viernes, 14 de octubre de 2022

LA ORACIÓN INCESANTE


 

Monseñor Héctor Aguer 

 

Infocatólica, 11-10-22

 

En varias Cartas de San Pablo, hacia el final del texto, antes de los saludos y de la despedida, el Apóstol consigna algunas breves indicaciones u órdenes. En la Primera Carta a los Tesalonicenses encontramos un versículo que contiene sólo dos palabras: «oren incesantemente» (adialeiptōs proseuchesthe, 1 Tes 5, 17). En otra Carta aparece el mismo tema: se trata de perseverar con constancia, con toda constancia (Ef 6,18) en la oración y en la súplica en todo tiempo, velando, con el espíritu alerta. También en la Carta a los Romanos exhorta a insistir en la oración (Rom 12, 12). Podemos pensar que, según la espiritualidad paulina, el cristiano ha de encontrarse en una especie de cara a cara con Dios, bajo la acción del Espíritu Santo, que inspira esta oración. Pero cómo puede ser esto, ¿cómo se compagina ese estado con la acción ordinaria, con las múltiples ocupaciones de la vida?

La dificultad ha sido abordada diversamente por los Padres de la Iglesia en sus sermones, cartas, o en sus tratados «Sobre la oración» (Perí eujès). Por otra parte, contamos con una instrucción directa de Jesús, que forma parte del Sermón de la Montaña: orar en secreto, en el propio cuarto (Mt 6, 6), con la puerta cerrada, a solas con el Padre, que ve en lo secreto, y sin palabrería (Mt 6, 7). En este contexto Jesús transmite la fórmula por excelencia de la oración cristiana, el Padrenuestro. Según el Evangelio de Lucas, la redacción del Padrenuestro es más breve, y va precedida de la indicación: «cuando oren, digan…» (Lc 1, 2). La perseverancia o insistencia en la oración es ilustrada mediante la parábola del amigo importuno, que consigue lo que pretende gracias a esa molesta insistencia (Lc. 11, 8).

 

Si la oración, de acuerdo con la etimología (de os-oris, boca) es concebida sin más como vocal, como rezo, el problema no tiene solución; es imposible que sea incesante, la pausa sería necesaria para respirar en algún momento. La inteligencia se pone en ejercicio, obviamente al orar, a no ser que la oración se produzca «en lenguas», como un balbuceo que excluye el concepto y sólo conserva una atención general a Dios. Aún así, es difícil sostener que pueda ser incesante, sine intermissione (1 Tes 5,17).

 

San Agustín se planteó agudamente el problema: ¿cómo es posible orar sin cesar? ¿Qué sentido hemos de otorgar a la exhortación u orden del Apóstol? El Obispo de Hipona trata ampliamente de la oración en su Carta a la matrona Proba; ese texto es su Tratado sobre oración, en el que toma en cuenta el intento de Orígenes en su Perí eujès. La respuesta implica un tránsito de la inteligencia a la voluntad, del verbo al deseo. Corresponde, ante todo, afirmar que para Agustín la oración no es una ocupación lateral, sino el ejercicio de lo esencial en la vida cristiana. Lo continuo, lo incesante es el deseo, pero el contenido es la vida teologal.

Oramos por la fe, la esperanza y la caridad, sustancia de la relación del cristiano con Dios; no sólo actos sino hábitos sobrenaturales que llenan el deseo del hombre, lo continuo es el deseo, el deseo de Dios expresado con toda el alma mediante la fe (conocimiento de amor), la esperanza (expectación del Cielo) y la caridad, la agápē por la que se cumple el primer Mandamiento (benevolencia, amistad con quien es el Creador y el Redentor). La fórmula agustiniana reza: fide, spe et caritate, semper oramus, continuato desiderio; «por la fe, a la esperanza y la caridad, con el deseo continuo, estamos orando siempre». El semper equivale al adialeiptōs proseuchesthe de 1 Tes 5, 17. Vale también por la insistencia del amigo importuno (Lc 11, 8); y por el otro término que expresa la Carta a los Romanos 12, 12 el mismo sentimiento, la misma actitud que es persistir, proskarterountes.

 

La tradición occidental destaca especialmente la centralidad del Padrenuestro. El discípulo que pide ser instruido en la oración (enséñanos, didaxon, Lc. 11, 1) interviene al contemplar a Jesús que ha terminado de hablar con el Padre y hace una pausa, y alude a la enseñanza del Bautista a sus discípulos. En los dos casos, la súplica a Jesús y el ejemplo de Juan, hay una referencia al discipulado. No me parece arbitrario deducir que aprender a orar, enseñar a orar, constituye un rasgo central del discipulado. Históricamente ha sido así en toda época, lo cual nos permite identificar escuelas de oración. Y tal preocupación y actividad valen para hoy, cuando la Iglesia se dispersa en ocupaciones variadísimas, intentando satisfacer las necesidades del hombre en el mundo complejo en que vivimos. ¡Que no descuide enseñar a la gente a orar, a dirigirse a Dios! El Padrenuestro es introducido como la manera adecuada del trato con quien ya sabe qué necesitamos (Mt. 6, 9), con el que da el Espíritu Santo (Lc. 11, 13): «ustedes oren así» (Mt. 6, 9); «cuando oren, digan» (Lc. 11, 1). Esta circunstancia explica que los tratados sobre la oración incluyan, por lo general, un comentario al Padrenuestro.

 

La tradición oriental también ha procurado resolver la cuestión de la oración incesante. Me limito a la respuesta que se halla en los «Relatos de un peregrino ruso a su padre espiritual». El peregrino lleva en su morral una Biblia, un ejemplar de la Filocalia de los Padres Népticos, y un trozo de pan duro. Filocalia es «amor a la Belleza», una colección de textos espirituales que señalan el camino para el encuentro con Dios. La oración se pronuncia con los labios, pero el ideal que se busca es que descienda al corazón. Es la oración que por su carácter incesante acaba acompasándose a los latidos del corazón. Se la llama, precisamente, oración del corazón. La fórmula es una especie de Kyrie eleison: «Señor, ten piedad», que ha de repetirse con palabras hasta que sea posible prescindir de ellas porque ya no se la necesita. Existe una versión más plena: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, apiádate de mí, pecador». Destaco el valor teológico de esta plegaria.

La primera parte, la invocación del Nombre de Jesús, es un acto de fe en la Trinidad, y de adoración de la misma; Jesucristo (Jesús Mesías) es el Hijo, el Verbo Encarnado. La segunda parte, la súplica de perdón, implica la profesión de fe en el misterio de la Redención. Jesús es quien perdona los pecados del mundo en virtud de su sacrificio expiatorio. «Yo, pecador», declara quien ora; este gesto de humildad equivale a ponerse totalmente en manos del Señor.

 

Sin exagerar, se puede sostener que toda la revelación cristiana se resume en la «oración del corazón». Encontramos en esta actualización de la oración incesante lo que análogamente podemos reconocer en la repetición del Padrenuestro: «ustedes oren así...» La difusión de este modo de hablar descoloca la complejidad, muchas veces de sabor racionalista, que en los últimos siglos ha afectado a la espiritualidad católica.

 

¿Cómo debe la Iglesia hablar de Dios en la cultura actual? Antes del cómo está el hecho, la necesidad de que la Iglesia Católica hable de Dios. En mi opinión no lo hace -digamos, al menos- suficientemente. La abruma la preocupación por las penosas situaciones que afligen a los hombres, esta preocupación la lleva a ocuparse prioritariamente de estas cuestiones. ¿Quién hablará a los hombres de Dios y del destino eterno que les aguarda? ¿Nuestros hermanos cristianos de las Iglesias Evangélicas? Aquí, en la Argentina lo hacen, se hacen oír en los medios de comunicación. No veo que sea esa una actividad en la que se empeñe el clero católico, comenzando por el Episcopado.

Me permito recurrir a un argumento simplista: habría que pensar que los graves problemas personales, familiares y sociales podrían ser iluminados y orientados desde Dios y la sabiduría expresada en la ley natural y los mandamientos de la Torá hebrea; asumidos y profundizados por Jesús en el Sermón de la Montaña. Y no se debe ignorar la necesidad de la gracia, no sólo para encaminarse a la salvación eterna, sino para estar en condiciones de vivir de acuerdo con la auténtica dignidad humana. En la Sagrada Escritura, concretamente en el Antiguo Testamento (en los libros históricos, en las terribles críticas y amenazas de los Profetas, en el ideal de vida personal y comunitaria propuestos en los Libros Sapienciales) aparece bien claro que el alejamiento de Dios, y el olvido de su primacía indiscutible, son la causa principal de la desorientación y el extravío de los pueblos.

 En su magnífica obra de Jesús de Nazaret, Benedicto XVI ha escrito mejor que yo lo que he deseado explicar en los últimos párrafos: «Sólo al partir de Dios se puede comprender al hombre, y sólo si él vive en relación con Dios, su vida llega a ser justa. Pero Dios no es un lejano desconocido... Si ser hombre significa esencialmente relación con Dios, es claro entonces que el hablar con Dios y el escuchar a Dios forma parte de esa relación».

 

El asunto que he tratado no reduce su importancia y centralidad al lugar que ha de ocupar en la doctrina ascética y mística, sino que resulta de máxima actualidad e interés pastoral. Volver a introducir el problema de Dios en la cultura secularizada que lo excluye, o le atribuye un mínimo valor individualístico. Basta una referencia concreta acerca de la virtualidad pastoral y misionera de la difusión del Padrenuestro. El hombre de hoy no es capaz de advertir espontáneamente la riqueza y la consolación que se encierran en la apelación de Padre, dirigida a Dios. En el orden humano, con la alteración de la estructura natural de la familia, la experiencia del padre o ha desaparecido casi por completo, o es manifiestamente insuficiente. Han de valorarse en este contexto, como muy positivos, los «Rosarios de Hombres», que se vienen rezando en distintas partes del mundo -como lo hicimos, por ejemplo, el último sábado 8, en Buenos Aires, y en diversas ciudades del planeta-; y que tienen, entre sus objetivos, el rescate de la figura del varón, y de la auténtica masculinidad. La plena superación del ateísmo (sea este afirmado con énfasis militante, o simplemente identificado con el olvido y la inadvertencia acerca de la existencia del Creador) sólo queda asegurada cuando se reconoce a Dios como Padre, y se aprende a llamarlo así.

martes, 11 de octubre de 2022

TREINTA AÑOS DEL CATECISMO

 

CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

FIDEI DEPOSITUM


DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

PARA LA PUBLICACIÓN DEL CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA,

REDACTADO DESPUÉS DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II

 

 

A los Venerables Hermanos

Cardenales, Arzobispos, Obispos, Presbíteros, Diáconos

y a todos los miembros del Pueblo de Dios

 

JUAN PABLO II, OBISPO,

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

PARA PERPETUA MEMORIA

 

1. INTRODUCCIÓN

 

Guardar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia y que ella realiza en todo tiempo. El concilio ecuménico Vaticano II, inaugurado solemnemente hace treinta años por nuestro predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, tenía como intención y finalidad poner de manifiesto la misión apostólica y pastoral de la Iglesia, a fin de que el resplandor de la verdad evangélica llevara a todos los hombres a buscar y aceptar el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento (cf. Ef 3, 19).

 

A ese Concilio el Papa Juan XXIII había asignado como tarea principal custodiar y explicar mejor el precioso depósito de la doctrina católica, para hacerlo más accesible a los fieles y a todos los hombres de buena voluntad. Por consiguiente, el Concilio no tenía como misión primaria condenar los errores de la época, sino que debía ante todo esforzarse serenamente por mostrar la fuerza y la belleza de la doctrina de la fe. "Iluminada por la luz de este Concilio -decía el Papa-, la Iglesia crecerá con riquezas espirituales y, sacando de él nueva energía y nuevas fuerzas, mirará intrépida al futuro... A nosotros nos corresponde dedicarnos con empeño, y sin temor, a la obra que exige nuestra época, prosiguiendo así el camino que la Iglesia ha recorrido desde hace casi veinte siglos" [1].

 

Con la ayuda de Dios, los padres conciliares, en cuatro años de trabajo, pudieron elaborar y ofrecer a toda la Iglesia un notable conjunto de exposiciones doctrinales y directrices pastorales. Pastores y fieles encuentran en él orientaciones para llevar a cabo aquella "renovación de pensamientos y actividades, de costumbres y virtudes morales, de gozo y esperanza, que era un deseo ardiente del Concilio" [2].

 

Después de su conclusión, el Concilio no ha cesado de inspirar la vida de la Iglesia. En 1985 quise señalar: "Para mí, que tuve la gracia especial de participar y colaborar activamente en su desenvolvimiento, el Vaticano II ha sido siempre, y es de modo particular en estos años de mi pontificado, el punto de referencia constante de toda mi acción pastoral, con el compromiso responsable de traducir sus directrices en aplicación concreta y fiel, a nivel de cada Iglesia y de toda la Iglesia. Hay que acudir incesantemente a esa fuente" [3]

 

Con esa intención, el 25 de enero de 1985 convoqué una asamblea extraordinaria del Sínodo de los obispos, con ocasión del vigésimo aniversario de la clausura del Concilio. Objetivo de esa asamblea era dar gracias y celebrar los frutos espirituales del concilio Vaticano II, profundizar su enseñanza para lograr una mayor adhesión a la misma y difundir su conocimiento y aplicación.

 

En esa circunstancia, los padres sinodales afirmaron: "Son numerosos los que han expresado el deseo de que se elabore un catecismo o compendio de toda la doctrina católica, tanto en materia de fe como de moral, para que sirva casi como punto de referencia para los catecismos o compendios que se preparan en las diversas regiones. La presentación de la doctrina debe ser bíblica y litúrgica, y ha de ofrecer una doctrina sana y adaptada a la vida actual de los cristianos" [4]. Después de la clausura del Sínodo, hice mío ese deseo, al considerar que respondía "realmente a las necesidades de la Iglesia universal y de las Iglesias particulares" [5].

 

Por ello, damos gracias de todo corazón al Señor este día en que podemos ofrecer a toda la Iglesia, con el título de Catecismo de la Iglesia católica, este "texto de referencia" para una catequesis renovada en las fuentes vivas de la fe.

 

Tras la renovación de la Liturgia y la nueva codificación del Derecho canónico de la Iglesia latina y de los cánones de las Iglesias orientales católicas, este Catecismo contribuirá en gran medida a la obra de renovación de toda la vida eclesial, que quiso y comenzó el concilio Vaticano II.

 

2. ITINERARIO Y ESPÍRITU DE LA REDACCIÓN DEL TEXTO

 

El Catecismo de la Iglesia católica es fruto de una amplísima cooperación: ha sido elaborado en seis años de intenso trabajo, llevado a cabo con gran apertura de espíritu y con celo ardiente.

 

El año 1986 confié a una Comisión de doce cardenales y obispos, presidida por el cardenal Joseph Ratzinger, el encargo de preparar un proyecto del catecismo solicitado por los padres del Sínodo. Un Comité de siete obispos diocesanos, expertos en teología y catequesis, colaboró con la Comisión en ese trabajo.

 

La Comisión, encargada de dar las directrices y vigilar el desarrollo de los trabajos, siguió atentamente todas las etapas de la elaboración de las nueve redacciones sucesivas del texto.

 

El Comité de redacción, por su parte, asumió la responsabilidad de escribir el texto, aportar las modificaciones solicitadas por la Comisión y examinar las observaciones de numerosos teólogos, de exegetas, de expertos en catequesis, de institutos y, sobre todo, de los obispos del mundo entero, con el fin de mejorar el texto. El Comité fue una fuente de fructuosos intercambios de opiniones y de enriquecimiento de ideas para asegurar la unidad y homogeneidad del texto.

 

El proyecto fue sometido a una vasta consulta de todos los obispos católicos, de sus Conferencias episcopales o de sus Sínodos, así como de los institutos de teología y catequética.

 

En su conjunto, ha tenido una aceptación muy favorable por parte del Episcopado. Se puede afirmar que este Catecismo es el fruto de una colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica, que acogió con generosidad mi invitación a asumir su parte de responsabilidad en esta iniciativa que atañe de cerca a la vida eclesial. Esa respuesta suscita en mí un sentimiento profundo de alegría, pues la coincidencia de tantos votos manifiesta de verdad una cierta «sinfonía» de la fe. La elaboración de este Catecismo muestra, además, la naturaleza colegial del Episcopado: atestigua la catolicidad de la Iglesia.

 

3. DISTRIBUCIÓN DE LA MATERIA

 

Un catecismo debe presentar con fidelidad y de modo orgánico la doctrina de la sagrada Escritura, de la Tradición viva de la Iglesia, del Magisterio auténtico, así como de la herencia espiritual de los Padres, y de los santos y santas de la Iglesia, para dar a conocer mejor los misterios cristianos y afianzar la fe del pueblo de Dios. Asimismo, debe tener en cuenta las declaraciones doctrinales que en el decurso de los tiempos el Espíritu Santo ha inspirado a la Iglesia. Y es preciso que ayude también a iluminar con la luz de la fe las situaciones nuevas y los problemas que en otras épocas no se habían planteado aún.

 

Así pues, el Catecismo ha de presentar lo nuevo y lo viejo (cf. Mt 13, 52), dado que la fe es siempre la misma y, a la vez, es fuente de luces siempre nuevas.

 

Para responder a esa doble exigencia, el Catecismo de la Iglesia católica, por una parte, toma la estructura "antigua", tradicional, ya utilizada por el catecismo de san Pío V, distribuyendo el contenido en cuatro partes: Credo; sagrada Liturgia, con los sacramentos en primer lugar; el obrar cristiano, expuesto a partir del Decálogo; y, por último, la oración cristiana. Con todo, al mismo tiempo, el contenido se expresa a menudo de un modo "nuevo", para responder a los interrogantes de nuestra época.

 

Las cuatro partes están relacionadas entre sí: el misterio cristiano es el objeto de la fe (primera parte); ese misterio es celebrado y comunicado en las acciones litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar (tercera parte); inspira nuestra oración, cuya expresión principal es el "Padre nuestro", y constituye el objeto de nuestra súplica, nuestra alabanza y nuestra intercesión (cuarta parte).

 

La liturgia es en sí misma oración; la confesión de la fe encuentra su lugar propio en la celebración del culto. La gracia, fruto de los sacramentos, es la condición insustituible del obrar cristiano, del mismo modo que la participación en la liturgia de la Iglesia exige la fe. Si la fe carece de obras, es fe muerta (cf. St 2, 14-26) y no puede producir frutos de vida eterna.

 

Leyendo el Catecismo de la Iglesia católica, podemos apreciar la admirable unidad del misterio de Dios y de su voluntad salvífica, así como el puesto central que ocupa Jesucristo, Hijo unigénito de Dios, enviado por el Padre, hecho hombre en el seno de la bienaventurada Virgen María por obra del Espíritu Santo, para ser nuestro Salvador. Muerto y resucitado, está siempre presente en su Iglesia, de manera especial en los sacramentos. Él es la verdadera fuente de la fe, el modelo del obrar cristiano y el Maestro de nuestra oración.

 

4. VALOR DOCTRINAL DEL TEXTO

 

El Catecismo de la Iglesia católica, que aprobé el día 25 del pasado mes de junio y que hoy dispongo publicar en virtud de mi autoridad apostólica, es una exposición de la fe de la Iglesia y de la doctrina católica, comprobada o iluminada por la sagrada Escritura, la Tradición apostólica y el Magisterio de la Iglesia. Yo lo considero un instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial, y una regla segura para la enseñanza de la fe. Ojalá sirva para la renovación a la que el Espíritu Santo incesantemente invita a la Iglesia de Dios, cuerpo de Cristo, peregrina hacia la luz sin sombras del Reino.

 

La aprobación y la publicación del Catecismo de la Iglesia católica constituyen un servicio que el Sucesor de Pedro quiere prestar a la santa Iglesia católica, a todas las Iglesias particulares que están en paz y comunión con la Sede Apostólica de Roma: es decir, el servicio de sostener y confirmar la fe de todos los discípulos del Señor Jesús (cf. Lc 22, 32), así como fortalecer los lazos de unidad en la misma fe apostólica.

 

Pido, por consiguiente, a los pastores de la Iglesia, y a los fieles, que acojan este Catecismo con espíritu de comunión y lo usen asiduamente en el cumplimiento de su misión de anunciar la fe y de invitar a la vida evangélica. Este Catecismo se les entrega para que les sirva como texto de referencia seguro y auténtico para la enseñanza de la doctrina católica, y sobre todo para la elaboración de los catecismos locales. Se ofrece, también, a todos los fieles que quieran conocer más a fondo las riquezas inagotables de la salvación (cf. Jn 8, 32). Quiere proporcionar una ayuda a los trabajos ecuménicos animados por el santo deseo de promover la unidad de todos los cristianos, mostrando con esmero el contenido y la coherencia admirable de la fe católica. El Catecismo de la Iglesia católica se ofrece, por último, a todo hombre que nos pida razón de la esperanza que hay en nosotros (cf. 1 P 3, 15) y que desee conocer lo que cree la Iglesia católica.

 

Este Catecismo no está destinado a sustituir los catecismos locales aprobados por las autoridades eclesiásticas, los obispos diocesanos o las Conferencias episcopales, sobre todo si han recibido la aprobación de la Sede Apostólica. Está destinado a favorecer y ayudar la redacción de los nuevos catecismos de cada nación, teniendo en cuenta las diversas situaciones y culturas, pero conservando con esmero la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica.

 

5. CONCLUSIÓN

 

Al concluir este documento, que presenta el Catecismo de la Iglesia católica, pido a la santísima Virgen María, Madre del Verbo encarnado y Madre de la Iglesia, que sostenga con su poderosa intercesión el trabajo catequístico de toda la Iglesia en todos sus niveles, en este tiempo en que está llamada a realizar un nuevo esfuerzo de evangelización. Ojalá que la luz de la fe verdadera libere a los hombres de la ignorancia y de la esclavitud del pecado, para conducirlos a la única libertad digna de este nombre (cf. Jn 8, 32), es decir, a la vida en Jesucristo, bajo la guía del Espíritu Santo, aquí en la tierra y en el reino de los cielos, en la plenitud de la felicidad de la contemplación de Dios cara a cara (cf. 1 Co 13, 12; 2 Co 5, 6-8).

 

Dado en Roma, el día 11 de octubre de 1992, trigésimo aniversario de la apertura del concilio ecuménico Vaticano II, décimo cuarto año de pontificado.

 

IOANNES PAULUS PP. II

 

 

[1] Juan XXIII, Discurso de apertura del concilio ecuménico Vaticano II, 11 de octubre de 1962: AAS 54 (1962), pp. 788-791.

 

[2] Pablo VI, Discurso de clausura del concilio ecuménico Vaticano II, 8 de diciembre de 1965: AAS 58 (1966), pp. 7-8.

 

[3] Juan Pablo II, Homilía del 25 de enero de 1985, cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 3 de febrero de 1985, p. 12).

 

[4] Relación final del Sínodo extraordinario, 7 de diciembre de 1985, II, B, a, n. 4; Enchiridion Vaticanum, vol. 9, p. 1.758, n. 1.797.

 

[5] Juan Pablo II, Discurso en la sesión de clausura de la II Asamblea general extraordinaria del Sínodo de los obispos, 7 de diciembre de 1985; AAS 78 (1986), p. 435; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 15 de diciembre de 1985, p. 11.

MALVINAS

 


 y una reparación histórica

 

POR JORGE MARTÍNEZ

 

La Prensa, 09.10.2022

 

Aunque cada vez se investiga más sobre la gesta de Malvinas, todavía persisten notables vacíos historiográficos. Con la intención de llenar uno de ellos, Sebastián Sánchez escribió El altar y la guerra (Argentinidad), libro de reciente publicación en el que reconstruye el papel que desempeñaron los 21 capellanes movilizados durante la guerra de 1982.

 

Prologada por Nicolás Kasanzew, es la obra seria y documentada de un historiador católico y patriota que reconoce la actuación de la Providencia en la historia humana, y que discierne en la guerra de Malvinas “un acontecimiento trascendente que siguió una línea de continuidad y necesidad, de auténtica coherencia, con el pasado y el talante tradicional argentinos”.

 

Profesor y doctor en historia, autor de otros cuatro libros y colaborador frecuente de este suplemento, Sánchez (Lomas de Zamora, 1968) quiso cumplir un acto de reparación con estos religiosos que corrieron el mismo destino que el resto de los veteranos: se los olvidó por corrección política, y para no recordar que la Iglesia “contribuyó a través de sus sacerdotes en la concreción de una guerra justa”. En las líneas que siguen se reproducen sus respuestas al cuestionario escrito que le acercó este diario.

 

- ¿Cuándo empezó a bosquejar el libro y qué razones lo empujaron a acometer la tarea?

 

- En 2017 comencé la tarea de reunión de fuentes, bibliografía y testimonios; pero la redacción hace unos tres años, con cierto impulso durante los tiempos de la malhadada gestión pandémica. Varias razones me movieron a escribir este libro. En principio, la intención de aportar un grano de arena a la historiografía sobre Malvinas, lo cual era para mí una deuda antigua. Por otro lado, el advertir que sobre los capellanes de la Gesta poco y nada se había escrito, más allá de menciones acotadas. Se trata de un vacío a llenar, en principio por estricta justicia, y es lo que he procurado con este libro.

 

­LA PROVIDENCIA­

 

­- Al comienzo de la obra se aclara que ha sido emprendida por un historiador católico. ¿Qué significa en estos días formular esa definición y por qué cree conveniente expresarla?

 

- Le cuento una confidencia. Este es mi quinto libro, pero es la primera vez que me autodenomino “historiador”. Es que cuando uno conoce la obra medular de los grandes historiógrafos, no puede menos que manifestar cierto pudor al equiparse con ellos. Hoy parece que basta con el título de profesor de historia o de filosofía para convertirse en historiador o filósofo.

 

Como sea, yendo a su pregunta, soy un católico dedicado a la historia. Con eso no me refiero a la necesaria honradez intelectual, pues no hace falta ser católico para ello, sino al modo de estudiar, pensar y enseñar la historia. Para los católicos, Cristo, el Verbo encarnado en el tiempo, está en su hogar en la historia, de modo que omitir su presencia es sencillamente una mutilación. El historiador católico describe y explica hechos humanos, pero cree en la existencia del milagro, en la Providencia actuando en y entre los hombres.

 

¿Sabe algo? No sé si resulta conveniente definirse como historiador católico. Hace unos años, Vittorio Messori decía -un poco en broma y mucho en serio- que no hay nada más políticamente incorrecto que los cazadores, los fumadores y los católicos. Soy dos de tres. No sé si será conveniente, oportuno o inoportuno, pero lo expreso sin ambages.

 

- ¿Cuáles fueron las fuentes de información -primarias o secundarias- que le resultaron más provechosas para preparar El altar y la guerra?

 

- Por supuesto, los testimonios de muchos veteranos resultan fuentes de indudable valor, que me aportaron verdaderos tesoros. No es este un libro de base testimonial, pero no podía desaprovechar el contar con tantos soldados que aún nos rodean.

 

Claro está, las fuentes principales han sido los diarios de guerra de tres capellanes. El Diario de un cura soldado, del P. Mafezzini, que fue el capellán de la Armada que desembarcó el 2 de abril y que padeció bajo el kirchnerismo sólo porque era amigo de Monseñor Baseotto. En segundo lugar, el diario del P. Martínez Torrens, Dios en las trincheras, testimonio valiosísimo del último de los capellanes con vida. Y, por último, el singular diario de guerra de fray Domingo Renaudiere, el muy lúcido fraile dominico que fue voluntario a Malvinas, frisando los sesenta años.

 

Por otro lado, resultaron de enorme provecho las reflexiones de notables pensadores argentinos. Pienso ahora en Patricio Randle -lucidísimo intelectual que solía escribir en La Prensa- y sus reflexiones durante la Gesta recopiladas en Malvinas, la guerra inconclusa. O Ricardo Paz, pluma vigorosa del conservadurismo, en su fundamental Las dos Argentinas. O las cavilaciones malvineras del recordado Enrique Díaz Araujo. Y también la obra de periodistas de fuste, como Manfred Schönfeld -también articulista en vuestro diario- y, por supuesto, Nicolás Kasanzew, que es quizás el argentino que más ha hecho por malvinizar la Patria, y que contribuyó grandemente para que El altar y la guerra viera la luz.

 

- Su libro llena un evidente vacío historiográfico referido a los capellanes. ¿Por qué es importante recordar la tarea que cumplieron estos hombres de Dios durante los 74 días de la gesta en Malvinas?

 

- La Operación Rosario del 2 de abril dio inicio a una guerra justa. Sí, en ocasiones -mal que les pese a los pacifistas a la violeta que aplauden las bombas debajo de la cama pero no las lides contra los imperios infames- hay justicia en la guerra. Pero el 1 de mayo, cuando cayeron las primeras bombas en el Puerto de la Soledad de la Virgen (tal el nombre que le dio el P. Renaudiere a la capital de las Islas) se inició la gesta. Y una gesta no es otra cosa -nos lo recuerdan los medievales cantares castellanos- que una sucesión de hechos hazañosos. Y eso fue Malvinas.

 

Pero en esos meses se evidenció que la guerra justa, convertida a su vez en sucesión de hechos hazañosos, era además una gesta católica y mariana. Lo demuestran los centenares de miles de rosarios a la Señora desgranados en las trincheras, las cabinas de los Pucará o el puente de nuestros buques. Lo manifiestan los miles de sacramentos administrados cada uno de esos 74 días. Lo expresan las conversiones allí acaecidas. Lo demuestran, en fin, centenares de misas de campaña celebradas, muchas de ellas, bajo las bombas. El Altar fue el núcleo místico de la Gesta. Y nuestros capellanes, actuando in persona Christi fueron quienes hicieron posible la Presencia eucarística en aquel momento magno de nuestra historia.

 

­MANIPULACIONES­

 

­- El papel de los capellanes en las islas no escapó al destino común de la guerra, que fue distorsionada, manipulada y mutilada. Lo curioso es que a ello contribuyeron, ya desde 1982, las propias Fuerzas Armadas y hasta la Iglesia. ¿Cómo se explica esta actitud sostenida en el tiempo?

 

- A mi entender, el “olvido” de los capellanes es una de las peores cosas que ha traído la malhadada “desmalvinización”. Hasta cierto punto se comprende la distracción en los mandos militares inficionados de liberalismo, pues llevaban el laicismo en la sangre, pero resulta mucho más doloroso advertir este ocultamiento por parte de la jerarquía eclesial. No fueron pocos los obispos que adhirieron rápidamente a la “leyenda negra” sobre Malvinas y envolvieron a los capellanes en ese paquete ideológico, arrojándolos al desván de la desmemoria. Había que olvidarse de los capellanes de Malvinas, del mismo modo que había que hacerlo con los sacerdotes que asistieron en la guerra contra la subversión. Para decirlo más sencillamente: recordar a los sacerdotes en la guerra era -y es- política y eclesiológicamente incorrecto.

 

Pero este ominoso silencio trajo aparejadas consecuencias gravísimas: en estos cuarenta años de posguerra no sólo se olvidó a los capellanes, también se postergó la atención espiritual de los veteranos y sus familias. Nunca se creó una pastoral destinada a los miles soldados de Malvinas, y mire que hay pastorales como para tirar para arriba. Y esto, como católico, lo digo con todo el dolor y no con el regocijo perruno que caracteriza a otros.

 

- Se sugiere en el libro la conveniencia de recopilar todos los milagros y las intervenciones providenciales que sucedieron durante el conflicto. ¿Podría referir algunos ejemplos brevemente?

 

- Justamente, eso caracteriza al historiador católico: no desconocer ni desdeñar la existencia del milagro. Y esto sin duda estuvo presente en las Islas durante aquellos 74 días. Son muchos los testimonios acerca de intervenciones de la Virgen: desde aquella madrugada del 2 de abril, cuando el bravo Atlántico Sur se apaciguó poco antes del desembarco, hasta aquellos soldados que quedaron enterrados bajo metros de tierra tras un bombardeo inglés y sobrevivieron indemnes. Hubo milagros evidentísimos, como la ocasión que narra el P. Martínez Torrens en la que, mientras celebraba misa y en el momento exacto de la consagración, se lanzó sobre él y sus soldados un Harrier, que dejó su estela de bombas sin herir a nadie.

 

Pero, además, el milagro de todos los minutos, la Divina Providencia, se evidenció en las conversiones que se dieron aquellos días, o en la tranquilidad con que muchos soldados enfrentaron el combate y la muerte, o en las múltiples entregas que se suscitaron en esos jóvenes, que no dudaron en dar la vida por sus amigos. Hay un caso muy especial, que conocemos gracias a Kasanzew y que quizás, alguna vez, pueda dar inicio a una causa de canonización. Me refiero a Carlos Mosto, “el curita”, como le decían sus camaradas. Se trató de un conscripto, estudiante de medicina, que se desvivió por sus amigos y que cayó en Moody Brook asistiéndolos.

 

- ¿Qué otros vacíos considera que siguen pendientes de ser llenados respecto de la historia de la gesta?

 

- No sé si hay vacíos, pues se ha escrito y se escribe mucho sobre la guerra, pero sí la necesidad de estudiar con mayor profundidad algunos temas. Hay que investigar mucho sobre cuestiones no saldadas; por ejemplo el proceso político que motivó la decisión de recuperar las Islas -ya basta con el mito de que fue el “manotazo de ahogado” del Proceso-. O los alcances de la colaboración chilena con Gran Bretaña y la cooperación peruana con nuestra Patria. O la participación de los partidos políticos en el proceso que llevó al 14 de junio. En fin, hay todavía mucho por explorar, pero creo que vamos por buen camino. Malvinas, que lleva 40 años siendo causa nacional, está concitando ahora interés de académicos que investigan muchos aspectos poco estudiados, sin prejuicios ni temores.

 

- En los últimos años se ha escrito bastante sobre Malvinas en nuestro país, aunque de manera especializada o parcial. Falta en cambio una obra integral y definitiva. ¿De qué manera cree que debería emprenderse semejante trabajo?

 

- Es difícil hablar de obras definitivas en historia. Siempre surgen nuevas fuentes que llevan a nuevas interpretaciones. Los argentinos del 2082 escribirán -Dios lo permita- historias sobre Malvinas mucho más completas y, quizás, de mayor hondura que las nuestras. Todavía estamos muy cerca de la guerra temporalmente hablando.

 

Respecto de una historia integral, completa, de la gesta, creo que es posible sin duda. Se trata de reunir historiadores intelectualmente honestos, sin desprecio apriorístico por su objeto de estudio, que comprendan la significación de una obra de esas características. Me refiero a la importancia que tiene para los argentinos el conocer y sopesar el sentido auténtico de la guerra. En Inglaterra hay historiadores oficiales de la guerra, Lawrence Freedman es uno de ellos, que se han ocupado de investigar el conflicto con resultados óptimos... óptimos para Gran Bretaña. Aquí eso, además de indeseable, es impensable. ¿Se imagina una historia integral de la guerra de Malvinas pergeñada por historiadores "orgánicos" rentados por la partidocracia del país? No, la historia de Malvinas debe ser investigada y narrada por estudiosos honestos, dispuestos a la verdad, que no se atrevan a mentir, falsear u ocultar.

 

- Se deslizan al pasar en el libro cuestiones que exceden su tema pero que son apasionantes. Una es la sospecha de que la recuperación de las islas de algún modo coincidió con una provocación planificada de ingleses y norteamericanos que respondía a vastos motivos geopolíticos. Otra se refiere a la decisión de cesar el combate, que ocurrió en un momento -el 14 de junio- en que la situación militar sobre el terreno no la justificaba del todo. ¿Cuál es hoy su opinión de historiador sobre esos dos puntos?

 

- En 1711 en Inglaterra vio la luz un libelo anónimo titulado Una propuesta para humillar a España, que justamente proponía la desmembración del Río de la Plata. En el mismo sentido, Malvinas terminó siendo una enorme oportunidad para humillar a la Argentina. Esa ignominia delineada por los poderes mundiales se evidenció con expresiones como las que recuerda Kasanzew: Winston Churchill, nieto del Primer Ministro, dijo apenas terminado el conflicto que “a la Argentina hay que revolcarla en el fango de la humillación”.

 

Más allá de los detalles geopolíticos del asunto, no dudo en afirmar que la derrota en Malvinas fue una oportunidad para dejar exánime al país. ¿Por qué? Pues porque, aunque los argentinos lo desconozcamos, o lo despreciemos, nuestra Patria ha sido ejemplo de autonomía, de independencia frente a los poderosos del mundo. Baste pensar nuestras guerras victoriosas libradas contra varios imperios -Brasil, Inglaterra, Francia-, o el hecho de haber sido neutrales en las dos guerras mundiales. En otros tiempos Argentina tuvo una sólida política exterior -lo cual es signo de la grandeza de una nación, no la cantidad de vacas que posee- y había que dominar ese ímpetu para ponerla de rodillas. El 14 de junio permitió a los poderosos imponer su agenda en la Argentina.

 

Por supuesto, eso no se hizo sin la connivencia de parte importante de la clase dirigente del país. Desde el 2 de abril, más allá de los aplausos iniciales, gran parte de la partidocracia se involucró en el inficionamiento del veneno del derrotismo. No me refiero sólo a las cúpulas militares -que marcharon a la guerra pensando que no habría guerra- sino también a los políticos y sindicalistas que, mientras nuestros soldados enfrentaban al Imperio, negociaban con el “Proceso” el Estatuto de los Partidos Políticos.

 

De todos modos, a pesar de todo lo que han mentido y ensuciado, Malvinas es causa nacional. La gesta es un dolor, sin duda, pero es un dolor fecundo y esperanzador.