lunes, 18 de noviembre de 2013

Pontificio Consejo Justicia y Paz celebra la encíclica Pacem in Terris



Con el trasfondo del quincuagésimo aniversario de la publicación de la encíclica Pacem in Terris del beato Juan XXIII, la semana pasada se realizaron en Roma —organizado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz— tres días de celebración que atrajeron a un gran número de estudiosos, observadores y expertos de todas partes del mundo. Muchos fueron los temas de interés y ocasiones de reflexión, a partir de la audiencia que el Papa Francisco en persona quiso conceder a los más de trescientos participantes en el evento. 

Si bien es cierto que la paz es el anhelo profundo presente en el corazón de cada persona, no es menos cierto que quizá nunca antes como ahora se ha abusado y utilizado el término para los propósitos más impensables. Entre aquellos que tienen responsabilidades de políticas de gobierno en las áreas más delicadas del planeta hay quienes hablan superficialmente de paz con frecuencia, pero no la buscan realmente, mientras que otros, en muchas ocasiones también, incluso llegan a escudarse en el pretexto de la paz, buscando solo maximizar sus ganancias personales. Por esto, aunque es un hecho histórico innegable que “las semillas de paz sembradas por el beato Juan XXIII han dado sus frutos”, sigue siendo válido que “a pesar de que cayeron muros y barreras, el mundo continúa teniendo necesidad de paz y la referencia a la Pacem in Terris permanece fuertemente actual”.

El Papa Francisco se ha preguntado sobre el fundamento auténtico de la construcción de la paz: “Lo que la Pacem in Terris quiere recordar a todos consiste en el origen divino del hombre, de la sociedad y de la autoridad misma, que compromete a los individuos, familias y varios grupos sociales y a los Estados a vivir relaciones de justicia y solidaridad. Es tarea de todos los hombres construir la paz, con el ejemplo de Jesucristo, a través de estos dos caminos: promover y practicar la justicia, con verdad y amor, y contribuir, cada uno según sus posibilidades, al desarrollo humano integral, de acuerdo a la lógica de la solidaridad”. Al centro de toda acción pública o social debería estar entonces la primacía del valor de la persona y su inalienable dignidad, “a promover, respetar y tutelar siempre”. 

De hecho, hoy como ayer, no corresponde a la Iglesia dar indicaciones concretas sobre temas que, por su complejidad política y civil, pertenecen más bien a las autoridades temporales, sin embargo, sigue siendo urgente y por tanto imprescindible su tarea de educar, instruir y formar a la persona humana en su integralidad, desarrollando sobre todo las actitudes de promoción de la virtud, algo que las modernas res novae, como “la emergencia educativa y la influencia de los medios de comunicación de masas sobre las conciencias” hacen cada vez más urgente.

El Pontífice concluyó su actuación describiendo “la inhumana crisis económica mundial” como “un síntoma grave de la falta de respeto por el hombre y por la verdad”, refiriéndose a uno de los fundamentos cardinales de la Doctrina Social —retomado también últimamente en la Caritas in Veritate— según el cual las decisiones económicas no son solo opciones técnicas intercambiables sino implican un juicio de valor exigente sobre la persona y el orden social, reflejado en la Creación Divina en la tierra. 

Luego, congregados en el Aula Nueva del Sínodo de la Ciudad del Vaticano, los participantes reflexionaron sobre los distintos capítulos de la encíclica reflejándose —según el presidente del Pontificio Consejo organizador, cardenal Peter K. A. Turkson— el extraordinario aprecio y fascinación que el texto continúa ejerciendo en creyentes y no creyentes en todas las latitudes del globo: su mensaje de paz universal y de solidaridad entre las naciones aún hoy alcanza y toca las inteligencias más diversas por su exigente radicalidad y capacidad persuasiva. Sin embargo, si entonces eran altas las expectativas sobre los organismos internacionales de mediación de conflictos que nacían en aquellos años (sobre todo las Naciones Unidas), hoy, los numerosos focos de guerra —que en algunos casos amenazan con provocar un efecto dominó de escala global— vuelven significativamente menos optimistas a los observadores y analistas respecto del futuro del mundo. 

No obstante, la encíclica no pierde por esto valor: el énfasis en la centralidad de la persona humana (con acentos que a veces incluso parecen anticipar la actual “cuestión antropológica”) y el primado del derecho natural, al que a menudo Juan XXIII se refiere para la resolución de los problemas más difíciles, se mantienen, de hecho, verdaderos y como brújulas que nos orientan aún hoy. De particular actualidad en este ámbito aparece la cuestión de la libertad religiosa que ha sido abordada en diversas intervenciones como una de las claves para la paz hoy (parafraseando uno de los mensajes recientes de Benedicto XVI para la celebración de la Jornada Mundial de la Paz: “La libertad religiosa, camino para la paz”).

Bastante notable por su contenido y profundidad fue, por ejemplo, la intervención de la profesora Fadia Kiwan, directora del Instituto de ciencias políticas de la Universidad Saint Joseph de Beirut, en el Líbano: la estudiosa trazó detalladamente el declive progresivo del concepto de tolerancia en el último siglo en gran parte de los estados del Magreb y del Medio Oriente, ligándolo al desastroso colapso del imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial. Es entonces que el tradicional multiconfesionalismo del Califato —ciertamente débil e incluso discriminatorio hacia las minorías no pertenecientes a la Umma, pero por lo menos garantizado institucionalmente— recibe un golpe mortal para ceder el puesto a un agresivo panarabismo islamista que intenta fundir inseparablemente identidad étnica y fe cristiana: nacen, en efecto, en breve distancia unas de otras, una serie de Constituciones, solo aparentemente “modernas”, en las que la inspiración islámica no aparece como mera raíz espiritual, sino como verdadera fuente del derecho y de la ley. 

Un poco más tarde, con el proceso de descolonización, a esta explosiva construcción identitaria se añadirá un tercer elemento ideológico: el nacionalismo. Países que habían llegado a la modernidad con una historia de pluralismo étnico y religioso de relieve, sufren inesperadamente una involución radical terminando progresivamente como rehenes de sectores extremistas y fundamentalistas: a nivel popular se difunde así la idea (históricamente falsa y privada de cualquier fundamento) de que el verdadero egipcio, por ejemplo, o el buen tunesino no pueden ser sino islámicos. Los otros, cristianos o no, son, por tanto, vistos como ciudadanos de segunda clase o, al menos, sin la misma dignidad social, cuando no como verdaderos traidores al Estado.

Después del 11 de septiembre del 2001, la situación no ha hecho más que agravarse: la mitificación por parte de Osama bin Laden (1957-2011), difundida, sobre todo, a nivel juvenil, así como un revanchismo cultural instintivo hacia el otro, la idea de un choque de civilizaciones real en acto que ve a las cada vez más sufrientes comunidades autóctonas cristianas (presentes allí desde siglos antes de que llegase la predicación de Mahoma) como la longa manus del Occidente imperialista, colonizador y belicista y por esto deben ser castigados como si fueran cuerpos extraños. 

Falso también, por supuesto, pero ahora, simplemente, la rabia de las plazas del Medio Oriente (afectadas en el interín por una grave crisis económica) es agitada por una propaganda cotidiana específica y martillante, es muy fuerte para ser limitada o contenida en alguna forma: la situación actual está ante los ojos de todos. Se trata de una lectura articulada y no conformista, como se ve, valiente y bastante desconocida en nuestro medio: para Kiwan el juicio histórico sobre el Imperio Otomano en su conjunto tiende a ser positivo mientras la evolución político-social más reciente de los Estados nacionales del área suscita preocupación. En este sentido, de haber sido esto comprendido, la evaluación de los regímenes semidictatoriales de Mubarak en Egipto y de Assad en Siria sería menos preocupante que un Egipto eventualmente al mando de los Hermanos Musulmanes (aunque democráticamente electos) o de una Siria guiada por los wahhabitas. 

En cualquier caso, las controvertidas revueltas de los últimos tres años (signadas también, no debe olvidarse, por una guerra civil interna en el mundo islámico por la conquista del poder entre sunitas y chiítas), además del caos social, por ahora parecen haber llevado a las minorías religiosas del área (in primis, los cristianos) hacia posiciones de mayor subordinación y a veces de marginación explícita, en comparación a aquella que tenían anteriormente.

De similar tenor fue el relato del Procurador patriarcal maronita ante la Santa Sede, monseñor François Eid, de la Orden Maronita Mariana, que leyó un sentido mensaje del Consejo de patriarcas católicos de Oriente, que lamentan en tono fuerte la real tragedia humanitaria, además de religiosa, de la que son testigos en estos meses en el Medio Oriente, a partir de Irak. Son numerosos los episodios reportados de discriminación y violencia: desde atentados a iglesias y escuelas hasta persecuciones de familias, con el resultado que, de hecho, los cristianos del área —que sigue siendo la tierra por la que pasó el Señor en su vida pública— son ciudadanos “menos ciudadanos” que los otros, con menos derechos y menos defensas. 

Toda la región parece estar al borde de una espiral cruzada y aparentemente incomprensible de venganzas, atentados y emboscadas (fomentados también por grupos de extranjeros provenientes de la península arábiga) que muchas veces ven sucumbir a las personas más inocentes. La paradoja de todo esto es que ocurre en lugares que habían sido laboratorios de pluralismo y encuentro: destaca, a tal propósito, la admiración que el beato Juan Pablo II tenía por el Líbano como modelo de país del Medio Oriente fiel a sus propias raíces pero libre y moderno, un laboratorio social exitoso de convivencia y tolerancia sustancial, además de formalmente de estructura estatal democrática. 

Hoy, por desgracia, todo esto aparece cada vez más como un sueño de una época remota ya olvidada de la historia. No obstante los sufrimientos, concluyó Eid, los cristianos siguen colaborando con el pacto de ciudadanía: sus instituciones educativas (escuelas y universidades), buscadas y admiradas aún por los no cristianos, siguen desarrollando pacientemente su tarea de educación y de alta formación de acuerdo a una lógica puramente evangélica, que ve al prójimo como un hermano en Cristo, mientras la Iglesia, en medio de miles de dificultades, continúa trabajando como sujeto activo de mediación y reconciliación social en las crisis.

Como una prueba más de la emergencia en curso, también se trató el tema en una mesa redonda posterior en la que intervino el ex ministro paquistaní Paul Bhatti, hermano del fallecido Shahbaz (1968-2011), que ha descrito la situación actual en su país —que pertenece a un área geográfica distinta – como análoga, bajo muchos aspectos, a cuanto sucede cotidianamente en Medio Oriente, con el agravante de la presencia de una ley específica (la tristemente conocida “ley de blasfemia”, por la que Asia Bibi todavía está encarcelada) que de hecho es un instrumento de control y represión del disenso, no solo religioso sino también político y social en las manos de extremistas y radicales. 

El resultado —también debido a la permanente debilidad del ejecutivo y de las fuerzas de seguridad— es que de las raíces genuinas del estado de Pakistán, que nació en 1947 separándose de la India sobre bases puramente seculares, actualmente queda poco o nada y la ideología del fanatismo vence sobre todo gracias al analfabetismo de las masas que está muy extendido en el país (llegando a 70 % en algunas áreas) y al adoctrinamiento selectivo en algunas madrasas (financiadas desde el exterior) de miles de niños pobres que viven en las calles y que están por eso más expuestos a los grupos extremistas y enemigos de la verdadera paz: en la atormentada república del Asia meridional, por desgracia, el camino a la reconciliación, no obstante el sacrificio de Bhatti y Salman Taseer (1946-2011), parece todavía muy largo.

Omar Ebrahime




Osservatorio Internazionale Cardinale Van Thuân, 18-11-13

jueves, 14 de noviembre de 2013

La división de la Iglesia


Extensa nota del apologista Frank Morera, acerca de las divisiones o separaciones de la Iglesia

Tenemos que dejar bien claro que quien divide es el demonio y quien se ocupa de dividir hace la obra del maligno, esa es la labor del enemigo de Dios “dividir, destruir, robar”

“ Que todos sean uno como tu, Padre estás en mi y yo en ti. Sean también uno en nosotros; así el mundo creerá que tu me has enviado.” Juan 17,21


Desde aquel día memorable de la Pascua, en que Jesús dijo estas palabras de unidad, la batalla del enemigo de Dios comenzó. El terreno es la unidad de los cristianos. Esta unidad es la señal para que los hombres crean en Jesús , por eso desde los primeros tiempos comenzó la lucha hasta el lastimoso estado de la cristiandad hoy, no solo dividida sino militante en unos contra otros y todos bajo el nombre de cristianos.
Nuestra Iglesia Católica tiene dos mil años de historia.

Cuándo comenzó la división de la Iglesia?
Generalmente se cree que en el siglo XI con el cisma entre el Oriente y el Occidente, pero relamente comenzó mucho antes. Ignacio de Antioquia, Obispo de esta ciudad escribía en el año 107 de nuestra era a la comunidad cristiana de Trales:
“Los herejes entretejen a Jesucristo con sus propias especulaciones, presentándose como dignos de todo crédito, cuando son en realidad como quienes brindan un veneno mortífero ligado con miel.”
También a la comunidad de Esmirna, en su camino al martirio decía respecto a los herejes:
Se apartan de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador, la misma que padeció por nuestros pecados. Asi, pues, los que contradicen el don de Dios,mueren y perecen entre sus discusiones. Cuanto más les fuera celebrar la Eucaristía a fin de que resuciten”
Vemos claramente como a 74 años de la muerte del Salvador ya la división había entrado en el cuerpo de Cristo, aunque estas herejías nunca llegaron a dividir grandemente la Iglesia, fueron precursoras de nuestros tiempos de disputas y contiendas.
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Texto completo (15 páginas) en:




jueves, 7 de noviembre de 2013

No es posible establecer la veracidad de las apariciones de Medjugorge


Ciudad del Vaticano (AICA): 7-11-13

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe de la Santa Sede, monseñor Gerhard Müller, advirtió, a los obispos de los Estados Unidos, que las supuestas apariciones de la Virgen María a los videntes de Medjugorje no pueden ser asumidas como verdaderas y señaló que la posición de la Iglesia es la que ya se confirmó en 1991, que "no es posible establecer que hubo apariciones o revelaciones sobrenaturales". Esta declaración se enmarca en el contexto de la visita al país norteamericano de Ivan Dragicevic, supuesto vidente de Medjugorje.

Monseñor Carlo Maria Viganò, nuncio apostólico en los Estados Unidos, envió una carta al secretario general de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, monseñor Ronny Jenkins. En ella indica que "uno de los así llamados videntes de Medjugorje, Sr. Ivan Dragicevic, tiene programado aparecer en ciertas parroquias en el país en las que, según se ha avisado, el Sr. Dragicevic estará recibiendo apariciones”.

Para poder "evitar escándalo y confusión", monseñor Viganò recuerda a los obispos estadounidenses que "los clérigos y los fieles no pueden participar en reuniones, conferencias o celebraciones públicas durante las cuales la credibilidad de tales ‘apariciones’ se dé por afirmada". "El arzobispo Müller pide que los obispos sean informados sobre este tema tan pronto como sea posible", añade el nuncio.

Monseñor Viganò indicó a los obispos estadounidenses que "como ustedes saben bien, la Congregación para la Doctrina de la Fe está en el proceso de investigar ciertos aspectos doctrinales y disciplinares del fenómeno de Medjugorje”.

“Por esta razón, añadió, la Congregación afirmó que, con respecto a la credibilidad de la ‘aparición’ en cuestión, todos deben aceptar la declaración, con fecha 10 de abril de 1991, de los obispos de la ex República de Yugoslavia, que afirma: ‘sobre la bases de la investigación que se hizo, no es posible establecer que hubo apariciones o revelaciones sobrenaturales’".

En marzo de 2010 La Santa Sede dio a conocer los nombres de los miembros de la comisión internacional constituida para investigar sobre Medjugorje, así como el inicio de su actividad. “La Comisión Internacional de investigación sobre Medjugorje se reunió para su primera sesión el 26 de marzo de 2010”, explicó en ese momento un comunicado de la oficina de prensa de la Santa Sede.

La comisión estudia el fenómeno de Medjugorje, que se ha convertido en un lugar al que millones de personas peregrinan desde el año 1981.


Se constituyó después de que la comisión diocesana en Móstar para investigar esas apariciones considerara que el fenómeno iba más allá de las competencias de la diócesis y de que la entonces (en el año 1991) Conferencia Episcopal de Yugoslavia no llegara a ninguna conclusión sobre la cuestión de la sobrenaturalidad o no de lo que sucedía.+ 

La apostasía silenciosa de los cristianos


Aica,  6 Nov 2013

“Aún entre los bautizados y los discípulos de Cristo hay actualmente una especie de apostasía silenciosa, un rechazo de Dios y de la fe cristiana en la política, en la economía, en la dimensión ética y moral y en la cultura post-moderna occidental”, denunció el cardenal Robert Sarah, presidente del Pontificio Consejo Cor Unum, durante su participación en el encuentro sobre la caridad, promovido por las Conferencias Episcopales Europeas, reunidas del 4 al 6 de noviembre en la ciudad italiana de Trieste, Italia.

La reunión contó con la presencia de cincuenta obispos y responsables de las acciones de caridad de las Conferencias Episcopales de Europa y se abocaron a la reflexión de la actividad caritativa de la Iglesia y el papel del obispo, a la luz del Motu proprio del papa Benedicto XVI sobre la naturaleza íntima de la Iglesia ya que “no es posible entender la caridad cristiana, sin tomar en cuenta su estrecho vínculo con la fe en Cristo y entender que fluye de Él", dicen los obispos en un comunicado.

El presidente del Consejo Cor Unum, cardenal Sarah, prosiguió su exposición advirtiendo que “involuntariamente respiran con todos sus pulmones doctrinas que van en contra del hombre y que generan nuevas políticas que tienen un efecto de erosión, destrucción, demolición y grave agresión, lentas pero constantes, sobre todo en la persona humana, su vida, su familia, su trabajo y sus relaciones interpersonales. No tenemos ni siquiera el tiempo para vivir, amar, adorar. Este es un desafío excepcional para la Iglesia y para la pastoral de la caridad. La Iglesia, de hecho -subrayó el cardenal- denuncia también las diferentes formas de las que es víctima la persona humana”.

“Un humanismo sin Dios, dijo el cardenal Sarah, al lado de un subjetivismo exacerbado, ideologías que son difundidas por los medios de comunicación y por los grupos extremadamente influyentes y financieramente potentes, se esconden detrás de las apariencias del servicio internacional y actúan incluso en el ambiente eclesial y en nuestras agencias de caridad”.

Para la Iglesia, “los valores cristianos que la guían y la identidad eclesial de la actividad caritativa no son negociables, se debe rechazar cualquier ideología que vaya en contra de la enseñanza divina y rechazar categóricamente cualquier apoyo económico o cultural que imponga condiciones ideológicas opuestas a la visión cristiana del hombre”.

Finalmente el cardenal Sarah pidió a los obispos y delegados responsables de la actividad caritativa de las Conferencias Episcopales Europeas que esta pastoral no se reduzca “a una expresión puramente filantrópica o solidaria”.


Nuestra primera tarea, explicó, consiste en “definir correctamente la naturaleza de la actividad caritativa, para no transformarla en una intervención de tipo político, puramente social o humanitaria”. A continuación, “nos tenemos que preguntar: ‘¿Qué visión del hombre queremos promover con nuestra acción caritativa?’”. “Cuántos practiquen la caridad deben ser testigos creíbles de Cristo”, concluyó.+ 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Porqué me convertí al catolicismo




G.K. Chesterton

"Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema 'por qué soy católico' es muy distinto del problema 'por qué me convertí al catolicismo'. Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después... Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma."

Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La "confirmación" de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón.

Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.

¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.

A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.

El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como "Kensitite Press" a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.

Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.

En el primer caso -creo que se trataba de Horton y Hocking- se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: "Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento". Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: "¡Qué maravillosamente dicho!" Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.

En el segundo caso, alguien del diario "Daily News" (entonces yo mismo era todavía alguien del "Daily News"), como ejemplo típico del "formulismo muerto" de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: "¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia".

Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas.

Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O'Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del "Daily News".

Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal.

Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.

Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.

Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.

Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los "intermezzos" de un Lucrecio o de un Lucano.

No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.

Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y "menos razonables" -por decirlo así- son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.

Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al "nonsense", a la insensatez.

Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento "realmente existente" hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.

Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue:

Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean -como ellos mismos dicen- reformas prácticas y objetivas.

Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.

Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos.

El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales.

Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo -podría decirse en su excusa-. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.

Autor: G. K. Chesterton


LosPrincipios, 3-11-13

Sínodo de los Obispos



III ASAMBLEA GENERAL EXTRAORDINARIA

LOS DESAFÍO PASTORALES SOBRE LA FAMILIA
EN EL CONTEXTO DE LA EVANGELIZACIÓN

Documento preparatorio

Ciudad del Vaticano. 2013

I – El Sínodo: familia y evangelización

La misión de predicar el Evangelio a toda la humanidad ha sido confiada directamente por el Señor a sus discípulos y es la Iglesia quien lleva adelante tal misión en la historia. En el tiempo que estamos viviendo, la evidente crisis social y espiritual llega a ser un desafío pastoral, que interpela la misión evangelizadora de la Iglesia para la familia, núcleo vital de la sociedad y de la comunidad eclesial. La propuesta del Evangelio sobre la familia en este contexto resulta particularmente urgente y necesaria. La importancia del tema surge del hecho que el Santo Padre ha decidido establecer para el Sínodo de los Obispos un itinerario de trabajo en dos etapas: la primera, la Asamblea General Extraordinaria del 2014, ordenada a delinear el “status quaestionis” y a recoger testimonios y propuestas de los Obispos para anunciar y vivir de manera creíble el Evangelio de la familia; la segunda, la Asamblea General Ordinaria del 2015, para buscar líneas operativas para la pastoral de la persona humana y de la familia.

Hoy se presentan problemáticas inéditas hasta hace unos pocos años, desde la difusión de parejas de hecho, que no acceden al matrimonio y a veces excluyen la idea del mismo, a las uniones entre personas del mismo sexo, a las cuales a menudo es consentida la adopción de hijos. Entre las numerosas nuevas situaciones, que exigen la atención y el compromiso pastoral de la Iglesia, bastará recordar: los matrimonios mixtos o interreligiosos; la familia monoparental; la poligamia, difundida todavía en no pocas partes del mundo; los matrimonios concordados con la consiguiente problemática de la dote, a veces entendida como precio para adquirir la mujer; el sistema de las castas; la cultura de la falta de compromiso y de la presupuesta inestabilidad del vínculo; formas de feminismo hostil a la Iglesia; fenómenos migratorios y reformulación de la idea de familia; pluralismo relativista en la concepción del matrimonio; influencia de los medios de comunicación sobre la cultura popular en la comprensión de la celebración del casamiento y de la vida familiar; tendencias de pensamiento subyacentes en la propuestas legislativas que desprecian la estabilidad y la fidelidad del pacto matrimonial; la difusión del fenómeno de la maternidad subrogada (alquiler de úteros); nuevas interpretaciones de los derechos humanos. Pero, sobre todo, en ámbito más estrictamente eclesial, la debilitación o el abandono de fe en la sacramentalidad del matrimonio y en el poder terapéutico de la penitencia sacramental.

A partir de todo esto se comprende la urgencia con la cual el episcopado mundial, cum et sub Petro, considera atentamente estos desafíos. Por ejemplo, si sólo se piensa que en el actual contexto muchos niños y jóvenes nacidos de matrimonios irregulares no podrán ver jamás a sus padres acercarse a los sacramentos, se comprende el grado de urgencia de los desafíos puestos por la situación actual, por otro lado difundida ampliamente en la “aldea global”, a la evangelización.

Esta realidad presenta una singular correspondencia con la amplia acogida que está teniendo en nuestros días la enseñanza sobre la misericordia divina y sobre la ternura en relación a las personas heridas, en las periferias geográficas y existenciales: las expectativas que se derivan de ello acerca de las decisiones pastorales sobre la familia son muchas. Por lo tanto, una reflexión del Sínodo de los Obispos sobre estos temas parece tanto necesaria y urgente, cuanto imperativa, como expresión de la caridad de los Pastores, no sólo frente a todos aquellos que son confiados a ellos, sino también frente a toda la familia humana.

II- La Iglesia y el Evangelio sobre la familia

La buena noticia del amor divino ha de ser proclamada a cuantos viven esta fundamental experiencia humana personal, de vida matrimonial y de comunión abierta al don de los hijos, que es la comunidad familiar. La doctrina de la fe sobre el matrimonio ha de ser presentada de manera comunicativa y eficaz, para que sea capaz de alcanzar los corazones y de transformarlos según la voluntad de Dios manifestada en Jesucristo.

En relación a la citación de las fuentes bíblicas sobre el matrimonio y la familia, se indican en el presente texto sólo las referencias esenciales. Así también para los documentos del Magisterio parece oportuno limitarse a los documentos del Magisterio universal de la Iglesia, integrándolos con algunos textos del Pontificio Consejo de la Familia e invitando a los Obispos que participan en el Sínodo a referirse a los documentos de sus respectivos organismos episcopales.

Desde siempre y en las más diversas culturas no ha faltado nunca la enseñanza clara de los pastores ni el testimonio concreto de los creyentes, hombres y mujeres, que en circunstancias muy diferentes han vivido el Evangelio sobre la familia como un don inconmensurable para la vida de ellos y de sus hijos. El compromiso del próximo Sínodo Extraordinario es impulsado y sostenido por el deseo de comunicar a todos, más incisivamente este mensaje esperando que, de este modo, «el tesoro de la revelación encomendado a la Iglesia vaya llenando los corazones de los hombres» (DV 26).

El proyecto de Dios Creador y Redentor

La belleza del mensaje bíblico sobre la familia tiene su fundamento en la creación del hombre y la mujer, ambos hechos a imagen y semejanza de Dios (cf. Gn 1,24-31; 2, 4b-25). Unidos por un vínculo sacramental indisoluble, los esposos viven la belleza del amor, de la paternidad, de la maternidad y de la dignidad suprema de participar así en la obra creadora de Dios.

En el don del fruto de la propia unión asumen la responsabilidad del crecimiento y de la educación de otras personas para el futuro del género humano. A través de la procreación, el hombre y la mujer cumplen en la fe la vocación de ser colaboradores de Dios en la custodia de la creación y en el crecimiento de la familia humana.

El Beato Juan Pablo II ha comentado este aspecto en la Familiaris Consortio: «Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26s): llamándolo a la existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor (1Jn 4,8) y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y conservándola continuamente en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer la vocación y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la comunión (cf. Gaudium et Spes, 12). El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano» (FC, n. 11).

Este proyecto de Dios creador, que el pecado original ha trastornado (cf, Gn 3,1-24), se ha manifestado en la historia a través de las vicisitudes del pueblo elegido hasta la plenitud de los tiempos, cuando, con la encarnación del Hijo de Dios no sólo quedó confirmada la voluntad divina de salvación, sino también, con la redención, fue ofrecida la gracia para obedecer a esa misma voluntad.

El Hijo de Dios, el Verbo hecho carne (cf. Jn 1,14) en el vientre de la Virgen Madre, vivió y creció en la familia de Nazaret y participó en las bodas de Caná enriqueciendo la fiesta con el primero de sus “signos” (cf. Jn 2,1-11). Él ha aceptado con alegría la hospitalidad familiar de sus primeros discípulos (cf. Mc 1,29-31; 2,13-17) y ha consolado el luto de la familia de sus amigos de Betania (cf. Lc 10,38-42; Jn 11,1-44).

Jesucristo ha restablecido la belleza del matrimonio proponiendo nuevamente el proyecto unitario de Dios, que había sido abandonado por la dureza del corazón humano, aún en la tradición del pueblo de Israel (cf. Mt 5,31-32; 19,3-12; Mc 10,1-12; Lc 16,18). Volviendo al origen, Jesús ha enseñado la unidad y la fidelidad entre los esposos, reprobando el repudio y el adulterio.

Precisamente a través de la extraordinaria belleza del amor humano – ya celebrada con matices inspirados en el Cantar de los Cantares y prefigurada en el vínculo esponsalicio exigido y defendido por Profetas como Oseas (Os 1,2-3,3) y Malaquías (Ml 2,13-16) – Jesús ha confirmado la dignidad originaria del amor conyugal del hombre y de la mujer.

La enseñanza de la Iglesia sobre la familia

También en la comunidad cristiana primitiva la familia aparece como «Iglesia doméstica» (cf. CCC 1655). En los llamados “códigos familiares” de las Epístolas Apostólicas neotestamentarias, la grande familia del mundo antiguo es considerada como lugar de la solidaridad más profunda entre mujeres y maridos, entre padres e hijos, entre ricos y pobres (cf. Ef 5,21-6,9; Col 3,18-4,1; 1Tm 2,8-15; Tt 2,1-10; 1P 2,13-3,7; cf. además la Epístola a Filemón). En particular, la Epístola a los Efesios ha visto en el amor nupcial entre el hombre y la mujer «el gran misterio», que hace presente en el mundo el amor de Cristo y de la Iglesia (cf. Ef 5,31-32).

En el curso de los siglos, sobre todo en la época moderna hasta nuestros días, la Iglesia no ha hecho faltar su constante y creciente enseñanza sobre la familia y sobre el matrimonio que la fundamenta. Una de las expresiones más altas ha sido propuesta por el Concilio Ecuménico Vaticano II, en la Constitución pastoral Gaudium et Spes, la cual, refiriéndose a los problemas más urgentes, dedica un capítulo entero a la promoción de la dignidad del matrimonio y de la familia, como aparece en la descripción de su valor para la constitución de la sociedad: «Así, la familia, en la que distintas generaciones coinciden y se ayudan mutuamente a lograr una mayor sabiduría y a armonizar los derechos de las personas con las demás exigencias de la vida social, constituye el fundamento de la sociedad» (GS 52). De especial intensidad es el llamado a una espiritualidad Cristocéntrica para los esposos creyentes: «los propios cónyuges, finalmente, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, vivan unidos, con el mismo cariño, modo de pensar idéntico y mutua santidad, para que habiendo seguido a Cristo, principio de vida, en los gozos y sacrificios de su vocación, por medio de su fiel amor, sean testigos de aquel misterio de amor que el Señor con su muerte y resurrección reveló al mundo» (GS 52).

También los Sucesores de Pedro, después del Concilio Vaticano II, han enriquecido con su Magisterio la doctrina sobre el matrimonio y sobre la familia, en particular Pablo VI con la Encíclica Humanae vitae, que ofrece específicas enseñanzas sobre los principios y sobre la praxis. Sucesivamente el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio ha querido insistir en este aspecto, al proponer el designio divino sobre la verdad originaria del amor de los esposos y de la familia, en estos términos: «El único “lugar” que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consciente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo (cf. Gaudium et Spes, 48), que sólo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una ingerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría creadora» (FC 11).

El Catecismo de la Iglesia Católica recoge estos datos fundamentales: «La alianza matrimonial, por la que un hombre y una mujer constituyen una íntima comunidad de vida y de amor, fue fundada y dotada de sus leyes propias por el Creador. Por su naturaleza está ordenada al bien de los cónyuges así como a la generación y educación de los hijos. Entre bautizados, el matrimonio ha sido elevado por Cristo Señor a la dignidad de sacramento [cf. GS 48,1; CIC can. 1055, §1]» (CCC 1660).

La doctrina expuesta en el Catecismo se refiere tanto a los principios teológicos como al comportamiento moral, tratados en dos títulos distintos: El sacramento del matrimonio (nn. 1601-1658) y El sexto mandamiento (nn.2331-2391). La atenta lectura de estas partes del Catecismo ayuda a la comprensión actualizada de la doctrina de la fe, que ha de sostener la acción de la Iglesia ante los desafíos del presente. Su pastoral se inspira en la verdad del matrimonio considerado en el designio de Dios, que ha creado el hombre y la mujer y en la plenitud de los tiempos ha revelado en Jesucristo también la plenitud del amor esponsalicio elevado a sacramento. El matrimonio cristiano fundado sobre el consenso y también dotado de efectos propios, como los bienes y las obligaciones de los esposos, sin embargo no ha sido sustraído al régimen del pecado (cf. Gn 3, 1-24), que puede procurar heridas profundas y también ofensas a la misma dignidad del sacramento.

La reciente Encíclica del Papa Francisco, Lumen Fidei, habla de la familia en su vínculo con la fe que revela «hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos» (LF 50). «El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva, manifestación de la bondad del Creador, de su sabiduría y de su designio de amor. Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida y que recuerda tantos rasgos de la fe. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada». «La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades» (LF 53).

III – Cuestionario

Las siguientes preguntas permiten a las Iglesias particulares participar activamente en la preparación del Sínodo Extraordinario, que tiene como objetivo anunciar el Evangelio en los actuales desafíos pastorales en relación a la familia.

1 - Sobre la difusión de la Sagrada Escritura y del Magisterio de la Iglesia en relación a la familia

a) ¿Cuál es el real conocimiento de las enseñanzas de la Biblia, de la Gaudium et Spes, de la Familiaris Consortio y de otros documentos del Magisterio post-conciliar sobre el valor de la familia según la Iglesia Católica? ¿Cómo nuestros fieles son formados en la vida familiar según las enseñanzas de la Iglesia?

b) Allí donde se conocen las enseñanzas de la Iglesia ¿son éstas integralmente aceptadas? ¿se verifican dificultades para ponerlas en práctica? ¿Cuáles?

c) ¿Cómo se difunden las enseñanzas de la Iglesia en el contexto de los programas pastorales a nivel nacional, diocesano y parroquial? ¿Qué catequesis se ofrece sobre la familia?

d) ¿En qué medida – y en particular en relación a qué aspectos – dichas enseñanzas son realmente conocidas, aceptadas, rechazadas y/o criticadas en ambientes extra eclesiales? ¿Cuáles son los factores culturales que obstaculizan la plena recepción de las enseñanzas de la Iglesia sobre la familia?

2 - Sobre el matrimonio según la ley natural

a) ¿Qué lugar ocupa el concepto de ley natural en la cultura civil, tanto a nivel institucional, educativo y académico, como a nivel popular? ¿Qué visiones antropológicas se dan por sobrentendidas en el debate sobre el fundamento natural de la familia?

b) ¿Es comúnmente aceptado, en cuanto tal, el concepto de ley natural en relación a la unión entre el hombre y la mujer, de parte de los bautizados en general?

c) ¿Cómo es contestada, en la práctica y en la teoría, la ley natural en lo que respecta a la unión entre el hombre y la mujer en vista de la formación de una familia? ¿Cómo es propuesta y profundizada en los organismos civiles y eclesiales?

d) ¿Cómo se deberían afrontar los desafíos pastorales que surgen cuando bautizados, no practicantes o que se declaran no creyentes, piden la celebración del matrimonio?

3 – La pastoral de la familia en el contexto de la evangelización

a) ¿Qué experiencias han sido maduradas en las últimas décadas en orden a la preparación al matrimonio? ¿Cómo se ha tratado de estimular la tarea de evangelización de los esposos y de la familia? ¿En qué modo se puede promover la conciencia de la familia como “Iglesia doméstica”?

b) ¿Se ha logrado proponer estilos de oración en familia, que sean capaces de resistir ante la complejidad de la vida y de la cultura actual?

c) ¿En qué modo las familias cristianas han sabido realizar la propia vocación de trasmitir la fe en la actual situación de crisis entre las generaciones?

d) ¿De que manera las Iglesias locales y los movimientos de espiritualidad familiar ha sabido crear caminos ejemplares?

e) ¿Qué aporte específico han logrado dar los matrimonios y las familias, en orden a la difusión de una visión integral del matrimonio y de la familia cristiana, que sea creíble hoy?

f) ¿Qué atención pastoral ha demostrado la Iglesia para sostener el camino de los matrimonios en formación y de aquellos que atraviesan por una crisis?

4 – Sobre la pastoral para afrontar algunas situaciones matrimoniales difíciles

a) ¿Es una realidad pastoral relevante en la Iglesia particular la convivencia ad experimentum? ¿Es posible estimar numéricamente un porcentaje?

b) ¿Existen uniones libres de hecho, sin reconocimiento religioso ni civil? ¿Hay datos estadísticos confiables?

c) ¿Son una realidad pastoral relevante en la Iglesia particular los que están separados y los divorciados casados de nuevo? ¿Cuál es el porcentaje numéricamente estimable? ¿Cómo se enfrenta esta realidad a través de programas pastorales adecuados?

d) En estos casos: ¿Cómo viven los bautizados su irregularidad? ¿Son concientes de ella? ¿Manifiestan simplemente indiferencia? ¿Se sienten marginados y viven con sufrimiento la imposibilidad de recibir los sacramentos?

e) ¿Qué piden las personas divorciadas y casadas de nuevo a la Iglesia a propósito de los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación? Entre las personas que se encuentran en estas situaciones ¿cuántas piden dichos sacramentos?

f) ¿Podría ofrecer realmente un aporte positivo a la solución de las problemáticas de las personas implicadas la agilización de la praxis canónica en orden al reconocimiento de la declaración de nulidad del vínculo matrimonial? Si la respuesta es afirmativa ¿en qué forma?

g) ¿Existe una pastoral orientada a la atención de estos casos? ¿Cómo se desarrolla esa actividad pastoral? ¿Existen al respecto programas a nivel nacional y diocesano? ¿Cómo es anunciada a los separados y a los divorciados casados de nuevo la misericordia de Dios? ¿Cómo se pone en práctica el apoyo de la Iglesia en el camino de fe de estas personas?

5 - Sobre las uniones de personas del mismo sexo

a) ¿Existe en el país una ley civil de reconocimiento de las uniones de personas del mismo sexo equiparadas, de algún modo, al matrimonio?

b) ¿Qué actitud asumen las Iglesias particulares y locales ante el Estado civil, promotor de uniones civiles entre personas del mismo sexo, y también ante las mismas personas implicadas en este tipo de uniones?

c) ¿Qué atención pastoral es posible desarrollar en relación a las personas que han elegido vivir según este tipo de uniones?

d) ¿Cómo habría que comportarse pastoralmente, en el caso de uniones de personas del mismo sexo que hayan adoptado niños, en vista de la transmisión de la fe?

6 - Sobre la educación de los hijos en las situaciones matrimoniales irregulares

a) ¿Cuál es en estos casos la proporción estimada de niños y adolescentes, en relación a los niños nacidos y educados en familias regularmente constituidas?

b) ¿Con qué actitud los padres se dirigen a la Iglesia? ¿Qué piden? ¿Sólo los sacramentos o también la catequesis?

c) ¿Cómo las Iglesias particulares intentan responder a la necesidad de los padres de estos niños de ofrecer una educación cristiana para sus hijos?

d) ¿Cómo se desarrolla la praxis sacramental en estos casos: la preparación, la administración del sacramento y el acompañamiento?

7 - Sobre la apertura de los cónyuges a la vida

a) ¿Tienen los cristianos un real conocimiento de la doctrina de la Humanae vitae sobre la paternidad responsable? ¿Qué conciencia se tiene del valor moral de los diferentes métodos de control de los nacimientos? ¿Qué profundizaciones podrían ser sugeridas sobre esta materia desde el punto de vista pastoral?

b) ¿Es aceptada la mencionada doctrina moral? ¿Cuáles son los aspectos más problemáticos que dificultan la aceptación en la gran mayoría de los matrimonios?

c) ¿Qué métodos naturales son promovidos de parte de las Iglesias particulares para ayudar a los cónyuges a aplicar la doctrina de la Humanae vitae?

d) ¿Cuál es la experiencia respecto a este tema en la praxis del sacramento de la Penitencia y en la participación en la Eucaristía?

e) ¿Qué contrastes se detectan entre la doctrina de la Iglesia y la educación civil en relación a esta temática?

f) ¿Cómo se puede promover una mentalidad más abierta a la natalidad? ¿Cómo se puede favorecerse el aumento de los nacimientos?

8 - Sobre la relación que existe entre la familia y la persona

a) Jesucristo revela el misterio y la vocación del ser humano ¿La familia es realmente un ambiente privilegiado para que esto tenga lugar?

b) ¿Qué situaciones críticas de la familia en el mundo actual pueden constituir un obstáculo para el encuentro de la persona con Cristo?

c) ¿En qué medida las crisis de fe que las personas pueden atravesar inciden en la vida familiar?

9 - Otros desafíos y propuestas


¿Existen otros desafíos y propuestas en relación a los temas tratados en este cuestionario que merezcan ser considerados como urgentes o útiles?