto, las alegrías y las esperanzas, los dolores y las
angustias de cada familia.
111. Se observa que, en este ámbito de la pastoral
familiar, el mayor sostén lo aportan los movimientos y las asociaciones
eclesiales, en los cuales la dimensión comunitaria se resalta y se vive
mayormente. Al tiempo mismo, también es importante preparar específicamente a
los sacerdotes a este ministerio de la consolación y de la solicitud. De varias
partes llega la invitación a instituir centros especializados donde sacerdotes
y/o religiosos aprendan a hacerse cargo de las familias, en particular de las
familias heridas, y se comprometan a acompañar su camino en la comunidad
cristiana, la cual no siempre está preparada para sostener esta tarea de modo
adecuado.
112. (47) Un discernimiento particular es
indispensable para acompañar pastoralmente a los separados, los divorciados,
los abandonados. Hay que acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han
sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han
visto obligados por los maltratos del cónyuge a romper la convivencia. El
perdón por la injusticia sufrida no es fácil, pero es un camino que la gracia
hace posible. De aquí la necesidad de una pastoral de la reconciliación y de la
mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que
establecer en las diócesis. Asimismo, siempre hay que subrayar que es
indispensable hacerse cargo de manera leal y constructiva de las consecuencias
de la separación o del divorcio sobre los hijos, en cualquier caso víctimas
inocentes de la situación. Los hijos no pueden ser un “objeto” que contenderse
y hay que buscar las mejores formas para que puedan superar el trauma de la
escisión familiar y crecer de la manera más serena posible. En cada caso la
Iglesia siempre deberá poner de relieve la injusticia que con mucha frecuencia
deriva de la situación del divorcio. Hay que prestar especial atención al
acompañamiento de las familias monoparentales; en particular, hay que ayudar a
las mujeres que deben llevar adelante solas la responsabilidad de la casa y la educación
de los hijos.
113. Desde diversas partes se señala que la actitud
misericordiosa con aquellos cuya relación matrimonial se ha roto requiere
prestar atención a los diferentes aspectos objetivos y subjetivos que han
determinado la ruptura. Muchas voces ponen de relieve que a menudo el drama de
la separación llega al final de largos períodos de conflictividad que, en el
caso de que haya hijos, han producido todavía mayores sufrimientos. A esto
sigue además la prueba de la soledad en la que se encuentra el cónyuge que ha
sido abandonado o que ha tenido la fuerza de interrumpir una convivencia
caracterizada por continuos y graves maltratos sufridos. Se trata de
situaciones para las cuales se espera una solicitud particular de parte de la
comunidad cristiana, especialmente respecto de las familias monoparentales, en
las que a veces surgen problemas económicos a causa de un trabajo precario, de
las dificultades para mantener a los hijos o de la falta de una casa.
La condición de quienes no emprenden una nueva unión,
permaneciendo fieles al vínculo, merece todo el aprecio y el sostén de parte de
la Iglesia, que tiene el deber de mostrarles el rostro de un Dios que nunca
abandona y que es siempre capaz de dar nuevamente fuerza y esperanza.
114. (48) Un gran número de los Padres subrayó
la necesidad de hacer más accesibles y ágiles, posiblemente totalmente
gratuitos, los procedimientos para el reconocimiento de los casos de nulidad.
Entre las propuestas se indicaron: dejar atrás la necesidad de la doble
sentencia conforme; la posibilidad de determinar una vía administrativa bajo la
responsabilidad del Obispo diocesano; un juicio sumario a poner en marcha en los
casos de nulidad notoria. Sin embargo, algunos Padres se manifiestan contrarios
a estas propuestas porque no garantizarían un juicio fiable. Cabe recalcar que
en todos estos casos se trata de comprobación de la verdad acerca de la validez
del vínculo. Según otras propuestas, habría que considerar la posibilidad de
dar relevancia al rol de la fe de los prometidos en orden a la validez del
sacramento del matrimonio, teniendo presente que entre bautizados todos los
matrimonios válidos son sacramento.
115. Se observa un amplio consenso sobre la oportunidad de
hacer más accesibles y ágiles, posiblemente gratuitos, los procedimientos para
el reconocimiento de los casos de nulidad matrimonial.
En cuanto a la gratuidad, algunos sugieren instituir
en las Diócesis un servicio estable de asesoramiento gratuito. Respecto a la
doble sentencia conforme, existe amplia convergencia en orden a abandonarla,
salvando la posibilidad de recurso de parte del Defensor del vínculo o de una
de las partes. Viceversa, no cosecha un consenso unánime la posibilidad de un
procedimiento administrativo bajo la responsabilidad del Obispo diocesano, ya
que algunos ven aspectos problemáticos. En cambio, hay mayor acuerdo sobre la
posibilidad de un proceso canónico sumario en los casos de nulidad patente.
Respecto a la relevancia de la fe personal de los
novios para la validez del consentimiento, se señala una convergencia sobre la
importancia de la cuestión y una variedad de enfoques en la profundización.
116. (49) Acerca de las causas matrimoniales,
la agilización del procedimiento —requerido por muchos— además de la
preparación de suficientes agentes, clérigos y laicos con dedicación
prioritaria, exige resaltar la responsabilidad del Obispo diocesano, quien en
su diócesis podría encargar a consultores debidamente preparados que
aconsejaran gratuitamente a las partes acerca de la validez de su matrimonio.
Dicha función puede ser desempeñada por una oficina o por personas calificadas
(cfr. DC, art.
113, 1).
117. Se propone que en cada Diócesis se garanticen, de
manera gratuita, los servicios de información, asesoramiento y mediación
relacionados con la pastoral familiar, especialmente a disposición de personas
separadas o de parejas en crisis. Un servicio así cualificado ayudaría a las
personas a emprender el recorrido judicial, que en la historia de la Iglesia
resulta ser el camino de discernimiento más acreditado para verificar la
validez real del matrimonio. Además, de diversas partes, se pide un incremento
y una mayor descentralización de los tribunales eclesiásticos, dotándolos de
personal cualificado y competente.
118. (50) Hay que alentar a las personas
divorciadas que no se han vuelto a casar —que a menudo son testigos de la
fidelidad matrimonial— a encontrar en la Eucaristía el alimento que las
sostenga en su estado. La comunidad local y los Pastores deben acompañar a
estas personas con solicitud, sobre todo cuando hay hijos o su situación de
pobreza es grave.
119. Según distintas voces, la atención a los casos
concretos debería ir unida a la necesidad de promover líneas pastorales
comunes. El hecho de que falten contribuye a acrecer la confusión y la
división, y produce un sufrimiento intenso en quienes viven el fracaso del
matrimonio, que a veces se sienten juzgados injustamente. Por ejemplo, se
observa que algunos fieles separados, que no viven en una nueva unión,
consideran pecaminosa la separación misma, por lo que se abstienen de recibir
los sacramentos. Además, se dan casos de divorciados vueltos a casar civilmente
que, al vivir en continencia por diferentes razones, no saben que pueden
acercarse a los sacramentos en un lugar en que no se conozca su condición. Por
otra parte hay situaciones de uniones irregulares de personas que en su foro
interno han elegido el camino de la continencia y, por eso, pueden acceder a
los sacramentos, prestando atención a no suscitar escándalo. Se trata de
ejemplos que confirman la necesidad de ofrecer indicaciones claras de parte de
la Iglesia, a fin de que aquellos de sus hijos que se encuentran en situaciones
particulares, no se sientan discriminados.
120. (51) Las situaciones de los divorciados
vueltos a casar también exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con
gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que los haga sentir
discriminados y promoviendo su participación en la vida de la comunidad.
Hacerse cargo de ellos, para la comunidad cristiana no implica un
debilitamiento de su fe y de su testimonio acerca de la indisolubilidad
matrimonial, es más, en ese cuidado expresa precisamente su caridad.
121. Se requiere desde muchas partes que la atención y el
acompañamiento respecto a los divorciados vueltos a casar civilmente se
orienten hacia una integración cada vez mayor en la vida de la comunidad
cristiana, teniendo en cuenta la diversidad de las situaciones de partida. Sin
perjuicio de las sugerencias de Familiaris Consortio 84, habría que
replantearse las formas de exclusión que se practican actualmente en los campos
litúrgico-pastoral, educativo y caritativo. Puesto que estos fieles no están
fuera de la Iglesia, se propone reflexionar acerca de la oportunidad de dejar
atrás estas exclusiones. Por otro lado, siempre para favorecer una mayor
integración de estas personas en la comunidad cristiana, habría que dirigir una
atención específica a sus hijos, dado el papel educativo insustituible de los
padres, en razón del preeminente interés del menor.
Es conveniente que estos caminos de integración
pastoral de los divorciados vueltos a casar civilmente vayan precedidos por un
oportuno discernimiento de parte de los pastores acerca de la irreversibilidad
de la situación y la vida de fe de la pareja en una nueva unión, que vayan
acompañados por una sensibilización de la comunidad cristiana en orden a la
acogida de las personas interesadas y que se realicen según una ley de
gradualidad (cfr. FC, 34), respetuosa de la maduración de las
conciencias.
122. (52) Se reflexionó sobre la posibilidad
de que los divorciados y vueltos a casar accediesen a los sacramentos de la
Penitencia y la Eucaristía. Varios Padres sinodales insistieron en favor de la
disciplina actual, en virtud de la relación constitutiva entre la participación
en la Eucaristía y la comunión con la Iglesia y su enseñanza sobre el
matrimonio indisoluble. Otros se expresaron en favor de una acogida no
generalizada a la mesa eucarística, en algunas situaciones particulares y con
condiciones bien precisas, sobre todo cuando se trata de casos irreversibles y
vinculados a obligaciones morales para con los hijos, quienes terminarían por
padecer injustos sufrimientos. El eventual acceso a los sacramentos debería ir
precedido de un camino penitencial bajo la responsabilidad del Obispo
diocesano. Todavía es necesario profundizar la cuestión, teniendo bien presente
la distinción entre situación objetiva de pecado y circunstancias atenuantes,
dado que «la imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar
disminuidas e incluso suprimidas» a causa de diversos «factores psíquicos o
sociales» (CCC,
1735).
123. Para afrontar la temática apenas citada, existe un
común acuerdo sobre la hipótesis de un itinerario de reconciliación o camino
penitencial, bajo la autoridad del Obispo, para los fieles divorciados vueltos
a casar civilmente, que se encuentran en situación de convivencia irreversible.
En referencia a la Familiaris Consortio 84, se sugiere un
itinerario de toma de conciencia del fracaso y de las heridas que este ha
producido, con arrepentimiento, verificación de una posible nulidad del
matrimonio, compromiso a la comunión espiritual y decisión de vivir en
continencia.
Otros, por camino penitencial entienden un proceso de
clarificación y de nueva orientación después del fracaso vivido, acompañado por
un presbítero elegido para ello. Este proceso debería llevar al interesado a un
juicio honesto sobre la propia condición, en la cual el presbítero pueda
madurar su valoración para usar la potestad de unir y de desatar de modo
adecuado a la situación.
En orden a la profundización acerca de la situación
objetiva de pecado y la imputabilidad moral, algunos sugieren tomar en
consideración la Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la
recepción de la Comunión eucarística por parte de fieles divorciados vueltos a
casar de la Congregación para la Doctrina de la Fe (14 de
septiembre de 1994) y la Declaración sobre la admisibilidad a la santa Comunión de
los divorciados vueltos a casar del Consejo Pontificio para los
Textos Legislativos (24 de junio de 2000).
124. (53) Algunos Padres sostuvieron que las
personas divorciadas y vueltas a casar o convivientes pueden recurrir
provechosamente a la comunión espiritual. Otros Padres se preguntaron por qué
entonces no pueden acceder a la comunión sacramental. Se requiere, por tanto,
una profundización de la temática que haga emerger la peculiaridad de las dos
formas y su conexión con la teología del matrimonio.
125. El camino eclesial de incorporación a Cristo, iniciado
con el Bautismo, también para los fieles divorciados y vueltos a casar
civilmente procede por grados a través de la conversión continua. En este
recorrido son diversas las modalidades con las que son invitados a conformar su
vida al Señor Jesús, que con su gracia los guarda en la comunión eclesial. Como
sugiere la Familiaris Consortio 84, entre estas formas
de participación se recomiendan la escucha de la Palabra de Dios, la
participación en la celebración eucarística, la perseverancia en la oración,
las obras de caridad, las iniciativas comunitarias en favor de la justicia, la
educación de los hijos en la fe, el espíritu de penitencia, todo ello sostenido
por la oración y el testimonio acogedor la Iglesia. Fruto de dicha participación
es la comunión del creyente con toda la comunidad, expresión de la inserción
real en el Cuerpo eclesial de Cristo. Por lo que concierne a la comunión
espiritual, hay que recordar que presupone la conversión y el estado de gracia
y que está enlazada con la comunión sacramental.
126. (54) Las intervenciones de los Padres
sinodales hicieron referencia a menudo a las problemáticas relativas a los
matrimonios mixtos. La diversidad de la disciplina matrimonial de las Iglesias
ortodoxas en algunos contextos plantea problemas acerca de los cuales es
necesario reflexionar en ámbito ecuménico. Análogamente para los matrimonios
interreligiosos será importante la contribución del diálogo con las religiones.
127. Los matrimonios mixtos y los matrimonios con
disparidad de culto presentan múltiples aspectos críticos que no tienen fácil
solución, no tanto a nivel normativo sino más bien a nivel pastoral. Véase, por
ejemplo, la problemática de la educación religiosa de los hijos; la
participación en la vida litúrgica del cónyuge, en el caso de matrimonios
mixtos con bautizados de otras confesiones cristianas; el hecho de compartir
experiencias espirituales con el cónyuge perteneciente a otra religión o
incluso no creyente en búsqueda. Por eso, haría falta elaborar un código de
buena conducta, de modo que ningún cónyuge sea un obstáculo al camino de fe del
otro. Para esto, a fin de afrontar de modo constructivo las diversidades en
orden a la fe, es necesario prestar particular atención a las personas que se
unen en tales matrimonios, no sólo en el período anterior a las nupcias.
128. Algunos sugieren que los matrimonios mixtos se
consideren entre los casos de “grave necesidad” en los cuales es posible a
bautizados fuera de la plena comunión con la Iglesia Católica, pero que
comparten con ella la fe en la Eucaristía, ser admitidos a la recepción de tal
sacramento en falta de los propios pastores (cfr. EdE, 45-46;
Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Directorio
para la Aplicación de los Principios y Normas sobre el Ecumenismo, 25 de
marzo de 1993, 122-128), teniendo en cuenta también los criterios
propios de la comunidad eclesial a la cual pertenecen.
129. La referencia que algunos hacen a la praxis
matrimonial de las Iglesias ortodoxas debe tener en cuenta la diversidad de
concepción teológica de las nupcias. En la Ortodoxia existe la tendencia a
relacionar la práctica de bendecir las segundas uniones con la noción de
“economía” (oikonomia), entendida como condescendencia pastoral respecto
a los matrimonios fracasados, sin poner en tela de juicio el ideal de la
monogamia absoluta, o sea la unicidad del matrimonio. Esta bendición es de por
sí una celebración penitencial para invocar la gracia del Espíritu Santo, a fin
de que sane la debilidad humana y lleve de nuevo a los penitentes a la comunión
con la Iglesia.
130. (55) Algunas familias viven la
experiencia de tener en su seno personas con orientación homosexual. Al
respecto, la Asamblea se interrogó sobre qué atención pastoral es oportuna
frente a esta situación, refiriéndose a lo que enseña la Iglesia: «No existe
ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas,
entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la
familia». No obstante, los hombres y mujeres con tendencias homosexuales deben
ser acogidos con respeto y delicadeza. «Se evitará, respecto a ellos, todo
signo de discriminación injusta» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento
legal de las uniones entre personas homosexuales, 4).
131. Se confirma que toda persona, independientemente de la
propia orientación sexual, debe ser respetada en su dignidad y acogida con
sensibilidad y delicadeza, tanto en la Iglesia como en la sociedad. Sería
deseable que los proyectos pastorales diocesanos reservaran una atención
específica al acompañamiento de las familias en las que viven personas con
orientación homosexual y de estas mismas personas.
132. (56) Es del todo inaceptable que los
Pastores de la Iglesia sufran presiones en esta materia y que los organismos
internacionales condicionen las ayudas financieras a los países pobres a la
introducción de leyes que instituyan el “matrimonio” entre personas del mismo
sexo.
Capítulo IV
Familia, procreación, educación
Familia, procreación, educación
133. (57) No es difícil constatar que se está
difundiendo una mentalidad que reduce la generación de la vida a una variable
de los proyectos individuales o de los cónyuges. Los factores de orden
económico ejercen un peso a veces determinante, contribuyendo a la fuerte
disminución de la natalidad que debilita el tejido social, compromete la
relación entre las generaciones y hace más incierta la mirada sobre el futuro.
La apertura a la vida es exigencia intrínseca del amor conyugal. En esta
perspectiva, la Iglesia sostiene a las familias que acogen, educan y rodean con
su afecto a los hijos diversamente hábiles.
134. Se señala que es preciso seguir divulgando los
documentos del Magisterio de la Iglesia que promueven la cultura de la vida
frente a la cultura de muerte, cada vez más extendida. Se hace hincapié en la
importancia de algunos centros que investigan sobre la fertilidad y la esterilidad
humana, los cuales favorecen el diálogo entre especialistas de bioética
católicos y científicos de las tecnologías biomédicas. La pastoral familiar
debería tratar que los especialistas católicos en materia biomédica
participaran más en los cursos de preparación al matrimonio y en el
acompañamiento de los cónyuges.
135. Urge que los cristianos comprometidos en política
promuevan opciones legislativas adecuadas y responsables en orden a la
promoción y a la defensa de la vida. Al igual que la voz de la Iglesia se hace
oír a nivel sociopolítico sobre estos temas, es necesario que se multipliquen
los esfuerzos por entrar en concertación con los organismos internacionales y
en las instancias de toma de decisiones políticas, a fin de promover el respeto
de la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural, dedicando
especial cuidado a las familias con hijos diversamente hábiles.
136. (58) También en este ámbito es necesario
partir de la escucha de las personas y dar razón de la belleza y de la verdad
de una apertura incondicional a la vida, necesaria para que el amor humano sea
vivido en plenitud. Sobre esta base puede apoyarse una enseñanza adecuada sobre
los métodos naturales para la procreación responsable. Dicha enseñanza ayuda a
vivir de manera armoniosa y consciente la comunión entre los cónyuges, en todas
sus dimensiones, junto a la responsabilidad generativa. Es preciso redescubrir
el mensaje de la Encíclica Humanae Vitae de Pablo VI, que hace hincapié
en la necesidad de respetar la dignidad de la persona en la valoración moral de
los métodos de regulación de la natalidad. La adopción de niños, huérfanos y
abandonados, acogidos como hijos propios, es una forma específica de apostolado
familiar (cfr. AA, 11), repetidamente recordada y alentada por el
magisterio (cfr. FC, 41; EV, 93). La opción de la adopción y de
la acogida expresa una fecundidad particular de la experiencia conyugal, no
sólo cuando se ve marcada por la esterilidad. Esta opción es signo elocuente
del amor familiar, ocasión para testimoniar la propia fe y devolver dignidad
filial a quien ha sido privado de ella.
137. Teniendo presente la riqueza de sabiduría contenida en
la Humanae Vitae, en relación a las cuestiones
tratadas en el documento, surgen dos polos que deben ser constantemente
conjugados. Por una parte, el papel de la conciencia entendida como voz de Dios
que resuena en el corazón del hombre educado a escucharla; por otra, la
indicación moral objetiva, que impide considerar la procreación una realidad
sobre la cual decidir arbitrariamente, prescindiendo del designio divino sobre
la procreación humana. Cuando prevalece la referencia al polo subjetivo, es
fácil caer en opciones egoístas; en el otro caso, se percibe la norma moral
como un peso insoportable, que no responde a las exigencias y a las
posibilidades de la persona. La combinación de los dos aspectos, vivida con el
acompañamiento de un director espiritual competente, ayudará a los cónyuges a
escoger opciones plenamente humanizadoras y conformes a la voluntad del Señor.
138. Para dar una familia a tantos niños abandonados,
muchos han pedido resaltar más la importancia de la adopción y de la acogida.
Al respecto se pone de relieve la necesidad de afirmar que la educación de un
hijo debe basarse en la diferencia sexual, así como la procreación. Por tanto,
también ésta tiene su fundamento en el amor conyugal entre un hombre y una
mujer, que constituye la base indispensable para la formación integral del
niño.
Frente a situaciones en las que el hijo es querido a
veces “para sí mismos” y en cualquier modo —como si fuese una prolongación de
los propios deseos—, la adopción y la acogida entendidas correctamente muestran
un aspecto importante del ser padres y del ser hijos, en cuanto ayudan a reconocer
que los hijos, tanto naturales como adoptados o acogidos, son “otro respecto a
mí” y hace falta recibirlos, amarlos, hacerse cargo de ellos y no sólo
“traerlos al mundo”.
Partiendo de estos presupuestos, es preciso valorar y
profundizar la realidad de la adopción y de la acogida, incluso en el ámbito de
la teología del matrimonio y de la familia.
139. (59) Es necesario ayudar a vivir la
afectividad, también en el vínculo conyugal, como un camino de maduración, siempre
en la más profunda acogida del otro y en una entrega cada vez más plena. En ese
sentido, cabe subrayar la necesidad de ofrecer itinerarios formativos que
alimenten la vida conyugal y la importancia de un laicado que ofrezca un
acompañamiento a partir de un testimonio vivo. Es de gran ayuda el ejemplo de
un amor fiel y profundo lleno de ternura y respeto, capaz de crecer en el
tiempo y que en su apertura concreta a la generación de la vida haga
experiencia de un misterio que nos trasciende.
140. La vida es don de Dios y misterio que nos trasciende.
Por esto, de ningún modo se deben “descartar” sus inicios y su etapa final. Al
contrario, es necesario asegurar a estas fases una especial atención. Hoy, con
demasiada facilidad «se considera al ser humano en sí mismo como un bien de
consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del
“descarte” que, además, se promueve» (EG, 53). Al respecto, es tarea de
la familia, sostenida por toda la sociedad, acoger la vida naciente y hacerse
cargo de su última fase.
141. Respecto al drama del aborto, la Iglesia ante todo
afirma el carácter sagrado e inviolable de la vida humana y se compromete
concretamente en favor de ésta. Gracias a sus instituciones, ofrece
asesoramiento a las embarazadas, sostiene a las madres solteras, asiste a los
niños abandonados, está cerca de quienes han sufrido el aborto. A quienes
trabajan en las estructuras sanitarias se recuerda la obligación moral de la
objeción de conciencia.
Del mismo modo, la Iglesia no sólo siente la urgencia
de afirmar el derecho a la muerte natural, evitando el ensañamiento terapéutico
y la eutanasia, sino que también se hace cargo de los ancianos, protege a las
personas con discapacidad, asiste a los enfermos terminales, consuela a los
moribundos.
142. (60) Uno de los desafíos fundamentales
frente al que se encuentran las familias de hoy es seguramente el desafío
educativo, todavía más arduo y complejo a causa de la realidad cultural actual
y de la gran influencia de los medios de comunicación. Hay que tener en debida
cuenta las exigencias y expectativas de familias capaces de ser en la vida
cotidiana, lugares de crecimiento, de concreta y esencial transmisión de las
virtudes que dan forma a la existencia. Esto indica que los padres puedan
elegir libremente el tipo de educación que dar a sus hijos según sus
convicciones.
143. Existe unánime consenso a la hora de afirmar que la
primera escuela de educación es la familia y que la comunidad cristiana
representa un apoyo y una integración de esta insustituible función formativa.
Desde muchas partes, se considera necesario individuar espacios y momentos de
encuentro para alentar la formación de los padres y la puesta en común de experiencias
entre familias. Es importante que los padres participen activamente en los
itinerarios de preparación a los sacramentos de la iniciación cristiana, en
calidad de primeros educadores y testigos de fe para sus hijos.
144. En las diversas culturas, los adultos de la familia
conservan una función educativa insustituible. Sin embargo, en muchos
contextos, estamos asistiendo a un progresivo debilitamiento del rol educativo
de los padres, con motivo de una presencia invasiva de los medios de comunicación
dentro de la esfera familiar, además que por la tendencia a delegar a otros
sujetos este tarea. Se requiere que la Iglesia aliente y sostenga a las
familias en su obra de participación atenta y responsable respecto a los
programas escolares y educativos que atañen a sus hijos.
145. (61) La Iglesia desempeña un rol precioso
de apoyo a las familias, partiendo de la iniciación cristiana, a través de
comunidades acogedoras. Se le pide, hoy más que nunca, tanto en las situaciones
complejas como en las ordinarias, que sostenga a los padres en su empeño
educativo, acompañando a los niños, muchachos y jóvenes en su crecimiento
mediante itinerarios personalizados, que introduzcan al sentido pleno de la
vida y susciten decisiones y responsabilidad, vividas a la luz del Evangelio.
María, en su ternura, misericordia, sensibilidad materna puede alimentar el
hambre de humanidad y vida; por eso la invocan las familias y el pueblo
cristiano. La pastoral y una devoción mariana son un punto de partida oportuno
para anunciar el Evangelio de la familia.
146. Pertenece a la familia cristiana el deber de
transmitir la fe a los hijos, fundado sobre el compromiso asumido en la
celebración del matrimonio. Este se debe poner en práctica a lo largo de la
vida familiar con el apoyo de la comunidad cristiana. De modo particular, las
circunstancias de la preparación de los hijos a los sacramentos de la
iniciación cristiana son preciosas ocasiones para redescubrir la fe de parte de
los padres, que vuelven al fundamento de su vocación cristiana, reconociendo en
Dios la fuente de su amor, que Él consagró con el sacramento nupcial.
El papel de los abuelos en la transmisión de la fe y
de las prácticas religiosas no se debe olvidar: son apóstoles insustituibles en
las familias, con el consejo sabio, la oración y el buen ejemplo. Mediante la
participación en la liturgia dominical, la escucha de la Palabra de Dios, la
frecuencia en los sacramentos y la caridad vivida los padres darán testimonio
claro y creíble de Cristo a sus hijos.
147. El presente “Instrumentum Laboris” es el fruto del
camino intersinodal nacido de la creatividad pastoral del Papa Francisco,
quien, en coincidencia con el quincuagésimo aniversario de la clausura del
Concilio Vaticano II y de la institución del Sínodo de los Obispos de parte del
Beato Pablo VI, convocó a distancia de un año dos diversas Asambleas sinodales
sobre el mismo tema. La III Asamblea General Extraordinaria de otoño de 2014
ayudó a la Iglesia entera a concentrarse en “Los desafíos pastorales de la
familia en el contexto de la evangelización”, mientras que la XIV Asamblea
General Ordinaria, en programa para octubre de 2015, será llamada a reflexionar
sobre “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo
contemporáneo”. Además no hay que olvidar que la celebración del próximo Sínodo
se sitúa en la luz del Jubileo Extraordinario de la Misericordia convocado por
el Papa Francisco, que comenzará el 8 de diciembre de 2015.
También en este caso el gran número de aportaciones
llegadas a la Secretaría General del Sínodo de los Obispos ha demostrado el
extraordinario interés y la activa participación de todos los componentes del
Pueblo de Dios. Aunque la síntesis propuesta no llegue a manifestar plenamente
la riqueza del material proveniente de cada continente, el texto es capaz de
ofrecer un panorama fiable de la percepción y de las esperanzas de toda la
Iglesia sobre el tema decisivo de la familia.
Ponemos los trabajos de la próxima Asamblea sinodal
bajo la protección de la Santa Familia de Nazaret que «nos compromete a
redescubrir la vocación y la misión de la familia» (Francisco, Audiencia general, 17 de diciembre de 2014).
Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
que el próximo Sínodo de los Obispos
haga tomar conciencia a todos
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
escuchad, acoged nuestra súplica.
AA
|
Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem (18 de noviembre
de 1965)
|
|
AG
|
Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Ad Gentes (7 de diciembre de 1965)
|
|
CCC
|
Catecismo de la Iglesia Católica (15 de agosto de 1997)
|
|
CiV
|
Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in Veritate (29 de junio de 2009)
|
|
DC
|
Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Instrucción Dignitas Connubii (25 de enero de 2005)
|
|
DCE
|
Benedicto XVI, Carta Encíclica Deus Caritas Est (25 de diciembre de 2005)
|
|
DeV
|
San Juan Pablo II, Carta Encíclica Dominum et Vivificantem (18 de mayo de
1986)
|
|
GS
|
Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudium et Spes (7 de diciembre de 1965)
|
|
EdE
|
San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (17 de abril de
2003)
|
|
EG
|
Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (24 de noviembre de 2013)
|
|
EN
|
Beato Pablo VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (8 de diciembre de
1975)
|
|
FC
|
San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio (22 de noviembre de
1981)
|
|
IL
|
III Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la
evangelización. Instrumentum Laboris (24 de junio de 2014)
|
|
LF
|
Francisco, Carta Encíclica Lumen Fidei (29 de junio de 2013)
|
|
LG
|
Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución Dogmática Lumen Gentium (21 de noviembre de 1964)
|
|
MV
|
Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11 de abril de 2015)
|
|
NA
|
Concilio Ecuménico Vaticano II, Decreto Nostra Aetate (28 de octubre de 1965)
|
|
NMI
|
San Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte (6 de enero de 2001)
|
|
RM
|
S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio (7 de diciembre de 1990)
|
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